No hay nada extraño por aquí: sobre esa maravilla llamada “Stranger things”

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He leído de todo lo imaginable alrededor de “Stranger things”. Desde artículos que tratan los obvios homenajes que el show hace a películas de los ochenta hasta reportes sobre cómo se crearon sus créditos iniciales, todo desde la perspectiva de que el programa es la nueva esperanza/sensación de la cultura popular y el último hito de la televisión. 

La creación de los gemelos Matt y Ross Duffer es una maravilla en muchos aspectos: la caracterización de sus personajes, la atmósfera, la idea del tributo, pero sobre todo, el ritmo. Las cuatro storylines de “Stranger things” se desarrollan al mismo compás en cada capítulo y así nos distraemos mientras esperamos la resolución de los arcos abiertos: recibimos la dosis con mucha precisión.

“Stranger things” está ambientada en 1983 y es la historia de cuatro amigos (Mike, Will, Dustin y Lucas) que viven en Hawkins, Indiana. Una noche, una criatura extraña, el Demogorgon —Lovecraft estaría orgulloso de esto—, atrapa a uno de ellos. Así se inician varias búsquedas paralelas: una, la del jefe de policía; otra, la del hermano mayor del desaparecido, y, finalmente, la de los propios niños. En el camino se enfrentarán a un monstruo de extraña naturaleza, a los poderes ocultos detrás de ciertos experimentos gubernamentales y a bullies, en compañía de la misteriosa Eleven, quien se unirá a su aventura.

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“Stranger things” es sobre la inocencia, la amistad,  la conspiración, el error, la culpa, la violencia, el dolor, la curiosidad, la cobardía y la valentía. Todo empaquetado en ocho capítulos, muchos de ellos dirigidos por los propios Duffer y otros por Shaw Levy, director de la saga “Una noche en el museo”.

Para contar una historia de estas características se necesita equilibrio, del tipo que, sobre todas las cosas, no deje a medias sus partes, ni convierta a alguna de ellas en relleno. Incluso, en lo que concierne al melodrama adolescente entre Jonathan Byers (hermano mayor del niño desaparecido, interpretado por el inglés Charlie Heaton) y Nancy Wheeler (hermana del héroe niño de la historia, Mike, e interpretada por Natalia Dyer) no existe cursilería ni momento muerto que nos haga pedir a gritos que acaben con este sufrimiento. En realidad queremos más. Nunca dejan de pasar cosas en la serie y cuando llegamos al penúltimo capítulo, en el que por fin entendemos lo que sucede, nuestra atención sigue en hype. No se trata de que los Duffer descubrieran algo único; se trata de saber narrar una historia y de utilizar personajes con sus distintas profundidades para que estas historias se vuelvan cercanas. Y eso en una serie de suspenso, ciencia-ficción, fantasía —o como se la quiera llamar— se agradece. Amamos a estos personajes, nos preocupamos por ellos, queremos que sonrían finalmente. Y estamos ante un posible triunfo, con sus “bemoles”, pero triunfo. Conseguimos algo de lo que buscamos.

Esos seres nos interesan, sin importar sus puntos flojos: así sean una niña con poderes telequinéticos —un arma letal capaz de asesinar a sangre fría, cuando quiere—, o un tipo capaz de espiar y fotografiar a otras personas que están a punto de tener sexo, o una ama de casa desesperada que no tiene el apoyo de su marido y no sabe cómo conectar con sus hijos, o un policía adicto a las pastillas, que trata de sobrevivir diariamente la pérdida de su pequeña hija. No es la nostalgia lo que hace que “Stranger things” brille; en realidad es el regocijo de contar una historia de la manera más tradicional posible —con un constante uso de flashbacks— y con personajes cercanos.

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Y hace tiempo no tenemos algo que conecte con los espectadores a este nivel.

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Si películas como “The Goonies”, “ET” o “Stand by me” funcionan, lo hacen por su ritmo y sus personajes. Las acciones se cuentan en pocas líneas, lo que se queda con nosotros es la interacción entre esos seres y sus reacciones ante las cosas que enfrentan. Con esta serie no se trata de revivir una época que se cree mejor; se trata de entender que detrás de contar historia —sea para el soporte que sea— podemos revisar los clásicos y apropiarnos del ritmo. Los Duffer lo han hecho bien. Han tomado muchos recursos de Stephen King —de los pocos autores capaces de unificar líneas argumentales de niños, adolescentes y adultos en medio de misterios— y han ofrecido una experiencia pop que se celebra.

Y en este mar de cosas no tan extrañas, de estructuras clásicas y de caminos ya recorridos y que son reproducidos con calidad, hay algo que salta para mí: Hopper. Ese quizás sea el personaje más contundente y brillante de toda la serie (sí, los niños están bien, sobre todo Dustin y sus desdentadas frases llenas de razón). Hopper —interpretado por David Harbour, uno de esos actores que hemos visto en decenas de series y películas, pero que no había tenido su espacio para despegar— es la síntesis perfecta del héroe que esperamos en tiempos turbulentos: decidido, que sigue su instinto y que no se queda quieto. Hopper, desde la desesperada condición de hombre con dolor, no puede pasar desapercibido y hará todo lo que sea para cumplir la que es su misión. Es capaz de vender su alma si se trata de que su trabajo llegue a buen puerto. Porque solo le queda eso. Y en el desenlace podemos ver en un juego de montaje alterno / flashback lo que hay para él. Ha perdido todo y solo se tiene a él, al ahora. Es duro y esa dureza tiene explicación y esa explicación nos enternece. Hopper es el héroe de una serie que se lo merece tal como es. Por eso, cuando es interrogado en el capítulo final es capaz de responder como si fuese James Bond o un Batman que no tiene dudas sobre lo que va a pasar. Todo está perdido, aparentemente, pero él sabe que puede todavía ganar algo: mantener su compromiso de cuidar a la gente de Hawkins, así eso implique tomar decisiones difíciles.

Una segunda temporada se hace necesaria, y aunque falte mucho tiempo para que eso suceda, espero que no haya error, o una carrera por mejorar una receta que no necesita arreglo, sino constancia. La fórmula está servida, nosotros solo estamos para disfrutarla.

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