“Mate, señor” (el post de Lemmy)

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DONNINGTON, UNITED KINGDOM - JUNE 15: Lemmy Kilmister of Motorhead performs on stage on Day 2 of Download Festival 2013 at Donnington Park on June 15, 2013 in Donnington, England. (Photo by Neil Lupin/Redferns via Getty Images)

DONNINGTON, UNITED KINGDOM – JUNE 15: Lemmy Kilmister of Motorhead performs on stage on Day 2 of Download Festival 2013 at Donnington Park on June 15, 2013 in Donnington, England. (Photo by Neil Lupin/Redferns via Getty Images)

Si hubo algo que me llamara la atención de Lemmy Kilmister, de entrada, era su apellido. Porque al pronunciarlo me imaginaba una frase de película B, de mafiosos, de todo ese espacio lumpen que su cara parecía contener, en forma de lunares/verrugas gigantes: “Mate, señor, mate”. Y el tipo iba y lo hacía. Un apellido nunca pudo ser menos arbitrario.

Desde luego, otras cosas me llamaron la atención también. Como por ejemplo su aproximación al bajo, no tanto como un instrumento de sustento, de ritmo, de frecuencias graves, sino como una estampida de elefantes que debían llenar todo y transformar al sonido característico de las cuatro cuerdas en algo que te golpeaba en la cara. No sé de dónde sacó la idea de que sonara así, pero esa textura es su firma y te ayuda a entender la dimensión de Motörhead y todo lo que consiguió Lemmy en su carrera.

imagen tomada de blogociologico.blogspot.com

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Las drogas son malas. Se supone. Pero lo más evidente es que hay cuerpos que las resisten más que otras. Lemmy resistió mucho, incluso beber una botella de whisky por día, durante 30 años. Siguió con su rutina de alcohol y alguna que otra sustancia -casi siempre de las baratas, de esas que se diseñan en lugares en donde hasta orinar sería un acto purificador-, inclusive después de que le diagnosticaran diabetes del tipo 2, en el 2000. En 2013 paró con el alcohol. Antes no.

No pontificaba sobre qué drogas usar o no usar, pero sí habló varias veces en contra de la heroína. Hasta llegó a proponer la legalización de la heroína para evitar muertes por su consumo (y cuando lo dijo también aprovechó para decir que odiaba la idea mientras la pronunciaba).

A Lemmy no lo mata la droga. Es otro William S. Burroghs.

En él hay una representación. Quizás algo más que eso, no lo sé. Lemmy encarnó el espíritu del rock and roll, incapaz de salir del espacio de los 4/4, de los riffs y de las letras que hablaban, impunemente, del exceso, de cierta nostalgia, de un lado oscuro como trademark personal, incluso de cierta debilidad que él no podía representar muy bien. Su letra de “Mama, I’m comimg home” funciona mejor en Ozzy que en él, sin duda. Alguna vez pidió que le prestaran más atención a su trabajo como letrista. Quizás ahora lo consiga. El rey del Carpe Diem, el que sabía que no iba a vivir para siempre, no es el dueño de una poética hermosa, pero sí pesada, directa, dulce y cristalina, dentro de su universo. “Rock and roll debe ser un sábado a la noche, todas las noches”, dijo alguna vez.

El adolescente que nació en Inglaterra y que vivió en Gales, se fugó a Liverpool y vio a Los Beatles tocar en vivo en The Cavern. Lemmy quizás haya sido el único capaz de decir que Lennon y compañía eran realmente tipos duros, que venían de barrios complicados, un poco para contrarrestar esa imagen de “chicos buenos” que el mundo consumió alrededor de los Fab Four. Hay que tomar nota de eso. En Londres fue roadie de The Jimi Hendrix Experience, y en los shows acercaba una silla a un lado del escenario, se sentaba, y veía la magia desarrollarse (“Fui el roadie de Jimi Hendrix, mis credencial del rock and roll son impecables”, aseguró). Fue bajista de Hawkwind, una banda que en plena efervescencia psicodélica decidió ser la anti Pink Floyd y lanzaba desde el escenario LSD, y cerraba con cadenas las puertas de los locales para que nadie saliera hasta que terminara el show. “Yo vendía drogas en tus shows”, le dijo una vez Johnny Rotten, antes de ser una pistola sexual. Lemmy era leyenda y cuando estaba formando Motörhead le pidieron que le dé clases de bajo a un tipo llamado Sid Vicious. Lo hizo. “A duras penas se podía mantener en pie”. Lemmy fue un mapa de rock and roll.

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“Mi ética es: come, bebe y sé feliz, porque mañana vas a morir. Puedes ser todo lo cuidadoso que quieras, pero igual te vas a morir. Entonces, ¿por qué no pasarla bien?”, fue una de sus tantas frases que ahora se vuelven sentencias nihilistas. Como todo en Lemmy.

El fanático de la parafernalia nazi (tenía una de las banderas que usaban en uno de los carros de Hitler y la peinilla de Eva Braun – es más, Lemmy debe tener una de las colecciones de memorabilia nazi más importantes del mundo) tenía 70 años. Los cumplió el 24 de diciembre pasado. Dos días después le diagnosticaron un cáncer, se supone que extraño, agresivo. El 28 de diciembre, en su casa (en el mismo departamento de Los Ángeles en el que vivió desde la década de los 90), jugando un videojuego, muere. Alguien desconectó la consola y el juego se acabó. No habían más vidas para continuar, Lemmy no las había gastado, las había vivido hasta el extremo.

lemmynazi

Ahora, presiona play, sube el volumen hasta 12 y escucha.

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