Correa vs milicos: nuestro fracaso

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Imagen tomada de Infobae

La jueza Vanessa Wolf  acaba de darle la razón al presidente Rafael Correa en un tema que lo pone en confrontación directa con los militares. Y la decisión legal que ella tomó hoy se convierte en un elemento más para considerar, en una pugna que viene de mucho antes y que ha tenido su punto de tensión más importante en estas semanas gracias a una decisión de un Consejo de Disciplina Militar que, a breves rasgos, ha definido que un presidente no es competente para pedir una sanción a un oficial por no ser él mismo un miembro activo de las fuerzas armadas.

Y hay muy pocas voces que han cuestionado esta parte de la sentencia de este Consejo. Pocas.

En esta esquizofrénica realidad nacional solo importa estar a favor o en contra de Correa. No hay puntos medios. Y en ese ejercicio de extremos, los conceptos se pueden estirar, hasta que se difumine la lógica y se pierda el tiempo en golpes de efecto o en el nuevo hecho de coyuntura por el cual se puede atacar o defender al presidente.

La resolución del Consejo de Disciplina Militar, en el caso de la denuncia presentada por el Ministro de Defensa en contra del capitán de la marina Edwin Ortega —por haberle respondido un mail a Correa en términos que la autoridad política ha considerado “un insulto”… posición presidencial criticable que revela una constante en el ejercicio de poder en estos casi 10 años— deja en claro que hay algo extraño pasando por la cabeza de los milicos, pues es una locura considerar que un presidente —al no ser “militar activo”— no es competente para pedir una sanción a un oficial de las fuerzas armadas.

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Capitán Edwin Ortega. Imagem tomada de El Universo

Y muy poca gente lo está viendo así. Muy poca gente. Como se trata de echar a Correa, hay que recurrir a lo que sea.

Cristina Vera, en un texto en GkillCity, es una de las personas que trata de verlo de otra forma: “Tomar el lado de las Fuerzas Armadas en la pugna de poder que mantienen con el correísmo es recurrir a las peores armas que hay en una democracia (…) ciertos opositores han preferido plantear la disputa entre Correa y sus subalternos castrenses como una pelea entre iguales, cuando no lo es. En primer lugar, las Fuerzas Armadas tienen un rol de excepción en el país porque, de acuerdo a una convención social plasmada en la Constitución, les hemos entregado voluntariamente armas que al resto de ecuatorianos les está proscrito poseer. La contraprestación a ese privilegio tiene dos premisas claras: estás bajo nuestra autoridad y no las uses en contra nuestra, solo contra potenciales enemigos (por eso es tan peligroso que los militares patrullen las calles). En esa primera parte del acuerdo no creen nuestros militares. Ellos se creen una sociedad paralela a la ecuatoriana: más gloriosa, más honorable y disciplinada que la sociedad civil“.

Al parecer no existe capacidad de ver las cosas en su real dimensión. Eso es lamentable; si bien es cierto que esta cuerda tensa entre Correa y los militares existe por un mal manejo de relaciones y por un ejercicio de imposición más allá del diálogo —que tiene como punto de quiebre reciente el deseo de acabar con ciertas ventajas de la seguridad social alrededor de las cesantías y jubilaciones que reciben los militares al retirarse que, justo o no, es completamente extemporáneo—, tomar partido por los militares hace que todo roce la ridiculez.

La Constitución, en su artículo 147 —que habla de las atribuciones y deberes del presidente—numeral 16, es muy clara. Entre las facultades que tiene el mandatario está: “Ejercer la máxima autoridad de las Fuerzas Armadas y de la Policía Nacional y designar a los integrantes del alto mando militar y policial”. Repito: “Ejercer la máxima autoridad de las Fuerzas Armadas“. En un artículo de opinión de Martín Pallares, titulado “Correa pretende ser Jefe del Comando Conjunto”, se lee al inicio: “Rafael Correa pretende que una jueza de lo civil en Guayaquil interprete la Constitución y establezca que él es la máxima autoridad militar, ya no solo política como establece la Constitución, de las FFAA. Correa quiere colocarse por encima incluso del Jefe del Comando Conjunto en todos los temas militares, incluso en aquellos que reglamentariamente atañen únicamente a los militares activos“. Pallares —ya colocado en nuestro imaginario como opositor de Correa— lee la Constitución como quiere y se coloca a favor de la resolución absurda del Consejo de Disciplina Militar, sobre todo porque el presidente interpuso hace unos días una demanda de protección contra esa decisión, que hoy se ha fallado y que borra todo lo actuado por el órgano militar.

Quizás la diferencia esté, para algunos, en que “ejercer” no es lo mismo que “ser”. De acuerdo al diccionario de la Real Academia de la Lengua, el verbo “ejercer” tiene cuatro acepciones; en este caso, dos de ellas calzan a la perfección: “Hacer uso de un derecho, capacidad o virtud” y “Poner en práctica formas de comportamiento atribuidas a una determinada condición”. Si el juego de interpretación legal en esta caso se vuelve en un ejercicio semántico, estamos condenando a Correa y a los presidentes que están por venir a que acepten que finalmente no son autoridad militar. También nos condenamos nosotros, la ciudadanía, que aceptamos que los milicos están por encima del poder civil constituido.

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Imagen tomada de El Universo

Existen otras diferencias conceptuales saltando en varios sitios. En una carta al director de El Comercio, un ciudadano con el nombre Jorge Cevallos, establece una distancia entre la idea del comandante en jefe y máxima autoridad de las fuerzas armadas —”El señor Correa es la máxima autoridad de la institución armada, no es su comandante en jefe como lo ha afirmado en múltiples ocasiones”, dice en el texto—. Además, Cevallos expresa que no debería considerarse gravísimo que “los consejos de disciplina le recuerden (al presidente) que no es un superior militar sino un civil”. Sí, “superior militar” antepuesto a la imagen de un civil. La historia y el mundo contemporáneo no se cansan de demostrarnos cómo terminan esas “distinciones”.

Hernán Pérez Loose, en su artículo de opinión en El Universo, trata de dimensionar cierto aspecto jurídico del giro actual de este tema. Explica el absurdo de que el presidente se asuma como sujeto de derechos, cuando no es la figura a usar: “Resulta asombroso que un jefe de Estado ignore que los titulares de los órganos del poder público no son sujetos de derechos, sino de potestades y deberes. A ese nivel de degradación jurídica hemos sido arrastrados en los últimos años (…)”. En el marco de batalla legal que atraviesa este caso, vale la pena tomar en cuenta esto. Sin embargo, Pérez Loose habla de que ahora, en medio de toda una cultura de oposición que —hay que decirlo— ha sido propiciada desde el mismo presidente, es el turno de conflicto con las fuerzas armadas. Y ahí, entre líneas, está el juego de poder que parece ser el único posible: ahora es el turno de este actor, como antes ha sido el turno de otro, de sufrir por acciones del gobierno.

Pero este actor no es un actor cualquiera. En este caso, tomar partido por este actor en particular es jugar al error. No se trata de estar a favor de Correa, tampoco. Es claro que no hay proceso judicial diáfano posible en este momento. Y no tiene sentido que un mail de respuesta sea tomado por un eternamente susceptible presidente como un insulto. Se trata de entender que hay un hecho más profundo, un concepto constitucional que es importante y que se está dejando de lado por conveniencia.

“Si la oposición insiste en recurrir a las peores armas —las boinas y los fusiles para hacer política— deberá estar preparada para caer a punta de esos mismos rifles. La democracia (sea quien sea que esté en el poder) no merece semejante sacrificio”, escribe Cristina Vera en su artículo.

Y es esta última frase que se está olvidando todo el mundo. Ese olvido voluntario es una prueba más de nuestro fracaso  como sociedad.

La ficción y el poder (reflexiones luego de releer a Piglia)

Rafael Correa, Reflexiones sobre política, Ricardo Piglia
imagen tomada de perfil.com

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Me gusta leer a Ricardo Piglia. En realidad me gusta más releerlo. En ese ejercicio de relectura se da una sobreexposición, una estimulación que te permite mirar al mundo de otra forma. Una foto encima de otra. Ya no es lo mismo, se convierte en algo realmente interesante.

Un cuadro dentro de un cuadro te da otra experiencia estética.

La sensación explota en tu cara, sobre todo cuando en esas lecturas encuentras aquello que te sirve para generar nuevos contextos, otras perspectivas sobre lo que te rodea. Leer no te vuelve mejor persona, te hace más entretenida la existencia.

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En “Crítica y ficción” (De Bolsillo, 2014), Piglia recopila algunas de las entrevistas que ha dado en varios años y en varias de sus respuestas consigue establecer certezas sobre la ficción y su relación con el poder. Entre otras cosas, Piglia dice:

“La escritura de ficción se instala siempre en el futuro, trabaja con lo que todavía no es. Construye lo nuevo con los restos del presente”.

“Todo trabajo de la crítica, se podría decir, consiste en borrar la incertidumbre que define a la ficción”.

“El discurso del poder ha adquirido a menudo la forma de una ficción criminal”.

“Para (Roberto) Arlt la sociedad está trabajada por la ficción, se asienta en la ficción”.

“Valéry decía: ‘La era del orden es el imperio de las ficciones, pues no hay poder capaz de fundar el orden con la sola represión de los cuerpos con los cuerpos. Se necesitan fuerzas ficticias’. ¿Qué estructura tienen esas fuerzas ficticias? Quizás ese sea el centro de la reflexión política de un escritor. La sociedad vista como una trama de relatos, un conjunto de historias y de ficciones que circulan entre la gente”.

“El Estado centraliza esas historias; el Estado narra. Cuando se ejerce el poder político se está imponiendo una manera de contar la realidad. Pero no hay una historia única y excluyente circulando en la sociedad”.

“Por supuesto que se suprimen desde el poder ciertas historias y se imponen otras. Hay un trabajo de construcción de la creencia, al mismo tiempo que otras versiones y otras verdades van perdiendo consenso público”.

“Las ideas y las figuras de la realidad se construyen desde posiciones concretas. Aunque se presentan como neutras y se ofrecen como imágenes de validez universal. Esa trama de relatos expresa relaciones de fuerza”.

“La conciencia artística y la conciencia revolucionaria se identifican por su negatividad, por su rechazo del realismo y del sentido común liberal, por el carácter anticapitalista de su práctica”.

“Escribir es sobre todo corregir, no creo que se pueda separar una cosa de otra”.

“Toda élite se autodesigna”.

“La literatura trabaja la política como conspiración, como guerra; la política como una gran máquina paranoica y ficcional”.

“La política se ha convertido en la práctica que decide lo que una sociedad no puede hacer. Los políticos son los nuevos filósofos: dictaminan qué debe entenderse por real, qué es lo posible, cuáles son los límites de la verdad. Todos se ha politizado en ese sentido”.

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No hay poder que no haga un ejercicio de ficción para sostenerse. No lo puede hacer de otra manera. El discurso político es ficción y la ficción puede equivocarse.

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Hace varios días escuché el que se supone será el último informe a la nación de Rafael Correa como presidente. Las ficciones estaban ahí, en forma de frases que a casi 10 años de historia de la Revolución Ciudadana en el país, nos sabemos de memoria (muchas pronunciadas por la presidenta de la Asamblea, Gabriela Rivadeneira). Y una frase dicha mil veces se vuelve solo sonido, un bla, bla, bla inerte. Porque un discurso se debe sostener con las acciones que acompañen su enunciación, de lo contrario es mala ficción. El tiempo ayuda a entender este tipo de fracasos y una década es tiempo suficiente como para reconocer cuando una ficción ha fracasado.

La ficción, por regla general, está asentada en la mentira. Es una posición de inconformidad ante la realidad que te rodea y que te obliga a pensar en otra realidad. Por eso, el único lugar de presencia que le podemos dar a esa ficción está en lo que va a venir: ficcionamos en un tiempo futuro porque esperamos que todo lo que venga sea de otra manera. En ese sentido, la ficción de cualquier poder político —o cualquier otro poder— está basada en aquello que está por venir, no en lo que sucede. Hay una promesa, implícita, de que todo va a estar mejor.

Esta ficción como narración política se enfrenta al pasado y a un presente que no convence porque es consecuencia del pasado —el presente siempre va a ser una ruina que vino de antes— y la Revolución Ciudadana, al ser presente y pasado, simultáneamente, no ha entendido que buscar un futuro mejor es dejar en claro su propio fracaso. El pasado y presente de la RC es el uróboros.

En este tema de construcciones de universos narrativos —como lo es asumir y luchar para que la realidad que funciona para mí sea realidad para otros—, me golpea que existiendo tantos creadores, gente de letras, de música y artistas ligados al régimen, estos no sean capaces de intervenir en el manejo de esta ficción, para que sean los mecanismos de la misma ficción los que ayuden a superar vacíos y absurdos discursivos. Lo que hacen, siendo honestos, es entrar en una dinámica fallida y repetir los mismos errores —frases hechas, eslóganes que parecen inofensivos, discursos dignos de la guerra fría, etc. —, a veces hasta sin darse cuenta del daño que se hacen, negando las bases de la ficción que han construido. Suele pasar que las frases que llenan sus bocas no dicen nada.

El manejo de esa ficción/discurso del gobierno lo hace gente que cree que lo sabe hacer, que asume que lo hace bien, que está convencida que por tener el cargo que tiene cualquier cosa que digan o historia que narren va a ser perfecta. Y muchas personas tratando de controlar la ficción, la destruyen. La SECOM quiere manejar una ficción a través de un aparato comunicacional que, al contrario de lo que muchos creen, no busca generar una verdad, sino establecer condiciones para que todo lo que digan sea tomado como verdad. Pero la verdad de un régimen no resiste el paso del tiempo.

Cuando esta ficción nos quiere vender un futuro, con una narración que ya no alcanza, la suerte está echada.

La gente que maneja la comunicación del gobierno y que trata de implantar una sola vía alrededor de esta ficción ecuatoriana, no sabe lo que está haciendo. Probablemente nunca lo supo.

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Casi al finalizar el informe a la nación, Rafael Correa dijo estas palabras:

“Queridos jóvenes de mi patria, mis últimas palabras para ustedes: ‘Donde está tu tesoro, está tu corazón’, dice el evangelio. Tengan la seguridad de que mi tesoro no es el poder, sino el servicio. Tener un país sin miseria, pero también sin lujuriosos derroches. Un país que supere la cultura de la indiferencia, como lo dice el Papa Francisco. Donde se acaben los descartables de la sociedad; en el cual trabajemos para los hijos de todos y así juntos alcanzar el Buen Vivir, el Sumak Kausay de nuestros pueblos ancestrales. El bien común es la razón de ser de la autoridad política. Es ese bien común el que hemos tratado de construir en Ecuador desde hace nueve años. Mi sueño, queridos jóvenes, siempre fue trabajar por mi patria. La vida me dio la oportunidad, no únicamente de trabajar sino de liderar un proceso de cambio histórico. Ecuador no ha vivido una época de cambios, sino un verdadero cambio de época. Recuerden que el desarrollo es básicamente un proceso político. La pregunta clave es quién manda en una sociedad: ¿las élites o las grandes mayorías? ¿El capital o los seres humanos? ¿El mercado o la sociedad? La satanización del poder político, sobre todo en América Latina, es una de las estrategias de inmovilización de los procesos de cambio. A no caer en esa trampa. Hemos avanzado mucho, pero aún nos falta consolidar la relación de poder en función de la gente, el poder popular, el poder de las grandes mayorías y dentro de esas grandes mayorías: los más pobres. Aún están allí con sus cámaras de producción, con sus medios de comunicación, con su poder económico, con su ideología disfrazada de ciencia. Los principios sobre los que hemos basado nuestra acción es (sic) la supremacía del trabajo humano sobre el capital; el construir una sociedad con mercado, pero no de mercado, donde vidas, personas y la propia sociedad se convierten en una mercancía más. No creo en manos invisibles. La historia nos demuestra que para lograrle justicia e incluso la misma eficiencia, se necesitan manos bastantes visibles, se requiere de acción colectiva, de una adecuada, pero importante intervención del Estado, con la sociedad tomando conscientemente sus decisiones por medio de procesos políticos. Queridos jóvenes, en un año más ya no estaré aquí. El país debe descansar de mí y, sinceramente yo también debo descansar un poquito del país (aplausos)… No es fácil gobernar un país como Ecuador, con una terrible prensa tremendamente corrupta, deshonesta, vocera de los grupos de siempre, con tal nivel de incoherencia, inconsistencia, en una supuesta oposición, con la mentira como instrumento, el engaño, sin respetar principios, sin tener escrúpulos. No es sencillo. Algunas veces dicen que yo soy irascible… creo que soy una persona común y corriente. Los raros eran los presidentes que no se inmutaban ante tanta infamia, tanta calumnia. No esperen nunca de mí que me deshumanice por ser presidente de la República”.

imagen tomada de elcomercio.com

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Ficciones desde el poder. Al menos conté cinco.

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De acuerdo a encuestas, la aprobación de Correa ha descendido. Se supone que un 58% de los ecuatorianos desaprueban la gestión del Presidente. Las encuestas, dentro de este universo, también funcionan como mecanismos de ficción.

El sábado pasado, Correa presentó sus propias encuestas en el enlace ciudadano. Y claro, en las suyas, el 63% apoya a su gobierno y el 67% lo ve de manera positiva como gobernante.

En la narración llamada Ecuador, los elementos se entrecruzan, porque a la ficción del poder también se le enfrentan otras ficciones. O voces críticas que buscan revelar esos agujeros, esos vacíos en la narración.

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Podría hacer una lista de todas esas ficciones estatales que durante años nos han querido convencer de algo que en el fondo no existe. Pero este post no tendría fin.

Podría también hacer una lista de ficciones en contra del poder político, las que también han querido convencernos de algo.

Ambas están ahí. Necesitan estar ahí porque no hay remedio. En este juego de tensiones entre las dos facciones, nos revelamos como realmente somos.

Uno es el bueno, otro es el malo. Escoja su lado.

Que el dinero electrónico, que los Panamá papers, que Álex Bravo, que la Refinería del Pacífico, que los insultos de funcionarios vía Twitter, que la CIA presente en Ecuador, que el Plan Cóndor, que los asambleístas aprobando normas que generan descuentos en sueldos de ecuatorianos para apoyar la reconstrucción por el terremoto y negándose a dar el 10% de su sueldo para lo mismo…

Las discusiones públicas —en medios y en plataformas digitales— buscan definir dos únicos caminos y cualquier intento por crear ficciones se topa con una presión determinista: si lo viste así, lo vas a ver de esta manera, como consecuencia.

La peor ficción es la que se sostiene por dicotomías burdas.

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Hace unos días, 400 escritores de Estados Unidos publicaron una carta abierta al pueblo de su país, en contra del candidato presidencia Donald Trump. Al inicio se lee:

“Because, as writers, we are particularly aware of the many ways that language can be abused in the name of power / Porque como escritores, estamos particularmente al tanto de las formas en las que se puede abusar del lenguaje en el nombre del poder”.

Ni siquiera los escritores tienen el poder para manejar los entresijos de la ficción.

imagen tomada de hyperallergic.com

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Es curiosa la existencia de una “Red de maestros y maestras por la revolución educativa” desde el 2015. Curiosa porque la crea el régimen para generar una plataforma que le haga contrapeso a la histórica —y no por eso mejor, Unión Nacional de Educadores (UNE)— y también porque se vuelve en parte de su fuerza de choque, manifestando su apoyo al Gobierno cada vez que pueda.

Siempre que pienso en esto me acuerdo de cuando a Bender lo echan del parque temático y grita: “¡Construiré mi propio parque temático con juegos de azar y mujerzuelas!”. Otra vez la ficción.

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En “Crítica y ficción”, Piglia hace un recuento interesante de cuando regresa a Buenos Aires después de varios años y llega al país de los milicos. Le llamó la atención algo: que la señalética del transporte urbano cambiara de mostrar dónde se tomaba los colectivos a “zona de detención”. Lo cual, tomando cuenta el universo en el que estaba, decía mucho. “En esa expresión se sintetiza una relación entre el lenguaje y la situación política”, dice Piglia.

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“En este país hay que hacer la revolución”, dice Piglia. Pienso lo mismo de Ecuador. Revolución no es un proceso modernista del Estado. Revolución no es cambiar a los dueños del balón. Revolución no es la Revolución Ciudadana. Eso es solo frase, eslogan, nada.  Los caudillismos son pasado, nunca presente, peor futuro.

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Chantal Mouffe escribe un artículo de opinión importante para el dossier sobre el populismo, que se publicara recientemente en la Revista ñ, de Clarín. Y quizás valdría la pena su lectura para enfrentarnos a ese concepto que, ligado a las mismas construcciones que prodiga la ficción, no hemos comprendido de todo. Mouffe dice:

“Al volverse borrosa la frontera izquierda/derecha por la reducción de la democracia a su dimensión liberal, desapareció el espacio donde podía tener lugar esa confrontación agonista entre adversarios. Y la aspiración democrática ya no encuentra canales de expresión en el marco de la política tradicional. El demos , el pueblo soberano, ha sido declarado una categoría zombi y ahora vivimos en sociedades posdemocráticas (…) En ese contexto de crisis social y política, ha surgido una variedad de movimientos populistas que rechazan la pospolítica y la posdemocracia. Proclaman que van a volver a darle al pueblo la voz que le ha sido confiscada por las élites. Independientemente de las formas problemáticas que pueden tomar algunos de esos movimientos, es importante reconocer que se apoyan en legítimas aspiraciones democráticas. El pueblo, sin embargo, puede ser construido de maneras muy diferentes y el problema es que no todas van en una dirección progresista. En varios países europeos esa aspiración a recuperar la soberanía ha sido captada por partidos populistas de derecha que han logrado construir el pueblo a través de un discurso xenófobo que excluye a los inmigrantes, considerados como una amenaza para la prosperidad nacional. Esos partidos están construyendo un pueblo cuya voz reclama una democracia que se limita a defender los intereses de los considerados nacionales”.

Mouffe, parafraseando a Ernesto Laclau —su esposo, junto a quien es considerada una de las influencias principales para el movimiento español Podemos—, define al populismo no como una ideología, ni como una estrategia con programa, ni como un régimen político. En realidad lo cataloga como una manera de hacer política, centrada en la construcción de un nuevo sujeto político: el pueblo.

El populismo como forma es quizás la única manera o camino que tenemos para entender lo que pasa en Ecuador. El populismo es quizás la ficción principal en este momento.

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“El Estado es también una máquina de hacer creer. En la época de la dictadura, circulaba un tipo de relato ‘médico’: el país estaba enfermo, un virus lo había corrompido, era necesario realizar una intervención drástica. El Estado militar se autodefiniría como el único cirujano capaz de operar, sin postergaciones y sin demagogia. Para sobrevivir, la sociedad tenía que soportar esa cirugía mayor. Ése era el núcleo del relato: país desahuciado y un equipo de médicos dispuestos a todo para salvarle la vida. En verdad, ese relato venía a encubrir una realidad criminal, de cuerpos mutilados y operaciones sangrientas. Pero al mismo tiempo la aludía explícitamente. Decía todo y no decía nada: la estructura del relato de terror”.

Ricardo Piglia

Tomado de “Crítica y ficción”, pp 100 y 101.

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El nuevo poder que está llegando ya está construyendo su propia ficción. No hay otro camino.

La seguridad del presidente turco que no ama a las mujeres ecuatorianas

Derechos humanos, Opinión, Reflexiones sobre política

¿Existen imágenes más terribles que las que mostrara ayer el noticiario de Ecuavisa? No, sobre todo porque mientras tres mujeres son agredidas en el auditorio del IAEN, en plena intervención del presidente turco Recep Tayyip Erdogan, el resto aplaude. Sí, hay aplausos porque lo que pasaba en los asientos de atrás no importaba.

Esa gente que aplaudió debería sentirse avergonzada. Pero no, nadie.

Y quizás sea de mala educación interrumpir a alguien, por más criminal que sea, pero esa dinámica de callar a los que se manifiestan en mi contra es algo que no se puede dejar pasar, sin importar la situación, ni protagonistas. No se puede.

Al menos el ministro del Interior y la Presidenta de la Asamblea han manifestado su rechazo a este hecho, en redes sociales, pero de ahí no va a pasar. ¿Por qué? Por la pelotuda “inmunidad diplomática”.

Lo bueno es que tenemos a Roger Murtagh por ahí. Él nos enseñó hace ya varios años que la inmunidad diplomática no puede ser vista como patente de corso.

UPDATE: El Canciller, Ricardo Patiño, ya se refirió al tema y lamentó lo que hizo la guardia turca, pero (como iba a pasar, sin dudas), también lamentó “muchísimo que el presidente Erdogan haya sido objeto de gritos e insultos cuando estaba ofreciendo una conferencia en el IAEN anoche (…) nos parece de lo más irresponsable e irrespetuoso que personas que asistieron se hayan levantado a insultarlo y al salir igual”.


El artista sobrevive sus filiaciones (sobre la bronca con Hugo Idrovo)

artículos, Opinión

Es deporte humano dejar de lado la posibilidad de discutir algo interesante. Mejor es pelear, armar una bronca absurda y mandar a la mierda a Hugo Idrovo por lo que dijo el sábado 16 de enero, en la celebración que hizo el régimen de Rafael Correa por sus nueve años en el poder. Sí, se trata de putearlo por su sueldo, por ser un empleado del Estado, por decir algo que no gusta, por expresarse de la manera que se expresó.

En una entrevista a diario El Comercio, Idrovo desarrolla la idea: “Yo lo dije: Yo soy borrego y no lo niego, no lo canté. Soy un artista con un pensamiento político. Desde el 2006 tomé una decisión: unirme a una transformación republicana, liderada por Rafael Correa (…) Cuando entró en campaña y escuché su pensamiento político, fue la primera y la única vez en mi vida en que mi arte se juntó a un pensamiento político y aquello se ha reafirmado a pesar de la infamia, la mediocridad alrededor, la descontextualización a través de redes sociales”.

Hugo Idrovo tiene todo el derecho a tener las filiaciones políticas que quiera, de expresarlas, de trabajar acorde a ellas, de gritarlas, bailarlas, revolcarse con ellas, decírselas al mundo. Tiene el derecho.

Sin embargo, ¿dónde realmente deberían estar las filiaciones del artista?

Aquí es donde entramos en problemas y quizás donde deberíamos centrarnos. Porque si el artista, por definición (soy un romántico empedernido), busca subvertir, darle la vuelta a la realidad y mirar de otra manera, debe usar como herramienta de observación a la desconfianza, incluso cuando se enfrenta a aquello que parece ser confiable y cercano a sus pasiones. Es en las rupturas en las que encontramos arte, no en el elogio al status. Y la ruptura mayor está en ni siquiera fiarse de las ideas, criterios, visiones de la realidad y esperanzas personales. “Cuando el mundo tira para abajo es mejor no estar atado a nada”, cantó Charly García hace años, con mucha razón: no es que el artista no está en el aquí y ahora, no es que niega la comunidad. Simplemente sabe que en la alteración de esa realidad, en ese cuestionamiento constante, existe la posibilidad de conseguir algo que golpee al espíritu del colectivo.

Idrovo lo ha conseguido en muchas ocasiones en el pasado. Quizás la realidad de entonces le permitía ese choque y rechazo distancia para crear universos propios, desarrollar una estética que significó mucho para muchos.

Pero, ¿qué pasa cuando esa realidad se alinea con nuestros universos propios? ¿El que hace arte deja de hacerlo?

No sé, se me ocurre que para partir de algo debo decir que para mí el determinismo es una tontería. Y lo que pasó ese sábado solo puede entenderse como eso: la unidad lógica que Idrovo asume como real entre lo que profesa, lo que ha visto, y lo que siente como discurso, todo como resultado de la presencia de Correa en la vida de Ecuador. Cuando el artista entra en ese terreno hay algo que se rompe, que debería romperse. No existe posibilidad alguna de congeniar un deseo de intervención artística para transformar la existencia cuando esta ha llegado al punto que has buscado siempre.

¿Eso significa que el arte es sufrimiento? No, el arte es la lidia del mundo exterior con el mundo interior, ese tira y afloja que produce un “objeto” que va a contener una mirada, criterio, una forma de conexión. El arte es un puente y en ese caso un artista siempre podrá encontrar los puntos con los que quiere establecer el contacto. No siempre pasa por lo político.

En la misma entrevista en El Comercio, Idrovo hace una clara alusión a su obra y a su posición política como algo que no es nuevo: “Si la gente aplaudió Gringa Loca es porque dice ‘las leyes de tu país, gringa, humillan a los pobres, mi vida fue desdichada desde que entré a tu embajada’. En Venenoso Batracio, la gente disfrutaba de la parte que decía: ‘Con esa cara igualita a la de Elsa’ y sabes a qué familia me refiero… Soy un trovador”. Hay que tener una piedra en la cabeza para negar la carrera de Idrovo y el carácter de sus composiciones.

Es esa conciencia política la que se puede convertir en un problema, sobre todo, cuando se enfrenta a la realidad. Porque la realidad es más que un discurso, o la atomización política que podamos hacer alrededor de esa realidad que asumimos como evidente. Todo acto público de aceptación de un proyecto político involucra la aceptación de sus aciertos, pero sobre todo de sus desaciertos. Y estos últimos son los que pesan.

El 21 de septiembre de 1976, Jorge Luis Borges está en Santiago de Chile, y recibe, de la mano de Augusto Pinochet, un doctorado Honoris Causa de la Universidad de Chile. Ese mismo día, en Washington, asesinan a Orlando Letelier. Durante la velada y como señal de agradecimiento, Borges pronuncia las siguientes palabras: “En esta época de anarquía sé que hay aquí, entre la cordillera y el mar, una patria fuerte. Lugones predicó la patria fuerte cuando habló de la hora de la espada. Yo declaro preferir la espada, la clara espada, a la furtiva dinamita (…). Y aquí tenemos: Chile, esa región, esa patria, que es a la vez una larga patria y una honrosa espada”. Aplausos. Luego se reuniría con Pinochet y lo describiría como una excelente persona. Se dice que por esto perdió el Nobel de Literatura, entre otras razones.

Años después, ante la gran cantidad de víctimas de la violencia gestada por los milicos, Borges se arrepentiría de sus palabras.

La lista de artistas y sus acciones, posturas, declaraciones y construcciones políticas es eterna. Van de un Elia Kazan delatanado a compañeros del Partido Comunista ante el Comité de Actividades Antinorteamericanas, a un Noel Gallagher dándole un espaldazaro a Tony Blair, cuando los nuevos laboristas empezaban su época dirigiendo Reino Unido; pasando por un Johnny Ramone, quien en su contradictoria naturaleza de punk y republicano, decidió pedirle a Dios que bendiga a George W. Bush cuando The Ramones fueron ingresados al Rock and Roll Hall of Fame; hasta Gloria y Emilio Estefan, que aparecen como fervientes anticastristas. No existe nadie más conservador en el mundo que Gene Simmons y de cuando en cuando encontramos en los medios sus tristes frases para evidenciarlo: “Un dictador benevolente es la manera más eficaz para dirigir un país”. Dave Mustaine ha llegado a decir, en concierto, que Barack Obama ha orquestado varias de las masacres masivas en centros educativos de Estados Unidos para encontrar apoyo en su “nefasto” plan para prohibir armas.

No se puede pensar en Neil Peart sin hablar de la obra y el pensamiento de Ayn Rand. El baterista y letrista de Rush la usó como referencia básica para el disco 2112; aunque en los últimos años se sienta un tanto lejano a esa perspectiva (Peart ha dicho que se considera un libertario de corazón sangrante). Él ha sido capaz de llamar a George W. Bush “un instrumento del mal”, y de asegurar que para alguien con su sensibilidad solo queda votar por el partido demócrata.

The Beach Boys son un ejercicio de contradicción entre arte y política, entre las perspectivas de Brian Wilson y Mike Love. Una banda esquizofrénica que representa la corrección norteamericana (que empezó como diversión pura, surf, chicas en bikinis y pelo largo), que ha apoyado hasta el cansancio a distintos candidatos y presidentes republicados (Romney y Reagan, respectivamente), y que al mismo tiempo, con la presencia del genio Wilson, ha sido capaz de cambiar, romper, dar la vuelta y reformular la música popular. Las dos visiones no pueden congeniar, pero existen.

Pudiera seguir. Idrovo no está solo. La lista de músicos locales que en casi una década han apostado por hacer público algún tipo de relación con el régimen es extensa. Solo hay que hacer una pequeña búsqueda en Google para encontrar que en varios enlaces ciudadanos han pasado diversos cantantes, que han llegado a dar declaraciones como: “Lo que admiro en lo personal del Presidente es el esfuerzo físico, lo que significa llevar la sabatina a cada sector de la patria para que todos los ecuatorianos estén permanentemente informados y que sientan que no se trata de un gobierno centralista sino que se trata de un proyecto país que involucra a todos los sectores, principalmente a los que fueron relegados por décadas”. Fausto Miño dixit.

Otros han aparecido en incontables notas de espacios de comunicación gubernamentales, afirmando las maravillas de algunas leyes de esta etapa, como la Ley de Comunicación, enfocados en el apartado del “1 x 1”.

Pero Idrovo se apropia del proyecto político con lo que pasó ese 16 de enero. Quizás nadie lo ha hecho así por acá. Hay algo valiente, desde luego; también torpe, pero no por lo que muchos creen y siguen afirmando. Incluso este domingo, en el portal “4pelagatos“, aparece un meme de CrudoEcuador en el que se sigue dando vueltas a la ridícula idea de que Idrovo dijo eso por ser un empleado del Estado, y ganar más de cuatro mil dólares al mes. Como si ese fuese un dilema real, como si Idrovo no tuviera derecho a trabajar y a recibir un sueldo en función de su cargo, como si trabajar para el Estado involucrara un problema ético, como si conocieran a Idrovo y asumieran que alguien, que él, es capaz de decir lo que dijo solo porque le pagan. A veces me aterra la facilidad que tenemos en este país para asumir que la corrupción, la poca ética, sea la medida de todo.

Imagen tomada de http://4pelagatos.com

Imagen tomada de http://4pelagatos.com

Un artista, de los de verdad, va a sobrevivir a la evidencia pública de sus pasiones políticas, acciones, desvaríos, destrucciones. Uno mediocre, nulo, ridículo, no.  La obra no se mancha; o si se mancha no lo hace en la dimensión que creemos. Un artista puede ser la peor persona del mundo o el autor de una de las peores acciones que hayamos conocido o auspiciante de crímenes y eso no debería significar que el arte se reduce (¿podemos ver en Albert Speer a un nazi más o a uno de los más grandes arquitectos que sucede que era nazi?). Quizás con una reflexión más precisa, el arte se dimensiona y hasta se podría indagar sobre su carácter cuestionador.

Idrovo dijo algo que le va a pesar y no por lo que la ilusión de opinión pública que hay en redes sociales asume como un acto para denostar, sino porque al decir que ahora, con el gobierno de Rafael Correa, su arte y su pensamiento político se han unido, ha determinado mucho. Ha levantado la mano, ha dicho algo que pone en riesgo su obra, porque al afirmar lo que afirmó volvió a su cancionero (que para mí es gigante) en un escudo que podrá romperse o no cuando ya no estemos en esta etapa, o que se resquebrajará mientras sigamos descubriendo las cosas que este poder, que este gobierno, hace, para bien y para mal. Como lo hacen todos los gobiernos.

Todo poder buscará siempre jodernos, tomarnos por tontos y despellejarnos para sobrevivir. El arte sabe esto. Idrovo lo ha ignorado, y ahí está el problema.

El presidente no tiene quién le asesore…

Reflexiones sobre política, Uncategorized

President Rafael Correa

Y después de ver ese tuit que publicó hoy, espero que alguien se anime a ofrecerse para el cargo.

No puedo decir más.

2015-09-09

El poco sentido de pertinencia, de geopolítica y de humanidad se sintetiza en un comentario burdo sobre la acción de una camarógrafa húngara que pateó e hizo caer a refugiados sirios que escapaban de la policía; un comentario en el que el presidente quiere hacer comparaciones inaceptables y ridículas entre una acción detestable de una periodista y la práctica profesional del periodismo en Ecuador. ¿Por qué? Porque puede y le da la gana, porque su lucha trasciende el sentido común, porque lo suyo es salvarnos de lo que cree que debe salvarnos.

El chiste se cuenta solo. La pena por ese tipo de comentarios solo me hace pensar que ya estuvo, Rafael Correa vive en un universo paralelo en el que todo, absolutamente todo, se vive como la escena de “Being John Malkovich” es la que el propio Malkovich entra al portal que lo lleva a su mente. Y basta de contar.

Los indígenas que le dan iras a Alfredo Vera

Reflexiones sobre política
Imagen tomada de la cuenta de flickr de la presidencia de Ecuador

Imagen tomada de la cuenta de flickr de la presidencia de Ecuador

Alfredo Vera Arrata merece todo el respeto por su edad y quizás él debería ser consciente de que hay cosas que, a su edad, no se deberían hacer, no por un tema de “productividad” —esa idea atroz alrededor que se caga en la dignidad humana— sino por cierta anacronía. Darnos cuenta cuando no estamos en consonancia con el tiempo que vivimos es una responsabilidad mientras crecemos.

Alfredo Vera no está aquí, ni ahora.

Aunque ahora que lo pienso, muchos afectos al gobierno no lo están desde hace mucho tiempo.

AlfredoVeraTelégrafo

Y en su artículo de hoy, publicado en diario El Telégrafo —cada vez me cuesta más pensar que ahí sucede periodismo. Es una pena—, evidencia todo ese sesgo de antaño, de una burguesía de izquierda que no se diferencia mucho de la de derecha —salvo por ciertas lecturas que no han surtido efecto en ella— y que no ha podido darse cuenta que para lo único que ha servido es para generar aquello que tanto reniegan: una burguesía de derecha. Vera Arrata se mantiene en la posición de que esta crisis de gobernabilidad alrededor de Correa busca echarlo del poder. Y para eso, continúa con la idea del golpe blando, que estaría pasando ahora porque todo lo que sucede, incluso la idea de protestar en las calles, es parte de este intento por desestabilizar todo.

Porque en el país que se centra en Correa no hay manera de ver el descontento de otra forma. Si no te gusta Correa, eres golpista.

—Intermedio—

Hablando de protestas, hoy Roberto Aguilar publica un texto en su blog en el que critica la violencia en la manifestación del 13 de agosto, en Quito. Da en el clavo, Aguilar. ¿Lo triste? La obviedad de su pedido de compromiso por no permitir violencia, que debió ser explícito al principio y debería seguir en adelante. Ya ni siquiera pensamos en esos absolutos de no dañar nada ni a nadie. Este es el país en el que estamos. Logro de Correa.

—Fin de intermedio—

Alfredo Vera habla desde el pedestal de una razón añeja, quizás podrida. Escribe: “El fracaso del paro nacional indefinido del 13 de agosto fue contundente y sin atenuantes, pero no hay que proclamar la victoria: ellos, los golpistas, son como los ofidios, pues las culebras no mueren con facilidad y mientras ellos tengan sus poderosas chequeras y la orientación gringa, siguen vivitos y coleando“.

Los epítetos hablan de dónde está parado el exministro.

Luego —con los hechos de su lado, porque lo que pasó el jueves anterior sí fue una canallada— critica la violencia de la marcha y es capaz de definir con desdén cierta representatividad de líderes indígenas por considerarlos “mestizos”. Sí, para el señor Alfredo Vera hay una sola posibilidad alrededor de la protesta u organización indígena, se debe ser indígena en función de sus criterios y no de dinámicas culturales y vitales que no podrían ponerse en duda. Para él eso no interesa, y su perspectiva queda clara en su cierre, donde haciendo referencia a otro gobierno del que fue parte, reduce cualquier acción de protesta al gesto de “morder la mano de quien los ha ayudado” porque al parecer, en este país, reclamar es un acto de injusticia hacia los buenos gobernantes. Peor si quienes reclaman son indígenas.

Sí, burguesía de izquierda que no tiene idea de dónde está parada.

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No está solo Vera. Ante lo que le pasó a Salvador Quishpe en la marcha del 13 de agosto, y ante la gran cantidad de memes que aparecieron con su rostro lleno de hollín, en los que —mayoritariamente— se hacía referencia a su condición de indígena, queda claro dónde está localizado el sentido común del ecuatoriano.

Quizás no soy guayaco…

Reflexiones sobre política
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imagen tomada de El Telégrafo

La entrevista que Orlando Pérez hizo a Xavier Lasso para el Telégrafo es interesante. Extraña, también, pero por lo pronto me quedo con lo interesante. Y juego con ese adjetivo porque en su parte medular, la entrevista busca conjugar lo guayaco con lo nacional, o al menos ese es el intento de Lasso. Y se me hace interesante cada vez que el tema surge en los medios porque, no sé, soy fan de perder el tiempo.

Y tratar de definir lo guayaco es, para mí, la más grande pérdida de tiempo.

Ocio clásico, yeah.

Lasso hace un ejercicio discursivo en el que incluso habla de su  “matriz guayaca” —Je ne sais pa— y de su idea de que la comunicación del gobierno está siendo manejada con una perspectiva guayaca. Una decisión particular que, según su visión, no puede ser comprendida por ciertos habitantes de Quito: “Hay cierta quiteñidad que no alcanza a entender ciertos códigos que solo los guayaquileños entendemos, hasta las formas del saludo, las ironías y las vaciladas“, dijo el canciller subrogante.

Yo, guayaquileño, hijo de estudiante del Vicente Rocafuerte —que trabajó desde muy temprano—; que fui criado en el barrio La Chala y que en el 83′ fui testigo presencial de cómo las lluvias convertían la casa en la que estaba en una represa llena de agua enlodada… no sé cómo entender esos códigos guayaquileños que al parecer Lasso comprende. Escribo este párrafo para seguir en onda con lo que el canciller afirmó en la entrevista, nada más. Porque él intenta marcar una distancia discursiva entre él y lo que considera burguesía económica o culta, y lo hace a través de sus recuerdos —y aclaraciones— sobre lo que hacía de niño y cómo eso lo definió. Pero ignora algo primordial en su postura: las formas o esos códigos sociales no determinan estructuras políticas o ideológicas básicas, por lo que quizás el tema político en Ecuador no es necesariamente ideológico.

Quizás las formas sean todo en este momento. Quizás haya mucha más gente cansada de esas “vaciladas”. Y no solo la clase media quiteña.

Lasso quiere decirnos que hay una forma de país que se nos ha enseñado y que la revolución ciudadana quiere cambiar. Pero, lastimosamente —de acuerdo a su visión—, esto no ha funcionado porque el Gobierno no es comprendido por sus formas de expresión. Elé. Al hablar de esos códigos guayacos y dejarlos en solo lo formal, lo superficial, el canciller trata de mantener la lectura en lo político, y está bien, es su trabajo. Pero desde hace meses el affaire Correa-Ecuador no es un tema que cruce lo intelectual —vale solo escuchar los argumentos desde el poder gubernamental, que no dejan de ser repeticiones agotadas de los mismos eslóganes de siempre—. Esa forma, que es tan poco importante para Lasso, revela todo.

Son esas formas, esas vaciladas, las que generan convivencia. Y en todos estos años, la revolución ciudadana ha estructurado socialmente un sentido de contacto entre ecuatorianos en términos de dicotomía pura: unos contra otros. La situación no ha cambiado, ahora que “los otros” se muestran en contra de “los unos” de una manera más pública. Quizás le debamos agradecer a la revolución que el país sincere su convivencia, quizás. Lo más probable es que lamentemos esto durante muchos años.

Esa forma guayaca de vacilar, de decir las “cosas como son”, de ser irónico, es una mierda, una excusa para justificar una prepotencia que tanto Nebot como Correa muestran como pavos reales. Esa prepotencia que está detrás de la apariencia de tener la razón, sin importar ideología o ceros en las cuentas de ahorros.

Cuando estudiaba en el colegio, en primer año, debí estar en la puerta de entrada, recibiendo a las personas que habían comprado entradas para participar en la kermesse—bingo. El carro llegaba; me acercaba, pedía las entradas y cuando me las entregaban, hacía una seña a un grupo de compañeros y autoridades que estaban más adelante, para que les permitieran el ingreso. A la segunda hora de estar en ese suplicio llegó un carro, en él habían cinco personas: 2 chicos y tres chicas, ninguna pasaba los 16 años.

—¿Las entradas, por favor? — dije con todo el desdén que se puede sentir al estar más de una hora haciendo eso.
—Acá están — dijo el chico que conducía. Sacó un revolver y me apuntó.

Todos en el carro lanzaron carcajadas.

No sentí miedo. Sentí pena por ellos. Esa forma de ser guayaco, de ser irónico, fresco, que es parte de la matriz de la que habla el canciller, no es algo que debamos celebrar o aceptar como normal.

—¿No me van a dar sus entradas? — pregunté.
—Esta es la entrada — dijo y apretó el mango del revolver. Pudo haber sido de juguete, la verdad. No sé de armas, pero entiendo de prepotencia y de vaciladas.

Me alejé del carro y no hice ninguna seña al otro grupo. Los chicos se quedaron en silencio por dos segundos y avanzaron. Pasaron, desde luego. Yo seguí al siguiente vehículo, en el que unas ancianas me dieron sus entradas.

Toda mi vida he tratado de no justificar ni de repetir esa actitud guayaca despreciable que la veo encarnada en un gobierno local y en el gobierno nacional. Quizás no soy guayaco, en fin.

El error de Emilio (y los que no piensan como yo)

Reflexiones sobre política

imagen tomada de elcomahueonline.com.ar

¿Qué es lo que se defiende y qué es lo que se ataca? Depende del cristal empañado por el que se vea. Solo hay interpretación. Solo eso.

Miento. Ni siquiera existe interpretación, solo razón prepotente que no es capaz de considerar algo más que esos caminos inescrutables de su misma razón. Endogamia. Incesto intelectual.

El problema aquí es un texto de Emilio Palacio, quien fuera Director de Opinión de Diario El Universo. Ese es el problema, ¿no? Espero que ese sea el problema, porque de esa forma es muy sencillo tratar de entender dónde está el drama con lo que escribió. Pero no, el drama es otro. El meollo radica en la existencia de esos poderosos señores oscuros que quieren acabar con lo que se está haciendo acá, esos que (por motivos educativos) voy a llamar desde este instante: los que no piensan como yo.

Un mundo sin esos que no piensan como yo es el mundo perfecto. El mundo de la alegría, de la cordialidad. El mundo de los resultados, de ese país que avanza por un sendero que se ha caracterizado por el progreso. Porque estamos progresando y podríamos progresar más si no existieran esos que no piensan como yo (que les rinden tributo a los que quieren vernos fracasar). Sin embargo, no podemos desaparecerlos, pero sí definir cuáles pueden ser sus campos de acción: solo hagan cosas desde el punto A al punto B.

Por eso los medios que son parte de los que no piensan como yo deben ser puestos a raya porque representan la resistencia al cambio que se propone el sistema político actual. Así, ante las cosas que digan del poder, la respuesta es clara: se oponen y no quieren que la transformación siga adelante. Quieren el pasado triste y no el futuro feliz. No importan las investigaciones, ni los hechos, sino ese objetivo final: destruir el amor que nos llena. Por eso hay que poner a raya a esos que no piensan como yo.

Porque esos que no piensan como yo son parte de ese poder que estamos intentando dejar de lado. No son representantes. Son ellos. Lo expiden, sudan y secretan sustancias por la piel, que no dan opción a duda. Esos que no piensan como yo quieren negar lo que se está haciendo y lo que exigen es un absurdo: ¿Cómo es posible que no se quieran dar cuenta que el modelo propuesto solo busca los cambios rápidos y furiosos?

¿Procesos? Hoy no importan los procesos, solo los objetivos.

Por eso entendamos que la verdadera revolución no está en convertir al país en un espacio donde lo social tiene respuesta absoluta. La revolución real radica en comprender que esos que no piensan como yo no sirven para los planes que se han definido para vivir bien. Y así, como esa aberrante concepción capitalista que trata al hombre en función de su capacidad de producción, entendamos que el trato que sirve para el nuevo hombre revolucionario radica en las ideas que este ser pueda tener. En las ideas, en eso intangible, descansa tanto reclamo y el tedio insoportable del que no piensa como yo.

Etiquetas van. Etiquetas vienen. El tema no es legal, ni de libertad de expresión. El tema real es el combate hacia aquellos que no piensan como yo. Son el enemigo… y gracias a las películas de Stallone sabemos que no hay que darles opción a nada, ni siquiera a la queja. Si alguno se lamenta aparece la burla (“Y de qué se queja ese Palacio si bien que está viviendo en Estados Unidos”, escucho por ahí). Tontos esos que no entienden de qué se trata el problema.

imagen tomada de ap_tenerife.kactoo.com

Soy uno de esos tontos. De esos que no se queda con la conciencia calma cuando aparecen frases como: “Es la primera vez que se está haciendo algo y hay que apoyar el proyecto”. Como si el secuestrador bueno, el que te da de comer y te defiende del secuestrador malo sea, objetivamente, menos criminal. Hay atenuantes, pero el hecho es claro. Ser ciudadano no significa ser empleado del Gobierno de turno y eso es algo que tarde o temprano deberemos aprender.

Otra cosa que deberemos aprender es que el Estado está obligado a hacer todo lo que aparentemente se hace ahora. No es un logro, es su obligación. Y nosotros debemos estar pendientes de que lo hagan. Nada más. Para eso sirve el periodismo, el que es bien hecho.

Volvamos al tema periodístico. Emilio escribió “No a las mentiras”, que se publicó el 6 de febrero de 2011. Y en su párrafo final (y línea de cierre) escribe lo siguiente:

El Dictador debería recordar, por último, y esto es muy importante, que con el indulto, en el futuro, un nuevo presidente, quizás enemigo suyo, podría llevarlo ante una corte penal por haber ordenado fuego a discreción y sin previo aviso contra un hospital lleno de civiles y gente inocente.

Los crímenes de lesa humanidad, que no lo olvide, no prescriben.

El problema del texto de Palacio se reduciría, técnicamente, a una línea. Esa que acaba el artículo. La que hace alusión a los crímenes de lesa humanidad. Una referencia que molestó al Presidente/ciudadano (Clark Kent y Superman en una amalgama esquizoide) porque consideró que significaba acusarlo de criminal. Y eso, en ‘boca’ de uno de lo que no piensa como yo, es una ofensa gravísima. Sus súbditos lo han entendido así también.

A primera vista, lo que hace Palacio es lanzar una advertencia, que en medio de la historia política del país no es nada rara: persecusiones. Con eso define dos caminos (uno niega al otro):

1) Que realmente crea que Correa ha cometido un crimen de lesa humanidad y le advierte que se cuide de los que vienen después de él, porque se las cobrarán al dejar un precedente legal como el indulto a los que participaron en el 30 de septiembre de 2010.

2) Que con el indulto se abre la puerta a que los que lleguen después de él lo quieran acusar de crímenes de lesa humanidad por lo que pasó ese día, con la excusa de que no prescriben.

Aquí llegamos al asunto de los cristales flojos y las interpretaciones. Que yo sepa, en el juicio que el ciudadano Presidente ganó no hubo análisis de un perito que permitiera comprender la dimensión de lo escrito. Si la injuria (o la ofensa de ese que no piensa como yo) estaba escrita, pues se debió analizar el artículo para precisar dónde estuvo, dejar la duda de lado y evitar actos de fe alrededor de algo que se puede probar. El éxito de un Sistema Judicial es que no haya duda posible en una decisión. Para mí esto es un tema conceptual y no me interesa que sea una gran empresa o un tipo que haga un diario de barrio: la injuria, de ser sancionada, debe ser probada ‘científicamente’.

Sucede que nos acomodamos, nos quedamos con la explicación más sencilla. Porque es más fácil entender que aquel que no piensa como yo seguramente me está diciendo que hago cosas terribles porque quiere acabar con el paraíso en el que estamos. El que no está conmigo, está contra mí.

Palacio no es un periodista que para mí merezca alguna dádiva profesional. Y sé muy bien por qué. Desde que en un enlace ciudadano fue echado de Carondelet por orden del Presidente (evidentemente, se trataba de uno de los que no piensa como yo), en mayo de 2007, Emilio Palacio perdió cierta dinámica. Se volvió predecible. Sus textos cayeron en una virulencia que le quitaron novedad. Ya todos sabíamos que Palacio iba a despotricar contra Correa en tods sus columnas y no valía la pena leer sus textos (cosa que no pasa, ni siquiera ahora, con las cosas que escribe Francisco Febres Cordero, que suelen ser más duras, pero más creativas). Llegar al punto al que llegó Palacio es un absurdo profesional y debemos entenderlo, sobre todo si nos dedicamos al periodismo y a la opinión. Hacer del ejercicio de la profesión el vehículo de pasiones es una tontería.

Sin embargo, el ejercicio de poder político como vehículo de pasiones es una estupidez.

imagen tomada de elcomercio.pe

¿Palacio (uno de esos que no piensa como yo) escribió un texto en el que le dice criminal al Presidente? Todavía trato de entenderlo, en serio. Está ahí, pero se me hace gratuito. En el texto, Palacio conmina al Presidente (al que llama con dureza “Dictador”… bueno, es el riesgo de la opinión. Viene con el cargo, ¿no?) a dejar de lado la figura del indulto por una menos contundente en el espectro legal: la amnistía. El indulto involucra el perdón de una pena (o cambiarla por una más leve); la amnistía se entiende como el olvido legal del delito y de esa manera ya no hay responsable. Palacio implica cierta responsabilidad del Presidente en lo que pasó ese día y le dice que es mejor que no deje abierta la puerta del delito, pues con el indulto habría un precedente.

Y aquí viene el dilema: Palacio dice que podrían culpar al actual Presidente de un crimen “por haber ordenado fuego a discresión” contra un hospital. Esa idea es problemática…

Pero al estar acompañada de la frase final, adquiere una suerte de contexto definitivo, en el cual el “condicional” y el resto del escrito abren otro camino. Porque el artículo de opinión es un todo. Palacio, desde mi perspectiva, dice que con el indulto se podría dejar el camino libre a una futura acusación de crímenes de lesa humanidad por lo que pasó ese día. Quizás peco de buena gente, pero no se me ocurre otra manera de entenderlo.

Creo que descontextualizar un escrito en estas circunstancias es también matar la capacidad crítica. Además, estoy convencido de que si Palacio quiso decir que en su opinión Correa ordenó disparar contra inocentes, no estamos ante un injuriador, sino ante un cretino. Capacidad crítica, entonces. Capacidad crítica forever.

imagen tomada de clasesdeperiodismo.com

El texto “No más mentiras” de Emilio Palacio es un mal texto. ¿Por qué? Por esa pasión desmedida que no dejó a su autor reflexionar sobre el sentido de lo que quería decir. De cierta manera, Palacio es su propia víctima, pero no por la imagen de la injuria (que se debió probar a toda costa e insisto: en ese juicio no se probó nada sino la voluntad del Mandatario) sino por la incapacidad de entender las dimensiones de un escrito, algo que un editorialista (peor el Director de Opinión de un diario) debe siempre tener en claro. Cuando esa voz que denosta al que no piensa como yo se escucha con fuerza, el periodismo debe responder con más periodismo. El periodismo debe ser claro, no por el temor a que los poderosos de turno tomen medidas, sino porque no se lo puede hacer de otra manera.

Yo, un tipo de palabras, no podré jamás desligarme de la reflexión sobre las herramientas que uso. Parto de eso y trato de entenderlas lo mejor que puedo. Por eso estoy seguro de que Palacio no estaba en el puesto profesional en el que debía estar. No fue capaz de ver la imprecisión de lo que escribía y eso para un Director de Opinión es terrible. El párrafo en cuestión mejoraba mucho de esta manera:

El Dictador debería recordar, por último, y esto es muy importante, que con el indulto, en el futuro, un nuevo presidente, quizás enemigo suyo, podría llevarlo ante una corte penal “por haber ordenado fuego a discreción y sin previo aviso contra un hospital lleno de civiles y gente inocente”.

Los crímenes de lesa humanidad, que no lo olvide, no prescriben.

Listo, comillas, quitándole realidad a la expresión y volviendo al párrafo terreno de elucubraciones (y de amenaza de un sentido de justicia burdo), que para el objeto que tenía el escritor, era lo que bastaba. El error de Emilio está en creerse infalible. Y hasta para acusar de locuras hay que ser más creativo e inteligente.

Ojo: esta es una alternativa obvia. Existen muchos otros caminos para aclarar la idea de ese párrafo.

El error de Emilio ha costado caro, es cierto. Pero la oportunidad que ha visto el Gobierno de atacar a ese que no piensa como yo, utilizando al eslabón más débil de la cadena, nos saldrá, a la larga, peor.

La opinión no se debe penalizar. Punto. Es un asunto de conceptos con los que nadie puede hacer concesiones. No es posible que el “derecho a la honra” de un funcionario público sea superior a la necesidad de hablar de él, con dureza inclusive. Ecuador ha vivido con mucha tristeza su vida política por años que es de tontos asumir que ahora no podamos escrutar o destrozar (hasta como catarsis) a los mandatarios de turno.

imagen tomada de ecuadorecuatoriano.blogspot.com

Y ahora no solo hemos creado un precedente legal terrible (y ya ayer hasta negamos una solicitud de la CIDH de la manera más campechana posible), sino que entramos en un terreno donde se atomizó el dilema y resulta que todo es sobre El Universo y lo que le hacen o lo que se merece (dependiendo del cristal). No, el asunto es sobre todos nosotros y lo que hacen. Y cómo, en época preelectoral, las mediciones de poder se vuelven importantes, sin pensar en el costo político de cada cosa que se decide.

¿Una “mentira” debe costar 40 millones de dólares y tres años de cárcel? Cuando el gigante se olvida de que una simple onda mató a Goliath, las consecuencias no existen… solo un triunfo ridículo y burdo en esa batalla que se libra contra el que no piensa como yo.

País lamentable.

Revocatoria: ¿Sí o no?

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Actualidad siniestra en Ecuador: tener la razón o desdeñar al otro porque mi pensamiento es irrompible o porque lo que sucede a mi alrededor es lo que me da la razón. Temí hace mucho que este tiempo llegaría. En realidad siempre vi en la posibilidad de la recolección de firmas para la revocatoria del mandato del presidente Rafael Correa un acto democrático importante: dejar por sentado, con un procedimiento amparado por la misma Constitución, que un gran porcentaje del país esta en desacuerdo con ciertas perspectivas y actitudes del gobernante, lo que lo obligaría a elevar al diálogo como política necesaria.

Nunca se me pasó por la cabeza que eso se consideraría una derrota, sino todo lo contrario. Un triunfo absoluto, para todos.

imagen tomada de laplegariadeunpagano.com

Pero los meses han pasado y la intolerancia entre las distintas formas de ver la vida y asuntos que rozan lo pasional se han convertido en las verdaderas motivaciones de este proceso… el que yo antes defendía a capa y espada. Hoy me lo pienso un poco. Creo que se ha caído en una espiral que al final no nos va a permitir obtener algo de valor. ¿Y qué vamos a reconstruir de las ruinas? Porque sí, nos estamos arruinando en esa lucha por una manera de ver el mundo, por esa incapacidad de reconocer qué de errado hay en nuestro pensamiento y cómo hacer posible que la perspectiva del otro tenga algo de sentido y yo al menos pudiera asirme de aquello que suena con valor.

No hay manera, ni posibilidad. El otro es tan distinto a mí que no vale la pena.

Hoy el enfrentamiento (porque eso es) se vuelve más complejo porque la fecha tope para recolectar las firmas necesarias está cada vez más cerca. Este ‘combate’ se traduce en posturas inviolables en muchos sentidos. El uno contra el otro. Correa vs Vera. Correístas versus anticorreístas. Pero, ¿realmente es eso? En las últimas semanas twitter se ha convertido en un campo de batallas áridas, un teléfono dañado, un espejo vencido. Los unos y los otros como reflejos superfluos de lo que en realidad es un proceso político con errores (muchísimos, desde luego) y varios aciertos (que para mí no son evidencia de nada importante: ¿acaso el Estado no está en la obligación de responder por la salud, la educación, las vías y las viviendas de los ecuatorianos? Sí, que se lo haga ahora, en alguna medida, no es encontrarnos con el paraíso sobre la tierra). Y eso me lleva a dudar de todo éxito de cualquier proceso político, a menos que reconozcamos en nosotros el fallo principal, la hendidura, la ausencia… Especialmente del lado del gobierno, repleto de fanáticos cuasireligiosos, que acusan de herejía a aquellos que no ven las cosas como ellos.

Del otro lado la acusación no es distinta, claro. Pero al menos podría excusar algo en nombre de la reacción desproporcionada. Es falso verlo así, también. Los apasionados por la revocatoria están viviendo en un espacio de guerra, de defensa de un futuro según su visión, la que consideran la certera. Les voy a dar un plus: quienes están por la revocatoria podrían tener una noción más práctica de la realidad del país y de sus problemas más fuertes, como la inseguridad (está claro que el gobierno no sabe todavía qué hacer con ese tema y que ha intentado curar un cáncer con jarabe para la tos). Pero darles ese plus no evita decirles que lo que hacen no es nada del otro mundo. No es una respuesta que ya se haya dado: una cosa por otra.
Y ya de esas soluciones hemos tenido mucho.

Es la visión propia de la dicotomía que nos toca vivir. Una dicotomía que se revuelva en una retórica absurda. Lo cierto es que el planteamiento socialista que el gobierno ha precisado como camino no deja de ser extraño y de cierta manera peligroso (¿No les parece raro que la mayoría de la gente que se jacta de ese pensamiento tengan tan poco que ver con el proletario al que tanto defienden? Los llamo revolucionarios de Rolls Royce… Y eso que prefiero hacerme el ciego y creer que todos los que están adentro, al menos, comparten la ideología). ¿Está el futuro en una decisión política de unos cuantos en un buró, que asumen que el Ecuador se va a salvar porque la razón histórica que ellos profesan es la adecuada? Para mí ese es el grave problema de la Revolución Ciudadana y por eso no la respaldo. Ecuador ha sufrido muchísimo por otra gente que antes de la RC asumió que lo que ellos profesaban era lo adecuado… y no veo por qué ahora debería ser distinto.

Soy un tipo de palabras y los conceptos me llevan en peso, me aplacan, me elevan y oprimen.

imagen tomada de revolucionciudadana.com.ec

A lo que quiero llegar es que en el fondo no es nada bueno, ni novedoso, ni revelador o milagroso que exista un movimiento político que le dé valor a su criterio como la única solución posible (capaz de esconder o minimizar sus errores o de excusar lo que sea, como por ejemplo la explotación petrolera del ITT – que, lo siento, va a pasar, todo se está llevando a ese lado; o la acusación y prisión por terroristas de contrarios al régimen –especialmente de pueblos indígenas). Lo que debemos esperar de nuestros gobernantes es que hagan un gobierno que le dé al Estado una nueva perspectiva y que permita, sin inconvenientes, la existencia de gente que esté en contra, como vehículo de generación de nuevas realidades, de diálgos y nuevas formas de hacer la vida del país. El gobierno de la Revolución Ciudadana ha preferido hacer justicia retórica y dejar de lado a los que considera miserables… y eso sencillamente no es adecuado. Porque quiere hacernos creer que los buenos son aquellos hombres sometidos a la idea de una revolución ‘hermosa’, que busca lo mejor, porque los de antes fueron los malos (y eso sin contar que hay una gran cantidad de referentes de este gobierno que llevan un pasado ligado a esos políticos y prácticas de antes que tanto daño le hicieron a los ecuatorianos). Identificarse con una perspectiva casi doctrinal, en esos estados, nos nos hará nada bien.

El hombre, gobernante, funcionario, ciudadano, empresario y empleado que no es capaz de cuestionar lo que cree y no se abre al ejercicio de la persuasión (y de ser persuadido) es el ser que nos va a condenar al fiasco total.

Por eso, fanáticos de la revocatoria, si realmente creen que su objetivo es acabar con aquello que consideran no democrático o dictadura… les pido que analicen bien qué están creando con eso. Combatir de igual manera a un régimen que si bien permite que se hable en su contra (no sin represalias discursivas, desde luego) o que genera en muchos la sensación de miedo, con estrategias de rechazo casi similares (o peor aún, con sofismas y argumentos vacuos), no construirá nada… se estarán edificando nuevas ruinas, actuales y más dolorosas.

Porque el otro como enemigo no es un camino que debemos seguir. Si el otro es el enemigo, lo que nos queda es unificar la realidad para que ese enemigo quede excluido. Y eso, ya lo hemos visto, ha conducido al espanto.

¿Firmar o no firmar? La respuesta es sencilla. Pero las razones deben ser las adecuadas… Es es todo lo que deseo. Porque ahora resulta que una firma  o no firma sería también solapar criterios terribles que no valen la pena sostener. Por eso, quisiera creer que todavía hay tiempo para ver lo nefasto de llevar todo a los extremos. La democracia no es el artificio del triunfo de la mayoría, sino la elaboración de un diálogo que nos permita salir del atolladero. Hoy más que nunca necesitamos eso, de lado y lado.

Y en el fondo sigo con la esperanza que una revocatoria, bien mantenida y razonada, pueda ser la acción que le exija al poder dejar de lado la seguridad de la razón, y entrar un poco en el camino de las correcciones necesarias. Pero es en el fondo… Con lo que he visto en las últimas semanas, se me pierde mucho esta sensación.

Lectura presidencial

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De entrada no hay otra manera de leer el libro ‘Ecuador: de Banana Republic a la No República’. De entrada el título pudo ser mejor. Es claro en cierta medida, pero pierde contundencia por lo largo y lo impreciso. De entrada no es el libro de Rafael Correa, sino del Presidente Constitucional de la República del Ecuador (tal como firma en el prólogo). Entonces la lectura se pone camisa de fuerza: es un libro con carácter oficial y eso no puede negarse. El límite impuesto no te permite leerlo de otra forma.

Un escrito para economistas, eso es. En los primeros capítulos, la comprensión se pierde en algunos párrafos, negando la claridad como característica primordial de la comunicación. Podría decir, tranquilamente, que una cosa es el lenguaje académico y otra el deseo de lo pedagógico. Lo bueno de esto es que a partir del capítulo 8 la dinámica cambia y quizás entramos en las mejores y más interesantes propuestas de la publicación. Remarco la referencia a lo académico porque aparentemente es la más importante para el libro y porque en ocasiones hay que releer algunos párrafos para obtener su comprensión (lo ideal también es saltarse líneas que no producen comprensión… no se pierde mucho… eso sin contar el uso alevoso de adverbios).

Luego de la sistemática revisión de las causas del descalabro económico nacional en los ochenta y noventa, es en la precisión de lo que ha pasado en años recientes donde el libro encuentra su fuerza y a la vez la justificación de varias políticas llevadas adelante por el régimen de la revolución ciudadana: El seguir ‘recetas’ que organismos internacionales de crédito intentaron vender – que son presentados aquí como instituciones propias del imperialismo-, entre las que podemos incluir la autonomía del Banco Central y la estabilización inflacionaria como única política ecónómica que un país debería mantener (dejando de la lado cualquier tipo de proteccionismo) han servido para empobrecer más al país y no darle la posibilidad de mejorar o salir adelante. Correa utiliza no sólo datos que se vuelven conocidos entre muchos de nosotros (gracias a los medios hoy considerados corruptos), sino una inteligencia que trata de cruzar información para establecer una línea de pensamiento, así como algunas cosas que le tocó vivir, como cuando fue director administrativo-financiero de los proyectos MEC-BID y se negó a cancelar el pago a una consultora que no cumplía con las estipulaciones del servicio por el que había sido contratada. La funcionaria había sido ‘pedida’ por la gente del BID, lo que se había convertido en un imperativo para las autoridades nacionales. Correa fue echado de la peor manera y luego de un juicio que él ganó, la historia queda ya marcada (aunque hay un corolario que comentaré más adelante). La corrupción como sistema y, lamentablemente, como realidad de lo que llama en el libro como ‘la larga noche neoliberal’… Un error fundamental en este razonamiento es desconocer que la ccorrupción no es potestad de un sistema, sino de seres indeseables que incluso en el gobierno de hoy permanecen.

El libro se vuelve en este punto muy revelador. Aunque haya ciertas premisas ingenuas (como asumir que la refrendación democrática en el país, a nivel electoral, no es sólo votar por una persona sino por un sistema para manejar al Ecuador… cuando no hay manera de medir tal aparente certeza… o precisar que una integración regional entre países de iguales condiciones económicas es la respuesta para prepararnos ante los embates de la globalización, cuando asegura que eso no sólo traerá mejoras económicas sustanciales sino el nacimiento de una nueva realidad geopolítica… que talvez haya que analizar mucho mejor -no se trata de hacer un grupo chévere con vecinos per se, se trata de ver con quienes hacerlo también), lo real está en comprender que el gasto o inversión social no tiene por qué ser nefasto, que las políticas proteccionistas no tienen que ser necesariamente nagativas (en realidad no estamos preparados para competir en ningún mercado y un gobierno debería esforzarse no en proteger por proteger, sino en hacerlo para preparar el ingreso en este tipo de dinámica mundial -y el libro es claro en eso), que el Estado debería recuperar el control de algunas políticas económicas para generar un proceso aceptable de mejoría y de no preparar las cuentas para únicamente pagar las deudas que se tengan hacia afuera… aunque eso corra el riesgo de convertir al Estado en un ente ‘chupador’ de todo.

Pero en medio de dichas propuestas (que nadie podrá negar que son interesantes) tenemos los problemas más graves que se han vuelto carne en el país. En el ejemplo del problema de Correa con el BID la situación se aclara: Cuando se convirtió en Ministro de Economía, recibió las disculpas del vicepresidente del BID ante todo lo que había pasado y la oración es reveladora… sobre todo luego de un juicio que le dio la razón a Correa: ‘Lamentablemente, fueron disculpas muy tardías y después de demasiada impunidad’. El problema es él mismo dentro de esas ideas que no son tan descabelladas. El libro nos enfrenta a un tipo que como Presidente ha cometido muchas de las faltas que él ha concretado para la gente que ha ‘vendido al país’ o que se ha dejado llevar por el sistema nefasto del neoliberalismo. Correa condena la estigmatización en ciertos grupos de economistas (los amantes de la estabilidad y los populistas) cuando es algo que él se encarga de realizar a diario a los diferentes grupos que disienten con él. En el prólogo del libro habla de los ‘adversarios de la revolución ciudadana’, una definición que no tiene nada de inocente. También se distancia de las perspectivas técnicas (sobre todo de aquellas que se basan en falacias) y le da realce al sentido común y a los juicios de valor para tomar decisiones… lo que en este caso no puede verse como una ventaja pues es evidente que muchos de estos juicios se sustentan en la pasión y no le permiten ver más allá. El libro muestra la mirada precisa de lo que su administración hace: no hay cómo confiar en la justicia ni en ningún otro poder, porque todo debe estar filtrado por las malas y nefastas perspectivas de lo neoliberal… el camino es uno y hay que luchar por él, pues es la manera. Así se abraza al nacionalismo, se condena lo individual (contraponiéndolo a lo colectivo y al Estado cuando nunca ha sido ni será contrario) y se jacta de tener una respuesta que podría funcionar… pero con él en el poder. Todo eso está en el libro…

La publicación es un poco anacrónica. Probablemente, si hubiera sido un libro de campaña, Correa habría ganado igual y por ‘goleada’. Pero nos habría dado un instrumento de observación impresionante. No podríamos ser tan ingenuos y podríamos usar sus palabras para exigirle mayor prudencia… los grandes cambios que este país necesitan deben ser prudentes, por más que él asocie ‘prudencia’ con lo neoliberal. El libro importa mucho porque nos muestra el pensamiento no sólo económico del presidente. El libro nos permirtiría terminar con algunos de los temores que muchos tienen (basta de decir que vamos camino al comunismo… porque no es posible en este país)… y también convertiría a los acólitos de la revolución en seres más críticos. Un libro así es una ventaja y un desliz para este proceso que reconoce como finalidad acabar con los ‘culpables’ del descalabro… asumiendo para sí el objetivo de hacer pagar a los culpables, sin importar los derechos vulnerados: ‘Finalmente, se encuentra lo que los sicólogos llaman disonancia cognitiva, esto es, la incoherencia entre los valores expresados y los valores practicados, lo que genera que en lo abstracto se esté furiosamente contra ciertas conductas y situaciones, como por ejemplo la corrupción e impunidad, y en lo cotidiano se actúe en función de lo supuestamente rechazado’… nunca nadie se puso la soga al cuello con tanta facilidad…

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Una democracia que ha sido mangoneada y debilitada por poderes de otros países no puede resisitir embates tan fuertes de gobiernos locales que buscan un fin… sin importar lo que destruyen en el camino…