Correa vs milicos: nuestro fracaso

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Imagen tomada de Infobae

La jueza Vanessa Wolf  acaba de darle la razón al presidente Rafael Correa en un tema que lo pone en confrontación directa con los militares. Y la decisión legal que ella tomó hoy se convierte en un elemento más para considerar, en una pugna que viene de mucho antes y que ha tenido su punto de tensión más importante en estas semanas gracias a una decisión de un Consejo de Disciplina Militar que, a breves rasgos, ha definido que un presidente no es competente para pedir una sanción a un oficial por no ser él mismo un miembro activo de las fuerzas armadas.

Y hay muy pocas voces que han cuestionado esta parte de la sentencia de este Consejo. Pocas.

En esta esquizofrénica realidad nacional solo importa estar a favor o en contra de Correa. No hay puntos medios. Y en ese ejercicio de extremos, los conceptos se pueden estirar, hasta que se difumine la lógica y se pierda el tiempo en golpes de efecto o en el nuevo hecho de coyuntura por el cual se puede atacar o defender al presidente.

La resolución del Consejo de Disciplina Militar, en el caso de la denuncia presentada por el Ministro de Defensa en contra del capitán de la marina Edwin Ortega —por haberle respondido un mail a Correa en términos que la autoridad política ha considerado “un insulto”… posición presidencial criticable que revela una constante en el ejercicio de poder en estos casi 10 años— deja en claro que hay algo extraño pasando por la cabeza de los milicos, pues es una locura considerar que un presidente —al no ser “militar activo”— no es competente para pedir una sanción a un oficial de las fuerzas armadas.

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Capitán Edwin Ortega. Imagem tomada de El Universo

Y muy poca gente lo está viendo así. Muy poca gente. Como se trata de echar a Correa, hay que recurrir a lo que sea.

Cristina Vera, en un texto en GkillCity, es una de las personas que trata de verlo de otra forma: “Tomar el lado de las Fuerzas Armadas en la pugna de poder que mantienen con el correísmo es recurrir a las peores armas que hay en una democracia (…) ciertos opositores han preferido plantear la disputa entre Correa y sus subalternos castrenses como una pelea entre iguales, cuando no lo es. En primer lugar, las Fuerzas Armadas tienen un rol de excepción en el país porque, de acuerdo a una convención social plasmada en la Constitución, les hemos entregado voluntariamente armas que al resto de ecuatorianos les está proscrito poseer. La contraprestación a ese privilegio tiene dos premisas claras: estás bajo nuestra autoridad y no las uses en contra nuestra, solo contra potenciales enemigos (por eso es tan peligroso que los militares patrullen las calles). En esa primera parte del acuerdo no creen nuestros militares. Ellos se creen una sociedad paralela a la ecuatoriana: más gloriosa, más honorable y disciplinada que la sociedad civil“.

Al parecer no existe capacidad de ver las cosas en su real dimensión. Eso es lamentable; si bien es cierto que esta cuerda tensa entre Correa y los militares existe por un mal manejo de relaciones y por un ejercicio de imposición más allá del diálogo —que tiene como punto de quiebre reciente el deseo de acabar con ciertas ventajas de la seguridad social alrededor de las cesantías y jubilaciones que reciben los militares al retirarse que, justo o no, es completamente extemporáneo—, tomar partido por los militares hace que todo roce la ridiculez.

La Constitución, en su artículo 147 —que habla de las atribuciones y deberes del presidente—numeral 16, es muy clara. Entre las facultades que tiene el mandatario está: “Ejercer la máxima autoridad de las Fuerzas Armadas y de la Policía Nacional y designar a los integrantes del alto mando militar y policial”. Repito: “Ejercer la máxima autoridad de las Fuerzas Armadas“. En un artículo de opinión de Martín Pallares, titulado “Correa pretende ser Jefe del Comando Conjunto”, se lee al inicio: “Rafael Correa pretende que una jueza de lo civil en Guayaquil interprete la Constitución y establezca que él es la máxima autoridad militar, ya no solo política como establece la Constitución, de las FFAA. Correa quiere colocarse por encima incluso del Jefe del Comando Conjunto en todos los temas militares, incluso en aquellos que reglamentariamente atañen únicamente a los militares activos“. Pallares —ya colocado en nuestro imaginario como opositor de Correa— lee la Constitución como quiere y se coloca a favor de la resolución absurda del Consejo de Disciplina Militar, sobre todo porque el presidente interpuso hace unos días una demanda de protección contra esa decisión, que hoy se ha fallado y que borra todo lo actuado por el órgano militar.

Quizás la diferencia esté, para algunos, en que “ejercer” no es lo mismo que “ser”. De acuerdo al diccionario de la Real Academia de la Lengua, el verbo “ejercer” tiene cuatro acepciones; en este caso, dos de ellas calzan a la perfección: “Hacer uso de un derecho, capacidad o virtud” y “Poner en práctica formas de comportamiento atribuidas a una determinada condición”. Si el juego de interpretación legal en esta caso se vuelve en un ejercicio semántico, estamos condenando a Correa y a los presidentes que están por venir a que acepten que finalmente no son autoridad militar. También nos condenamos nosotros, la ciudadanía, que aceptamos que los milicos están por encima del poder civil constituido.

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Imagen tomada de El Universo

Existen otras diferencias conceptuales saltando en varios sitios. En una carta al director de El Comercio, un ciudadano con el nombre Jorge Cevallos, establece una distancia entre la idea del comandante en jefe y máxima autoridad de las fuerzas armadas —”El señor Correa es la máxima autoridad de la institución armada, no es su comandante en jefe como lo ha afirmado en múltiples ocasiones”, dice en el texto—. Además, Cevallos expresa que no debería considerarse gravísimo que “los consejos de disciplina le recuerden (al presidente) que no es un superior militar sino un civil”. Sí, “superior militar” antepuesto a la imagen de un civil. La historia y el mundo contemporáneo no se cansan de demostrarnos cómo terminan esas “distinciones”.

Hernán Pérez Loose, en su artículo de opinión en El Universo, trata de dimensionar cierto aspecto jurídico del giro actual de este tema. Explica el absurdo de que el presidente se asuma como sujeto de derechos, cuando no es la figura a usar: “Resulta asombroso que un jefe de Estado ignore que los titulares de los órganos del poder público no son sujetos de derechos, sino de potestades y deberes. A ese nivel de degradación jurídica hemos sido arrastrados en los últimos años (…)”. En el marco de batalla legal que atraviesa este caso, vale la pena tomar en cuenta esto. Sin embargo, Pérez Loose habla de que ahora, en medio de toda una cultura de oposición que —hay que decirlo— ha sido propiciada desde el mismo presidente, es el turno de conflicto con las fuerzas armadas. Y ahí, entre líneas, está el juego de poder que parece ser el único posible: ahora es el turno de este actor, como antes ha sido el turno de otro, de sufrir por acciones del gobierno.

Pero este actor no es un actor cualquiera. En este caso, tomar partido por este actor en particular es jugar al error. No se trata de estar a favor de Correa, tampoco. Es claro que no hay proceso judicial diáfano posible en este momento. Y no tiene sentido que un mail de respuesta sea tomado por un eternamente susceptible presidente como un insulto. Se trata de entender que hay un hecho más profundo, un concepto constitucional que es importante y que se está dejando de lado por conveniencia.

“Si la oposición insiste en recurrir a las peores armas —las boinas y los fusiles para hacer política— deberá estar preparada para caer a punta de esos mismos rifles. La democracia (sea quien sea que esté en el poder) no merece semejante sacrificio”, escribe Cristina Vera en su artículo.

Y es esta última frase que se está olvidando todo el mundo. Ese olvido voluntario es una prueba más de nuestro fracaso  como sociedad.

No hay nada extraño por aquí: sobre esa maravilla llamada “Stranger things”

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He leído de todo lo imaginable alrededor de “Stranger things”. Desde artículos que tratan los obvios homenajes que el show hace a películas de los ochenta hasta reportes sobre cómo se crearon sus créditos iniciales, todo desde la perspectiva de que el programa es la nueva esperanza/sensación de la cultura popular y el último hito de la televisión. 

La creación de los gemelos Matt y Ross Duffer es una maravilla en muchos aspectos: la caracterización de sus personajes, la atmósfera, la idea del tributo, pero sobre todo, el ritmo. Las cuatro storylines de “Stranger things” se desarrollan al mismo compás en cada capítulo y así nos distraemos mientras esperamos la resolución de los arcos abiertos: recibimos la dosis con mucha precisión.

“Stranger things” está ambientada en 1983 y es la historia de cuatro amigos (Mike, Will, Dustin y Lucas) que viven en Hawkins, Indiana. Una noche, una criatura extraña, el Demogorgon —Lovecraft estaría orgulloso de esto—, atrapa a uno de ellos. Así se inician varias búsquedas paralelas: una, la del jefe de policía; otra, la del hermano mayor del desaparecido, y, finalmente, la de los propios niños. En el camino se enfrentarán a un monstruo de extraña naturaleza, a los poderes ocultos detrás de ciertos experimentos gubernamentales y a bullies, en compañía de la misteriosa Eleven, quien se unirá a su aventura.

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“Stranger things” es sobre la inocencia, la amistad,  la conspiración, el error, la culpa, la violencia, el dolor, la curiosidad, la cobardía y la valentía. Todo empaquetado en ocho capítulos, muchos de ellos dirigidos por los propios Duffer y otros por Shaw Levy, director de la saga “Una noche en el museo”.

Para contar una historia de estas características se necesita equilibrio, del tipo que, sobre todas las cosas, no deje a medias sus partes, ni convierta a alguna de ellas en relleno. Incluso, en lo que concierne al melodrama adolescente entre Jonathan Byers (hermano mayor del niño desaparecido, interpretado por el inglés Charlie Heaton) y Nancy Wheeler (hermana del héroe niño de la historia, Mike, e interpretada por Natalia Dyer) no existe cursilería ni momento muerto que nos haga pedir a gritos que acaben con este sufrimiento. En realidad queremos más. Nunca dejan de pasar cosas en la serie y cuando llegamos al penúltimo capítulo, en el que por fin entendemos lo que sucede, nuestra atención sigue en hype. No se trata de que los Duffer descubrieran algo único; se trata de saber narrar una historia y de utilizar personajes con sus distintas profundidades para que estas historias se vuelvan cercanas. Y eso en una serie de suspenso, ciencia-ficción, fantasía —o como se la quiera llamar— se agradece. Amamos a estos personajes, nos preocupamos por ellos, queremos que sonrían finalmente. Y estamos ante un posible triunfo, con sus “bemoles”, pero triunfo. Conseguimos algo de lo que buscamos.

Esos seres nos interesan, sin importar sus puntos flojos: así sean una niña con poderes telequinéticos —un arma letal capaz de asesinar a sangre fría, cuando quiere—, o un tipo capaz de espiar y fotografiar a otras personas que están a punto de tener sexo, o una ama de casa desesperada que no tiene el apoyo de su marido y no sabe cómo conectar con sus hijos, o un policía adicto a las pastillas, que trata de sobrevivir diariamente la pérdida de su pequeña hija. No es la nostalgia lo que hace que “Stranger things” brille; en realidad es el regocijo de contar una historia de la manera más tradicional posible —con un constante uso de flashbacks— y con personajes cercanos.

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Y hace tiempo no tenemos algo que conecte con los espectadores a este nivel.

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Si películas como “The Goonies”, “ET” o “Stand by me” funcionan, lo hacen por su ritmo y sus personajes. Las acciones se cuentan en pocas líneas, lo que se queda con nosotros es la interacción entre esos seres y sus reacciones ante las cosas que enfrentan. Con esta serie no se trata de revivir una época que se cree mejor; se trata de entender que detrás de contar historia —sea para el soporte que sea— podemos revisar los clásicos y apropiarnos del ritmo. Los Duffer lo han hecho bien. Han tomado muchos recursos de Stephen King —de los pocos autores capaces de unificar líneas argumentales de niños, adolescentes y adultos en medio de misterios— y han ofrecido una experiencia pop que se celebra.

Y en este mar de cosas no tan extrañas, de estructuras clásicas y de caminos ya recorridos y que son reproducidos con calidad, hay algo que salta para mí: Hopper. Ese quizás sea el personaje más contundente y brillante de toda la serie (sí, los niños están bien, sobre todo Dustin y sus desdentadas frases llenas de razón). Hopper —interpretado por David Harbour, uno de esos actores que hemos visto en decenas de series y películas, pero que no había tenido su espacio para despegar— es la síntesis perfecta del héroe que esperamos en tiempos turbulentos: decidido, que sigue su instinto y que no se queda quieto. Hopper, desde la desesperada condición de hombre con dolor, no puede pasar desapercibido y hará todo lo que sea para cumplir la que es su misión. Es capaz de vender su alma si se trata de que su trabajo llegue a buen puerto. Porque solo le queda eso. Y en el desenlace podemos ver en un juego de montaje alterno / flashback lo que hay para él. Ha perdido todo y solo se tiene a él, al ahora. Es duro y esa dureza tiene explicación y esa explicación nos enternece. Hopper es el héroe de una serie que se lo merece tal como es. Por eso, cuando es interrogado en el capítulo final es capaz de responder como si fuese James Bond o un Batman que no tiene dudas sobre lo que va a pasar. Todo está perdido, aparentemente, pero él sabe que puede todavía ganar algo: mantener su compromiso de cuidar a la gente de Hawkins, así eso implique tomar decisiones difíciles.

Una segunda temporada se hace necesaria, y aunque falte mucho tiempo para que eso suceda, espero que no haya error, o una carrera por mejorar una receta que no necesita arreglo, sino constancia. La fórmula está servida, nosotros solo estamos para disfrutarla.

Canciones imprescindibles – “I love you, honeybear”, de Father John Misty

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Josh Tillman es un tipo que se especializa en trollear. Y lo mejor de todo: es excelente en eso. Incluso cuando llega a extremos como lo que hizo hace unos días en el XPN Festival en Philadelphia: solo tocó dos canciones, despotricó en contra del estado del entretenimiento de masas en este momento de la historia, al que culpó por la existencia de Donald Trump y se retiró 30 minutos antes de la hora pautada. Y al día siguiente dio una justificación ligada a su decepción por ver al millonario de pelo raro como un contendiente importante a la presidencia de su país. Estaba cansado, enojado. Eso fue suficiente.

Josh Tillman aparece, también, posando en las fotos de su cuenta de Instagram siempre ignorando su entorno, concentrado en revisar su iPhone, mientras la vida pasa. Puede estar junto a Thurston Moore, o celebrando navidad, que nada más importa. Para el Father John Misty que se muestra, esa exposición es una serpiente que se come a sí misma. Y funciona. El tipo que artísticamente tiene nombre de predicador, disfruta de esa prédica y lo hace muy bien. Su disco de 2015, “I love you honeybear” es quizás el mejor vehículo para mostrar su perspectiva, en la que hay humor y mucho desenfado. De eso se trata su obra y su personaje, incluso cuando habla de amor, mientras el mundo se va a la mierda, como se refleja en el tema que le da nombre y abre su álbum.

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I love you, honeybear

Oh honeybear, honeybear, honeybear
Mascara, blood, ash, and cum
On the Rorschach sheets where we make love

Honeybear, honeybear, honeybear
Fuck the world
Damn straight malaise
It may be just us who feel this way

But don’t ever doubt this
My steadfast conviction
My love you’re the one I want to watch the ship go down with
The future can’t be real
I barely know how long a moment is
Unless we’re naked getting high on the mattress
While the global market crashes
As death fills the streets we’re garden variety oblivious
You grab my hand and say in I-told-you-so voice
It’s just how we expected

Everything is doomed
And nothing will be spared
But I love you honeybear
Honeybear, honeybear, honeybear

You’re bent over the altar
And the neighbors are complaining
That the misanthropes next door are probably conceiving a Damien.
Don’t they see the darkness rising
Good luck fingering oblivion
We’re getting out now while we can
You’re welcome boys
Have the last of the smokes and chicken
Just one Cadillac will do to get us out to where we’re going
I brought my mother’s depression
You’ve got your father’s scorn
And a wayward aunt’s schizophrenia

But everything is fine
Don’t give into despair
Cause I love you honeybear

***

Te amo, osita

Oh osita, osita, osita
rímel, sangre, ceniza y semen
sobre las sábanas de Rorschach en las que hacemos el amor

Osita, osita, osita
¡Qué se joda el mundo!
¡Así mismo!
Quizás somos nosotros los que se sienten así

Pero nunca dudes de esta,
mi firme convicción.
Amor, tú eres la única con quien quiero ver cómo se hunde el barco
El futuro no puede ser real
a duras penas sé cuánto dura un momento
A menos que estemos desnudos y drogándonos en el colchón
mientras el mercado mundial colapsa
Mientras la muerte inunda las calles somos la inconsciencia más ordinaria
Tomas mi mano y me dices, en tu voz de “te lo dije”
Es justo lo que esperábamos

Todo está condenado
Y nada será perdonado
pero te amo, osita
Osita, osita, osita

Estás inclinada sobre el altar
Y los vecinos se están quejando
Porque los misántropos de al lado seguramente están concibiendo un Damián.
¿No ven la oscuridad creciendo?
Buena suerte excitando al olvido
Nos vamos de aquí mientras podamos
No se preocupen, chicos
Tengan lo último que queda de los cigarros y del pollo
Bastará un Cadillac para llevarnos hacia donde vamos
Yo traje la depresión de mi madre
Tú, el desprecio de tu padre
y la esquizofrenia de una tía necia.

Pero todo está muy bien
No caigas en la desesperación
Porque te amo, osita

“I love you, honeybear” es un ejercicio autobiográfico, al menos así lo ha planteado Tillman, ligado a la vivencia de su vida en pareja, y las relaciones a su alrededor, sobre todo con el mundo exterior. Hay una idea de intimidad y de refugio, pero al mismo tiempo de mostrarse como si se tratara de un grito desesperado, digno de esta época de redes sociales. No hay un punto medio. Para Tillman este momento de fragilidad y felicidad puede ser algo que moleste a todos, pero que vale la pena decirlo. En esta hípermegaexposición, el “te amo, osita” es un disparo de mortero en plena guerra que toma una idea burda (ordinaria, en realidad) y le da un sentido nada superfluo.

Son él y ella (en este caso Father John Misty y su esposa Emma, fotógrafa) haciendo el amor de la manera más ruidosa y llena de secreciones posibles. Ambos frente al mundo, siendo observados y atormentando. Una pareja para la que nada va a estar bien, excepto ellos. Y si están juntos, el mundo puede explotar, que no pasa nada. Construida como un tema folk, en Do, “I love you honeybear” tiene la estética propia del que canta y cuenta: guitarras acústicas, piano, cuerdas, batería y bajo para dar sustento y voces que acompañan como un coro en pleno lamento. Esa oscuridad se manifiesta en muchos de los arreglos, que tensionan en momentos la estructura de la canción, hasta llegar a puntos de belleza, instantes que resuelven el “tira y afloja” de la música, en algo que no es precisamente calmo, especialmente en la letanía del final, cuando hay una letanía in crescendo. Cuando Tillman dice “I love you” hay cierta derrota en su voz y en la forma en que la guitarra suena, que no podemos hacer nada más que sentir el amor del que habla.

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Father John Misty ha regalado una hermosa canción al mundo, porque cuando se juntan dos personas que sienten que el mundo es una basura, todo se vuelve maravilloso.

Los hungry freaks contemporáneos (una revisión a “Monolith of Phobos”, de The Claypool Lennon Delirium)

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Fobos es una de las dos lunas de Marte. De acuerdo a imágenes captadas por satélites, hay un monolito en su superficie. La explicación científica es que  apareció de forma natural, pero para los fanáticos de la ciencia-ficción esta es solo una justificación que esconde la realidad: el monolito fue creado por alguna fuerza desconocida. Y hay un video de una entrevista a Buzz Aldrin —si no sabes quién es Buzz Aldrin, ve al planetario— en el que él, con cierta emoción, habla sobre esta figura, como una invitación contundente a revisar los grandes secretos del universo. Es ese video que insistentemente veían Les Claypool y Sean Lennon, en Rancho Relaxo, la propiedad de Claypool en Sonoma County, California, donde los dos músicos se unieron a hacer lo que mejor que hacen: música.

Esa figura de piedra, que se ve a años luz de distancia, fue determinante para este par. The Claypool Lennon Delirium es un proyecto en el que estos multinstrumentistas crearon un álbum que salomónicamente llamaron “Monolith of Phobos”: algo que está ahí, extraño, creado por quién sabe quién. Y esa extrañeza y juego son la base de un disco que de entrada parece estar más cerca de la estética de Claypool que a lo que el hijo de John y Yoko ha generado en el pasado. Pero el engaño cae con rapidez; en realidad hay tanto de los dos músicos en este trabajo, que no hay manera de atribuírselo a uno de sus creadores por separado.

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“Monolith…” es un disco compacto, lleno de canciones que van desde el rock progresivo hasta el space rock psicodélico del Pink Floyd de Syd Barrett (no en vano, en las presentaciones en vivo del disco, el grupo interpreta “Astronomy Dominé”), pasando por una sencillez y dulzura que son el aporte principal de Lennon al proyecto. “Él añade elementos de belleza a este casco lleno de percebes que es mi mundo”, dijo en una entrevista a la Rolling Stone el bajista de Primus sobre su compañero de proyecto. Mientras Claypool tiene predominancia sonora —su bajo, como debe ser, suena a disparo de mortero—, es en la conjunción de ambas sensibilidades que se produce un efecto que fulmina: el Claypool Lennon Delirium tiene un encanto extraordinario, con un toque siniestro que captura la atención al oyente.

En el aspecto sonoro, “Monolith of Phobos” es un ejercicio minimalista. La instrumentación es reducida: bajo, batería, guitarras, teclados y voces. Todo tocado por los dos. Y al ser sonidos fácilmente identificables, no hay peligro de que las canciones se vuelvan una masa. Si bien el objetivo es claro, al plagarlo de delays y reverberaciones, lo de Claypool y Lennon es un conjunto de temas con varias partes, compaginados y ofrecidos como algo de otro mundo. Es la sencillez transformada en sonidos que provienen de una cueva abandonada, en algún asteroide. Y como una manifestación más de esa mixtura de distintos universos, los sonidos de Lennon predominan en el speaker izquierdo, mientras que los de Claypool en el derecho. Tiemblo solo de pensar en la experiencia que tendría el pobre infeliz a quien se le dañe uno de los dos audífonos.

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Hay una necesidad por volver al sonido del pasado, de mediados de los sesenta. Es una urgencia para estos dos freaks que, entre grabaciones, se dedicaban a pescar, a recolectar hongos y a beber pinot noir —del viñedo que tiene Claypool en sus terrenos—. Pero no hay una seriedad en esto, no lo hacen para decir algo, dar una declaración o proponer una estética particular. Lo hacen porque la pasan bien. Incluso, en los momentos más siniestros del álbum, como la pesadillesca y beatlera “Bubbles burst” —en la que Lennon se muestra como el gran pedazo de guitarrista que es—, el horror y la fascinación hacia Bubbles, el chimpacé de Michael Jackson, se convierten en vehículo lúdico de locura y extrañeza. Esta es la gran metáfora que este disco propone sobre el mundo en el que nació:

Feasting on candy
And dressed like a dandy
Bubbles was treated
Like no other chimpanzee
Transported to a planet made of toys, bananas, and games
Childhoods end
And Bubbles burst

Festejando con dulces
y vestido como un dandy
Bubbles fue tratado
como ningún otro chimpancé
Transportado a un mundo hecho de juguetes, bananas y juegos
Las infancias terminan
y Bubbles (“burbuja” en español) estalla

Con un Claypool que puede tocar 800 mil notas por segundo en el bajo, sin perder en ningún momento el compás, y con un Lennon capaz de estar a la altura, sin dejarse opacar —y quizás asumiendo su fanatismo y su rol como el segundo a bordo—, el “Monolith of Phobos” es un álbum que vale la pena escucharlo de corrido y varias veces. 

Canción a tomar en cuenta: “Boomerang Baby”, con Sean Lennon convertido en un Jimi Hendrix macabro.

El rigor en la opinión periodística y el problema del reflejo

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Captura de pantalla de entrada en portal en 4pelagatos

Por estos días, el portal 4pelagatos se mueve en dos niveles de lectura interesantes, que quizás nos revelan la posición en la que estamos intelectualmente en este país. El primero, el abuso: el gobierno ha decidido irse contra ellos, aduciendo que el uso de imágenes de la cuenta de Flickr de la Presidencia de la República, sin permiso del mismo gobierno, significa violentar los derechos reservados de esas imágenes y eso es absurdo. El segundo: la reacción del portal, necesaria, pero exagerada, que deja de lado lo que el periodismo de opinión debería considerar como básico para su existencia, e intenta sentar las bases conceptuales para una posible demanda de peculado, al establecer una relación directamente proporcional entre la arremetida del gobierno y la idea del robo de imágenes que, bajo cualquier criterio, son públicas; son pagadas con el dinero del Estado, que es dinero de todos.

Debo aclarar algo antes de continuar: nada de lo que sea pagado con el dinero público puede considerarse privado. Punto.

En esta época en la que las grandes empresas quieren defender su “derecho” a la propiedad privada como un mecanismo de poder (solo basta pensar en las farmacéuticas), defender este “derecho” con la idea de callar a detractores es simplemente de desgraciados.

No, corrijo. Eso es de gente deshonesta. Si algo nos va a quedar luego del correísmo, como una resaca larga y difícil de abandonar, va a ser la deshonestidad intelectual a la que hemos estado sometidos en estos casi 10 años. Ecuador es hoy el país en el que si yo tengo una especie de poder (sea cual sea) podré hacer con él lo que me dé la gana, no por un buen argumento o porque la ley me lo permite, sino porque puedo, porque tengo el poder. El Gobierno lo hace con 4pelagatos y la respuesta es casi un reflejo.

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Captura de pantalla de texto de Cristina Vera Mendiu en GkillCity

Cristina Vera Mendiu escribe sobre este tema en el portal GkillCity. Su texto “El verbo se hizo gato” da en el clavo en muchos aspectos. Más allá de invitarlos a leerlo (deben hacerlo), me quedo con algunas ideas que reproduzco a continuación:

“La medida del gobierno sobre sus fotos es absurda al punto de que basta un ejemplo sencillo para demostrarlo: un niño de escuela haciendo su tarea no podría utilizarlas, salvo que reciba una autorización expresa y escrita de la Secom. Ese es el punto del despropósito, pero de nuevo ¿es eso un robo?”

“Ya está clarito que al gobierno del Ecuador es más fácil provocarlo que a un adolescente pendenciero, pero la pregunta es ¿a qué costo? Que está mal, está mal: es una privatización discrecional de bienes públicos en un gobierno que ha tenido la osadía y la contradicción de marcar constitucionalmente a la información como un bien público pero, en Flickr, declararlo privadísimo. No es un robo. Es una cosa más grave: una declaración de incoherencias, una clarísima muestra de una falta de conceptos, un retrato de la acomodaticia naturaleza que el poder prolongado provoca hasta en aquellos que alguna vez se creyeron intelectuales. Pero los periodistas, si quieren ser serios, no pueden caer en eso. No puede ser un juego de dar y recibir de inmediato, de dos barrabravas enfrentados. Se trata de convertir la riña callejera en una discusión de argumentos, no de desabotonarse la camisa para entrar a darnos de golpes, todos”.

Concuerdo con Vera cuando se refiere a la necesidad de tener un espacio como 4pelagatos. Lo leo a diario, de cierta forma disfruto de su lectura. Pero lo encuentro en el medio de la vorágine que ha determinado Rafael Correa: ya no solo el presidente impone agenda periodística, ahora impone “luchas”, medios, posturas editoriales y el periodismo se presta para eso.

4pelagatos está en el terreno de generar opinión pública y, sobre todo, de evidenciar una nueva intelectualidad capaz de contraponerse a la intelectualidad correísta. Lo hace a través del periodismo de opinión como género principal y en muchas ocasiones, para los lectores, la opinión se puede confundir con el “hecho”, y esto exige una gran responsabilidad para quien la escribe. Más allá de esto, estamos en un momento político en que los argumentos contrapuestos, capaces de generar una discusión real, se estrellan con la tercera ley de Newton que nos reduce a acción y reacción. Y hoy en día, cuando la física clásica nos ha quedado corta para explicar cosas mucho más pequeñas, subatómicas, parece que seguimos en la dinámica de sobrerreaccionar como si no tuviéramos más remedio. Estamos en el terreno más básico de la relación entre unos y otros.

El rigor periodístico no solo está en la defensa de una postura desde la opinión. Está en el uso preciso de los hechos, en su interpretación más honesta, en opinar de manera argumentada. La perspectiva que está manejando el portal 4pelagatos parte de algo justo, pero se desdibuja rápidamente. En una época en que la autoridad rompe el orden, la normativa y la lógica de las ideas todo el tiempo, tener un poco de estructura puede ser el gran ejercicio de resistencia posible. El periodismo de opinión vence si no entra en ese juego del poder; así se distancia de ese poder y lo revela como realmente es: pequeño. Por eso, el gobierno no se roba las fotos, el gobierno hace lo que le da la gana con lo que maneja por el hecho de estar en el poder. Eso es deshonesto.

4pelagatos es un espacio creado por tres de los mejores profesionales de periodismo que hemos tenido en el país, que disfruto leer y que considero maestros del oficio, en géneros como crónica, entrevista y opinión. Ese portal se fortalecería si deja de lado la exageración, porque la justicia no se gana jugando el mismo juego del verdugo. Se gana haciendo mejor lo que uno sabe hacer, y José Hernández, Martín Pallares y Roberto Aguilar saben hacer periodismo de gran manera. Ese es el terreno en el que van a ganar siempre.

La irreverencia solo está en la forma (sobre “Deadpool”, de Tim Miller)

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De entrada estamos ante una película que quiere cagarse en todo. Lo hace, los créditos iniciales son una burla autoimpuesta, que es capaz de decirnos que para los tipos que están haciendo el filme no hay nada sagrado, ni ellos. Pero este carácter pronto se diluye y quizás no nos damos cuenta de eso sino hasta que “Deadpool” (Miller, 2016) está muy avanzada: en algún punto nos detenemos, removemos los chistes y nos preguntamos si lo que estamos viendo es realmente irreverente o no, o solo una colección de chistes.

La apariencia de irreverencia es lo que convierte a Deadpool es lo que es: el filme rated R con el estreno más exitoso en toda la historia. Pero no hay mucho más de eso, solo tenemos dos grandes escenas de acción (una de ellas estirada hasta casi 40 minutos) y la aparición de un personaje principal que no para de hacer bromas (interpretado por Ryan Reynolds, una vez más, luego de hacerlo en esa ridiculez llamada “X-men origins: Wolverine”), con un conflicto básico y obvio: vengarse de un villano que, según la normativa de los villanos, buscará hacerle daño al héroe a través de sus seres queridos.

Eso es quizás lo que me dificulta sentir que he experimentado un producto de cultura popular que vale la pena. Deadpool es, a breves rasgos, casi dos horas de rutina de stand up-comedy (gracias a Marcela Ribadeneira por esta descripción) y a menos que estemos ante un genio a lo Bill Hicks, no hay manera de salir feliz de la experiencia. Hay unos chistes mejores que otros, momentos en los que te vas a reír mucho (sobre todo cuando descubres que en el universo diegético de Deadpool los guiños a lo pop son mayúsculos: “Te voy a hacer lo que Limp Bizkit le hizo a la música en los 90s”, dice Deadpool en algún punto del metraje), pero el recorrido se trunca porque en una buena rutina de stand – up hay que pasar por varios estados, momentos, varias instancias emocionales.

¿Por qué pasa esto? Porque el deseo de hacer una película que destruya los clichés de los filmes de Hollywood alrededor de superhéroes se reduce o desvanece en favor del mismo cliché. La importancia que se le puede dar a Deadpool tiene que ver con llevar a pantalla los elementos que hacen del personaje algo particular en el comic (Deadpool rompe la cuarta pared todo el tiempo, sabe que está en una película, sabe de las otras películas de los X-men, va a salirse con la suya y todo es susceptible de burla). Ese carácter es mágico y permite mucho; pero los productores apostaron por quedarse en la forma. Un tipo de forma que le da la vuelta a las elipsis (el tiempo pasa en pantalla en la medida que somos testigos de varias escenas de sexo) y que afecta a las partes de la historia (flashbacks que van y vienen hasta la mitad del filme y que extienden la escena inicial). Nada más. En su primera hora, Deadpool ofrece todo lo que tiene que ofrecer y regresamos a lo mismo de siempre. Mientras más cosas cambias, más siguen iguales.

No todo está perdido. La escena poscréditos es quizás la mejor que se pudo haber hecho en una película basada en personajes de Marvel. La mejor. Ese guiño a una clásica película de John Hughes le permite a Deadpool dejar todo arriba y eso sí se puede agradecer.

Deadpool

Dir: Tim Miller

Guión: Rhett Reese y Paul Wernick

Elenco: Ryan Reynolds, Morena Baccarin, Ed Skrein, T.J. Miller, Gina Carano, Brianna Hildebrand

20th Century Fox, Malvel Entertainment, Kinberg Genre, The Donner’s Company, TSG Entertainment.

2016

“Mate, señor” (el post de Lemmy)

Homenaje, música, noticias, Uncategorized
DONNINGTON, UNITED KINGDOM - JUNE 15: Lemmy Kilmister of Motorhead performs on stage on Day 2 of Download Festival 2013 at Donnington Park on June 15, 2013 in Donnington, England. (Photo by Neil Lupin/Redferns via Getty Images)

DONNINGTON, UNITED KINGDOM – JUNE 15: Lemmy Kilmister of Motorhead performs on stage on Day 2 of Download Festival 2013 at Donnington Park on June 15, 2013 in Donnington, England. (Photo by Neil Lupin/Redferns via Getty Images)

Si hubo algo que me llamara la atención de Lemmy Kilmister, de entrada, era su apellido. Porque al pronunciarlo me imaginaba una frase de película B, de mafiosos, de todo ese espacio lumpen que su cara parecía contener, en forma de lunares/verrugas gigantes: “Mate, señor, mate”. Y el tipo iba y lo hacía. Un apellido nunca pudo ser menos arbitrario.

Desde luego, otras cosas me llamaron la atención también. Como por ejemplo su aproximación al bajo, no tanto como un instrumento de sustento, de ritmo, de frecuencias graves, sino como una estampida de elefantes que debían llenar todo y transformar al sonido característico de las cuatro cuerdas en algo que te golpeaba en la cara. No sé de dónde sacó la idea de que sonara así, pero esa textura es su firma y te ayuda a entender la dimensión de Motörhead y todo lo que consiguió Lemmy en su carrera.

imagen tomada de blogociologico.blogspot.com

imagen tomada de blogociologico.blogspot.com

Las drogas son malas. Se supone. Pero lo más evidente es que hay cuerpos que las resisten más que otras. Lemmy resistió mucho, incluso beber una botella de whisky por día, durante 30 años. Siguió con su rutina de alcohol y alguna que otra sustancia -casi siempre de las baratas, de esas que se diseñan en lugares en donde hasta orinar sería un acto purificador-, inclusive después de que le diagnosticaran diabetes del tipo 2, en el 2000. En 2013 paró con el alcohol. Antes no.

No pontificaba sobre qué drogas usar o no usar, pero sí habló varias veces en contra de la heroína. Hasta llegó a proponer la legalización de la heroína para evitar muertes por su consumo (y cuando lo dijo también aprovechó para decir que odiaba la idea mientras la pronunciaba).

A Lemmy no lo mata la droga. Es otro William S. Burroghs.

En él hay una representación. Quizás algo más que eso, no lo sé. Lemmy encarnó el espíritu del rock and roll, incapaz de salir del espacio de los 4/4, de los riffs y de las letras que hablaban, impunemente, del exceso, de cierta nostalgia, de un lado oscuro como trademark personal, incluso de cierta debilidad que él no podía representar muy bien. Su letra de “Mama, I’m comimg home” funciona mejor en Ozzy que en él, sin duda. Alguna vez pidió que le prestaran más atención a su trabajo como letrista. Quizás ahora lo consiga. El rey del Carpe Diem, el que sabía que no iba a vivir para siempre, no es el dueño de una poética hermosa, pero sí pesada, directa, dulce y cristalina, dentro de su universo. “Rock and roll debe ser un sábado a la noche, todas las noches”, dijo alguna vez.

El adolescente que nació en Inglaterra y que vivió en Gales, se fugó a Liverpool y vio a Los Beatles tocar en vivo en The Cavern. Lemmy quizás haya sido el único capaz de decir que Lennon y compañía eran realmente tipos duros, que venían de barrios complicados, un poco para contrarrestar esa imagen de “chicos buenos” que el mundo consumió alrededor de los Fab Four. Hay que tomar nota de eso. En Londres fue roadie de The Jimi Hendrix Experience, y en los shows acercaba una silla a un lado del escenario, se sentaba, y veía la magia desarrollarse (“Fui el roadie de Jimi Hendrix, mis credencial del rock and roll son impecables”, aseguró). Fue bajista de Hawkwind, una banda que en plena efervescencia psicodélica decidió ser la anti Pink Floyd y lanzaba desde el escenario LSD, y cerraba con cadenas las puertas de los locales para que nadie saliera hasta que terminara el show. “Yo vendía drogas en tus shows”, le dijo una vez Johnny Rotten, antes de ser una pistola sexual. Lemmy era leyenda y cuando estaba formando Motörhead le pidieron que le dé clases de bajo a un tipo llamado Sid Vicious. Lo hizo. “A duras penas se podía mantener en pie”. Lemmy fue un mapa de rock and roll.

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“Mi ética es: come, bebe y sé feliz, porque mañana vas a morir. Puedes ser todo lo cuidadoso que quieras, pero igual te vas a morir. Entonces, ¿por qué no pasarla bien?”, fue una de sus tantas frases que ahora se vuelven sentencias nihilistas. Como todo en Lemmy.

El fanático de la parafernalia nazi (tenía una de las banderas que usaban en uno de los carros de Hitler y la peinilla de Eva Braun – es más, Lemmy debe tener una de las colecciones de memorabilia nazi más importantes del mundo) tenía 70 años. Los cumplió el 24 de diciembre pasado. Dos días después le diagnosticaron un cáncer, se supone que extraño, agresivo. El 28 de diciembre, en su casa (en el mismo departamento de Los Ángeles en el que vivió desde la década de los 90), jugando un videojuego, muere. Alguien desconectó la consola y el juego se acabó. No habían más vidas para continuar, Lemmy no las había gastado, las había vivido hasta el extremo.

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Ahora, presiona play, sube el volumen hasta 12 y escucha.

El presidente no tiene quién le asesore…

Reflexiones sobre política, Uncategorized

President Rafael Correa

Y después de ver ese tuit que publicó hoy, espero que alguien se anime a ofrecerse para el cargo.

No puedo decir más.

2015-09-09

El poco sentido de pertinencia, de geopolítica y de humanidad se sintetiza en un comentario burdo sobre la acción de una camarógrafa húngara que pateó e hizo caer a refugiados sirios que escapaban de la policía; un comentario en el que el presidente quiere hacer comparaciones inaceptables y ridículas entre una acción detestable de una periodista y la práctica profesional del periodismo en Ecuador. ¿Por qué? Porque puede y le da la gana, porque su lucha trasciende el sentido común, porque lo suyo es salvarnos de lo que cree que debe salvarnos.

El chiste se cuenta solo. La pena por ese tipo de comentarios solo me hace pensar que ya estuvo, Rafael Correa vive en un universo paralelo en el que todo, absolutamente todo, se vive como la escena de “Being John Malkovich” es la que el propio Malkovich entra al portal que lo lleva a su mente. Y basta de contar.

La ferocidad de las canciones

Uncategorized

Aquí, María José Navia nos coloca su lectura de “Matrioskas”, libro de Marcela Ribadeneira.

Ticket de Cambio

PORTADA-MATRIOSKAEn “Hoax”, uno de los cuentos de la colección Matrioskas (2014) de la escritora ecuatoriana Marcela Ribadeneira, se lee lo siguiente: “El tiempo desaparece cuando se viaja en un autobús interprovincial. El recorrido no se mide en horas ni kilómetros, sino en canciones que suenan a todo volumen, en un loop tóxico para los tímpanos citadinos, que mata el sueño de foráneos y que arrulla a los locales que llegan a casa.”

Algo parecido puede decirse de la lectura de este libro, un conjunto de relatos que se mueve con la velocidad y ferocidad de las mejores canciones. Un libro como un disco de música, en el cual veinticuatro canciones se suceden unas a otras, cada una brillando con luz propia, transformando todo a su paso y alterando al mismo tiempo nuestra lectura de la siguiente. Como los mejores discos.

Son 24 cuentos y no alcanzo a detenerme en todos…

Ver la entrada original 420 palabras más

Canciones imprescindibles: “I am the Cosmos”, de Chris Bell

Canciones imprescindibles, música, Uncategorized

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Chris Bell había aprendido a muy temprana edad a dar vueltas en los Ardent Studios, en Memphis, Tennessee, y a grabar a músicos. Sabía dónde conectar los cables, cómo aplastar rec y utilizar las consolas de 4 y 8 canales que tenía a su disposición. Y Chris Bell también componía, cantaba y estaba obsesionado con Los Beatles cuando decidió armar una banda que no tuvo éxito, pero con la que grabó al menos un disco que se sigue considerando como uno de los mejores de la historia. Big Star no fue un suceso en su momento (en los setentas), pero hizo lo suficiente como para que, una vez que la Rolling Stone y otros medios especializados dijeran una y otra vez que Big Star es la banda que vale la pena escuchar, la gente quisiera verla de nuevo en vivo… pero ya sin Bell. Porque Bell estaba muerto. Tenía 27 años y había conseguido lanzar un sencillo cuando un 27 de diciembre de 1978 regresaba de un ensayo y su auto se estrelló contra un poste de luz. Sobrevivió al impacto, pero el poste no se pudo mantener de pie por mucho tiempo y cayó sobre él.

A Bell le faltó suerte, más no talento. No tenía suficiente autoestima como para soportar que el disco que hiciera con tanto esfuerzo con Alex Chilton (su mancuerna en Big Star) no fuera exitoso. Tampoco pudo dejar de sentir que no valía la pena y comenzó a comportarse de manera errática en 1972, cuando dejó la banda: llegó incluso a borrar cintas máster del grupo en un momento de crisis. Big Star siguió sin él, desde luego. Él también siguió sin Big Star. Tocó con otros músicos, viajó a Europa, compuso más, grabó demos en varios estudios de Memphis -porque todo el mundo en Memphis lo quería. Quiso mantenerse de alguna manera. Encontró a Dios, se ancló en eso, trató de sobrevivir. Siguió viviendo. Para Chris Bell fue difícil sostenerse.

Y esa sensación de extrañeza y vulnerabilidad está presente en “I am the Cosmos”.

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I am the Cosmos (Chris Bell)

Every night I tell myself,
“I am the cosmos,
I am the wind”
But that don’t get you back again
Just when I was starting to feel okay
You’re on the phone
I never wanna be alone
Never wanna be alone
I hate to have to take you home
Wanted too much to say no, no,
Yeah, yeah, yeah
Yeah, yeah, yeah

Never wanna be alone
I hate to have to take you home
Want you too much to say no, no
Yeah, yeah, yeah
Yeah, yeah, yeah

My feeling’s always happening
Something I couldn’t hide
I can’t confide
Don’t know what’s going on inside
So every night I tell myself
“I am the cosmos,
I am the wind”
But that don’t get you back again

I’d really like to see you again
I really wanna see you again
I’d really like to see you again
I really wanna see you again
I’d really like to see you again
I really wanna see you again
I never wanna see you again
Really wanna see you again

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Yo soy el Cosmos

Todas las noches me digo:
“Yo soy el Cosmos,
Yo soy el viento”.
Pero no por eso vas a volver.
Justo cuando empezaba a sentirme bien
estás hablando por teléfono.
No quiero estar solo,
Nunca quiero estar solo.
Odio tener que llevarte a casa.
Realmente quise decir no, no
Yeah, yeah, yeah
Yeah, yeah, yeah

Nunca quiero estar solo
Odio tener que llevarte a casa
Te deseo tanto como para decir no, no
Yeah, yeah, yeah
Yeah, yeah, yeah

Mis sentimientos siempre están sucediendo
es algo que no podía esconder
No puedo confiar
No sé qué está pasando adentro.
Así que cada noche me digo a mí mismo
“Yo soy el Cosmos,
yo soy el viento”.
Pero no por eso vas a volver.

Realmente me gustaría verte de nuevo
Realmente quiero volver a verte
Realmente me gustaría verte de nuevo
Realmente quiero volver a verte
Realmente me gustaría verte de nuevo
Realmente quiero volver a verte.

En la desesperación, siempre el otro es esperanza.

La melancolía derrapa en esta canción, se mueve en cada uno de sus compases y es capaz de tener picos de puro pop, cuando esos “yeah, yeah, yeah” suenan de la manera más lastimera posible. “I am the Cosmos” es una canción dolorosa. La voz dice que es parte de todo, que abraza todo, pero algo falta y no puede estar bien. Esta es una canción sobre la incapacidad de ser consecuente, quizás porque el autoengaño es necesario para estar bien, a pesar de saber que no se está bien. Y es un pedido de ayuda, de aceptar que lo único posible es estar al lado de la persona precisa que ignora el llamado (“Justo cuando empezaba a sentirme bien / estás hablando por teléfono”).

En “I am the Cosmos” no hay comunicación, no hay destinatario. Es la paradoja de ser lo más grande y a la vez saber que no lo eres. No lo quieres así y te resignas a entenderlo. Es mentirse a uno mismo y reconocer que algo no funciona (No puedo confiar / No sé qué está pasando adentro).

Pero, a pesar de todo, la canción es un triunfo en medio del hielo quebradizo. El título y el sentido de grandiosidad recorren un sendero musical maravilloso: Bell es tan preciso en lo que hace que permite que el bajo y la batería entren en el mejor momento para hacerlo. Además repite versos cambiando los acordes y eso le aporta saltos de un tono a otro. La desesperanza sonora se vuelve un flirteo inocente y ese juego mantiene todo el tema. Hasta que repetimos el inicio y el fade out marca el cierre, cuando parece que la voz repite la melodía hasta el infinito. “I am the Cosmos” es una canción con el final abierto, una canción sin fin.

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Bell tocó las guitarras en esta canción. El solo de guitarra, de una belleza capaz de hacerte derramar lágrimas, es quizás lo más cercano a lo que George Harrison hizo con “Something”. Probablemente sea más bello que el de Harrison. Sí, herejía, porque el nivel sonoro la canción no es perfecto (y eso que el gran Geoff Emerick hizo la mezcla en los estudios Air, en Londres). La batería suena distante y el bajo copa los tonos graves en un intento por equilibrar frecuencias.

No importa si no es la mejor mezcla. Lo que hace imprescindible a este tema es que como ejemplo de composición pasa todos los análisis y como gesto de resistencia, Bell se hace presente, y nos dice que a pesar de él podía estar en sintonía y que los dioses de las canciones hermosas le seguían sonriendo.

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Y quiero pensar que hasta el final sintió esa sonrisa.

El tema ha sido versionado por varios artistas, como Beck y Wilco, The Posies y hasta Scarlett Johansson, junto a Peter Yorn. Acá pueden escuchar varias de esas interpretaciones.