La ficción y el poder (reflexiones luego de releer a Piglia)

Rafael Correa, Reflexiones sobre política, Ricardo Piglia
imagen tomada de perfil.com

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Me gusta leer a Ricardo Piglia. En realidad me gusta más releerlo. En ese ejercicio de relectura se da una sobreexposición, una estimulación que te permite mirar al mundo de otra forma. Una foto encima de otra. Ya no es lo mismo, se convierte en algo realmente interesante.

Un cuadro dentro de un cuadro te da otra experiencia estética.

La sensación explota en tu cara, sobre todo cuando en esas lecturas encuentras aquello que te sirve para generar nuevos contextos, otras perspectivas sobre lo que te rodea. Leer no te vuelve mejor persona, te hace más entretenida la existencia.

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En “Crítica y ficción” (De Bolsillo, 2014), Piglia recopila algunas de las entrevistas que ha dado en varios años y en varias de sus respuestas consigue establecer certezas sobre la ficción y su relación con el poder. Entre otras cosas, Piglia dice:

“La escritura de ficción se instala siempre en el futuro, trabaja con lo que todavía no es. Construye lo nuevo con los restos del presente”.

“Todo trabajo de la crítica, se podría decir, consiste en borrar la incertidumbre que define a la ficción”.

“El discurso del poder ha adquirido a menudo la forma de una ficción criminal”.

“Para (Roberto) Arlt la sociedad está trabajada por la ficción, se asienta en la ficción”.

“Valéry decía: ‘La era del orden es el imperio de las ficciones, pues no hay poder capaz de fundar el orden con la sola represión de los cuerpos con los cuerpos. Se necesitan fuerzas ficticias’. ¿Qué estructura tienen esas fuerzas ficticias? Quizás ese sea el centro de la reflexión política de un escritor. La sociedad vista como una trama de relatos, un conjunto de historias y de ficciones que circulan entre la gente”.

“El Estado centraliza esas historias; el Estado narra. Cuando se ejerce el poder político se está imponiendo una manera de contar la realidad. Pero no hay una historia única y excluyente circulando en la sociedad”.

“Por supuesto que se suprimen desde el poder ciertas historias y se imponen otras. Hay un trabajo de construcción de la creencia, al mismo tiempo que otras versiones y otras verdades van perdiendo consenso público”.

“Las ideas y las figuras de la realidad se construyen desde posiciones concretas. Aunque se presentan como neutras y se ofrecen como imágenes de validez universal. Esa trama de relatos expresa relaciones de fuerza”.

“La conciencia artística y la conciencia revolucionaria se identifican por su negatividad, por su rechazo del realismo y del sentido común liberal, por el carácter anticapitalista de su práctica”.

“Escribir es sobre todo corregir, no creo que se pueda separar una cosa de otra”.

“Toda élite se autodesigna”.

“La literatura trabaja la política como conspiración, como guerra; la política como una gran máquina paranoica y ficcional”.

“La política se ha convertido en la práctica que decide lo que una sociedad no puede hacer. Los políticos son los nuevos filósofos: dictaminan qué debe entenderse por real, qué es lo posible, cuáles son los límites de la verdad. Todos se ha politizado en ese sentido”.

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No hay poder que no haga un ejercicio de ficción para sostenerse. No lo puede hacer de otra manera. El discurso político es ficción y la ficción puede equivocarse.

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Hace varios días escuché el que se supone será el último informe a la nación de Rafael Correa como presidente. Las ficciones estaban ahí, en forma de frases que a casi 10 años de historia de la Revolución Ciudadana en el país, nos sabemos de memoria (muchas pronunciadas por la presidenta de la Asamblea, Gabriela Rivadeneira). Y una frase dicha mil veces se vuelve solo sonido, un bla, bla, bla inerte. Porque un discurso se debe sostener con las acciones que acompañen su enunciación, de lo contrario es mala ficción. El tiempo ayuda a entender este tipo de fracasos y una década es tiempo suficiente como para reconocer cuando una ficción ha fracasado.

La ficción, por regla general, está asentada en la mentira. Es una posición de inconformidad ante la realidad que te rodea y que te obliga a pensar en otra realidad. Por eso, el único lugar de presencia que le podemos dar a esa ficción está en lo que va a venir: ficcionamos en un tiempo futuro porque esperamos que todo lo que venga sea de otra manera. En ese sentido, la ficción de cualquier poder político —o cualquier otro poder— está basada en aquello que está por venir, no en lo que sucede. Hay una promesa, implícita, de que todo va a estar mejor.

Esta ficción como narración política se enfrenta al pasado y a un presente que no convence porque es consecuencia del pasado —el presente siempre va a ser una ruina que vino de antes— y la Revolución Ciudadana, al ser presente y pasado, simultáneamente, no ha entendido que buscar un futuro mejor es dejar en claro su propio fracaso. El pasado y presente de la RC es el uróboros.

En este tema de construcciones de universos narrativos —como lo es asumir y luchar para que la realidad que funciona para mí sea realidad para otros—, me golpea que existiendo tantos creadores, gente de letras, de música y artistas ligados al régimen, estos no sean capaces de intervenir en el manejo de esta ficción, para que sean los mecanismos de la misma ficción los que ayuden a superar vacíos y absurdos discursivos. Lo que hacen, siendo honestos, es entrar en una dinámica fallida y repetir los mismos errores —frases hechas, eslóganes que parecen inofensivos, discursos dignos de la guerra fría, etc. —, a veces hasta sin darse cuenta del daño que se hacen, negando las bases de la ficción que han construido. Suele pasar que las frases que llenan sus bocas no dicen nada.

El manejo de esa ficción/discurso del gobierno lo hace gente que cree que lo sabe hacer, que asume que lo hace bien, que está convencida que por tener el cargo que tiene cualquier cosa que digan o historia que narren va a ser perfecta. Y muchas personas tratando de controlar la ficción, la destruyen. La SECOM quiere manejar una ficción a través de un aparato comunicacional que, al contrario de lo que muchos creen, no busca generar una verdad, sino establecer condiciones para que todo lo que digan sea tomado como verdad. Pero la verdad de un régimen no resiste el paso del tiempo.

Cuando esta ficción nos quiere vender un futuro, con una narración que ya no alcanza, la suerte está echada.

La gente que maneja la comunicación del gobierno y que trata de implantar una sola vía alrededor de esta ficción ecuatoriana, no sabe lo que está haciendo. Probablemente nunca lo supo.

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Casi al finalizar el informe a la nación, Rafael Correa dijo estas palabras:

“Queridos jóvenes de mi patria, mis últimas palabras para ustedes: ‘Donde está tu tesoro, está tu corazón’, dice el evangelio. Tengan la seguridad de que mi tesoro no es el poder, sino el servicio. Tener un país sin miseria, pero también sin lujuriosos derroches. Un país que supere la cultura de la indiferencia, como lo dice el Papa Francisco. Donde se acaben los descartables de la sociedad; en el cual trabajemos para los hijos de todos y así juntos alcanzar el Buen Vivir, el Sumak Kausay de nuestros pueblos ancestrales. El bien común es la razón de ser de la autoridad política. Es ese bien común el que hemos tratado de construir en Ecuador desde hace nueve años. Mi sueño, queridos jóvenes, siempre fue trabajar por mi patria. La vida me dio la oportunidad, no únicamente de trabajar sino de liderar un proceso de cambio histórico. Ecuador no ha vivido una época de cambios, sino un verdadero cambio de época. Recuerden que el desarrollo es básicamente un proceso político. La pregunta clave es quién manda en una sociedad: ¿las élites o las grandes mayorías? ¿El capital o los seres humanos? ¿El mercado o la sociedad? La satanización del poder político, sobre todo en América Latina, es una de las estrategias de inmovilización de los procesos de cambio. A no caer en esa trampa. Hemos avanzado mucho, pero aún nos falta consolidar la relación de poder en función de la gente, el poder popular, el poder de las grandes mayorías y dentro de esas grandes mayorías: los más pobres. Aún están allí con sus cámaras de producción, con sus medios de comunicación, con su poder económico, con su ideología disfrazada de ciencia. Los principios sobre los que hemos basado nuestra acción es (sic) la supremacía del trabajo humano sobre el capital; el construir una sociedad con mercado, pero no de mercado, donde vidas, personas y la propia sociedad se convierten en una mercancía más. No creo en manos invisibles. La historia nos demuestra que para lograrle justicia e incluso la misma eficiencia, se necesitan manos bastantes visibles, se requiere de acción colectiva, de una adecuada, pero importante intervención del Estado, con la sociedad tomando conscientemente sus decisiones por medio de procesos políticos. Queridos jóvenes, en un año más ya no estaré aquí. El país debe descansar de mí y, sinceramente yo también debo descansar un poquito del país (aplausos)… No es fácil gobernar un país como Ecuador, con una terrible prensa tremendamente corrupta, deshonesta, vocera de los grupos de siempre, con tal nivel de incoherencia, inconsistencia, en una supuesta oposición, con la mentira como instrumento, el engaño, sin respetar principios, sin tener escrúpulos. No es sencillo. Algunas veces dicen que yo soy irascible… creo que soy una persona común y corriente. Los raros eran los presidentes que no se inmutaban ante tanta infamia, tanta calumnia. No esperen nunca de mí que me deshumanice por ser presidente de la República”.

imagen tomada de elcomercio.com

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Ficciones desde el poder. Al menos conté cinco.

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De acuerdo a encuestas, la aprobación de Correa ha descendido. Se supone que un 58% de los ecuatorianos desaprueban la gestión del Presidente. Las encuestas, dentro de este universo, también funcionan como mecanismos de ficción.

El sábado pasado, Correa presentó sus propias encuestas en el enlace ciudadano. Y claro, en las suyas, el 63% apoya a su gobierno y el 67% lo ve de manera positiva como gobernante.

En la narración llamada Ecuador, los elementos se entrecruzan, porque a la ficción del poder también se le enfrentan otras ficciones. O voces críticas que buscan revelar esos agujeros, esos vacíos en la narración.

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Podría hacer una lista de todas esas ficciones estatales que durante años nos han querido convencer de algo que en el fondo no existe. Pero este post no tendría fin.

Podría también hacer una lista de ficciones en contra del poder político, las que también han querido convencernos de algo.

Ambas están ahí. Necesitan estar ahí porque no hay remedio. En este juego de tensiones entre las dos facciones, nos revelamos como realmente somos.

Uno es el bueno, otro es el malo. Escoja su lado.

Que el dinero electrónico, que los Panamá papers, que Álex Bravo, que la Refinería del Pacífico, que los insultos de funcionarios vía Twitter, que la CIA presente en Ecuador, que el Plan Cóndor, que los asambleístas aprobando normas que generan descuentos en sueldos de ecuatorianos para apoyar la reconstrucción por el terremoto y negándose a dar el 10% de su sueldo para lo mismo…

Las discusiones públicas —en medios y en plataformas digitales— buscan definir dos únicos caminos y cualquier intento por crear ficciones se topa con una presión determinista: si lo viste así, lo vas a ver de esta manera, como consecuencia.

La peor ficción es la que se sostiene por dicotomías burdas.

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Hace unos días, 400 escritores de Estados Unidos publicaron una carta abierta al pueblo de su país, en contra del candidato presidencia Donald Trump. Al inicio se lee:

“Because, as writers, we are particularly aware of the many ways that language can be abused in the name of power / Porque como escritores, estamos particularmente al tanto de las formas en las que se puede abusar del lenguaje en el nombre del poder”.

Ni siquiera los escritores tienen el poder para manejar los entresijos de la ficción.

imagen tomada de hyperallergic.com

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Es curiosa la existencia de una “Red de maestros y maestras por la revolución educativa” desde el 2015. Curiosa porque la crea el régimen para generar una plataforma que le haga contrapeso a la histórica —y no por eso mejor, Unión Nacional de Educadores (UNE)— y también porque se vuelve en parte de su fuerza de choque, manifestando su apoyo al Gobierno cada vez que pueda.

Siempre que pienso en esto me acuerdo de cuando a Bender lo echan del parque temático y grita: “¡Construiré mi propio parque temático con juegos de azar y mujerzuelas!”. Otra vez la ficción.

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En “Crítica y ficción”, Piglia hace un recuento interesante de cuando regresa a Buenos Aires después de varios años y llega al país de los milicos. Le llamó la atención algo: que la señalética del transporte urbano cambiara de mostrar dónde se tomaba los colectivos a “zona de detención”. Lo cual, tomando cuenta el universo en el que estaba, decía mucho. “En esa expresión se sintetiza una relación entre el lenguaje y la situación política”, dice Piglia.

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“En este país hay que hacer la revolución”, dice Piglia. Pienso lo mismo de Ecuador. Revolución no es un proceso modernista del Estado. Revolución no es cambiar a los dueños del balón. Revolución no es la Revolución Ciudadana. Eso es solo frase, eslogan, nada.  Los caudillismos son pasado, nunca presente, peor futuro.

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Chantal Mouffe escribe un artículo de opinión importante para el dossier sobre el populismo, que se publicara recientemente en la Revista ñ, de Clarín. Y quizás valdría la pena su lectura para enfrentarnos a ese concepto que, ligado a las mismas construcciones que prodiga la ficción, no hemos comprendido de todo. Mouffe dice:

“Al volverse borrosa la frontera izquierda/derecha por la reducción de la democracia a su dimensión liberal, desapareció el espacio donde podía tener lugar esa confrontación agonista entre adversarios. Y la aspiración democrática ya no encuentra canales de expresión en el marco de la política tradicional. El demos , el pueblo soberano, ha sido declarado una categoría zombi y ahora vivimos en sociedades posdemocráticas (…) En ese contexto de crisis social y política, ha surgido una variedad de movimientos populistas que rechazan la pospolítica y la posdemocracia. Proclaman que van a volver a darle al pueblo la voz que le ha sido confiscada por las élites. Independientemente de las formas problemáticas que pueden tomar algunos de esos movimientos, es importante reconocer que se apoyan en legítimas aspiraciones democráticas. El pueblo, sin embargo, puede ser construido de maneras muy diferentes y el problema es que no todas van en una dirección progresista. En varios países europeos esa aspiración a recuperar la soberanía ha sido captada por partidos populistas de derecha que han logrado construir el pueblo a través de un discurso xenófobo que excluye a los inmigrantes, considerados como una amenaza para la prosperidad nacional. Esos partidos están construyendo un pueblo cuya voz reclama una democracia que se limita a defender los intereses de los considerados nacionales”.

Mouffe, parafraseando a Ernesto Laclau —su esposo, junto a quien es considerada una de las influencias principales para el movimiento español Podemos—, define al populismo no como una ideología, ni como una estrategia con programa, ni como un régimen político. En realidad lo cataloga como una manera de hacer política, centrada en la construcción de un nuevo sujeto político: el pueblo.

El populismo como forma es quizás la única manera o camino que tenemos para entender lo que pasa en Ecuador. El populismo es quizás la ficción principal en este momento.

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“El Estado es también una máquina de hacer creer. En la época de la dictadura, circulaba un tipo de relato ‘médico’: el país estaba enfermo, un virus lo había corrompido, era necesario realizar una intervención drástica. El Estado militar se autodefiniría como el único cirujano capaz de operar, sin postergaciones y sin demagogia. Para sobrevivir, la sociedad tenía que soportar esa cirugía mayor. Ése era el núcleo del relato: país desahuciado y un equipo de médicos dispuestos a todo para salvarle la vida. En verdad, ese relato venía a encubrir una realidad criminal, de cuerpos mutilados y operaciones sangrientas. Pero al mismo tiempo la aludía explícitamente. Decía todo y no decía nada: la estructura del relato de terror”.

Ricardo Piglia

Tomado de “Crítica y ficción”, pp 100 y 101.

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El nuevo poder que está llegando ya está construyendo su propia ficción. No hay otro camino.

El libro, las prácticas políticas y las revoluciones

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En la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires habló Piglia. Y lo que me llega de Piglia y ese encuentro es de la Revista Ñ, del diario El Clarín. Con eso no trato de sortear más que una certeza de atomización, porque bueno, otra cosa hubiera sido estar ahí y escucharlo; pero no se dio, me debo contentar con la mirada de otro, que no siempre es una mirada precisa, pero eso es el mundo: un compendio de errores no forzados que crean el entendimiento de las cosas.

El asunto es que Piglia habló del declive de los libros, en el marco ya clásico y aburrido del final del objeto por la existencia de su versión tecnológica y digital. Neardenthal y Homo Sapiens conviviendo en el tiempo y el espacio. Textualmente habría dicho: “No soy futurólogo, pero quizás el declive del libro podría estar ligado a los declives de ciertas prácticas políticas”. Y en esa referencia a las crisis y declives políticos interviene la figura de las revoluciones, porque son parte de nuestro tiempo, al menos en esta zona del planeta, como hechos que surgen de cierta ilustración que consigue arrancarnos del sentido común. Piglia quizás comentó: “Todas las revoluciones las hicieron los hijos de los libros. Las hicieron lectores que intervinieron activamente en ciertas prácticas políticas”. Parecería tener toda la razón.

Entonces el silogismo de Ricardo Piglia terminaría de manera contundente con su síntesis: “Las revoluciones siempre fracasan”. Y además habría señalado que el resultado de la francesa fue Napoleón y que la revolución soviética nos dio a Stalin.

Las relaciones que se establecen a través de la literatura, del acto de leer, son quizás las más contundentes en la historia de la humanidad. La palabra es la condición necesaria de todo. Ninguna palabra puede salvar, probablemente lo contrario; el lenguaje nos condena. En esa medida encuentro que los procesos sociales que vivimos hoy no dejan de ser espacios de escasas lecturas o de mínimas reflexiones sobre esas lecturas. No sé hasta qué punto el supuesto fracaso del libro se condiciona por los declives políticos; lo que sucede realmente es que el libro deja de tener la utilidad que tuvo durante muchos años, en épocas en las que lo único que realmente interesa es una simple frase. Todavía estamos en pañales para comprender del todo los procesos actuales de comunicación. La literatura no los puede entender en su totalidad, porque siempre ha apostado por revelar eso que hace complejo al ser humano. La política sí, desnaturalizando toda posibilidad de discusión con esa comprensión inmediata y hasta burda de la realidad. Recuerdo que alguna vez Rafael Correa confesó que leía libros de Economía y pare de contar (me parece que lo hizo en uno de sus enlaces sabatinos). Eso se refleja en su manera de hacer política o de entender procesos políticos, aparentemente ligados a la izquierda.

Es una época de suposiciones.

Y desde hace mucho tiempo que no leemos bien nada, o que preferimos no leer. Así tenemos mucho que perder, sin duda. Estamos en el reino de la vaguedad, de los eslóganes políticos y estrategias vacuas. Karl Popper, en esa biblia negra (terror de muchos) llamada “La Sociedad abierta y sus enemigos” lo sintetizó bien a nivel político: “Pero creo también que una revolución tal debe tener por único objetivo el establecimiento de una democracia, y no entiendo por democracia algo tan vago como “el gobierno del pueblo” o “el gobierno de la mayoría” sino un conjunto de instituciones (entre ellas, especialmente, las elecciones generales, es decir, el derecho del pueblo de arrojar del poder a sus gobernantes) que permitan el control público de los magistrados y su remoción por parte del pueblo, y que le permitan a éste obtener las reformas deseadas sin empleo de la violencia, aun contra la voluntad de los gobernantes”. Lo que vemos es una ausencia total de definiciones… un verdadero ‘the end’.

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Hoy no estamos viviendo el fin del libro, sino el fin del sentido común.

Eskeletrapost 12

Andrés Neuman, Cristian Avecillas, Ricardo Piglia, Roberto Bolaño
Leo una y otra vez el número 12 de la revisat Eskeletra (con el nombre Eskeletrapost, de mayo pasado) y he quedado encantado. Iba a la librería con la intención de comprar el úñtimo número (ya medio pasado el tiempo, eso sí) de la revista El Búho y me topé con este ejemplar, con el mismo valor y jugosamente más atractivo, especialmente en la portada.

No me defraudó.

Raymond Carver, imagen tomada de rionegro.com.ar

Hacía mucho tiempo que una revista literaria enmracada en Ecuador (no virtual) que no me dejaba tan satisfecho. Un diseño, que más que impecable, habla de una propuesta que intentan desde la distribución de sus páginas presentar algo atractivo, y un contenido que si bien no es perfecto, trata de evidenciar una justicia en su integración como todo: ya sea desde lo malo a lo regular, y lo bueno, una revista literaria debe ser reflejo de algo concebido como totalidad. Así, un artículo como una reflexión pequeña sobre el taller literario, de Huilo Ruales, viene acompañado de una serie de ejemplos que uno podría hacer pensar que los talleres no sirven para nada (es una lástima, los peores textos de la revista corresponden a los que vienen de talleres). Otros con perspectivas sobre el cuento, incluyendo posturas de Piglia, Monterroso, Bolaño y Neuman (que quizás ya se las haya leído antes, pero la sola idea de incluirlas en un mismo número habla de un intento por establecer algo que funciona muy bien). Los mismo trabajos de grandes del cuento como Carver y Marcel Schwob (también un trabajo de María Gabriela Borja que no es malo, pero que está escrito con uno de los vicios más grandes del literato: el uso de sinónimos de manera exagerada, porque ya se usó antes una palabra similar o por no ser ofensivo. Así, donde dice “Gritaba imprecaciones”, sería mejor leer esas “imprecaciones”, pues no conozco a nadie que las grite, sino que lance puteadas a diestra y siniestra… pero de eso hablaré en otra ocasión).

Marcel Schwob, imagen tomada de culture.gouv.fr

En poesía hay fragmentos de Cristian Avecillas, de su poemario “La identidad femenina”, donde hay estrofas como: “Porque todos caeremos en la noche / y entraremos en la lentitud para entender la prisa; / Porque todos perseguimos la mirada / Que nos muestra donde está la soledad: / Voy a hacer un rostro”. Versos que me hacen recordar al náufrago que hace Tom Hanks y que cuando veo la dedicatoria del poema, “A Cuba”, me deja impávido. También trabajos de César Eduardo Carrión y Cristóbal Zapata.

Zapata, imagen tomada de hoy.com.ec

En el apartado ‘ensayo’, hay un texto de Ramiro Arias sobre la relación entre Pablo Palacio y Roberto Arlt, como parte de la vanguardia, en el que afirma tibia y ciertamente que: ” De lo que se sabe, ningún talento se ha encumbrado sin correr riesgos”. Así que si tienen unos 5 dólares sueltos y buscan algo que al menos los acompañe y les sirva al mínimo para pensar en algunos temas, “Eskeletrapost 12” está muy bien para ese propósito.

Robert Arlt, imagen tomada de perylit.wordpress.com

Las conversaciones sinuosas

Ricardo Piglia
imagen tomada de elpais.com
En el blog El boomeran(g) hay ciertos ‘apartados extras’ que resultan ser un deleite, más allá de los blogs de Marcelo Figueras, Edmundo Paz Soldán y Jean Francois Fogel. Conversaciones entre creadores, abriendo la posibilidad de la reflexión literaria, que no es más que una visión de mundo que se centra en las letras. Esta vez es el turno en la revista Quórum del gran Ricardo Piglia junto a Sergio Ramírez, quienes hablan del cuento, de lo que es escribir y cierta relación con el poder.

Lo que intento ahora es precisar algunas de las frases que por ahí saltan e invitarlos a revisar esas intervenciones. Más que nada por una necesidad de que alguien salte por el artículo y lo lea, que esas cosas no matan y hacen bien.

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Ramírez, ex vicepresidente nicaragüense, comenta, entre varias cosas, sobre la relación del poder con el ser humano (y por ende el acto creador): “El poder es una fuerza arbitraria, disolvente, que golpea con el puño y que, cuando golpea, desbarajusta todas las fichas del tablero”. Es probable que hable de su experiencia cercana, de la lucha contra Somoza y su llegada al poder con los sandinistas. Y dentro de esas circunstancias uno puede anteponer la supuesta inmovilidad de la literatura con una vida de aventuras. Piglia pronuncia la oración precisa para referirse al absurdo de lo calmo: “…el mundo literario, que es muy intenso, no es antagónico con la vida”.

Y así salta la lista de varios escritores que fundieron la certeza literaria con una consecuencia en vida: Sarmiento, Martí, Walsh… (yo incluiría a Olmedo y Montalvo en esto, aunque su compromiso haya sido no tanto desde la militancia – sí, desde la opinión- con mis reparos en Olmedo). Es esa conversación, ese planteamiento sobre el poder el que va determinando mucho de lo que se supone es la narrativa de este lado del planeta. Porque, ¿qué es América Latina más que un espacio para una constante pugna? Además, ¿no es el poder el germen o lo que hay detrás de toda historia?

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“Y es uno de los grandes temas, sobre todo en la novela. Los poetas trabajan de otra manera, captan de otra manera pero, para la construcción de narraciones, las relaciones de poder son ejes claves (…) La novela tiene mucho de épica y, en América Latina, la épica está ligada a la política y al mundo del delito. La vida cotidiana sigue siendo uno de los grandes temas pero siempre tiene que haber algo de épica, aunque a veces falta en la novela actual”, confiesa Piglia.

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Entonces el poder como germen y estructura, la visión inclemente ante el poder, la necesidad de verlo todo desde esa dimensión, o a partir de la contraria. Sospecho hay algo de eso en la literatura, en hacer literatura, sin darle la categoría meritoria o de heroína que no tiene. Una simplemente la hace y ya. Eso sí, las situaciones se dan, se repiten de cierta manera y eso que me arrebata, que supone para mí un placer está en saber que los exilios se siguen dando, pero lo político es lo menos importante: “O el caso de Manuel Puig que no soportó la vida literaria de Buenos Aires, por demasiado libresca y cerrada, respecto a la riqueza que encontraba en la cultura popular –el cine, etc.- Puig no tenía ninguno de los rasgos visibles de las marcas borgianas, que caracterizaban a los escritores argentinos y nunca encontró su lugar”, y Piglia abre el abanico que no se cierra con la lectura.