La irreverencia solo está en la forma (sobre “Deadpool”, de Tim Miller)

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De entrada estamos ante una película que quiere cagarse en todo. Lo hace, los créditos iniciales son una burla autoimpuesta, que es capaz de decirnos que para los tipos que están haciendo el filme no hay nada sagrado, ni ellos. Pero este carácter pronto se diluye y quizás no nos damos cuenta de eso sino hasta que “Deadpool” (Miller, 2016) está muy avanzada: en algún punto nos detenemos, removemos los chistes y nos preguntamos si lo que estamos viendo es realmente irreverente o no, o solo una colección de chistes.

La apariencia de irreverencia es lo que convierte a Deadpool es lo que es: el filme rated R con el estreno más exitoso en toda la historia. Pero no hay mucho más de eso, solo tenemos dos grandes escenas de acción (una de ellas estirada hasta casi 40 minutos) y la aparición de un personaje principal que no para de hacer bromas (interpretado por Ryan Reynolds, una vez más, luego de hacerlo en esa ridiculez llamada “X-men origins: Wolverine”), con un conflicto básico y obvio: vengarse de un villano que, según la normativa de los villanos, buscará hacerle daño al héroe a través de sus seres queridos.

Eso es quizás lo que me dificulta sentir que he experimentado un producto de cultura popular que vale la pena. Deadpool es, a breves rasgos, casi dos horas de rutina de stand up-comedy (gracias a Marcela Ribadeneira por esta descripción) y a menos que estemos ante un genio a lo Bill Hicks, no hay manera de salir feliz de la experiencia. Hay unos chistes mejores que otros, momentos en los que te vas a reír mucho (sobre todo cuando descubres que en el universo diegético de Deadpool los guiños a lo pop son mayúsculos: “Te voy a hacer lo que Limp Bizkit le hizo a la música en los 90s”, dice Deadpool en algún punto del metraje), pero el recorrido se trunca porque en una buena rutina de stand – up hay que pasar por varios estados, momentos, varias instancias emocionales.

¿Por qué pasa esto? Porque el deseo de hacer una película que destruya los clichés de los filmes de Hollywood alrededor de superhéroes se reduce o desvanece en favor del mismo cliché. La importancia que se le puede dar a Deadpool tiene que ver con llevar a pantalla los elementos que hacen del personaje algo particular en el comic (Deadpool rompe la cuarta pared todo el tiempo, sabe que está en una película, sabe de las otras películas de los X-men, va a salirse con la suya y todo es susceptible de burla). Ese carácter es mágico y permite mucho; pero los productores apostaron por quedarse en la forma. Un tipo de forma que le da la vuelta a las elipsis (el tiempo pasa en pantalla en la medida que somos testigos de varias escenas de sexo) y que afecta a las partes de la historia (flashbacks que van y vienen hasta la mitad del filme y que extienden la escena inicial). Nada más. En su primera hora, Deadpool ofrece todo lo que tiene que ofrecer y regresamos a lo mismo de siempre. Mientras más cosas cambias, más siguen iguales.

No todo está perdido. La escena poscréditos es quizás la mejor que se pudo haber hecho en una película basada en personajes de Marvel. La mejor. Ese guiño a una clásica película de John Hughes le permite a Deadpool dejar todo arriba y eso sí se puede agradecer.

Deadpool

Dir: Tim Miller

Guión: Rhett Reese y Paul Wernick

Elenco: Ryan Reynolds, Morena Baccarin, Ed Skrein, T.J. Miller, Gina Carano, Brianna Hildebrand

20th Century Fox, Malvel Entertainment, Kinberg Genre, The Donner’s Company, TSG Entertainment.

2016

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