Los hungry freaks contemporáneos (una revisión a “Monolith of Phobos”, de The Claypool Lennon Delirium)

claypool-lennon-delirium-monolith-of-phobos.jpg

Fobos es una de las dos lunas de Marte. De acuerdo a imágenes captadas por satélites, hay un monolito en su superficie. La explicación científica es que  apareció de forma natural, pero para los fanáticos de la ciencia-ficción esta es solo una justificación que esconde la realidad: el monolito fue creado por alguna fuerza desconocida. Y hay un video de una entrevista a Buzz Aldrin —si no sabes quién es Buzz Aldrin, ve al planetario— en el que él, con cierta emoción, habla sobre esta figura, como una invitación contundente a revisar los grandes secretos del universo. Es ese video que insistentemente veían Les Claypool y Sean Lennon, en Rancho Relaxo, la propiedad de Claypool en Sonoma County, California, donde los dos músicos se unieron a hacer lo que mejor que hacen: música.

Esa figura de piedra, que se ve a años luz de distancia, fue determinante para este par. The Claypool Lennon Delirium es un proyecto en el que estos multinstrumentistas crearon un álbum que salomónicamente llamaron “Monolith of Phobos”: algo que está ahí, extraño, creado por quién sabe quién. Y esa extrañeza y juego son la base de un disco que de entrada parece estar más cerca de la estética de Claypool que a lo que el hijo de John y Yoko ha generado en el pasado. Pero el engaño cae con rapidez; en realidad hay tanto de los dos músicos en este trabajo, que no hay manera de atribuírselo a uno de sus creadores por separado.

720x405-Full-size-Tentatcle-1

“Monolith…” es un disco compacto, lleno de canciones que van desde el rock progresivo hasta el space rock psicodélico del Pink Floyd de Syd Barrett (no en vano, en las presentaciones en vivo del disco, el grupo interpreta “Astronomy Dominé”), pasando por una sencillez y dulzura que son el aporte principal de Lennon al proyecto. “Él añade elementos de belleza a este casco lleno de percebes que es mi mundo”, dijo en una entrevista a la Rolling Stone el bajista de Primus sobre su compañero de proyecto. Mientras Claypool tiene predominancia sonora —su bajo, como debe ser, suena a disparo de mortero—, es en la conjunción de ambas sensibilidades que se produce un efecto que fulmina: el Claypool Lennon Delirium tiene un encanto extraordinario, con un toque siniestro que captura la atención al oyente.

En el aspecto sonoro, “Monolith of Phobos” es un ejercicio minimalista. La instrumentación es reducida: bajo, batería, guitarras, teclados y voces. Todo tocado por los dos. Y al ser sonidos fácilmente identificables, no hay peligro de que las canciones se vuelvan una masa. Si bien el objetivo es claro, al plagarlo de delays y reverberaciones, lo de Claypool y Lennon es un conjunto de temas con varias partes, compaginados y ofrecidos como algo de otro mundo. Es la sencillez transformada en sonidos que provienen de una cueva abandonada, en algún asteroide. Y como una manifestación más de esa mixtura de distintos universos, los sonidos de Lennon predominan en el speaker izquierdo, mientras que los de Claypool en el derecho. Tiemblo solo de pensar en la experiencia que tendría el pobre infeliz a quien se le dañe uno de los dos audífonos.

sean-lennon-les-claypool

Hay una necesidad por volver al sonido del pasado, de mediados de los sesenta. Es una urgencia para estos dos freaks que, entre grabaciones, se dedicaban a pescar, a recolectar hongos y a beber pinot noir —del viñedo que tiene Claypool en sus terrenos—. Pero no hay una seriedad en esto, no lo hacen para decir algo, dar una declaración o proponer una estética particular. Lo hacen porque la pasan bien. Incluso, en los momentos más siniestros del álbum, como la pesadillesca y beatlera “Bubbles burst” —en la que Lennon se muestra como el gran pedazo de guitarrista que es—, el horror y la fascinación hacia Bubbles, el chimpacé de Michael Jackson, se convierten en vehículo lúdico de locura y extrañeza. Esta es la gran metáfora que este disco propone sobre el mundo en el que nació:

Feasting on candy
And dressed like a dandy
Bubbles was treated
Like no other chimpanzee
Transported to a planet made of toys, bananas, and games
Childhoods end
And Bubbles burst

Festejando con dulces
y vestido como un dandy
Bubbles fue tratado
como ningún otro chimpancé
Transportado a un mundo hecho de juguetes, bananas y juegos
Las infancias terminan
y Bubbles (“burbuja” en español) estalla

Con un Claypool que puede tocar 800 mil notas por segundo en el bajo, sin perder en ningún momento el compás, y con un Lennon capaz de estar a la altura, sin dejarse opacar —y quizás asumiendo su fanatismo y su rol como el segundo a bordo—, el “Monolith of Phobos” es un álbum que vale la pena escucharlo de corrido y varias veces. 

Canción a tomar en cuenta: “Boomerang Baby”, con Sean Lennon convertido en un Jimi Hendrix macabro.

La ficción y el poder (reflexiones luego de releer a Piglia)

imagen tomada de perfil.com
imagen tomada de perfil.com

Me gusta leer a Ricardo Piglia. En realidad me gusta más releerlo. En ese ejercicio de relectura se da una sobreexposición, una estimulación que te permite mirar al mundo de otra forma. Una foto encima de otra. Ya no es lo mismo, se convierte en algo realmente interesante.

Un cuadro dentro de un cuadro te da otra experiencia estética.

La sensación explota en tu cara, sobre todo cuando en esas lecturas encuentras aquello que te sirve para generar nuevos contextos, otras perspectivas sobre lo que te rodea. Leer no te vuelve mejor persona, te hace más entretenida la existencia.

***

En “Crítica y ficción” (De Bolsillo, 2014), Piglia recopila algunas de las entrevistas que ha dado en varios años y en varias de sus respuestas consigue establecer certezas sobre la ficción y su relación con el poder. Entre otras cosas, Piglia dice:

“La escritura de ficción se instala siempre en el futuro, trabaja con lo que todavía no es. Construye lo nuevo con los restos del presente”.

“Todo trabajo de la crítica, se podría decir, consiste en borrar la incertidumbre que define a la ficción”.

“El discurso del poder ha adquirido a menudo la forma de una ficción criminal”.

“Para (Roberto) Arlt la sociedad está trabajada por la ficción, se asienta en la ficción”.

“Valéry decía: ‘La era del orden es el imperio de las ficciones, pues no hay poder capaz de fundar el orden con la sola represión de los cuerpos con los cuerpos. Se necesitan fuerzas ficticias’. ¿Qué estructura tienen esas fuerzas ficticias? Quizás ese sea el centro de la reflexión política de un escritor. La sociedad vista como una trama de relatos, un conjunto de historias y de ficciones que circulan entre la gente”.

“El Estado centraliza esas historias; el Estado narra. Cuando se ejerce el poder político se está imponiendo una manera de contar la realidad. Pero no hay una historia única y excluyente circulando en la sociedad”.

“Por supuesto que se suprimen desde el poder ciertas historias y se imponen otras. Hay un trabajo de construcción de la creencia, al mismo tiempo que otras versiones y otras verdades van perdiendo consenso público”.

“Las ideas y las figuras de la realidad se construyen desde posiciones concretas. Aunque se presentan como neutras y se ofrecen como imágenes de validez universal. Esa trama de relatos expresa relaciones de fuerza”.

“La conciencia artística y la conciencia revolucionaria se identifican por su negatividad, por su rechazo del realismo y del sentido común liberal, por el carácter anticapitalista de su práctica”.

“Escribir es sobre todo corregir, no creo que se pueda separar una cosa de otra”.

“Toda élite se autodesigna”.

“La literatura trabaja la política como conspiración, como guerra; la política como una gran máquina paranoica y ficcional”.

“La política se ha convertido en la práctica que decide lo que una sociedad no puede hacer. Los políticos son los nuevos filósofos: dictaminan qué debe entenderse por real, qué es lo posible, cuáles son los límites de la verdad. Todos se ha politizado en ese sentido”.

25ksygn

***

No hay poder que no haga un ejercicio de ficción para sostenerse. No lo puede hacer de otra manera. El discurso político es ficción y la ficción puede equivocarse.

***

Hace varios días escuché el que se supone será el último informe a la nación de Rafael Correa como presidente. Las ficciones estaban ahí, en forma de frases que a casi 10 años de historia de la Revolución Ciudadana en el país, nos sabemos de memoria (muchas pronunciadas por la presidenta de la Asamblea, Gabriela Rivadeneira). Y una frase dicha mil veces se vuelve solo sonido, un bla, bla, bla inerte. Porque un discurso se debe sostener con las acciones que acompañen su enunciación, de lo contrario es mala ficción. El tiempo ayuda a entender este tipo de fracasos y una década es tiempo suficiente como para reconocer cuando una ficción ha fracasado.

La ficción, por regla general, está asentada en la mentira. Es una posición de inconformidad ante la realidad que te rodea y que te obliga a pensar en otra realidad. Por eso, el único lugar de presencia que le podemos dar a esa ficción está en lo que va a venir: ficcionamos en un tiempo futuro porque esperamos que todo lo que venga sea de otra manera. En ese sentido, la ficción de cualquier poder político —o cualquier otro poder— está basada en aquello que está por venir, no en lo que sucede. Hay una promesa, implícita, de que todo va a estar mejor.

Esta ficción como narración política se enfrenta al pasado y a un presente que no convence porque es consecuencia del pasado —el presente siempre va a ser una ruina que vino de antes— y la Revolución Ciudadana, al ser presente y pasado, simultáneamente, no ha entendido que buscar un futuro mejor es dejar en claro su propio fracaso. El pasado y presente de la RC es el uróboros.

En este tema de construcciones de universos narrativos —como lo es asumir y luchar para que la realidad que funciona para mí sea realidad para otros—, me golpea que existiendo tantos creadores, gente de letras, de música y artistas ligados al régimen, estos no sean capaces de intervenir en el manejo de esta ficción, para que sean los mecanismos de la misma ficción los que ayuden a superar vacíos y absurdos discursivos. Lo que hacen, siendo honestos, es entrar en una dinámica fallida y repetir los mismos errores —frases hechas, eslóganes que parecen inofensivos, discursos dignos de la guerra fría, etc. —, a veces hasta sin darse cuenta del daño que se hacen, negando las bases de la ficción que han construido. Suele pasar que las frases que llenan sus bocas no dicen nada.

El manejo de esa ficción/discurso del gobierno lo hace gente que cree que lo sabe hacer, que asume que lo hace bien, que está convencida que por tener el cargo que tiene cualquier cosa que digan o historia que narren va a ser perfecta. Y muchas personas tratando de controlar la ficción, la destruyen. La SECOM quiere manejar una ficción a través de un aparato comunicacional que, al contrario de lo que muchos creen, no busca generar una verdad, sino establecer condiciones para que todo lo que digan sea tomado como verdad. Pero la verdad de un régimen no resiste el paso del tiempo.

Cuando esta ficción nos quiere vender un futuro, con una narración que ya no alcanza, la suerte está echada.

La gente que maneja la comunicación del gobierno y que trata de implantar una sola vía alrededor de esta ficción ecuatoriana, no sabe lo que está haciendo. Probablemente nunca lo supo.

***

Casi al finalizar el informe a la nación, Rafael Correa dijo estas palabras:

“Queridos jóvenes de mi patria, mis últimas palabras para ustedes: ‘Donde está tu tesoro, está tu corazón’, dice el evangelio. Tengan la seguridad de que mi tesoro no es el poder, sino el servicio. Tener un país sin miseria, pero también sin lujuriosos derroches. Un país que supere la cultura de la indiferencia, como lo dice el Papa Francisco. Donde se acaben los descartables de la sociedad; en el cual trabajemos para los hijos de todos y así juntos alcanzar el Buen Vivir, el Sumak Kausay de nuestros pueblos ancestrales. El bien común es la razón de ser de la autoridad política. Es ese bien común el que hemos tratado de construir en Ecuador desde hace nueve años. Mi sueño, queridos jóvenes, siempre fue trabajar por mi patria. La vida me dio la oportunidad, no únicamente de trabajar sino de liderar un proceso de cambio histórico. Ecuador no ha vivido una época de cambios, sino un verdadero cambio de época. Recuerden que el desarrollo es básicamente un proceso político. La pregunta clave es quién manda en una sociedad: ¿las élites o las grandes mayorías? ¿El capital o los seres humanos? ¿El mercado o la sociedad? La satanización del poder político, sobre todo en América Latina, es una de las estrategias de inmovilización de los procesos de cambio. A no caer en esa trampa. Hemos avanzado mucho, pero aún nos falta consolidar la relación de poder en función de la gente, el poder popular, el poder de las grandes mayorías y dentro de esas grandes mayorías: los más pobres. Aún están allí con sus cámaras de producción, con sus medios de comunicación, con su poder económico, con su ideología disfrazada de ciencia. Los principios sobre los que hemos basado nuestra acción es (sic) la supremacía del trabajo humano sobre el capital; el construir una sociedad con mercado, pero no de mercado, donde vidas, personas y la propia sociedad se convierten en una mercancía más. No creo en manos invisibles. La historia nos demuestra que para lograrle justicia e incluso la misma eficiencia, se necesitan manos bastantes visibles, se requiere de acción colectiva, de una adecuada, pero importante intervención del Estado, con la sociedad tomando conscientemente sus decisiones por medio de procesos políticos. Queridos jóvenes, en un año más ya no estaré aquí. El país debe descansar de mí y, sinceramente yo también debo descansar un poquito del país (aplausos)… No es fácil gobernar un país como Ecuador, con una terrible prensa tremendamente corrupta, deshonesta, vocera de los grupos de siempre, con tal nivel de incoherencia, inconsistencia, en una supuesta oposición, con la mentira como instrumento, el engaño, sin respetar principios, sin tener escrúpulos. No es sencillo. Algunas veces dicen que yo soy irascible… creo que soy una persona común y corriente. Los raros eran los presidentes que no se inmutaban ante tanta infamia, tanta calumnia. No esperen nunca de mí que me deshumanice por ser presidente de la República”.

imagen tomada de elcomercio.com
imagen tomada de elcomercio.com

Ficciones desde el poder. Al menos conté cinco.

***

De acuerdo a encuestas, la aprobación de Correa ha descendido. Se supone que un 58% de los ecuatorianos desaprueban la gestión del Presidente. Las encuestas, dentro de este universo, también funcionan como mecanismos de ficción.

El sábado pasado, Correa presentó sus propias encuestas en el enlace ciudadano. Y claro, en las suyas, el 63% apoya a su gobierno y el 67% lo ve de manera positiva como gobernante.

En la narración llamada Ecuador, los elementos se entrecruzan, porque a la ficción del poder también se le enfrentan otras ficciones. O voces críticas que buscan revelar esos agujeros, esos vacíos en la narración.

***

Podría hacer una lista de todas esas ficciones estatales que durante años nos han querido convencer de algo que en el fondo no existe. Pero este post no tendría fin.

Podría también hacer una lista de ficciones en contra del poder político, las que también han querido convencernos de algo.

Ambas están ahí. Necesitan estar ahí porque no hay remedio. En este juego de tensiones entre las dos facciones, nos revelamos como realmente somos.

Uno es el bueno, otro es el malo. Escoja su lado.

Que el dinero electrónico, que los Panamá papers, que Álex Bravo, que la Refinería del Pacífico, que los insultos de funcionarios vía Twitter, que la CIA presente en Ecuador, que el Plan Cóndor, que los asambleístas aprobando normas que generan descuentos en sueldos de ecuatorianos para apoyar la reconstrucción por el terremoto y negándose a dar el 10% de su sueldo para lo mismo…

Las discusiones públicas —en medios y en plataformas digitales— buscan definir dos únicos caminos y cualquier intento por crear ficciones se topa con una presión determinista: si lo viste así, lo vas a ver de esta manera, como consecuencia.

La peor ficción es la que se sostiene por dicotomías burdas.

***

Hace unos días, 400 escritores de Estados Unidos publicaron una carta abierta al pueblo de su país, en contra del candidato presidencia Donald Trump. Al inicio se lee:

“Because, as writers, we are particularly aware of the many ways that language can be abused in the name of power / Porque como escritores, estamos particularmente al tanto de las formas en las que se puede abusar del lenguaje en el nombre del poder”.

Ni siquiera los escritores tienen el poder para manejar los entresijos de la ficción.

imagen tomada de hyperallergic.com
imagen tomada de hyperallergic.com

***

Es curiosa la existencia de una “Red de maestros y maestras por la revolución educativa” desde el 2015. Curiosa porque la crea el régimen para generar una plataforma que le haga contrapeso a la histórica —y no por eso mejor, Unión Nacional de Educadores (UNE)— y también porque se vuelve en parte de su fuerza de choque, manifestando su apoyo al Gobierno cada vez que pueda.

Siempre que pienso en esto me acuerdo de cuando a Bender lo echan del parque temático y grita: “¡Construiré mi propio parque temático con juegos de azar y mujerzuelas!”. Otra vez la ficción.

***

En “Crítica y ficción”, Piglia hace un recuento interesante de cuando regresa a Buenos Aires después de varios años y llega al país de los milicos. Le llamó la atención algo: que la señalética del transporte urbano cambiara de mostrar dónde se tomaba los colectivos a “zona de detención”. Lo cual, tomando cuenta el universo en el que estaba, decía mucho. “En esa expresión se sintetiza una relación entre el lenguaje y la situación política”, dice Piglia.

***

“En este país hay que hacer la revolución”, dice Piglia. Pienso lo mismo de Ecuador. Revolución no es un proceso modernista del Estado. Revolución no es cambiar a los dueños del balón. Revolución no es la Revolución Ciudadana. Eso es solo frase, eslogan, nada.  Los caudillismos son pasado, nunca presente, peor futuro.

***

Chantal Mouffe escribe un artículo de opinión importante para el dossier sobre el populismo, que se publicara recientemente en la Revista ñ, de Clarín. Y quizás valdría la pena su lectura para enfrentarnos a ese concepto que, ligado a las mismas construcciones que prodiga la ficción, no hemos comprendido de todo. Mouffe dice:

“Al volverse borrosa la frontera izquierda/derecha por la reducción de la democracia a su dimensión liberal, desapareció el espacio donde podía tener lugar esa confrontación agonista entre adversarios. Y la aspiración democrática ya no encuentra canales de expresión en el marco de la política tradicional. El demos , el pueblo soberano, ha sido declarado una categoría zombi y ahora vivimos en sociedades posdemocráticas (…) En ese contexto de crisis social y política, ha surgido una variedad de movimientos populistas que rechazan la pospolítica y la posdemocracia. Proclaman que van a volver a darle al pueblo la voz que le ha sido confiscada por las élites. Independientemente de las formas problemáticas que pueden tomar algunos de esos movimientos, es importante reconocer que se apoyan en legítimas aspiraciones democráticas. El pueblo, sin embargo, puede ser construido de maneras muy diferentes y el problema es que no todas van en una dirección progresista. En varios países europeos esa aspiración a recuperar la soberanía ha sido captada por partidos populistas de derecha que han logrado construir el pueblo a través de un discurso xenófobo que excluye a los inmigrantes, considerados como una amenaza para la prosperidad nacional. Esos partidos están construyendo un pueblo cuya voz reclama una democracia que se limita a defender los intereses de los considerados nacionales”.

Mouffe, parafraseando a Ernesto Laclau —su esposo, junto a quien es considerada una de las influencias principales para el movimiento español Podemos—, define al populismo no como una ideología, ni como una estrategia con programa, ni como un régimen político. En realidad lo cataloga como una manera de hacer política, centrada en la construcción de un nuevo sujeto político: el pueblo.

El populismo como forma es quizás la única manera o camino que tenemos para entender lo que pasa en Ecuador. El populismo es quizás la ficción principal en este momento.

***

“El Estado es también una máquina de hacer creer. En la época de la dictadura, circulaba un tipo de relato ‘médico’: el país estaba enfermo, un virus lo había corrompido, era necesario realizar una intervención drástica. El Estado militar se autodefiniría como el único cirujano capaz de operar, sin postergaciones y sin demagogia. Para sobrevivir, la sociedad tenía que soportar esa cirugía mayor. Ése era el núcleo del relato: país desahuciado y un equipo de médicos dispuestos a todo para salvarle la vida. En verdad, ese relato venía a encubrir una realidad criminal, de cuerpos mutilados y operaciones sangrientas. Pero al mismo tiempo la aludía explícitamente. Decía todo y no decía nada: la estructura del relato de terror”.

Ricardo Piglia

Tomado de “Crítica y ficción”, pp 100 y 101.

***

El nuevo poder que está llegando ya está construyendo su propia ficción. No hay otro camino.

La derrota de los recuerdos (sobre “Memoria y vértigo” de Carlos Luis Ortiz Moyano)

imagen tomada de laraizinvertida.com
imagen tomada de laraizinvertida.com

Cuando Carlos Luis dice —en una entrevista que da para La República—: “Para mí no existe poesía de la victoria, más hay poesía de la memoria, de los sentidos; la derrota es una experiencia personal. Mi poesía es testimonial”, nos abre una clave de lectura de su último poemario “Memoria y vértigo (CCE, 2016). Y esta clave no viene en forma de llave a abrirnos la cabeza; más bien llega como un yunque, un cincel y un martillo, para modelar la lectura, esculpirla o ponerla en orden. La poesía es lectura, así como es silencio y choque de sílabas mientras vamos de una palabra a otra.

Quizás el recuerdo es así.

Quizás la fabulación de la memoria sea así.

Porque si bien estamos ante una especie de registro de vida, esto es una representación de esa vida. Así como las fotografías de tiempos pasados —por más amarillas que se pongan por el paso del tiempo— juegan a crear un pasado que más que realidad es una interpretación, Carlos Luis trata de recopilar una vida —la suya, la del traslado, la de los libros y la música, la de la gente que está, que estuvo, que no va a estar, con unos versos que nos atraviesan tanto en ritmo como en melodía—, pero no lo hace como registro, sino como un dibujo, una aproximación que a la larga va a ser inútil. He ahí la derrota, la memoria ya es derrota porque siempre va a ser un ejercicio trunco. Carlos Luis hace un poemario sobre eso, nos regala algo que perturba, duele y encanta.

Escribe en Donde no habitamos:

“No hay compás que trace una circunferencia con gente que ya no habitamos,

solo un trajín amplio del vacío en el que somos renacimientos y estatuas.

Un sonido lejano en el tórax de las bestias,

una amalgama de metales oxidados en los muelles de la nada”

No habitamos en eso que creemos habitar. La voz trata de ayudarnos a encontrar un pasamanos para atravesar las escalinatas, en reversa. La voz del poemario se convierte en otras voces, en variaciones de la misma sensación, como ese resumen de acentos que este autor —que nació en Alausí, pero que ha vivido en Guayaquil y Quito— tiene grabados en su memoria como heridas de guerra.

El vértigo del poemario es la vida. La memoria no hace más que reafirmar ese vacío en el estómago ante la cima del mundo, ante lo que está por abajo, ese pasado inasible. En Vértigo, dice:

“Fui vértigo.

Vértigo y carne más carne sobre el vértigo.

Caracol dejando semillas en el pueblo inventado”

En esa invención de ese pueblo, de ese espacio vital, está la verdadera conciencia de la existencia. No somos más que un recuerdo errado.

“Los hábitos cambian, como cambian las frases escondidas en la piel empolvada de los libros”

Este verso, el que inicia el poema Expediente o inventario, reduce a algo discreto ese intento por formular lo que somos y lo lleva al terreno de lo que no vemos, de lo que dejamos ahí, a un lado. La vida como algo que pasa, como olvido que nos ayuda a estar vivos para siempre, porque en el recuerdo solo permanece una vida en secciones, incompleta. Si todo se transforma, hasta los hábitos, la vida qué.

Se trata de buscar algo que le dé sustancia al acto de sobrevivir al resto, a los que se van:

“Ahora el pasado existe para enternecerlo con la huida, para sonreír en homenaje al polvo y a las cruces devoradas por la tara de la noche.”

Eso que se devora, que desaparece —como queda expuesto en el poema El acto de sobrevivir— involucra el contacto con otros, porque ahí somos, ahí está ese pueblo inventado. Los nuestros, nuestra gente y en el caso del poeta: su padre. En Padre, dice:

“También hay coches de madera de descarrilo con el cansancio que me confiere el pasado, con el tiempo que se esparce en cada cumbre que levanto con memoria.”

Porque todo tiempo pasado en presente y puede ser futuro. El todo temporal se vence con esa fabulación, que se espanta por una máxima de vida: en nuestras interacciones, incluso en las más inofensivas, estamos condenados a hacer daño; porque al final somos nosotros mismos ese entorno, alimentamos el contexto, le damos forma a esa memoria con los dolores colectivos y propios:

“Temo entrar en la vida de otros, puede ser dañina puede ser mortal. Entro en mí como en otros seres carentes de mundo, sabiendo el desconocimiento de las constelaciones. La voluntad de un rostro me dijo dónde estaba y no supe más.”

Temor es el poema que se convierte en ombligo de este cuerpo, de alguna manera.

Ilustración del poeta, tomada de http://expreso.ec/
Ilustración del poeta, tomada de http://expreso.ec/

Este poemario está dividido en tres partes, y en todas hay una plegaria hacia la titánide griega de la memoria, Mnemosyne. Una figura particular porque también se la considera responsable de las palabras, al ser madre de las musas, esas que son invocadas por poetas como Homero, y en ese cobijo se crean las grandes épicas que reformularán la realidad, el recuerdo o la idea del recuerdo. La palabra como construcción del mundo. Mnemosyne se convierte en una sábana que cubre todo, que sostiene la lucha, que de entrada está perdida.

“Memoria y vértigo” es, desde la derrota, un poemario sobre la vida. Sabemos que vamos a morir, así que esa condena, esa tragedia, no hace más que revalidar toda experiencia vital, porque solo importa el aquí y ahora. Cuando lo entendemos, eso sí, es demasiado tarde.

¿Los superhéroes se cansan? (sobre “Batman v Superman: dawn of Justice”, de Zack Snyder)

imagen tomada de Collider
imagen tomada de Collider

Una película, por más que sea producto de una industria, o un elemento más de entretenimiento de masas, es un objeto de consumo que se debe desentrañar, sobre todo para establecer un discurso que nos coloque, en este momento histórico, de cara a aquellas experiencias que culturalmente se vuelven importantes. Ya sea porque realmente lo sean o porque el marketing lo ha determinado así.

Hasta las cosas más insignificantes nos exigen una mirada. Por eso, cuando escucho comentarios sobre cómo la crítica se cree por encima de la obra que observa, dudo. Puede existir algo de eso en algunos críticos, pero esa mirada es necesaria, no es un ejercicio de ego ni de gusto, es una lectura que nos enfrenta a nuestras propias lecturas. Leemos de manera comunitaria y nuestro conocimiento crece por ese intercambio.

Estamos en un mundo en el que el cine de Hollywood usa al universo de los superhéroes como germen de sus grandes producciones y no podemos escapar de eso. Este año no lo haremos: en menos de un mes tendremos al Capitán América dándose de golpes con Iron-Man y semanas más adelante volverán los X-men a la pantalla, porque no hay nada más que hacer, el cine es ahora una plataforma en la que los personajes de los comics se deben desarrollar, pero no como se supone que podría ser.

Y aquí entro de lleno a hablar de una película que viene a presentar oficialmente todo el espectro DC Comics en el cine, de una manera que ha sido criticada por muchos expertos y parte de la audiencia. Batman v Superman: dawn of Justice no es una mala película —Deadpool sí lo es. Punto—; sin embargo es un filme con tantos errores, vacíos y pésimas decisiones narrativas que la experiencia es conflictiva. Para mí, geek fanático de estas manifestaciones pop, la película funciona, pese a que busca, en sí misma, no funcionar.

Aquí estamos ante las consecuencias de lo que pasó en Man of steel, con un Superman que en su afán de detener a la amenaza que quiere someter al mundo es capaz de destruir media ciudad y un pueblo, con todas las víctimas —o daños colaterales— posibles. Zack Snyder escuchó los reclamos de muchos, ya que en este filme del 2013, Superman ignora al resto de personas, algo que no es parte de la naturaleza de su personaje: el Hombre de acero no va a poner en riesgo a nadie mientras intenta salvar a la gente; pero en esta adaptación de Snyder lo hace, por lo que el enfrentamiento con el Batman que interpreta Ben Affleck es inevitable —en cierta medida—: toda esa destrucción y muerte convierte a Superman en un peligro ante los ojos del millonario trastornado que se convierte en justiciero por la noche. En algún punto Bruce Wayne le dice a Alfred Pennyworth —un fabuloso Jeremy Irons—: “Él tiene el poder para borrar a toda la raza humana. Debo destruirlo”. Ese riesgo inminente en la figura de Superman levanta suspicacias en un frente político —que incluye audiencias en el Senado de Estados Unidos—, así como en otro millonario con secretas intenciones, Lex Luthor. Superman está siendo “atacado” por tres frentes y en esta película vamos a ver cómo se soluciona algo de esto y cómo se abren nuevas interrogantes que se van a desarrollar en próximas películas.

imagen tomada de comingsoon.net
imagen tomada de comingsoon.net

Porque con el cine de superhéroes ya no estamos ante dinámicas autónomas. Las películas no son vehículos en sí mismas sino puentes para otras. Con un corpus medianamente autoral —quizás con ciertas decisiones de estilo visual— este tipo de cine busca la continuidad que destruye el concepto de unidad de cada una de sus partes. Los filmes que más se consumen en el mundo son una experiencia que devora la idea de la película unitaria. Vemos este filme y ya estamos pensando/respirando/viviendo los que se vienen, como continuaciones.

Ya desde el título estamos ante una película trunca. No es “vs”, sino “v”, como un intento marketero y ridículo de enseñarnos a leer de otra manera, de forzar estas construcciones casi religiosas de personajes, a través de reboots y otras invenciones de mercado, que a veces no resultan, o son sospechosamente burdas. Pese a tener unos minutos iniciales que funcionan, que dan un tono y ciertos rasgos a los personajes, enseguida todo se pierde y estamos ante secuencias mal realizadas—lo que extraña en un director que es visualidad pura—, mal editadas —¿qué demonios pasa, finalmente, en África para que Superman sea esa amenaza mundial?—, conflictos que se aligeran y un entramado de acción tras acción que no da espacio a que nada decante. No hay un ritmo notable en la película y eso le juega en contra. Hay tantos personajes y subtramas que siempre debe pasar algo y eso repercute en la fórmula.

En el desenlace la película mejora, pese a que esos vacíos e incongruencias siguen estando —¿la motivación de Lex Luthor es en serio tan torpe como la pintan ahí de manera directa? ¿De un momento a otro Batman se puede amigar con Superman con la pronunciación de una palabra?—. El final deja todo arriba porque Snyder consigue algo que en su primera acercamiento a estos personajes —en Man of Steel— no consiguió: darle un espacio a cada uno. Henry Cavill es finalmente Superman, luego de pasar casi dos películas buscando su espacio en ese mundo. Y el gesto discreto con el que lo consigue hace que todo se sostenga. Ya era hora. Lo mismo sucede con el Batman que hace Ben Affleck, un homenaje al Dark Knight que hiciera Frank Miller —tanto en apariencia como en gestos—, pero con una salvedad:  este personaje está tan movido por la ira y el miedo que deja de ser el estratega y detective que suponemos debe ser, volviéndose el “matón” de otra persona, aún sin conciencia de eso. Ese quizás sea el punto flojo de este Batman, pero una vez que comprende lo que ha hecho, lo que le ha pasado, lo vemos en todo su esplendor, especialmente cuando toma decisiones que van a cambiar el curso de esta historia y de este universo fílmico de DC Comics: la secuencia en la que combate cuerpo a cuerpo con una serie de villanos es lo mejor de la película. La Mujer Maravilla está ahí—Gal Galdot deja en claro que su heroína no va por medias tintas—. Es un personaje que orbita la historia y aparece como esa guerrera que pocas veces se ha visto en el cine. Quizás por eso es lo que muchos han señalado como lo más valioso del filme, aunque su presencia no sea mayor a 10 minutos.

imagen tomada de larepublica.pe
imagen tomada de larepublica.pe

El Lex Luthor que hace Jesse Eisenberg es una pieza interesante, sobre todo por el juego de apariencias y deseos que esconde, pero da la impresión de que mucho de aquello que le podría dar valor real se quedó afuera, en la edición. Tendremos que esperar hasta julio a que salga la “Ultimate cut” (la versión en Blu ray) que va a tener 30 minutos más de metraje, para descubrir elementos adicionales que den mejor forma a lo que quedó ahí, sin la fuerza necesaria—ayer, Warner incluso publicó un video de 45 segundos de una escena eliminada en la que entendemos algo del mensaje críptico que da Luthor al final del filme—. Este villano no tiene empacho en hacer lo que hace y utilizar a la gente para llegar a sus objetivos, para imponerse. Pese a lo freak que puede ser su apariencia, Eisenberg convierte a Lex Luthor en un CEO del infierno, capaz de todo para conseguir lo que quire, aunque no nos quede claro el por qué.

Hans Zimmer y Junkie XL hacen una banda sonora que funciona en esta ocasión, porque si bien utiliza esos elementos percusivos —atosigantes— que son firma de Zimmer, esta vez hay una melodía presente, que trata de recuperar en algo esa gloria del superhombre que durante años ha conseguido John Williams con sus composiciones, con un cruce muy de cartoon de fin de semana que ayuda a generar atmósfera. La música es quizás lo más grande de esta película. Larry Fong vuelve a trabajar con Snyder en la fotografía y es por eso que, cinematográficamente hablando, la película es un guiño mucho más cercano a lo que este director hizo en 300 que a lo que se vio en Man of Steel. Pese a esto, la fotografía es lo menos interesante de una película de este tipo: tonos oscuros y fríos para Batman y cosas más claras y tibias para Superman. Una división obvia que al final desaparece, porque todos los héroes son todo o se supone que deben representar un todo.

imagen tomada de collider.com
imagen tomada de collider.com

Una película medianamente buena puede conseguir 420 millones de dólares en su fin de semana de estreno mundial. ¿Eso es una señal de los tiempos por venir? No, es una señal de que hay algo que está pasando. Sin ser el desastre que muchos dicen —la película divierte y el final sí emociona— Batman v Superman… es solo un ejemplo más de cómo una estructura de negocio toma personajes de un soporte distinto y los adapta a una dinámica que los convierte en más bidimensionales de como salen en un papel. Tal como lo señala David Ehrlich, en un artículo publicado en Rolling Stone:

“Una de las grandes emociones de los comics y las novelas gráficas es que todo, absolutamento todo, puede pasar -igualado solo por la telenovela, como la forma narrativa más fluida de Occidente-. Ellos pueden con felicidad hacia donde sea que esta los lleve, sus historias fluyen como el agua de un río. Superman murió de manera muy publicitada a inicio de los 90s y de inmediato fue reemplazado por cuatro versiones diferentes. Así no funciona en las películas. Para nada. Hollywood, literalmente, no se puede dejar llevar por las mismas reglas. Parafraseando a la tía May (sic): “Con grandes presupuestos vienen grandes responsabilidades”. Las películas de superhéroes son tan grandes que no pueden fallar”.

No hay riesgo en esta película, pese a que Snyder es el único director que se arriesgó y llevó a buen puerto la adaptación de esa joya de Alan Moore llamada Watchmen. Pero en el fondo, un director que se arriesga no debe ser sinónimo de una película que arriesga. En este caso, Batman v Superman… intenta contar mucho —los cameos de Flash, Aquaman y Cyborg, así como las referencias a Darkseid como un futuro villano de este grupo de superhéroes rozan la parodia— y al hacerlo se atropella a sí misma. No crea un universo fílmica más oscuro o cínico que lo que hace Marvel con sus películas —que también pueden ser un desastre— sino que se excusa en eso para ofrecer al espectador un filme que confunde y no es sincero en mucho de su metraje. Menos siempre es más.

Películas que cuestan tanto, que generan tanto hype y que consiguen tantos ingresos no deben tomar tan a la ligera su historia. Al final de cuentas lo que importa en una historia de superhéroes es aquello que pasa, las metáforas detrás de esas acciones, las consecuencias de estas hechos en los personajes. Hollywood es una fábrica de salchichas, lo sabemos; pero hasta las salchichas deben tener sabor.

Batman v Superman: dawn of Justice

Dir: Zack Snyder

Guión: Chris Terrio y David S. Goyer

Elenco: Henry Cavill, Ben Affleck, Gal Gadot, Jesse Eisenberg, Amy Adams, Holly Hunter, Diane Lane, Laurence Fishburn

DC Entertainment, RatPac Entertainment, Atlas Entertainment, Cruel and Unusual Film, Warner Bros. Pictures

2016

 

Gracias por venir, George Martin (1926 – 2016)

Imagen tomada newsfirst.lk
Imagen tomada newsfirst.lk

Hay noticias que te ponen triste, sobre todo por la relación cercana, pasional, que tenemos con sus protagonistas.

George Martin es el director de orquesta de la mejor pieza musical que se haya compuesto en el siglo XX.

He ahí la relevancia de esta noticia. A pesar que era algo que se veía venir, porque tenía 90 años, ya estaba grande y quizás ya vale la pena descansar de manera definitiva. Eso no reduce la pena, solo la atenúa.

George Martin es importante.

imagen tomada de fifthbeatle.proboards.com
imagen tomada de fifthbeatle.proboards.com

No solo lo es por haber sido el 5to beatle (ya Paul McCartney lo dijo hoy, en un comunicado. Así que basta de buscar más), sino por darle forma a un sonido que era crudo y que nadie sabía cómo manejar. Nadie quería firmar a The Beatles, quienes a inicio de los años 60 estaban dando saltos para encontrar una disquera. Les daban negativas porque para ese momento “los grupos de guitarras ya estaban pasados de moda” y los que deciden esas cosas suelen tener la última palabra. Pero George Martin sí que tuvo algo más para decir y vio algo que nadie más vio, por lo que decidió firmarlos para el sello Parlaphone, pequeño, subsidiario de EMI, y darles la oportunidad de estar en un estudio, grabar sus canciones y hacer el Big Bang.

Entonces, George Martin es importante.

Tanto como oráculo, como prestidigitador.

George Martin entendió la producción como un espacio para que el músico pudiera crecer, para que la perspectiva artística del intérprete, esa estética personal, tuviera consonancia con lo que se grababa en la cinta. Supo traducir deseos extraños (como aquella vez que Lennon te dijo que quería que Tomorrow Never Knows sonara como si el Dalai Lama estuviera cantando desde la cima de los Himalayas), buscando la mejor manera de conseguir eso que se buscaba. George Martin fue de los más grandes productores porque dejó que la genialidad se desarrollara, porque fue enérgico y decidía cuando la sinergia al interior de The Beatles dejaba de funcionar.

Gracias, George Martin. Sin ti, la música de The Beatles no existiría, no seguiría siendo fresca.

El Oscar 2016: microreseñas exprés

Ese momento del año en el que se habla de películas y en esta ocasión particular, el asunto no deja de venir con su cuota de polémica, por el “blanqueamiento” de las candidaturas principales del premio Oscar. Nada nuevo en Hollywood, la verdad, pero lo bueno de este momento de la historia es que ya es muy difícil salirse con la suya y hay miles de ojos pendientes de cada golpe o error que se produzca en el mundo.

Se supone que este premio es talento (inserte el detector de sarcasmo aquí), pero las nominaciones son un reflejo de la dinámica empresarial de la industria del cine, y dejar de lado a representantes de varias comunidades es, sin duda, un acto de desproporción máxima. ¿Por qué no está nominado Idris Elba por ese rol terroríficamente magnífico en “Beast of no nation”? Sí, quizás el tema pase por el modelo de negocio que los grandes estudios detestan y porque Netflix existe solo para acabarlo. Por eso, la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas prefiere dejar de lado cualquier cosa que involucre reservas comerciales.

La gente de Honest Trailers, con mucho humor, es capaz de hacer una mejor definición de lo que digo. Vean el vídeo.

Ahora sí, vamos con las microreseñas de algunas de las películas nominadas este año:

Mad Max: Fury Road (George Miller)

imagen tomada de elcineenlasombra.com
imagen tomada de elcineenlasombra.com

Un reconocimiento a George Miller, sin duda, porque decidió hacer una película a la vieja escuela, tragando polvo y dificultades. Si bien “Mad Max: Fury Road” podría definirse como una película en la que pasan dos cosas y ya (y la segunda es casi que la negación de la primera), su fuerte está en el trabajo visual y en la existencia de dos personajes increíbles: Furiosa y Max Rockatansky (Charlize Theron y Tom Hardy). Un premio complicado de obtener, pero la nominación ya dice mucho.

The Revenant (Alejandro González Iñárritu)

imagen tomada de 1000historias.com
imagen tomada de 1000historias.com

Todo aquello que es gratuito en “Birdman”, aquí desaparece. El estilo de González Iñárritu se vuelve funcional en este filme en el que la naturaleza es hermosa, dura, dolorosa, enemiga del humano. Aquí estamos ante planos secuencias que dejan la boca abierta, personajes arquetípicos que en el contexto se vuelven cercanos y nos podemos dejar llevar por movimientos de cámara y fotografía que el director ha tomado de Tarkovski (es un homenaje, no un plagio, por favor). El trabajo de Emmanuel Lubezki en la cinematografía eleva al filme y Di Caprio quizás sí vaya a ganar su primer Oscar. La Academia siente una fascinación por los actores que resisten el sufrimiento de su personaje y todo el cast & crew sufrió haciendo esta película.

Spotlight (Thomas McCarthy)

imagen tomada de telegraph.co.uk
imagen tomada de telegraph.co.uk

Basado en hechos reales. No es tanto un filme sobre periodismo, es más bien un filme sobre la tenacidad que debería tener el periodismo. El equipo de la sección de investigación Spotlight, del Boston Globe, indaga sobre los casos de abusos sexuales a niños por parte de sacerdotes católicos y entramos en el antithriller: no hay una fuerza oscura que busca detener la investigación; en realidad percibimos ese conflicto interno que durante mucho tiempo, incluso dentro del mismo medio de comunicación, mantuvo todo el asunto olvidado. Si lo vemos desde el periodismo, el filme nos dice cómo la distancia, la mirada externa, nos va a ayudar a descubrir lo que nadie quiere ver. Mark Ruffalo da lecciones de contención y te vuelve su aliado a medida que avanza el metraje.

The big short (Adam McKay)

imagen tomada de theverge.com
imagen tomada de theverge.com

El director de Anchorman 2 sabe hacer una película que abandone el absurdo, pero no el humor, mientras lucha por ser claro. Hay muy poco en “The big short” que no funcione, muy poco. Quizás, si estornudas, te puedes perder las explicaciones económicas de lo que fue la crisis de la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos; pero nada más. El elenco, coral y totalmente masculino, funciona: todos están a la caza de sacar una tajada de la caída de la economía que ellos ven venir y nadie más. La crítica social funciona más cuando estamos con la boca abierta por la carcajada y las ideas entran en nosotros.

The danish girl (Tom Hooper)

imagen tomada de scoopwhoop.com
imagen tomada de scoopwhoop.com

La ficcionalización de la vida de Lili Elbe y su pareja, Gerda Wegener, es una película hermosa en la que dramáticamente pasa todo con mucha obviedad, pero se sostiene, sobre todo por la lección de actuación de Eddie Redmayne, en quien vemos el paso de hombre a mujer, al interpretar a la primera paciente de una operación de cambio de sexo, en la segunda década del siglo XX. La fuerza de este filme está en él y en Alicia Vikander (quien interpreta a Wegener), así como en la cinematografía de Danny Cohen, quien refuerza la pasión pictórica de la pareja y le da a la historia un aire de belleza justa.

The hateful eight (Quentin Tarantino)

imagen tomada de diariodelcineasta.com
imagen tomada de diariodelcineasta.com

Jennifer Jason Leigh está nominada como actriz de reparto por su papel de Daisy Domergue, la prisionera que es víctima de golpes y golpes y de una acción desproporcionada y misógina, en una película en la que muchos mueren, pero no vemos su sufrimiento o solo un poco. Daisy, en cambio, sí va a sufrir, y lo hace todo el tiempo en pantalla, incluso cuando sonríe. The hateful eight es una película que sirve para que Tarantino se muestre desgastado y lejos de aquel genio que hizo grandes filmes. Un plus real: la música de Ennio Morricone (también nominado como mejor score original).

The Martian (Ridley Scott)

imagen tomada de screenrant.com
imagen tomada de screenrant.com

Buen entretenimiento que tiene su mérito en la aparente ciencia y el esfuerzo que pone un grupo de científicos de la NASA para traer de vuelta a la Tierra al astronauta Mark Watney, abandonado en Marte. El logro real de la película está en su ritmo y en la naturalidad de la soledad de Watney (interpretado por Matt Damon) y en la sinergia casi de sitcom de la totalidad del elenco. Nada más.

El rigor en la opinión periodística y el problema del reflejo

Captura de pantalla 2016-02-24 a la(s) 09.53.19
Captura de pantalla de entrada en portal en 4pelagatos

Por estos días, el portal 4pelagatos se mueve en dos niveles de lectura interesantes, que quizás nos revelan la posición en la que estamos intelectualmente en este país. El primero, el abuso: el gobierno ha decidido irse contra ellos, aduciendo que el uso de imágenes de la cuenta de Flickr de la Presidencia de la República, sin permiso del mismo gobierno, significa violentar los derechos reservados de esas imágenes y eso es absurdo. El segundo: la reacción del portal, necesaria, pero exagerada, que deja de lado lo que el periodismo de opinión debería considerar como básico para su existencia, e intenta sentar las bases conceptuales para una posible demanda de peculado, al establecer una relación directamente proporcional entre la arremetida del gobierno y la idea del robo de imágenes que, bajo cualquier criterio, son públicas; son pagadas con el dinero del Estado, que es dinero de todos.

Debo aclarar algo antes de continuar: nada de lo que sea pagado con el dinero público puede considerarse privado. Punto.

En esta época en la que las grandes empresas quieren defender su “derecho” a la propiedad privada como un mecanismo de poder (solo basta pensar en las farmacéuticas), defender este “derecho” con la idea de callar a detractores es simplemente de desgraciados.

No, corrijo. Eso es de gente deshonesta. Si algo nos va a quedar luego del correísmo, como una resaca larga y difícil de abandonar, va a ser la deshonestidad intelectual a la que hemos estado sometidos en estos casi 10 años. Ecuador es hoy el país en el que si yo tengo una especie de poder (sea cual sea) podré hacer con él lo que me dé la gana, no por un buen argumento o porque la ley me lo permite, sino porque puedo, porque tengo el poder. El Gobierno lo hace con 4pelagatos y la respuesta es casi un reflejo.

Captura de pantalla 2016-02-24 a la(s) 09.57.07
Captura de pantalla de texto de Cristina Vera Mendiu en GkillCity

Cristina Vera Mendiu escribe sobre este tema en el portal GkillCity. Su texto “El verbo se hizo gato” da en el clavo en muchos aspectos. Más allá de invitarlos a leerlo (deben hacerlo), me quedo con algunas ideas que reproduzco a continuación:

“La medida del gobierno sobre sus fotos es absurda al punto de que basta un ejemplo sencillo para demostrarlo: un niño de escuela haciendo su tarea no podría utilizarlas, salvo que reciba una autorización expresa y escrita de la Secom. Ese es el punto del despropósito, pero de nuevo ¿es eso un robo?”

“Ya está clarito que al gobierno del Ecuador es más fácil provocarlo que a un adolescente pendenciero, pero la pregunta es ¿a qué costo? Que está mal, está mal: es una privatización discrecional de bienes públicos en un gobierno que ha tenido la osadía y la contradicción de marcar constitucionalmente a la información como un bien público pero, en Flickr, declararlo privadísimo. No es un robo. Es una cosa más grave: una declaración de incoherencias, una clarísima muestra de una falta de conceptos, un retrato de la acomodaticia naturaleza que el poder prolongado provoca hasta en aquellos que alguna vez se creyeron intelectuales. Pero los periodistas, si quieren ser serios, no pueden caer en eso. No puede ser un juego de dar y recibir de inmediato, de dos barrabravas enfrentados. Se trata de convertir la riña callejera en una discusión de argumentos, no de desabotonarse la camisa para entrar a darnos de golpes, todos”.

Concuerdo con Vera cuando se refiere a la necesidad de tener un espacio como 4pelagatos. Lo leo a diario, de cierta forma disfruto de su lectura. Pero lo encuentro en el medio de la vorágine que ha determinado Rafael Correa: ya no solo el presidente impone agenda periodística, ahora impone “luchas”, medios, posturas editoriales y el periodismo se presta para eso.

4pelagatos está en el terreno de generar opinión pública y, sobre todo, de evidenciar una nueva intelectualidad capaz de contraponerse a la intelectualidad correísta. Lo hace a través del periodismo de opinión como género principal y en muchas ocasiones, para los lectores, la opinión se puede confundir con el “hecho”, y esto exige una gran responsabilidad para quien la escribe. Más allá de esto, estamos en un momento político en que los argumentos contrapuestos, capaces de generar una discusión real, se estrellan con la tercera ley de Newton que nos reduce a acción y reacción. Y hoy en día, cuando la física clásica nos ha quedado corta para explicar cosas mucho más pequeñas, subatómicas, parece que seguimos en la dinámica de sobrerreaccionar como si no tuviéramos más remedio. Estamos en el terreno más básico de la relación entre unos y otros.

El rigor periodístico no solo está en la defensa de una postura desde la opinión. Está en el uso preciso de los hechos, en su interpretación más honesta, en opinar de manera argumentada. La perspectiva que está manejando el portal 4pelagatos parte de algo justo, pero se desdibuja rápidamente. En una época en que la autoridad rompe el orden, la normativa y la lógica de las ideas todo el tiempo, tener un poco de estructura puede ser el gran ejercicio de resistencia posible. El periodismo de opinión vence si no entra en ese juego del poder; así se distancia de ese poder y lo revela como realmente es: pequeño. Por eso, el gobierno no se roba las fotos, el gobierno hace lo que le da la gana con lo que maneja por el hecho de estar en el poder. Eso es deshonesto.

4pelagatos es un espacio creado por tres de los mejores profesionales de periodismo que hemos tenido en el país, que disfruto leer y que considero maestros del oficio, en géneros como crónica, entrevista y opinión. Ese portal se fortalecería si deja de lado la exageración, porque la justicia no se gana jugando el mismo juego del verdugo. Se gana haciendo mejor lo que uno sabe hacer, y José Hernández, Martín Pallares y Roberto Aguilar saben hacer periodismo de gran manera. Ese es el terreno en el que van a ganar siempre.

La irreverencia solo está en la forma (sobre “Deadpool”, de Tim Miller)

Deadpool_poster

De entrada estamos ante una película que quiere cagarse en todo. Lo hace, los créditos iniciales son una burla autoimpuesta, que es capaz de decirnos que para los tipos que están haciendo el filme no hay nada sagrado, ni ellos. Pero este carácter pronto se diluye y quizás no nos damos cuenta de eso sino hasta que “Deadpool” (Miller, 2016) está muy avanzada: en algún punto nos detenemos, removemos los chistes y nos preguntamos si lo que estamos viendo es realmente irreverente o no, o solo una colección de chistes.

La apariencia de irreverencia es lo que convierte a Deadpool es lo que es: el filme rated R con el estreno más exitoso en toda la historia. Pero no hay mucho más de eso, solo tenemos dos grandes escenas de acción (una de ellas estirada hasta casi 40 minutos) y la aparición de un personaje principal que no para de hacer bromas (interpretado por Ryan Reynolds, una vez más, luego de hacerlo en esa ridiculez llamada “X-men origins: Wolverine”), con un conflicto básico y obvio: vengarse de un villano que, según la normativa de los villanos, buscará hacerle daño al héroe a través de sus seres queridos.

Eso es quizás lo que me dificulta sentir que he experimentado un producto de cultura popular que vale la pena. Deadpool es, a breves rasgos, casi dos horas de rutina de stand up-comedy (gracias a Marcela Ribadeneira por esta descripción) y a menos que estemos ante un genio a lo Bill Hicks, no hay manera de salir feliz de la experiencia. Hay unos chistes mejores que otros, momentos en los que te vas a reír mucho (sobre todo cuando descubres que en el universo diegético de Deadpool los guiños a lo pop son mayúsculos: “Te voy a hacer lo que Limp Bizkit le hizo a la música en los 90s”, dice Deadpool en algún punto del metraje), pero el recorrido se trunca porque en una buena rutina de stand – up hay que pasar por varios estados, momentos, varias instancias emocionales.

¿Por qué pasa esto? Porque el deseo de hacer una película que destruya los clichés de los filmes de Hollywood alrededor de superhéroes se reduce o desvanece en favor del mismo cliché. La importancia que se le puede dar a Deadpool tiene que ver con llevar a pantalla los elementos que hacen del personaje algo particular en el comic (Deadpool rompe la cuarta pared todo el tiempo, sabe que está en una película, sabe de las otras películas de los X-men, va a salirse con la suya y todo es susceptible de burla). Ese carácter es mágico y permite mucho; pero los productores apostaron por quedarse en la forma. Un tipo de forma que le da la vuelta a las elipsis (el tiempo pasa en pantalla en la medida que somos testigos de varias escenas de sexo) y que afecta a las partes de la historia (flashbacks que van y vienen hasta la mitad del filme y que extienden la escena inicial). Nada más. En su primera hora, Deadpool ofrece todo lo que tiene que ofrecer y regresamos a lo mismo de siempre. Mientras más cosas cambias, más siguen iguales.

No todo está perdido. La escena poscréditos es quizás la mejor que se pudo haber hecho en una película basada en personajes de Marvel. La mejor. Ese guiño a una clásica película de John Hughes le permite a Deadpool dejar todo arriba y eso sí se puede agradecer.

Deadpool

Dir: Tim Miller

Guión: Rhett Reese y Paul Wernick

Elenco: Ryan Reynolds, Morena Baccarin, Ed Skrein, T.J. Miller, Gina Carano, Brianna Hildebrand

20th Century Fox, Malvel Entertainment, Kinberg Genre, The Donner’s Company, TSG Entertainment.

2016

Un fantasma como Eco

1427393303_512601_1427394237_noticia_normal
imagen tomada de elpais.com

Nunca tuve una relación cercana con Umberto Eco, más que nada por una idea de representatividad y de respeto a un criterio que todavía me persigue: la academia es aburrida. Y eso que ahora laboro en la academia y mucho de esa idea no ha cambiado. Este criterio formó una especie de espíritu de cuerpo que con el tiempo ha ido mutando a algo mucho más interesante, sobre todo por gente como el propio Eco y si bien no he sentido como personal su muerte, siento que hay algo que me va a ser falta por su ausencia: la posibilidad de hablar de lo popular desde el rigor sagrado de lo académico.

Mi contacto con Eco se dio por doble vía, de niño. En 1988, cuando vi por Teleamazonas la versión cinematográfica que Jean-Jacques Annaud de “El nombre de la rosa”, quedé impactado y pude asociar su nombre a algo que llamó mi atención: la escena en que la muchacha seduce a Adso de Melk (un Christian Slater con un peinado de Looney Tunes). Cuando algo me llamaba la atención, lo anotaba en mi libreta mental. Aún lo hago. Ese mismo año encontré en la biblioteca de mi papá su ejemplar de “El nombre de la rosa” y lo leí.  No recuerdo nada de esa experiencia. Si encuentro ese ejemplar, me lo quedaré para releerlo.

El fantasma de Eco empezó a tener cuerpo hace pocos años. No a través de sus novelas, que decidí no leer porque, insisto, no había nada que me acercara al autor por lo que representaba, sino por las notas de prensa en la que las declaraciones que daba lo llevaban a otro nivel para mí. “Sí, quizás debería leerlo”, me repetía.

Umberto Eco decía cosas como:

“La verdadera educación quizás ya no sea dar más información, sino enseñar a elegir” (para el programa Hora Clave, de la televisión argentina).

“La materia prima debería ser cómo filtrar las informaciones, pero ningún profesor es capaz de enseñar eso. Una vez sugerí que los chicos escogieran un argumento y copiaran tranquilamente de internet, pero consultando diez páginas web; así empiezan a ver las diferencias, que no todas dicen la verdad o, por lo menos, la misma cosa, y van desarrollando su sentido crítico. Al final, San Agustín, que no sabía griego ni judaico, para saber si era una traducción buena o mala, la comparaba, y esa era la única manera crítica que tenía” (en una entrevista para ABC, sobre su novela “Número cero”).

“En realidad, si no hay crisis no hay cultura, porque la cultura es, en sí misma, una interrogación constante, lo que también implica una crítica de la existencia. La propia crisis es una condición para el desarrollo cultural. Participé en un importante congreso que organizaron en Francia para hablar de la crisis de nuestro tiempo, al que asistieron pensadores, creadores e intérpretes como Milan Kundera,Graham Greene y Sofía Loren. En mi intervención, afirmé que el papel de los intelectuales no es el de salvar la cultura. Deben limitarse a producirla. En términos filosóficos, crisis cultural es una expresión carente de sentido (…) Lo mismo sucede con la universidad (…). Siempre se repite que está en crisis. Es una afirmación que hacen en cada país, partiendo del mito de que el sistema universitario funciona mejor en otros lugares. Cada uno piensa que la universidad propia funciona mal, y que las restantes son mejores. En realidad, los europeos compartimos las mismas dificultades en este ámbito. Y es cierto que nuestras universidades tienen muchos problemas. A medida que pasa el tiempo, licenciarse en una carrera resulta cada vez más sencillo, cuando, en realidad, las licenciaturas deberían ser más difíciles. Los doctorandos se convierten en profesores antes de lo que sería conveniente, y para ello precisan menos esfuerzo que antes. Además, hay un número excesivo de alumnos, y eso complica la tarea académica. Lo que realmente está en crisis es esta universidad masificada. Pueden estudiar unos pocos, pero si lo hacen novecientos, es más difícil. A la universidad debería llegar una elite, como sucedía en las mejores épocas de esta institución. Además, las nuevas tecnologías han modificado la relación de los alumnos con los docentes. La enorme cantidad de información que ha supuesto la explosión de internet sustituye, en cierta medida, el papel del profesor, y modifica las relaciones que los estudiantes tienen con él. El caso estadounidense es distinto: en sus universidades uno aprecia con claridad que estudiantes y profesores mantienen una mayor relación entre sí” (en una nota publicada en The Cult, en medio de la entrega de un doctorado Honoris Causa de la Universidad de Burgos).

Y la frase que más me ha gustado, en los últimos años, por su incorrección, sinceridad, por el golpe:

“Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas” (de acuerdo a lo publicado por el diario El País, de Uruguay).

Quizás debería leerlo. No como un acto de homenaje, sino como un acto de aceptación de que un mundo lejano se puede convertir en propio.

Umberto_Eco_CLAIMA20150403_0134_14
imagen tomada de revistaenie.clarin.com

Pablo Ordaz. en su artículo publicado en El País, hace un pequeño perfil que consigue dar en el clavo en muchas de las ideas que Eco encarnaba:

A sus coetáneos les asombraba, como subraya Gianni Rotta, que “un semiólogo, un crítico, todo un filósofo, se ocupase de cómics, o que un profesor predicase que, para entender la cultura de masa, antes hay que amarla, que no se puede escribir un ensayo sobre las máquinas flipper sin haber jugado con ellas”.

Ordaz continúa:

Tras su muerte, tanto políticos como intelectuales han intentado apresar su personalidad. Según el jefe del Gobierno italiano, Matteo Renzi, Umberto Ecco fue “un gran italiano y un gran europeo”. Por su parte, el presidente de Francia, François Hollande, se acercó un poco más al referirse a él como un inmenso humanista, que se interesaba por todo y que estaba “igual de cómodo con la Historia medieval que con los cómics”. Como subrayó Hollande, “nunca se cansó de aprender y de transmitir su inmensa erudición con elocuencia y humor”.

En cierta ocasión, Umberto Eco dijo: “El que no lee, a los 70 años habrá vivido solo una vida. Quien lee habrá vivido 5.000 años. La lectura es una inmortalidad hacia atrás”.

Ese fantasma me toca hoy de cerca.

Una biopic y la eterna ruptura (sobre “Einsenstein in Guanajuato”, de Peter Greenaway)

Imagen tomada de twitchfilm.com
Imagen tomada de twitchfilm.com

Peter Greenaway tenía entre sus planes hacer una segunda película sobre Sergei Einsenstein, pero una vez que aparecieron en Rusia las primeras reseñas del filme del que hablaré en este post, no hubo forma de conseguir imágenes del director soviético en Suiza. La Russian Film Foundation dijo “no”. ¿Por qué? Porque Greenaway hizo un ejercicio de ruptura cinematográfica (uno más en su filmografía), en el que analiza el cine y las transformaciones personales del autor y eso, en la Rusia de Putin puede ser visto como un sacrilegio.

En “Einsenstein in Guanajuato”, ese gran motor del cine y de su gramática (hablo del gran Sergei Einsenstein, interpretado por el finlandés Elmer Bäck, en su primer protagónico), vive una experiencia homosexual en su viaje a México en 1930 – 1931 que, de acuerdo a lo que el propio Greenaway ha dicho en una entrevista en The Calvert Journal, produjo un cambio evidente en el director, nacido en Riga, en 1898: “Siempre he sentido que sus primeras tres películas fueron muy diferentes a sus últimas tres. ¿Por qué? Creo que la respuesta es que cuando vas al extranjero, te vuelves otra persona”. Y eso, de acuerdo a la misma nota, se refleja cuando las preocupaciones por el colectivo, por la masa, en “La huelga”, “El acorazado Potemkin” y “Octubre”, se convierten en reflexiones sobre el individuo, en “Alexander Nevsky” y en las dos partes de “Iván el Terrible”. “Estaba lejos de la paranoia, de la persecución estalinista y completamente separado de las excentricidades políticas y se vio, de golpe, enfrentado a una nueva y diferente sociedad -insiste Greenaway-. Hay mucha evidencia que él liberó, y se volvió más empático a las nociones de la condición humana”.

Lo que para Greenaway supone como ruptura en Einsenstein se pone de manifiesto en una película con una anécdota básica: Sergei Einsenstein llega a México a rodar una película que debía tratar sobre la historia de ese país. Lo hace luego de salir de Estados Unidos, después de su fracaso por integrarse al sistema de estudios de Hollywood y con financiamiento conseguido gracias a Upton Sinclair y su esposa, Mary Craig Sinclair. A nivel de historia no pasa más.

Las casi 50 horas de filmación se convertirían en película casi 50 años después de la experiencia del soviético en América. Einsenstein no la terminaría: la falta de dinero y la presión por regresar a la Unión Soviética pudieron más.

Imagen tomada de calvertjournal.com
Imagen tomada de calvertjournal.com

Con “Einsenstein in Guanajuato” estamos ante un compendio de viñetas que confrontan al director con su guía mexicano, Palomino Cañedo (Luis Alberti), con quien reflexiona sobre la revolución soviética, el marxismo, Hollywood, el arte, muerte, dolor, sexo… temas que pueden considerarse una constante en la obra de Greenaway. En una puesta en escena que convierte, tanto al encuadre como a cierta dinámica entre personajes, en un tríptico en constante movimiento. Greenaway necesita que todo se mueva, siempre, incluso en esos momentos de formato clásico, algo se rompe y el encuadre parece tener vida y transformarse en otra cosa. Hasta los planos secuencias, falsos en cierta medida, tratan de alterar el orden y construcción mental de normalidad que tenemos como espectadores. Aquello que se ve perfecto y en forma, va a transformarse de golpe en otra cosa. En “Einsenstein in Guanajuato” la belleza de la imagen (sobre todo en la parte en que los personajes recorren el museo de las momias), más que obvia, es también vehículo para condensar las discusiones en las que transitan quienes aparecen en escena.

En la vida nunca nada es estático y este director lo sabe.

Greenaway no se queda atrás en su deseo por alterar el orden y la calma de sus espectadores. Su objetivo no solo es trastocar la experiencia del cine como tal (es clásica su diatriba sobre cómo el formato y soporte cinematográfico no ha cambiado en 100 años, por que lo que ha llegado a decir que el cine ha muerto), este director también busca sacudir a quien ve sus películas y en este caso, la provocación llega con la desnudez total masculina (algo que no es novedad en su cine), así como una escena de sexo homosexual en la que, como si fuese una travesura, Einsentein es capaz de hacer una relación entre la revolución bolchevique y la pérdida de la virginidad. Vamos, esto que acabo de decir no es adelantar nada de esta película. La experiencia que hay alrededor de la obra de Peter Greenaway no radica en no saber lo que va a pasar, sino en considerar que pese a que lo sepamos, no vamos a salir sin golpes. Peter Greenaway siempre vence al spoiler.

La música de Prokoviev está por ahí, y si bien nos hace falta las composiciones de Michael Nyman, la construcción sonora en este filme respeta de alguna manera la tradición. De pronto algo se altera y los sonidos, música y diálogos entran en un torbellino. Momentáneo, eso sí.

Imagen tomada de screenonscreen.blogspot.com
Imagen tomada de screenonscreen.blogspot.com

Greenaway hace un ejercicio extremo de edición simultánea o yuxtapuesta durante los primeros 20 minutos. Luego baja el tono, quiere que nos centremos en la relación entre Eisenstein y Cañedo, y en cómo en toda esa explosión de cine, sexo y reflexiones, algo se construye en el soviético y eso lo vuelve otra persona. La experimentación salta, como flashes, alterando la sensación de unidad de cada viñeta. Quizás Greenaway, ya con 73 años, baja un poco la guardia porque la ruptura, si bien es importante para considerar al arte como arte, es también un ejercicio de mínima gratuidad, incluso cuando hay razones fuertes detrás de ella.

Y quizás eso sea lo único que le podemos reclamar a Peter Greenaway: en su intento por no dejarse llevar del todo por la provocación, “Einsenstein in Guanajuato” cae en agujeros que la vuelven tediosa, aburrida. Pero se recupera y al final, con esa imagen de un ser distinto, dolido y con pesar, esta biopic extraña cierra sus alas y cobija algo que podemos descifrar como abandono. La versión que Greenaway hace de Eisenstein es interesante, incompleta y atormentada. Esos tres adjetivos, de la mano de este director inglés, se vuelven en apuesta atractiva.