No hay nada extraño por aquí: sobre esa maravilla llamada “Stranger things”

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He leído de todo lo imaginable alrededor de “Stranger things”. Desde artículos que tratan los obvios homenajes que el show hace a películas de los ochenta hasta reportes sobre cómo se crearon sus créditos iniciales, todo desde la perspectiva de que el programa es la nueva esperanza/sensación de la cultura popular y el último hito de la televisión. 

La creación de los gemelos Matt y Ross Duffer es una maravilla en muchos aspectos: la caracterización de sus personajes, la atmósfera, la idea del tributo, pero sobre todo, el ritmo. Las cuatro storylines de “Stranger things” se desarrollan al mismo compás en cada capítulo y así nos distraemos mientras esperamos la resolución de los arcos abiertos: recibimos la dosis con mucha precisión.

“Stranger things” está ambientada en 1983 y es la historia de cuatro amigos (Mike, Will, Dustin y Lucas) que viven en Hawkins, Indiana. Una noche, una criatura extraña, el Demogorgon —Lovecraft estaría orgulloso de esto—, atrapa a uno de ellos. Así se inician varias búsquedas paralelas: una, la del jefe de policía; otra, la del hermano mayor del desaparecido, y, finalmente, la de los propios niños. En el camino se enfrentarán a un monstruo de extraña naturaleza, a los poderes ocultos detrás de ciertos experimentos gubernamentales y a bullies, en compañía de la misteriosa Eleven, quien se unirá a su aventura.

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“Stranger things” es sobre la inocencia, la amistad,  la conspiración, el error, la culpa, la violencia, el dolor, la curiosidad, la cobardía y la valentía. Todo empaquetado en ocho capítulos, muchos de ellos dirigidos por los propios Duffer y otros por Shaw Levy, director de la saga “Una noche en el museo”.

Para contar una historia de estas características se necesita equilibrio, del tipo que, sobre todas las cosas, no deje a medias sus partes, ni convierta a alguna de ellas en relleno. Incluso, en lo que concierne al melodrama adolescente entre Jonathan Byers (hermano mayor del niño desaparecido, interpretado por el inglés Charlie Heaton) y Nancy Wheeler (hermana del héroe niño de la historia, Mike, e interpretada por Natalia Dyer) no existe cursilería ni momento muerto que nos haga pedir a gritos que acaben con este sufrimiento. En realidad queremos más. Nunca dejan de pasar cosas en la serie y cuando llegamos al penúltimo capítulo, en el que por fin entendemos lo que sucede, nuestra atención sigue en hype. No se trata de que los Duffer descubrieran algo único; se trata de saber narrar una historia y de utilizar personajes con sus distintas profundidades para que estas historias se vuelvan cercanas. Y eso en una serie de suspenso, ciencia-ficción, fantasía —o como se la quiera llamar— se agradece. Amamos a estos personajes, nos preocupamos por ellos, queremos que sonrían finalmente. Y estamos ante un posible triunfo, con sus “bemoles”, pero triunfo. Conseguimos algo de lo que buscamos.

Esos seres nos interesan, sin importar sus puntos flojos: así sean una niña con poderes telequinéticos —un arma letal capaz de asesinar a sangre fría, cuando quiere—, o un tipo capaz de espiar y fotografiar a otras personas que están a punto de tener sexo, o una ama de casa desesperada que no tiene el apoyo de su marido y no sabe cómo conectar con sus hijos, o un policía adicto a las pastillas, que trata de sobrevivir diariamente la pérdida de su pequeña hija. No es la nostalgia lo que hace que “Stranger things” brille; en realidad es el regocijo de contar una historia de la manera más tradicional posible —con un constante uso de flashbacks— y con personajes cercanos.

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Y hace tiempo no tenemos algo que conecte con los espectadores a este nivel.

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Si películas como “The Goonies”, “ET” o “Stand by me” funcionan, lo hacen por su ritmo y sus personajes. Las acciones se cuentan en pocas líneas, lo que se queda con nosotros es la interacción entre esos seres y sus reacciones ante las cosas que enfrentan. Con esta serie no se trata de revivir una época que se cree mejor; se trata de entender que detrás de contar historia —sea para el soporte que sea— podemos revisar los clásicos y apropiarnos del ritmo. Los Duffer lo han hecho bien. Han tomado muchos recursos de Stephen King —de los pocos autores capaces de unificar líneas argumentales de niños, adolescentes y adultos en medio de misterios— y han ofrecido una experiencia pop que se celebra.

Y en este mar de cosas no tan extrañas, de estructuras clásicas y de caminos ya recorridos y que son reproducidos con calidad, hay algo que salta para mí: Hopper. Ese quizás sea el personaje más contundente y brillante de toda la serie (sí, los niños están bien, sobre todo Dustin y sus desdentadas frases llenas de razón). Hopper —interpretado por David Harbour, uno de esos actores que hemos visto en decenas de series y películas, pero que no había tenido su espacio para despegar— es la síntesis perfecta del héroe que esperamos en tiempos turbulentos: decidido, que sigue su instinto y que no se queda quieto. Hopper, desde la desesperada condición de hombre con dolor, no puede pasar desapercibido y hará todo lo que sea para cumplir la que es su misión. Es capaz de vender su alma si se trata de que su trabajo llegue a buen puerto. Porque solo le queda eso. Y en el desenlace podemos ver en un juego de montaje alterno / flashback lo que hay para él. Ha perdido todo y solo se tiene a él, al ahora. Es duro y esa dureza tiene explicación y esa explicación nos enternece. Hopper es el héroe de una serie que se lo merece tal como es. Por eso, cuando es interrogado en el capítulo final es capaz de responder como si fuese James Bond o un Batman que no tiene dudas sobre lo que va a pasar. Todo está perdido, aparentemente, pero él sabe que puede todavía ganar algo: mantener su compromiso de cuidar a la gente de Hawkins, así eso implique tomar decisiones difíciles.

Una segunda temporada se hace necesaria, y aunque falte mucho tiempo para que eso suceda, espero que no haya error, o una carrera por mejorar una receta que no necesita arreglo, sino constancia. La fórmula está servida, nosotros solo estamos para disfrutarla.

El poder es de los desgraciados (sobre “Todo ese ayer”, de Osca Vela)

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imagen tomada de larepublica.ec

He pasado varios días pensando en esta, la reciente novela publicada por Oscar Vela, porque creo que más allá del ejercicio que ha hecho Santiago Páez con “Ecuatox“, no encuentro ninguna otra obra de ficción que desentrañe el correísmo que se vive en Ecuador, pero desde una posición tangencial. No es un disparo directo, pero no hay cómo ver a otro lado. No hay reclamo, hay una suerte de reflejo, de radiografía del poder, de lo que significa tener el poder en un país que está lleno de gente que controla a otra, que puede decidir por otra, que acaba al resto si lo quiere, porque puede.

“Todo ese ayer” habla de cómo gente con el poder económico, de seguridad y político es capaz de sostener sistemas que defenderán a toda costa; un sistema que genera víctimas no por acciones “macro”, sino por el daño que se inflige directamente. También habla de cómo la sociedad se mantiene en función de apariencias, de ideas que no responden a la realidad, de cosas que se guardan para proteger el status quo. “Todo ese ayer” habla de personajes destrozados porque hay algo sobre ellos que los presiona. “Todo ese ayer” es la novela que nos muestra qué pasa cuando los desgraciados tienen el poder, aquí y en otros sitios, en un país, en una ciudad, en una familia. No hay un deseo por atacar al régimen, hay solo necesidad de contar una historia sobre cómo ejercemos el poder desde la posibilidad de hundir al otro, con las justificaciones que encontremos. Y eso, bajo cualquier perspectiva, va a referirnos al correísmo; eso y las relaciones de la historia con el 30 de septiembre de 2010, que no es algo gratuito.

En “Todo ese ayer” hay un solo camino: la imposibilidad de salir del lugar en el que se está. El poder convierte todo en arena movediza y si queremos escapar de ahí, en realidad nos hundimos más. Hay consecuencias en las acciones que realizan y han realizado Federico Gallardo y Sebastián Barberán, dos amigos de adolescencia, cercanos, casi como hermanos. Uno argentino (Barberán) y otro viviendo en Argentina con su familia (Gallardo). Cuando el tiempo consular termina para su padre en Buenos Aires, Federico vuelve a Quito con su familia. Sebastián se queda, interviene directamente en contra del régimen militar de su país, lo detienen y lo desaparecen. Al menos eso cree Federico hasta que Sebastián reaparece en forma de un email. El pasado regresa, pero todo ha cambiado. Sebastián necesita ayuda, siente que lo persiguen, que los fantasmas de ese poder que lo doblegó están detrás de él. Federico no lo puede ayudar; el poder que le ha dado estabilidad, y que él parece disfrutar, lo ha proscrito y no va a descansar hasta hundirlo. Y se va a hundir. Federico deberá tocar fondo hasta reconocer que no hay manera de recuperarse una vez que el poder te ha señalado.

Hay algo importante en la forma en que Oscar Vela construye sus novelas; algo que te remueve. Pasa por el hecho de que las acciones se construyen y se destruyen casi en un mismo nivel. Ese golpe maestro de acabar con personajes de un renglón a otro y de abrir dudas que resuelve con simples gestos es lo que convierte a su trabajo en un deleite para el lector. No se trata de transformar la literatura, de experimentar, de hacer vanguardia por hacerla, se trata de controlar lo que se cuenta y las sensaciones y filiaciones que se desarrollan en el lector. Una persona no lee para pasar el rato, lo hace para conocer a otros seres y entender algo de la vida, porque así es la empatía. Oscar Vela lo sabe, por eso su apuesta mira hacia los que no pueden más, los que activan alarmas, los que piden auxilio. En este universo, en el que Federico, su mujer Rocío y Sebastián parecen buscar puntos en común, descubrimos que la anécdota que da inicio a todo debe agotarse. No hay más. Ese poder que Vela evidencia se traga todo, no deja nada, es un agujero negro que no va a permitir que la luz salga. Es un poder que se activa para lo que mejor sabe hacer: acabar con el otro, de la peor manera posible.

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imagen tomada de larepublica.ec

Hay mercurio debajo de la piel (sobre “La piel”, de Juan Terranova)

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                   imagen tomada de revistadinamo.com

El narrador sin nombre mueve los hilos –y los estanca en los momentos de introspección necesarios– en una novela que propone decenas de reflexiones que van desde la conciencia de la imagen, del crecimiento y hasta la exposición pública. Esta es un ir y venir, un tira y afloja para travestir otras cosas. No existe hijodeputa más grande y ser supremo más interesante que él, y la sensación se eleva y desciende de golpe luego de 181 páginas: nunca es suficiente todo lo que un ser hace, omite o ejecuta como reacción. Siempre puede ser peor.
Juan Terranova hace con “La piel” (Galerna, 2015) un ejercicio de reflexión sobre el cuerpo, sobre lo que uno hace con su cuerpo-vida, sobre lo que alguien está dispuesto a dejar que suceda en sí, cuando ese cuerpo adquiere el valor de un cristal, que se rompe y que deberá moldearse a fuego. “La piel” no es una aventura moralista, es el enfrentamiento con una moralidad que se acomoda a las circunstancias. Es también una lectura que, de entrada, juega a poner al autor como eje autobiográfico de la ficción. Sí, Terranova está en el mundo del periodismo –no hay derecho en perderse sus textos en revista Paco, por ejemplo, y es importante entender que este trabajo se inició por la frustración de que un editor rechazara su texto periodístico sobre las cirugías plásticas – y el narrador de “La piel” también sale de aquí. Es despedido en lo que parece ser una rutinaria justificación laboral para quienes nos dedicamos a esta profesión, y la falta de trabajo es el detonante para el análisis y pensamientos sobre el capitalismo y cómo, en una última expresión humana, este se manifiesta en la necesidad de alterar el envejecimiento del cuerpo –o en el caso de adolescentes, de acelerar el crecimiento– para no expirar. El narrador de “La piel” labora dentro de una máquina del tiempo quirúrgica: consigue un trabajo –luego de salir de un medio y encontrar un lugar más pequeño y barato para vivir– como redactor del boletín de una asociación de cirujanos plásticos, elucubra sus movimientos en ese espacio y sabe que después de eso ya no hay nada, cuando se altera eso que nos recubre, esa membrana que es la piel, ya nada nos contiene.

“A diferencia de los idiotas de la crónica contemporánea, para los que el logos es apenas un medio de comunicación y la realidad, un beneficio maleable, el novelista, por el mismo hecho de poner su texto bajo el amparo de ese género, consigue borrar y construir marcas que pueden ser leídas de muchas maneras diferentes, incluso opuestas”, dijo Terranova a revista Tónica al hablar de la clave autobiográfica de su obra, en especial de esta última novela. Y Terranova no usa el lenguaje para edulcorar lo que quiere decir, esta frase lo delata. Lo acerca un montón a las reflexiones de su personaje / narrador, sin nombre, con pocos elementos que lo identifiquen, y estas marcas que se pueden leer en la novela, son las que quedan en el cuerpo, las que permiten profundizar sobre detalles que permanecen en silencio cuando entramos al espacio público. El personaje nada se guarda para sí en ese ficticio espacio privado que es la novela. En lo público, en la interacción con otros, aparecen decisiones y acciones en función de la interacción. El bisturí no entra tan a fondo, no deja ver lo que hay debajo de la piel.

“No se puede descocer lo cocido. No se puede volver a una etapa previa, anterior. El progreso, la vida, el tiempo tienen una sola dirección. No se pueden derribar los aviones de todos los cielos. Destruir las fibras ópticas. No se puede anular la televisión. Se la puede ignorar hasta cierto punto, pero es como una entidad viva que no muere, como un virus que anida en la comunidad, saltando de un cuerpo a otro. Y eso ocurre también con las cirugías. Pero no es lo mismo que con la televisión. La televisión se puede apagar. Y cuando aceptamos la cirugía, aceptamos un corte en la piel. Aunque quizás no se trate de dos situaciones diferentes. Un corte en la piel, un corte en la neurosis. ¿Laceran nuestra retina y nuestro cerebro las imágenes de las pantallas? Quizás haya algo, un lugar donde se unan la televisión y la cirugía. La televisión es la avanzada, la cabeza de playa, se infiltra, entra por los ojos y, desde adentro, comienza el trabajo de demolición y reformulación del cuerpo” (pags 92- 93).

La interacción del personaje con otros seres –su jefe en la asociación de cirujanos, la secretaria, varios doctores, pacientes con consultas y reclamos, así como las mujeres con las que desarrolla algún tipo de relación, el sexo como medio y fin de contacto– es lo que mueve la acción de la novela. Pasa poco, desde luego: vidas que se cruzan, que se necesitan y se absorben. El narrador sabe qué hacer, gana la confianza de su jefe, su capacidad adquisitiva mejora, aprovecha la oportunidad y sin remordimientos decide apostar por el engaño, el daño, para evidenciar cómo se mueve el sistema. No es una misión, es solo una reacción. El sexo es el punto de contacto, de intervención de un cuerpo a otro, de contacto consciente. Hay algo político de por medio: pese a lo que se puede presumir como dureza y hasta misoginia, el narrador acuerda y acepta ser parte de actos sexuales particulares con las mujeres con las que se acuesta. Una idea de respeto que no cae en la lección, sino en la normalidad. Por eso la particularidad del lenguaje y las descripciones en las partes de sexo: toda esa sensación de distancia social que parece ser la medida del personaje queda desdibujada con una intimidad que no doblega a otro ser, pero que puede ser mecanismo para someter y ser sometido.

Eso que está por debajo, que brota con un corte, también se evidencia en el lenguaje. Y el narrador, al hablarse y decirnos lo que piensa, se reformula. Uno no puede escapar del tiempo y herramientas que le toca vivir.

La gente entre paréntesis (sobre “Racimo”, de Diego Zúñiga)

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Un hecho que se repite junto a otro, por encima, por abajo, a la izquierda y a la derecha. Todos los seres que resultan afectados están interconectados por el sufrimiento, la incomprensión y la lucha contra un sistema que prefiere ignorarlos, porque parece que esa gente al norte de Chile importa poco. Una colmena, una legión, una idea de injusticia como pequeños tallos que se intersecan. El horror, la desesperanza y la pena son primos hermanos en esta novela, la segunda del chileno Diego Zúñiga.

Pero no hay que confundirse con este universo que Zúñiga crea. “Racimo” (Random House, 2014) no es estrictamente denuncia. Es ficción, poderosa ficción que agarra del cuello un hecho real –el caso del psicópata del Alto Hospicio, acusado de violar y asesinar a 12 niñas y a dos mujeres adultas, entre 1998 y 2001–y lo lleva a un puerto en el que, como buen policial en suelo latinoamericano, no hay solución clara: hay un resultado en el que seguimos siendo sujetos de lo improbable.

Diego Zúñiga construye “Racimo” como un relato sobre la distancia, la conspiración y el abandono. Es también una novela sobre la esperanza, sobre aquello que debería llegar para terminar con la abulia, con la lucha. Torres Leiva, un fotógrafo que empieza a trabajar en un periódico local, quedará a merced del caso de las colegiales desaparecidas, así como de las dudas y la poca atención por parte de las autoridades. Torres Leiva se tropieza con una de las chicas que ha “regresado” y más que ser una pieza clave es quien deberá entender que a veces hay fuerzas que más que ayudar a detener lo terrible, lo ignoran.

Este es el policial dado la vuelta, hijo de su tiempo. Gabriela Cabezón Cámara se pregunta, en un texto publicado en el blog de Eterna Cadencia, ¿cuánto se tardarán en comprar los derechos de la novela para hacer una serie o película? Y eso no convierte a “Racimo” en una obra fácil que solo busca llamar la atención de productores desesperados; en realidad es un elogio por la forma en que Zúñiga construye una historia que en algún punto se niega a sí misma y entra en un nuevo terreno para desarrollarse. “Racimo” te hace pensar en “True Detective” –esta referencia puede funcionar como broma, tomando en cuenta que Zúñiga ha dicho varias veces que no es una persona de tv. Él es un animal de libros que, en mayo de 2013, se refugió en Iquique (donde nació en 1987) y en una semana armó el primer borrador de esta novela–. Pero a diferencia de la serie creada por Nic Pizzolatto, esa heroicidad nihilista no está en los personajes. Torres Leiva busca creer en algo, sostenerse, descubrir alguna cosa o persona que lo eleve. “Racimo” es su experiencia en el ojo de la tormenta, acompañado por familiares descompuestos por sus hijas, nietas y sobrinas que ya no están; junto a policías, colegas y un estado de crimen como única forma de vida.

El nihilismo de la novela está en un narrador que empieza distante, contando lo que sucede con una frialdad que golpea para, poco a poco, acercarse a lo que sienten o perciben los personajes y empujarnos para vivir esa sensación de caída libre. Ese narrador nos acompaña como lectores, anticipándonos acciones (“La próxima vez que él vuelva a ese departamento, no va a tener que salir de noche…”) haciéndonos parte de un juego que no quiere romper la sorpresa. No cree en nada, no defiende nada, solo es curioso y esa curiosidad es suficiente para saber de esos infiernos personales.

Al final, hemos caído como Torres Leiva y los demás personajes en esta búsqueda y, cuando la misma narración da un giro de 180 grados–en esa gran cuarta parte de la novela–, volvemos a gravedad cero, a esa distancia fría que parte en dos a quien lee la novela. No es circularidad, es comprensión de que hay cosas que, simplemente, la tierra no va a cambiar.

La Tercera13de Septiembre 2012 Diego Zu¿iga Escritor       foto Carlos Quezada / La Tercera

La Tercera13de Septiembre 2012
Diego Zu¿iga Escritor
foto Carlos Quezada / La Tercera

Mordiscos en la mejilla (sobre “Síncopes”, a Alan Mills)

libros, literatura, poesía, Reseñas

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Si aplicamos las normas de la obviedad: prosa poética. Si aplicamos un descarnado sentido latinoamericano: una poesía que nos describe como seres en un campo de representaciones que nos estallan en la cara. “Síncopes”, del guatemalteco Alan Mills es un poemario que ignora el verso -quizás porque el ritmo y la rima para los latinos ya son experiencias naturales y su exploración no es tan importante-, para dispararnos en el rostro la vida en medio de una violencia que es evidente, clara y que nos determina.

Desde luego, no hay novedad en la tradición literaria ligada a la prosa poética; sin embargo, “Síncopes” se aprovecha de esta falta de sorpresa para agarrarnos del cuello y no dejarnos respirar. Nos pasa el camión encima y no nos damos cuenta. No hay manera de no sentirse tocados por esta especie de muestrario de atrocidades y de juegos cotidianos.

El libro se encierra en una violencia ubicada geográficamente en Guatemala, pero que nos llega incluso más abajo en el continente. Es una especie de panorama sobre el proceso de conquista de lo terrible. No hay forma de negarlo, no hay nada más que aquello que nos abrazan y ahoga.No hay escapatoria, no hay negación. Solo es posible la persistencia de aquello que ensombrece y que al parecer es la única posibilidad de existencia.

En ese sentido, “Síncopes” es un poemario sobre la violación, sobre comunidades -con sus individuos como reflejo- que han sido esculpidas por acciones oscuras. La violación no solo como un acto repudiable, sino como un acto que es, que da forma, que sostiene. No hay nada más que eso, resignación y hasta retazos de conciencia en los que la misma rebeldía no deja de ser continuidad de esa eterna violación a la que estamos expuestos. Uno contra otro, uno contra otra, todos y todas contra todo.

“me violaron pero quién me va a creer, pinche puta que soy, me levantan, conmigo está su purrún, su chinique, en este pellejo les gusta divertirse y apagar sus cigarritos, en serio que siempre me sentí fea, bien hecha mierda, y ahora estos cabrones vienen a decirme: mire mamaíta usté tranquila, en gustos se rompen géneros y en petates buenos culos, ve qué de ahuevo, por tanto daño apenas y me acuerdo de lo que decían, puras sombras lo demás, puta cómo duele ahí abajo, cómo miarde adentro, igual yo sólo les aviso que ya estoy panzona, cerotes, y que a este hijo le voy a poner carlos julián porque son los dos nombres que recuerdo: dale duro julián, pasala carlos, hacela mierda, te toca julián. sí, dos nombres nomás, pero yo sé que sus tatas fueron al menos cinco, tal vez seis chontes culeros, ay, noche más pisada, si los miro me los quiebro, juro que nunca voy a dejar que te digan hijo de la gran puta, no mijo, no mi carlos julián”.

imagen tomada de diariodelgallo.wordpress.com

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“Síncopes” es el poemario de la normalización. No es protesta, es una voz de varias voces que están ahí, conviviendo con lo aparentemente popular, con una serie de referentes que van y vienen, que no dicen algo puntual, pero determinan. El corazón se detiene, se pierde el sentido y vuelve a latir como si nada. Por eso es que lo terrible, ese mordisco en la mejilla, no duele, pero condena. Mills no juzga, ni sermonea. Ni siquiera es cronista distante de lo lúgubre. Solo intuye lo que pasa y lo escribe como pequeños retazos de vida que quizás conozcamos -o quizás no-. No te dice: la vida es dura. Te dice: Somos esto porque no hay más remedio entre nosotros.

No hay placebo posible en medio de estos síncopes.

Hay un léxico local en el habla que no confunde porque en todo somos todos. Hay también un deseo por desacralizar la escritura y la figura del creador, que no sirve para nada, ¿o si? Todos a merced de la misma sentencia: autor y lector. No se trata de rebeldía, se trata de falsa condición vital.

“aquí no pasas, acá sólo la Mara para y controla, mata, viola guanacote loco, salvatruchote loco, que te quede claro: no soy el que habla sino éste que cree, que piensa que puede hablar por mí, dejate de mierdas, yo no hablo así, a este hijueputa yo le quebraría el culo, por cien quetzales, por diez dólares, por menos, fácil me quiebro a este malparido por andar hablando, no tenés idea con qué ganas, la otra vez acuchillé a una vieja, una ruca culona y con pisto, su marido me pagó el trabajito y la fui a agarrar de noche, ya no la quería el pisado, hay amores que matan, pero ése no era amor: el viejo cerote sólo le quería dar agua, y se la di yo, salvatruchote loco, la mandé directito con dios, ¿quién habla aquí, este hijueputa que escribe o yo, el meritito matón. el homeboy crazy del verduguillo y la bala, quién pues?, deja de leer, estás pendiente”.

Y no hay escapatoria posible, ni ganas de cambio. Es la pérdida total del deseo, aunque haya pura ignorancia en el medio.

“(síncope v mis compatriotas buscan felicidad en el norte, allá verán casi la misma porno pero con rasuradas actrices del momento, los infiernos anales no truecan su geografía, y bien se dice que la silicona va perdiendo campo, la carne contraataca, así que el asunto tal vez irá en macizos pechos saludables, porque ahora la onda es el reality, no importa un busto pequeño si resuelve coitos de salvaje verdad, y sí que se antoja la madre del vecino en la pantalla, decirle putita sin cambiar de canal, no nos contemos tanto cuento, no callemos las picazones más ingenuas, vamos a confesarle esto a nuestros Coyotes, porque parece que se viene un calvario lento y con tajos, lo juro, hermano, mis compatriotas quieren la felicidad, but life is a raining night)”.

“Síncopes” se lee de un tirón. Pero ese ejercicio significa también desprendimiento. Lo leo, me alejo de sus oraciones y estoy ahí, martillándolo en mi cabeza. “Síncopes” es un poemario que es un bicho debajo de nuestra piel. Somos nosotros convertidos en palabras, en víctimas y victimarios, en violencia y respiración. No hay nada más. Solo silencio y esas cositas que no podemos olvidar.

Los muertos también son objetos de placer (sobre “Necrophilia Variations”, de Supervert)

artículos, literatura, Opinión, Reseñas

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Uno de los libros que más me ha perturbado, hasta el punto de volverlo a leer una vez que lo termino es “Necrophilia Variations”. No se sabe el nombre real de su autor, pero se hace llamar Supervert y no es tanto una celebridad, pero sí una rareza dentro de la literatura. Y ese libro más.

En el universo de “Necrophilia Variations” no entras a justificar una perversión desagradable, entras a entender –en ese terreno que mezcla el ensayo con la narrativa corta- que de plano existe una concepción de belleza que se te puede escapar y que quizás no compartas, pero visualizas que para alguien más, así sea un personaje de una historia, sucede. No es que el autor busque hacernos cómplices de una perversión tan repulsiva; en realidad, lo que busca es que juguemos a no ser tan contundentes en nuestros juicios.

¿Y dónde está la belleza de esto? En cómo lo cuenta.

Supervert es dueño de una prosa que entrelaza una normalidad social con destellos de depravaciones sexuales, todo dentro de la privacidad de cada personaje. Los seres que aparecen en “Necrophilia Variations” viven sus fantasías, porque para ellos de eso se trata: de cumplir sus deseos, sin dañar a otro ser vivo. En teoría, este libro muestra que esta máxima de convivencia social puede ser llevada a los extremos más impresionantes.

Y en esta búsqueda de satisfacción hay mujeres que duermen en ataúdes, gente fascinada con los atentados terroristas a gran escala (con referencia a Stockhausen incluida), jóvenes con discapacidades físicas que desean vivir fantasías sexuales riesgosas, un hombre que busca voltear su libido a como dé lugar, un grupo de mujeres fanáticas de los suicidas, que corren a buscar sus penes en las escenas del crimen, para guardarlos en tributo, etc. “Necrophilia Variations” no me cambió la vida por su temática, sino porque me enseñó que se puede escribir sobre aquello que ni siquiera piensas posible y asombrarte porque el autor apaga todo juicio moral para hacerlo y entiendes, definitivamente, que la literatura no es fuente de moral.

“La belleza está en el ojo de quien la mira. El amor es ciego. La diosa de un hombre es la arpía de otro. Todo el mundo atrae sexualmente a alguien o muchos de nosotros no estaríamos aquí. ¡Trivialidades! La belleza es relativa, dicen ustedes, pero quizás deberían ser cautos. Quizás no han pensado realmente sobre las consecuencias de sus palabras. La belleza es relativa, ¡sí, claro! ¿Se han dado cuenta que, de ser cierto eso, estamos ante un abismo verdadero? La belleza es relativa, ¿pero podría ser tan relativa como para que algunos nos sumerjamos hasta el fondo y encontremos atractiva a la fealdad absoluta?”, escribe Supervert y esa pregunta es la duda humana que más me ha perturbado.

Video de Stoya siendo parte del proyecto “Hysterical Literature”, leyendo fragmentos de “Necrophilia Variations”. No safe for Work

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Publicado originalmente en diario El Telégrafo, el 11 de abril de 2014

Los Pixies: la aventura de los “extended plays”

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Cuando Kim Deal se fue de los Pixies, parecía que el mundo se volvía más pequeño. No hay que culparla. Quizás era evidente que con los Pixies, Kim vivía su cárcel, esa relación “amor – odio” que se transformó en una banda de culto que se acabó y regresó. Había cierta animosidad y si bien ella no debía probarle nada a nadie (con The Breeders – su banda con su hermana Kelley – ya había dejado todo claro con dos discazos: “Pod” y “Last Splash”), estaba ahí. Volvió con ellos, hacía esa música que fue la avanzada al grunge, y seguía con lo suyo. Por eso, cuando la banda decidió reunirse a grabar nuevo material (canciones solo de Black Francis) ella accedió, escuchó los demos, hizo líneas de bajo y viajó con ellos a Gales, para juntarse con Gil Norton (el productor de los grandes discos “Doolitle”, “Bossanova” y de ese que nunca termina de gustar, “Trompe Le Monde”), en el Rockfield Studios, para hacer lo nuevo de Pixies.

Eso “nuevo” que llegó casi 10 años después de las giras de reunión que empezaron en 2004.

Llegó. Fue al estudio. Se sonrió con todos y empezó a grabar. Hizo hasta el quinto tema y todo cambió de golpe. Una noche, los cuatro (ella, Francis, Joey Santiago y David Lovering) salieron juntos. Algo que quizás nunca habían hecho y se fueron a un restaurante de comida india: comieron y bebieron y se divirtieron. Eran una banda que se sentía fuerte. Era septiembre de 2012. Se fueron a dormir cada uno a su habitación y al día siguiente, antes de la sesión de grabación pautada, ella se encontró con Francis y Santiago en un café cerca del estudio: “Me regreso”. Y se fue. A días de iniciar las sesiones, Pixies se quedaba sin bajista. No dijeron nada a nadie (solo le avisaron a David, al manager y al productor). “Vamos al pub”, dijeron. Bebieron para lamentarse, Pixies sin Kim Deal es una banda coja.

Richard Jones, manager de la banda, fue quien mejor lo aclaró (para Exclaim.Ca): “Se hartó. Ella no quería hacer todas las cosas que se deben hacer cuando se lanza nueva música. como viajar e irse de gira. Ella decidió que necesitaba seguir adelante”.

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Imagen de Adela Loconte, para cmj.com

¿Y esa cojera continúa? Si bien Deal seguirá siendo una pieza fundamental en el imaginario alrededor de la banda de Boston, lo que pasa este 2014 con Paz Lechantin en el bajo, violín y voces (antes estuvo Kim Shattnuck, de The Muffs, pero no les terminó de convencer), es providencial. Lenchantin, que antes fue bajista de “A perfect circle” y de “Zwan” (además de esa gran banda que es The Entrance Band) es un plus poderoso, por lo que esta nueva vida de Pixies es capaz de ofrecer nuevas lecturas de su pasado y un presente interesante. Yo diría que casi a la altura de su leyenda. Y sus recientes lanzamientos lo muestran.

Si bien Paz Lenchatin no grabó con ellos el material lanzado (una deuda que debería ser resuelta en el futuro), el “Ep-1” (que apareció en septiembre de 2013) es un trabajo que nos muestra a los Pixies reconstruyendo un sonido con una de las piezas faltantes (“What goes boom”, por ejemplo, nos muestra a una especie de Kim Deal “sound alike” en coros) y al mismo tiempo saltando más allá. Si bien son los mismos Santiago y Lovering en los temas, las estructuras son otras, el juego de dinámicas por el que la banda se hizo famosa (duro, suave, duro) ya no es necesaria en los estándares de ahora y, además, Black Francis ha cambiado como compositor.”Indie Cindy” nos acerca lo más posible a la banda de fines de los 80’s, pero desde la negación de la nostalgia. Francis pide que por favor se enamoren de él de nuevo, de esa música que antes era extraña e influenció a tantos. “Indie Cindy / Be in love with me / I beg for you to carry me”. No es ‘míranos como antes’, es ‘llévame hacia adelante’. Es fácil que muchos confunda las posibilidades reales de un “regreso” con el acto de negocio. Para Pixies ha sido claro que sus nuevas canciones son consecuencia de una reconstrucción de amistad y vasos comunicantes que ha permitido este nuevo material creciera y de esta manera. 

El negocio ya está salvado con las giras de regreso (David Lovering, el baterista, estaba casi en la bancarrota en el momento que se juntaron, dedicado a la magia y a vivir en casas de amigos y familiares).

Con “Andro Queen”, Francis recupera cierto espíritu del “Trompe le Monde” (el último disco de larga duración de la banda hasta la fecha), pero con una estética espacial que suena más a este espacio que vivimos hoy, con misiones espaciales a Marte, y no a esa ciencia-ficción que se resbaló en las líricas de ese último álbum. Y vaya que se lo toman en serio aquí. Desde la propuesta musical recargada en eco en la voz, hasta la misma historia que nos da la canción: un humano que es capaz de sacrificar su cuerpo por un beso a este ser “andrógino o androide”. ¿La cereza del pastel? La estrofa en esperanto.

“Another toe in the ocean” es un rock “en tu cara” que quizás nos ofrece más pistas sobre los elementos recurrentes en la lírica de Francis, pero alejándose de la impronta de su banda. Es quizás el tema que más se distancia de la línea temporal que han establecido los fans de lo que debe ser el sonido del grupo, pero eso no significa que sea un tema menor.

En el “Ep-2”, lanzado en enero de este año, va por la misma línea en la que el juego es mirar atrás, pero sin mucha importancia. “Blue Eyed Hexe” es la canción con la que Pixies quiere ser AC/DC. Puunto. Y esa sensación que te provoca la canción es suficiente para que hagas headbanging. Quizás Joey Santiago, quien siempre fue un guitarrista de recursos precisos y el responsable real del sonido Pixies, ha desarrollado otra forma de aproximación al instrumento, a tal punto que en este tema parece travestirse en otro y juega a meterse en otros zapatos. Ya no es la dureza extraña de antes, aquí (y hasta me atrevería a decir que por la ausencia del lado femenino durante la grabación), lo que tenemos es una extrañeza repleta de testosterona. Es sin duda un guiño y un gesto de gracia que no nos puede dejar impávidos.

“Green and blues” (ese intento de Francis por tener un tema que compita en los cierres con “Gigantic”, que ya no cantan ahora porque no está Deal), es quizás una de las mejores canciones que la banda pudo haber grabado y que nos escupe en la cara el conocimiento certero que ellos tienen para decirnos: podemos hacer canciones de Pixies porque, a pesar de todo, somos Pixies. La suavidad en la voz de Francis no es la misma, desde luego, pero consigue ser perfecta para estos nuevos instantes. “Magdalena” nos dice que no estamos con el grupo que hizo “Surfer rosa”, pero luego de varias reproducciones empieza a adquirir sentido.

“Snakes” cierra el último EP. también pateando el tablero de la nostalgia (sí debo confesar que mucho de estos trabajos se acercan a lo que Francis ha hecho con su carrera solista o con Frank Black and the Catholics). La energía está, como esa conciencia innata que eleva el ánimo de quienes escuchan esto. “Snakes” cierra el trabajo y es imposible no pensarla como un estándar en los shows en vivo. Es más, está construida para eso, incluso con ese final oportuno que lo deja nadando en el misterio. ¿De quién es esa guitarra al final? Debe ser de Francis, sin duda. Y funciona perfectamente.

Escuchar las canciones más nuevas de Pixies y jugar a comparar su pasado con esta nueva posibilidad es un juego en el que el fan va a salir perdiendo. No se trata de negar el pasado, desde luego, se trata de entender que ya no son los jovencitos de antes, que ya no tienen a Kim Deal, y que están haciendo lo suyo, que no deja de ser una continuidad en tiempo y espacio, una nueva experiencia. Pixies y sus extended plays son un regalo para quien quiere escuchar música que emocione. Y en eso no han cambiado, para nada. Especialmente con Paz Lenchantin en el grupo: ella carga la misma pasión de Kim Deal por hacer música, así que la banda se anotó un puntazo con ella como reemplazo.

“Her”: el árbol del bien y del mal… y la pareja perfecta

cine, Reseñas

“Separarse de la especie por algo superior/ no es soberbia, es amor”
Gustavo y Benito Cerati

Her2013Poster

Spike Jonze intenta, por primera vez en su carrera, una película que aparece con la etiqueta de “escrita y dirigida por” (y sin basarse en un libro o en la historia de alguien más). Y el resultado es algo que empieza a crecer de a poco en uno, porque si bien entiendes a la mitad de la película cuál es el único final posible (los corazones rotos dan una mejor resolución, sin duda), quieres seguir con lo que Jonze nos está contando porque la atmósfera es perfecta y porque quieres, una vez más, conocer las consecuencias directas de ciertas decisiones que nos parecen cercanas. Eso es lo que hace de “Her” una película que se queda contigo, porque nos podemos identificar con esa sensación de soledad y ese deseo de pertenencia que mueve a Theodore (un cada vez más lúcido Joaquin Phoenix) y que es la base del filme.

Theodore lleva separado un año de su esposa Catherine (Rooney Mara), su amor de juventud, y en medio de esa depresión y en esa continuidad de vida en la que sigue con su trabajo (escritor de cartas personales para un servicio web), sigue viendo a sus amigos, sigue jugando sus juegos de vídeo, sigue visitando chats de sexo y no quiere firmar el divorcio. Simplemente no está listo para seguir adelante y avanza por obra y gracia de la inercia. Pero él encuentra un nuevo sistema operativo que con voz de mujer consigue complacer todos sus deseos a la perfección. Y Theodore se siente amado por Samantha (la voz de Scarlett Johansson) y siente que ella se interesa por él y siente que puede compartirlo todo con ella.

Y conforme avanza el filme, Theodore experimenta todo lo demás que involucra una relación: duda, agonía, cercanía, celos, necesidad, engaño, cansancio, amor y más amor.

Jonze hace una película de ciencia-ficción que acaricia constantemente el género en medio de una historia de romance y de crecimiento personal. En realidad el conflicto central de “Her” es el tema de las parejas que no crecen de la misma manera o de las personas que no experimentan las mismas condiciones y terminan transitando caminos distintos. Es algo que siempre hemos sabido, ya sea por experiencia propia o porque le ha pasado a alguien cercano. Jonze establece la diferencia primaria no solo porque una de las personas de esta relación es solo un sistema operativo (independiente, capaz de elaborar sus propios deseos y argumentos, la más avanzada de las inteligencias artificiales, que aprende y crece en función de su experiencia con humanos), lo cual nos habla de que esta relación no se consumará carnalmente; sino porque la otra sigue dando vueltas en el mismo sitio de vulnerabilidad y, en el fondo, lo que vemos es la pareja que surge en esta dinámica.

Spike Jonze nos cuenta una historia de amor que deja de lado todo tipo de cursilería a la que nos tiene acostumbrados el cine. Agarra a “Lars y la mujer real” y la pone en una licuadora con cualquier historia de Asimov y con Siri. Spike Jonze nos habla de lo vulnerable que es el ser humano en una relación cuando se está recomponiendo, con una puesta en escena de un futuro de tonos pasteles, (como si los años 50 se hubieran cruzado con el minimalismo y su hijo se quedara congelado en el tiempo), inofensivo, pasado por un filtro de Instagram, en medio de tecnología avanzada. Spike Jonze no hace un despliegue de grandes secuencias de acción (incluso es capaz de romper lo corpóreo en una escenas de sexo que resulta maravillosa, ya lo verán). Jonze sabe que esta fuerza tecnológica es superior, y nos habla de que al final del día la tecnología sobrepasará al humano y sabrá qué está bien y qué está mal; pero a diferencia del relato bíblico, que nos coloca y condena de entrada, Jonze se va por otro camino: ese camino que separa a los dioses de las creaciones, para generar algo nuevo.

Y todo pasa por el amor, por lo que se entiende por amor y de lo que se es capaz de resistir y hacer por amor.

“Her”
Director: Spike Jonze
Guión: Spike Jonze
Elenco: Joaquin Phoenix, Scarlett Johansson, Amy Adams, Rooney Mara, Olivia Wilde
Annapurma Pictures, Warner Bros. Pictures, Entertainment Film
USA
2013

Todo, de todo (sobre “Las correcciones”, de Jonathan Franzen)

Reseñas

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Huir de lo que todos hablan, como lema de vida. Eso fue lo que me llevó a ignorar durante años el ejemplar de “Las correcciones” que tenía en la estantería. No quería acercarme, también, por ese rechazo que mantuve estoicamente a las novelas que se presentan como reproducciones de lo que Tolstoi hizo hace ya mucho tiempo como los dioses. Eso decían de “Las correcciones” y de Jonathan Franzen y ahí se perdió todo mi interés en leerlo. Ni hablar de la polémica con Oprah Winfrey y el hecho de que se convirtiera en un best seller a pesar de superar las 600 páginas. Pero más pudo un simple hecho: ver la dedicación de mi esposa a novelas de una extensión considerable, incluso en madrugadas, a veces para decirme: “Esto pudo ser mejor” o “iba tan bien, pero en las últimas 100 páginas se fue al demonio”.

Quise volver a experimentar lo mismo. La carrera de resistencia alrededor de la lectura y cuando revisé los libros que podía leer para esa aventura, mi dedo se detuvo en la novela de Franzen. “¿Por qué no?”. Simple. La empecé y la resistencia no fue tal. Quizás escoger una novela que ya tiene más de diez años de vida tuvo su cuota de ventaja: “Las correcciones” es un libro que juega a ser la radiografía de su país, pero se escapa de ella, al contarnos la historia de los Lambert y cómo la vida de una familia del Medio Oeste de Estados Unidos puede ser el caldo de cultivo de vidas incompletas e insatisfechas. En el fondo, “Las correcciones” es una novela sobre la falta de placer, a pesar de estar ambientada en un espacio en el que lo único que puede funcionar es eso: el placer contemporáneo… como lo conocemos.

Los Lambert, encabezados por Albert y Enid, seguidos por los hijos Gary, Chip y Denise, no encuentran un espacio en el que se puedan sentir bien, más que nada porque han a) tomado decisiones equivocadas o b) simplemente nunca supieron qué hacer. Todo se mueve entre estos dos polos, que se estrechan, se ensanchan; los llevan de una vida poco ordinaria del padre que trabaja en una empresa de ferrocarriles, a una ama de casa anestesiada, a tres hijos que cuando crecen deciden abandonar a los padres e irse a vivir a la Costa Este. Saltamos de ciudad en ciudad, de tiempo a tiempo, de problema a problema: Gary debe tratar de sobrevivir a su propia vida familiar, con una esposa e hijos que tratan de soportarlo. Denise lucha por sobrellevar de un triángulo amoroso que no sabe cómo manejar, porque en el fondo nunca ha sabido cómo corresponder el afecto y Chip, pues Chip está estafando a inversores norteamericanos en Lituania, porque su carrera como profesor universitario ha quedado en el piso.

Franzen cuenta mucho, muchísimo. Dice todo, de todo. Para él no existe la edición o el ‘no contar demasiado’, describe hasta el realismo y más allá, consiguiendo decir mucho, aunque lo que leamos sea una exageración: esa realidad de los personajes no tiene manera de sostenerse de la forma en la que están, algo debe romperse y en nuestras narices. Alfred, en un crucero, llega a divagar tanto que es capaz de evidenciar y confrontar sus conceptos más íntimos en una discusión con un trozo de mierda, en un camarote. Todo en “Las correcciones” es la lucha por escapar de la tiranía de un patriarca que ha hecho daño a su familia y de una madre que decidió aguantar todo por un tema social. Alfred, enfermo de Parkinson, está a punto de perder lo último que le quedaba de dignidad, los demás Lambert van por igual camino.

Pese a lo escrupulosa que puede ser a momentos y a la necesidad que tiene como autor de salir del relato principal para ser capaz de mantener el interés (con pequeñas historias que son increíbles, como las de Gitanas Misevicius y Robin Passafaro), Franzen no ha dejado de lado la construcción de oraciones hermosas -hermosamente duras-, que aparecen como la certeza de que una novela, también, es el acto de construcción no solo de acciones, sino de caricias alrededor de esos verbos que determinan todo:

“El hígado cauterizado olía como huelen los dedos tras haber estado sobando monedas sucias”.

“Las personas parcialmente sordas conocen, igual que sus compañeros de celda, las frecuencias a que suenan los timbres de su cabeza”.

“Su visión periférica era un hervidero de heces retorcidas”.

“El cuerpo era idéntico al mundo en cuanto a la plenitud de sus posibilidades, y así como no había parte de este pequeño mundo que estuviera a salvo de la penetración de una bala, tampoco había un fenómeno del mundo a gran escala que no fuese eco de un disparo”.

“Alfred, durmiendo, era una sinfonía de ronquidos y silbidos y toses, una epopeya de zetas. Enid era un haiku”.

“Las correcciones” encuentra en Chip su catalizador. No tengo dudas de eso. El hombre derrotado que siente que todas sus fuerzas deben aparecer en un guión de película que está escribiendo y del que una productora se ha mostrado interesada. Chip quiere corregir algo del guión, lo sabemos al inicio de la novela. Al final, esas correcciones que debe hacer son las mismas que deberán manifestarse en la vida de él, de sus padres y hermanos. Hay algo que no está bien. Lo sabemos muy temprano, y Franzen no duda en jugar al riesgo narrativo para hacernos ver hasta el hipotálamo de eso que está mal y entender, así, por qué está mal.

No es un final en el que la alegría llega de golpe. Es un final de posibilidades. “Las correcciones” no es una novela que captura la realidad. Es una novela que se juega por sus personajes y que trata de hacer de esos laberintos de cristal, que pueden ser la vida en familia, un espacio para que el trueno llegue y cambie la polaridad de las cosas.

Nada más.

Mutar la palabra que te nombra (acerca de “El animal sobre la piedra” de Daniela Tarazona)

artículos, Reseñas

imagen tomada de bitacoradenaufragios.wordpress.com

Y arranco esta reseña aludiendo a la imposibilidad de hacerle justicia a una novela poderosa como la de Tarazona. He intentado varias veces terminar este post sobre un libro que he leído dos veces de corrido y que me espera por una tercera vez, con el descanso necesario para que decante todo. Y no, no es porque exista en ella una complejidad que la convierta en un objeto inasible, sino por estrictamente lo contrario. “El animal sobre la piedra” es un libro sobre la resistencia y el cambio, y en sus líneas, en el diario que registra su personaje en ese momento en que la vigilia se cruza con el sopor del sueño, hay un golpe claro y directo sobre lo frágil que es el ser humano ante la relación más conflictiva y natural que tiene: la filial.

Con “El animal sobre la piedra”, uno piensa de inmediato en Clarice Lispector y en cierta medida en Kafka, pero lo que la autora intenta, más allá de la referencia a ambos autores (a Lispector, incluso con un poderoso epígrafe), es construir un relato sobre lo inevitable de la transformación. El personaje principal es Irma, quien nos narra todo desde un afiebrado estado en el que no sabemos si lo que cuenta sucede o no (lo cuál es el mérito fabuloso de toda gran construcción de lo verosímil en la ficción: acepta el mecanismo como espacio de símbolos y de posibilidades sensoriales). Ella, luego de la muerte de su madre, decide viajar, guarecerse en una playa, para echar a andar todo un proceso interno de cambio, que se va a evidenciar en lo físico. Irma se está convirtiendo en un reptil. Y no hay pesadilla en esa metamorfosis, solo sosiego.

Irma consigue, en ese proceso de construir un nuevo cuerpo, no solo decir algo sobre su humanidad; también habla de su rol de mujer.

imagen tomada de losinrocks.com

La única manera  para hacer de una experiencia algo más ‘vivible’ está en reconocer los dos  extremos por los cuales existe. Irma es hija, pero a lo largo de la narración la vemos en el camino a ser madre. Reflexiona y vive en los dos lugares de la misma línea. La narración cuántica. Irma se aleja de todo, entabla nuevos contactos, con un hombre y su mascota (es maravilloso que sea un oso hormiguero), que en algún punto se pueden romper. ¿Por qué? Porque se trata de construir lo nuevo sobre las ruinas de algo que ya no existe, que ya fue. Y así se le puede dar sentido a la misma situación que aparece como síntoma: “Mientras como el último bocado, siento que un diente se desprende, sucedió antes y, en poco tiempo, mi organismo creó un diente nuevo. Me quedo tranquila recordando aquella suplantación exitosa“. En “El animal sobre la piedra” todo aparece en clave de suplantación, como toda buena narrativa.

Esto es lo maravilloso de la novela de Daniela Tarazona. Un viaje que da la vuelta, recupera elementos del inicio, pero con otro fondo. 180 grados y la palabra es distinta, ha mutado, pese a que habla de lo mismo. Un lujo que se debe leer.