Mutar la palabra que te nombra (acerca de “El animal sobre la piedra” de Daniela Tarazona)

artículos, Reseñas

imagen tomada de bitacoradenaufragios.wordpress.com

Y arranco esta reseña aludiendo a la imposibilidad de hacerle justicia a una novela poderosa como la de Tarazona. He intentado varias veces terminar este post sobre un libro que he leído dos veces de corrido y que me espera por una tercera vez, con el descanso necesario para que decante todo. Y no, no es porque exista en ella una complejidad que la convierta en un objeto inasible, sino por estrictamente lo contrario. “El animal sobre la piedra” es un libro sobre la resistencia y el cambio, y en sus líneas, en el diario que registra su personaje en ese momento en que la vigilia se cruza con el sopor del sueño, hay un golpe claro y directo sobre lo frágil que es el ser humano ante la relación más conflictiva y natural que tiene: la filial.

Con “El animal sobre la piedra”, uno piensa de inmediato en Clarice Lispector y en cierta medida en Kafka, pero lo que la autora intenta, más allá de la referencia a ambos autores (a Lispector, incluso con un poderoso epígrafe), es construir un relato sobre lo inevitable de la transformación. El personaje principal es Irma, quien nos narra todo desde un afiebrado estado en el que no sabemos si lo que cuenta sucede o no (lo cuál es el mérito fabuloso de toda gran construcción de lo verosímil en la ficción: acepta el mecanismo como espacio de símbolos y de posibilidades sensoriales). Ella, luego de la muerte de su madre, decide viajar, guarecerse en una playa, para echar a andar todo un proceso interno de cambio, que se va a evidenciar en lo físico. Irma se está convirtiendo en un reptil. Y no hay pesadilla en esa metamorfosis, solo sosiego.

Irma consigue, en ese proceso de construir un nuevo cuerpo, no solo decir algo sobre su humanidad; también habla de su rol de mujer.

imagen tomada de losinrocks.com

La única manera  para hacer de una experiencia algo más ‘vivible’ está en reconocer los dos  extremos por los cuales existe. Irma es hija, pero a lo largo de la narración la vemos en el camino a ser madre. Reflexiona y vive en los dos lugares de la misma línea. La narración cuántica. Irma se aleja de todo, entabla nuevos contactos, con un hombre y su mascota (es maravilloso que sea un oso hormiguero), que en algún punto se pueden romper. ¿Por qué? Porque se trata de construir lo nuevo sobre las ruinas de algo que ya no existe, que ya fue. Y así se le puede dar sentido a la misma situación que aparece como síntoma: “Mientras como el último bocado, siento que un diente se desprende, sucedió antes y, en poco tiempo, mi organismo creó un diente nuevo. Me quedo tranquila recordando aquella suplantación exitosa“. En “El animal sobre la piedra” todo aparece en clave de suplantación, como toda buena narrativa.

Esto es lo maravilloso de la novela de Daniela Tarazona. Un viaje que da la vuelta, recupera elementos del inicio, pero con otro fondo. 180 grados y la palabra es distinta, ha mutado, pese a que habla de lo mismo. Un lujo que se debe leer.

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