La ficción y el poder (reflexiones luego de releer a Piglia)

Rafael Correa, Reflexiones sobre política, Ricardo Piglia
imagen tomada de perfil.com

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Me gusta leer a Ricardo Piglia. En realidad me gusta más releerlo. En ese ejercicio de relectura se da una sobreexposición, una estimulación que te permite mirar al mundo de otra forma. Una foto encima de otra. Ya no es lo mismo, se convierte en algo realmente interesante.

Un cuadro dentro de un cuadro te da otra experiencia estética.

La sensación explota en tu cara, sobre todo cuando en esas lecturas encuentras aquello que te sirve para generar nuevos contextos, otras perspectivas sobre lo que te rodea. Leer no te vuelve mejor persona, te hace más entretenida la existencia.

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En “Crítica y ficción” (De Bolsillo, 2014), Piglia recopila algunas de las entrevistas que ha dado en varios años y en varias de sus respuestas consigue establecer certezas sobre la ficción y su relación con el poder. Entre otras cosas, Piglia dice:

“La escritura de ficción se instala siempre en el futuro, trabaja con lo que todavía no es. Construye lo nuevo con los restos del presente”.

“Todo trabajo de la crítica, se podría decir, consiste en borrar la incertidumbre que define a la ficción”.

“El discurso del poder ha adquirido a menudo la forma de una ficción criminal”.

“Para (Roberto) Arlt la sociedad está trabajada por la ficción, se asienta en la ficción”.

“Valéry decía: ‘La era del orden es el imperio de las ficciones, pues no hay poder capaz de fundar el orden con la sola represión de los cuerpos con los cuerpos. Se necesitan fuerzas ficticias’. ¿Qué estructura tienen esas fuerzas ficticias? Quizás ese sea el centro de la reflexión política de un escritor. La sociedad vista como una trama de relatos, un conjunto de historias y de ficciones que circulan entre la gente”.

“El Estado centraliza esas historias; el Estado narra. Cuando se ejerce el poder político se está imponiendo una manera de contar la realidad. Pero no hay una historia única y excluyente circulando en la sociedad”.

“Por supuesto que se suprimen desde el poder ciertas historias y se imponen otras. Hay un trabajo de construcción de la creencia, al mismo tiempo que otras versiones y otras verdades van perdiendo consenso público”.

“Las ideas y las figuras de la realidad se construyen desde posiciones concretas. Aunque se presentan como neutras y se ofrecen como imágenes de validez universal. Esa trama de relatos expresa relaciones de fuerza”.

“La conciencia artística y la conciencia revolucionaria se identifican por su negatividad, por su rechazo del realismo y del sentido común liberal, por el carácter anticapitalista de su práctica”.

“Escribir es sobre todo corregir, no creo que se pueda separar una cosa de otra”.

“Toda élite se autodesigna”.

“La literatura trabaja la política como conspiración, como guerra; la política como una gran máquina paranoica y ficcional”.

“La política se ha convertido en la práctica que decide lo que una sociedad no puede hacer. Los políticos son los nuevos filósofos: dictaminan qué debe entenderse por real, qué es lo posible, cuáles son los límites de la verdad. Todos se ha politizado en ese sentido”.

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No hay poder que no haga un ejercicio de ficción para sostenerse. No lo puede hacer de otra manera. El discurso político es ficción y la ficción puede equivocarse.

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Hace varios días escuché el que se supone será el último informe a la nación de Rafael Correa como presidente. Las ficciones estaban ahí, en forma de frases que a casi 10 años de historia de la Revolución Ciudadana en el país, nos sabemos de memoria (muchas pronunciadas por la presidenta de la Asamblea, Gabriela Rivadeneira). Y una frase dicha mil veces se vuelve solo sonido, un bla, bla, bla inerte. Porque un discurso se debe sostener con las acciones que acompañen su enunciación, de lo contrario es mala ficción. El tiempo ayuda a entender este tipo de fracasos y una década es tiempo suficiente como para reconocer cuando una ficción ha fracasado.

La ficción, por regla general, está asentada en la mentira. Es una posición de inconformidad ante la realidad que te rodea y que te obliga a pensar en otra realidad. Por eso, el único lugar de presencia que le podemos dar a esa ficción está en lo que va a venir: ficcionamos en un tiempo futuro porque esperamos que todo lo que venga sea de otra manera. En ese sentido, la ficción de cualquier poder político —o cualquier otro poder— está basada en aquello que está por venir, no en lo que sucede. Hay una promesa, implícita, de que todo va a estar mejor.

Esta ficción como narración política se enfrenta al pasado y a un presente que no convence porque es consecuencia del pasado —el presente siempre va a ser una ruina que vino de antes— y la Revolución Ciudadana, al ser presente y pasado, simultáneamente, no ha entendido que buscar un futuro mejor es dejar en claro su propio fracaso. El pasado y presente de la RC es el uróboros.

En este tema de construcciones de universos narrativos —como lo es asumir y luchar para que la realidad que funciona para mí sea realidad para otros—, me golpea que existiendo tantos creadores, gente de letras, de música y artistas ligados al régimen, estos no sean capaces de intervenir en el manejo de esta ficción, para que sean los mecanismos de la misma ficción los que ayuden a superar vacíos y absurdos discursivos. Lo que hacen, siendo honestos, es entrar en una dinámica fallida y repetir los mismos errores —frases hechas, eslóganes que parecen inofensivos, discursos dignos de la guerra fría, etc. —, a veces hasta sin darse cuenta del daño que se hacen, negando las bases de la ficción que han construido. Suele pasar que las frases que llenan sus bocas no dicen nada.

El manejo de esa ficción/discurso del gobierno lo hace gente que cree que lo sabe hacer, que asume que lo hace bien, que está convencida que por tener el cargo que tiene cualquier cosa que digan o historia que narren va a ser perfecta. Y muchas personas tratando de controlar la ficción, la destruyen. La SECOM quiere manejar una ficción a través de un aparato comunicacional que, al contrario de lo que muchos creen, no busca generar una verdad, sino establecer condiciones para que todo lo que digan sea tomado como verdad. Pero la verdad de un régimen no resiste el paso del tiempo.

Cuando esta ficción nos quiere vender un futuro, con una narración que ya no alcanza, la suerte está echada.

La gente que maneja la comunicación del gobierno y que trata de implantar una sola vía alrededor de esta ficción ecuatoriana, no sabe lo que está haciendo. Probablemente nunca lo supo.

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Casi al finalizar el informe a la nación, Rafael Correa dijo estas palabras:

“Queridos jóvenes de mi patria, mis últimas palabras para ustedes: ‘Donde está tu tesoro, está tu corazón’, dice el evangelio. Tengan la seguridad de que mi tesoro no es el poder, sino el servicio. Tener un país sin miseria, pero también sin lujuriosos derroches. Un país que supere la cultura de la indiferencia, como lo dice el Papa Francisco. Donde se acaben los descartables de la sociedad; en el cual trabajemos para los hijos de todos y así juntos alcanzar el Buen Vivir, el Sumak Kausay de nuestros pueblos ancestrales. El bien común es la razón de ser de la autoridad política. Es ese bien común el que hemos tratado de construir en Ecuador desde hace nueve años. Mi sueño, queridos jóvenes, siempre fue trabajar por mi patria. La vida me dio la oportunidad, no únicamente de trabajar sino de liderar un proceso de cambio histórico. Ecuador no ha vivido una época de cambios, sino un verdadero cambio de época. Recuerden que el desarrollo es básicamente un proceso político. La pregunta clave es quién manda en una sociedad: ¿las élites o las grandes mayorías? ¿El capital o los seres humanos? ¿El mercado o la sociedad? La satanización del poder político, sobre todo en América Latina, es una de las estrategias de inmovilización de los procesos de cambio. A no caer en esa trampa. Hemos avanzado mucho, pero aún nos falta consolidar la relación de poder en función de la gente, el poder popular, el poder de las grandes mayorías y dentro de esas grandes mayorías: los más pobres. Aún están allí con sus cámaras de producción, con sus medios de comunicación, con su poder económico, con su ideología disfrazada de ciencia. Los principios sobre los que hemos basado nuestra acción es (sic) la supremacía del trabajo humano sobre el capital; el construir una sociedad con mercado, pero no de mercado, donde vidas, personas y la propia sociedad se convierten en una mercancía más. No creo en manos invisibles. La historia nos demuestra que para lograrle justicia e incluso la misma eficiencia, se necesitan manos bastantes visibles, se requiere de acción colectiva, de una adecuada, pero importante intervención del Estado, con la sociedad tomando conscientemente sus decisiones por medio de procesos políticos. Queridos jóvenes, en un año más ya no estaré aquí. El país debe descansar de mí y, sinceramente yo también debo descansar un poquito del país (aplausos)… No es fácil gobernar un país como Ecuador, con una terrible prensa tremendamente corrupta, deshonesta, vocera de los grupos de siempre, con tal nivel de incoherencia, inconsistencia, en una supuesta oposición, con la mentira como instrumento, el engaño, sin respetar principios, sin tener escrúpulos. No es sencillo. Algunas veces dicen que yo soy irascible… creo que soy una persona común y corriente. Los raros eran los presidentes que no se inmutaban ante tanta infamia, tanta calumnia. No esperen nunca de mí que me deshumanice por ser presidente de la República”.

imagen tomada de elcomercio.com

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Ficciones desde el poder. Al menos conté cinco.

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De acuerdo a encuestas, la aprobación de Correa ha descendido. Se supone que un 58% de los ecuatorianos desaprueban la gestión del Presidente. Las encuestas, dentro de este universo, también funcionan como mecanismos de ficción.

El sábado pasado, Correa presentó sus propias encuestas en el enlace ciudadano. Y claro, en las suyas, el 63% apoya a su gobierno y el 67% lo ve de manera positiva como gobernante.

En la narración llamada Ecuador, los elementos se entrecruzan, porque a la ficción del poder también se le enfrentan otras ficciones. O voces críticas que buscan revelar esos agujeros, esos vacíos en la narración.

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Podría hacer una lista de todas esas ficciones estatales que durante años nos han querido convencer de algo que en el fondo no existe. Pero este post no tendría fin.

Podría también hacer una lista de ficciones en contra del poder político, las que también han querido convencernos de algo.

Ambas están ahí. Necesitan estar ahí porque no hay remedio. En este juego de tensiones entre las dos facciones, nos revelamos como realmente somos.

Uno es el bueno, otro es el malo. Escoja su lado.

Que el dinero electrónico, que los Panamá papers, que Álex Bravo, que la Refinería del Pacífico, que los insultos de funcionarios vía Twitter, que la CIA presente en Ecuador, que el Plan Cóndor, que los asambleístas aprobando normas que generan descuentos en sueldos de ecuatorianos para apoyar la reconstrucción por el terremoto y negándose a dar el 10% de su sueldo para lo mismo…

Las discusiones públicas —en medios y en plataformas digitales— buscan definir dos únicos caminos y cualquier intento por crear ficciones se topa con una presión determinista: si lo viste así, lo vas a ver de esta manera, como consecuencia.

La peor ficción es la que se sostiene por dicotomías burdas.

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Hace unos días, 400 escritores de Estados Unidos publicaron una carta abierta al pueblo de su país, en contra del candidato presidencia Donald Trump. Al inicio se lee:

“Because, as writers, we are particularly aware of the many ways that language can be abused in the name of power / Porque como escritores, estamos particularmente al tanto de las formas en las que se puede abusar del lenguaje en el nombre del poder”.

Ni siquiera los escritores tienen el poder para manejar los entresijos de la ficción.

imagen tomada de hyperallergic.com

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Es curiosa la existencia de una “Red de maestros y maestras por la revolución educativa” desde el 2015. Curiosa porque la crea el régimen para generar una plataforma que le haga contrapeso a la histórica —y no por eso mejor, Unión Nacional de Educadores (UNE)— y también porque se vuelve en parte de su fuerza de choque, manifestando su apoyo al Gobierno cada vez que pueda.

Siempre que pienso en esto me acuerdo de cuando a Bender lo echan del parque temático y grita: “¡Construiré mi propio parque temático con juegos de azar y mujerzuelas!”. Otra vez la ficción.

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En “Crítica y ficción”, Piglia hace un recuento interesante de cuando regresa a Buenos Aires después de varios años y llega al país de los milicos. Le llamó la atención algo: que la señalética del transporte urbano cambiara de mostrar dónde se tomaba los colectivos a “zona de detención”. Lo cual, tomando cuenta el universo en el que estaba, decía mucho. “En esa expresión se sintetiza una relación entre el lenguaje y la situación política”, dice Piglia.

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“En este país hay que hacer la revolución”, dice Piglia. Pienso lo mismo de Ecuador. Revolución no es un proceso modernista del Estado. Revolución no es cambiar a los dueños del balón. Revolución no es la Revolución Ciudadana. Eso es solo frase, eslogan, nada.  Los caudillismos son pasado, nunca presente, peor futuro.

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Chantal Mouffe escribe un artículo de opinión importante para el dossier sobre el populismo, que se publicara recientemente en la Revista ñ, de Clarín. Y quizás valdría la pena su lectura para enfrentarnos a ese concepto que, ligado a las mismas construcciones que prodiga la ficción, no hemos comprendido de todo. Mouffe dice:

“Al volverse borrosa la frontera izquierda/derecha por la reducción de la democracia a su dimensión liberal, desapareció el espacio donde podía tener lugar esa confrontación agonista entre adversarios. Y la aspiración democrática ya no encuentra canales de expresión en el marco de la política tradicional. El demos , el pueblo soberano, ha sido declarado una categoría zombi y ahora vivimos en sociedades posdemocráticas (…) En ese contexto de crisis social y política, ha surgido una variedad de movimientos populistas que rechazan la pospolítica y la posdemocracia. Proclaman que van a volver a darle al pueblo la voz que le ha sido confiscada por las élites. Independientemente de las formas problemáticas que pueden tomar algunos de esos movimientos, es importante reconocer que se apoyan en legítimas aspiraciones democráticas. El pueblo, sin embargo, puede ser construido de maneras muy diferentes y el problema es que no todas van en una dirección progresista. En varios países europeos esa aspiración a recuperar la soberanía ha sido captada por partidos populistas de derecha que han logrado construir el pueblo a través de un discurso xenófobo que excluye a los inmigrantes, considerados como una amenaza para la prosperidad nacional. Esos partidos están construyendo un pueblo cuya voz reclama una democracia que se limita a defender los intereses de los considerados nacionales”.

Mouffe, parafraseando a Ernesto Laclau —su esposo, junto a quien es considerada una de las influencias principales para el movimiento español Podemos—, define al populismo no como una ideología, ni como una estrategia con programa, ni como un régimen político. En realidad lo cataloga como una manera de hacer política, centrada en la construcción de un nuevo sujeto político: el pueblo.

El populismo como forma es quizás la única manera o camino que tenemos para entender lo que pasa en Ecuador. El populismo es quizás la ficción principal en este momento.

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“El Estado es también una máquina de hacer creer. En la época de la dictadura, circulaba un tipo de relato ‘médico’: el país estaba enfermo, un virus lo había corrompido, era necesario realizar una intervención drástica. El Estado militar se autodefiniría como el único cirujano capaz de operar, sin postergaciones y sin demagogia. Para sobrevivir, la sociedad tenía que soportar esa cirugía mayor. Ése era el núcleo del relato: país desahuciado y un equipo de médicos dispuestos a todo para salvarle la vida. En verdad, ese relato venía a encubrir una realidad criminal, de cuerpos mutilados y operaciones sangrientas. Pero al mismo tiempo la aludía explícitamente. Decía todo y no decía nada: la estructura del relato de terror”.

Ricardo Piglia

Tomado de “Crítica y ficción”, pp 100 y 101.

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El nuevo poder que está llegando ya está construyendo su propia ficción. No hay otro camino.

La seguridad del presidente turco que no ama a las mujeres ecuatorianas

Derechos humanos, Opinión, Reflexiones sobre política

¿Existen imágenes más terribles que las que mostrara ayer el noticiario de Ecuavisa? No, sobre todo porque mientras tres mujeres son agredidas en el auditorio del IAEN, en plena intervención del presidente turco Recep Tayyip Erdogan, el resto aplaude. Sí, hay aplausos porque lo que pasaba en los asientos de atrás no importaba.

Esa gente que aplaudió debería sentirse avergonzada. Pero no, nadie.

Y quizás sea de mala educación interrumpir a alguien, por más criminal que sea, pero esa dinámica de callar a los que se manifiestan en mi contra es algo que no se puede dejar pasar, sin importar la situación, ni protagonistas. No se puede.

Al menos el ministro del Interior y la Presidenta de la Asamblea han manifestado su rechazo a este hecho, en redes sociales, pero de ahí no va a pasar. ¿Por qué? Por la pelotuda “inmunidad diplomática”.

Lo bueno es que tenemos a Roger Murtagh por ahí. Él nos enseñó hace ya varios años que la inmunidad diplomática no puede ser vista como patente de corso.

UPDATE: El Canciller, Ricardo Patiño, ya se refirió al tema y lamentó lo que hizo la guardia turca, pero (como iba a pasar, sin dudas), también lamentó “muchísimo que el presidente Erdogan haya sido objeto de gritos e insultos cuando estaba ofreciendo una conferencia en el IAEN anoche (…) nos parece de lo más irresponsable e irrespetuoso que personas que asistieron se hayan levantado a insultarlo y al salir igual”.


El ejercicio fallido de mirar con crítica el presente, ignorando el pasado (sobre un post de Rubén Darío Buitrón)

Reflexiones sobre periodismo, Reflexiones sobre política

Imagen tomada de rubendariobuitron.wordpress.com

Me gusta cuando Rubén Darío Buitrón escribe sobre “ofensas a la historia”. Me gusta mucho. Sobre todo porque lo hace desde una posición en la que ignora su propia historia, su figura de importancia periodística que cayó de golpe por algo que él asumió como un error —esa extraña “entrevista” a Caparrós en marzo de 2013 que nunca fue tal que significó su salida de diario Expreso  y que desencadenó una  serie de hechos que, a la interna y a la mirada pública, terminaron con su salida del diario Expreso—, o como un mal intento por hacer algo creativo en el terreno del periodismo. Usted se puede quedar con la justificación que le parezca más precisa.

Premisa 1: un error en el periodismo no tiene por qué borrar los aciertos. Pero sí que lesiona.

Sin embargo, diera la impresión de que para él nada hubiese pasado y que la capacidad de analizar la realidad o la misma práctica del periodismo es algo que se puede hacer bajo cualquier condición. Y bueno, eso es verdad. Él y cualquier otro tienen derecho a dejar en claro sus opiniones o exponer sus puntos de vista, pero ¿el costo del error del pasado no significa nada? El único pasado que no puede perdonar Rubén Darío Buitrón es el ajeno, aquel que se pone en su camino para definir a aquellos que define, hoy por hoy, como enemigos de la revolución ciudadana. Su pasado, en vista de cómo escribe sus artículos, simplemente no estorba: una polémica sobre una “extraña y falsa” entrevista a Martín Caparrós no salpica nada, no mancha, nada ha pasado, no es presión para detenerse a pensar más de una vez en cada adjetivo que va a escribir.

Yo leía a Rubén Darío Buitrón y le creía todo. Después de ese caso, es muy difícil para mí no leerlo desde la posición de que a lo mejor sus lecturas no son acertadas o de que está siendo creativo y transformando sus puntos de vista en algo que no son, para generar otra cosa, porque hay algo que quiere probar y que no está muy claro para sus lectores.

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Eso es pagar muy caro por algo que hasta ahora no ha quedado claro, todavía. Él ha escrito sobre eso y supongo que desde su confesión ya debe estar todo saldado; sin embargo, su descargo sigue sin tener sentido: “La supuesta entrevista fue, en realidad, un ensayo-perfil acerca de la novedosa e irreverente reflexión del destacado intelectual argentino sobre acontecimientos de gran coyuntura internacional (…) Usé un formato y un diseño confuso, sin advertir al lector ni al protagonista que se trataba de un ensayo-perfil donde también irían otros textos y, además, mis opiniones y análisis en cursiva”, escribió en un post en su blog. Lo cierto es que el carácter de “experimento-ficción” de este ejercicio estaba aclarado en la edición impresa, no en la web. ¿Por qué algo así? Fácil: no existe ningún sentido práctico para un diario en aclararle al lector que lo que va a leer no es precisamente una entrevista. Buitrón quiso hacer algo que, conceptualmente, contradice la razón de ser de la profesión y el acuerdo con el lector. El riesgo de lanzarse es no caer de pie.

Lo trataron mal, yo lo he tratado mal —lo pude hablar en persona con él—, el golpe fue duro.

Y hay un pedazo de mí que se complace en saber que alguien puede recuperarse de algo así, al menos desde la posición de observador impune. Pero otro lado me dice que no, que es muy pronto, que Buitrón, al haber jugado con los hechos —al haber alterado los lugares de procedencia de ciertas frases, para armar un texto que era una entrevista, pero no—, debía tener algo de recaudo y dejar de hacer lo que hacía (y que sigue haciendo) por mucho más tiempo. Esperar, tener paciencia para que todo decante, para que las cosas pesadas se hundan y para que flote la esencia.

No, no hay tiempo. Rubén Darío Buitrón quiere dejar en claro esos manejos de grupos de poder de derecha, confabulados con la izquierda ciega e indígena, que se aprovecha de cualquier cosa para despotricar en contra del gobierno. Cuando lo leo así, como por ejemplo en este post (clic acá), supongo que está jugando a lo mismo, a crear algo nuevo, pero aquí no hay un supuesto texto creativo. Solo hay constancia de que las falacias se han vuelto su principal arma, la que enarbola con orgullo (como cuando critica a Manuela Picq al hacer referencia a sus acciones y salida del país para viajar a Brasil a obtener una visa Mercosur, para luego preguntar: “¿Algo así puede decir una persona que vive en un país donde reina, según ella, un modelo dictatorial?”. Como si la posibilidad de quejarse o protestar o actuar negara la existencia de una estructura política dictatorial).

Quizás no tener nada que perder se topa con un nuevo límite: perder lectores o gente que te pensaba como referente.

Al final del post que hago referencia, Rubén Darío Buitrón escribe: “¿Queda alguna duda sobre los planes oscuros del pacto entre la derecha ególatra-recalcitrante, los dueños de la gran prensa y la izquierda cegada por sus celos ideológicos y su extravío político?“. La respuesta es muy sencilla, ya que las frases hechas y los lugares comunes progobiernistas que él repite nos llevan al mismo sitio en que estuvimos antes de leerlo: quedan todas las dudas, continúan, las falacias no dicen nada. Bando y bando. Razón y razón. Rubén Darío Buitrón como otra papa más caldo; como yo, como este post.

El fracaso

Reflexiones sobre política

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A veces no entiendo cómo medimos lo que nos rodea. Lennon dijo alguna vez que “Dios es el concepto por el que medimos el mundo”. Y vaya, a veces las creencias pueden más que los mismos datos, que los hechos en sí. Tanto creacionista existe para que podamos medir eso que no tiene mucho asidero. La fe no mueve montañas, la fe encierra cabezas.

No sé qué pensar cuando el Presidente declara que el paro de indígenas y algunas organizaciones civiles fue un fracaso. Supongo que sabe algo que yo no sé. Es lo más probable, mi ego no me da para saber todo.

No sé qué es el fracaso. No sé cómo medir el fracaso. No sé cómo el descontento puede ser exitoso o lo contrario.

El descontento nos vuelve a todos en integrantes de una burbuja de fracaso.

No hay mucho más que decir.

Quizás no creo en la vocación de servicio de ningún funcionario, y por eso dudo de expresiones como esa.

Quizás para mí un gobierno que hace carreteras o introduce cambios en ciertas políticas estatales es uno que hace su trabajo. Punto. El buen gobierno es aquel que, desde la honestidad intelectual, el correcto manejo de las normas y la precisa lectura del tiempo que le toca vivir, es capaz de permitirle a sus ciudadanos la posibilidad de crecimiento —si se me permite decirlo— de su intelecto. Un buen gobierno se la juega por una sociedad más sana. Y la discrepancia no es medida de destrucción, sino de lo contrario.

El silencio —eso que hacen alrededor del estado del Cotopaxi es para llorar— no es de un buen gobierno.

El engaño en la publicación de informaciones es triste —¿quedan dudas sobre lo que se publica hoy en día en medios oficialistas o en comunicados oficiales sobre Manuela Picq, alrededor de que la policía la quería defender de manifestantes, cuando hay un vídeo muy claro sobre cómo fue su detención? Peor, ¿detenerla y luego cancelarle la visa?

La ira evidente porque policías acompañaron a marchantes… aterra.

Las frases hechas no comunican. Venden humo.

Las frases hechas solo nos dicen que desde el poder político somos seres sin pensamiento crítico, diseñados para comer lo que se nos dice. Y quizás seamos así.

El fracaso no es una medida para medir el mundo, porque quizás somos el fracaso de alguien que todavía no es capaz de reconocerlo.

Siempre es la ética

Opinión, Reflexiones sobre periodismo
imagen tomada de revista replicante

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En un noticiario se transmite una noticia con información no contrastada y al poco tiempo nos enteramos de eso. En un diario se publica una “entrevista” que nunca se hizo y no sabemos muy bien por qué. ¿Qué hacer con eso? ¿Qué?

El periodismo es un tema de ética, siempre. Si me voy al extremo podría decir que todo error en su práctica es un problema de ética, incluso aquellos que se producen por no corregir una letra en una palabra. La ética no puede ser entendida como algo suprahumano ni debe estar plagada de consideraciones por las que esta solo responde a temas profundos. La ética en la profesión es algo más tangible.

En periodismo todo es ética.

En ese terreno, el periodista debería tener un solo dogma, una sola premisa de la cual pueden salir todas las reflexiones posibles y una buena práctica profesional: No se puede engañar al lector/televidente/radioescucha. Repito: NO SE PUEDE ENGAÑAR AL LECTOR. Pueden existir varias situaciones que consideremos también como faltas éticas, pero atentar contra el lector es la base de todas Si el periodismo no es claro en el contrato tácito con la sociedad, estamos en problemas.

Dos casos con similitudes y diferencias acaban de golpear al periodismo ecuatoriano con solo horas de diferencia. En ambos hay una conciencia alrededor de la ética y una nula reflexión sobre el rol del periodista ante la sociedad. En uno, un reportero de tv hace una nota con información no corroborada y en otro, el editor general de un diario publica una entrevista con el argentino Martín Caparrós, para que horas después el escritor desmintiera la comunicación con él.

Vamos, podemos decir mucho de ambos hechos, pero hemos reflexionado muy poco sobre lo que significan en realidad. Y hablo desde los medios. Los medios, que desde la vena periodística son muy capaces de indagar en los errores, fallas y malos funcionamientos de otros espacios, no pueden ver su propio reflejo. En Ecuador queda claro que los errores del periodismo son conversaciones en salas de redacciones, o entre amigos (con copas de por medio), y no son investigaciones o procesos de análisis que los medios quieran tomar como otro tema más de toda la gama de temas que pueden ser parte de su política editorial.

Sí, los periodistas en Ecuador preferimos no mirarnos el ombligo, no hacer más grande el problema de nuestra profesión. Consideramos un acto compasivo eso de no hablar de más, solo lamentarlo en nuestro círculo de lo sucedido y solidarizarnos con la persona que se ha convertido en carne de cañón por esta lamentable situación, por este error. Si alguien habla de eso, pues debe ser porque odia al periodista que comete la falta, sin duda. No somos capaces de entender que las acciones deben y tienen que ser motivo de un intercambio de criterios, sobre todo para comprender sus dimensiones reales.

imagen tomada de comunicacionsocialunl.wordpress.com

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En el caso de tv se habló en varios sitios (porque de por medio hubo un reclamo presidencial y un anuncio de posible demanda al medio), pero del otro casi ni se habló. Salvo en redes sociales y en programas de radio, nadie ha dicho nada. Quizás porque la persona involucrada es un editor, quizás porque muchos lo conocen y sienten aprecio. Quizás por muchas cosas que no vienen al caso.

La entrevista en cuestión se publicó bajo el título “Entre el papa, los Kirchner y el ego argentino… “. Mucha gente la compartió en redes sociales el domingo 17 de marzo y el lunes todo se vino abajo. Martín Caparrós escribió en su cuenta de Twitter lo siguiente: “Maestro! Un ¿periodista? ecuatoriano q intentó hablar conmigo y no me encontró, igual publica su entrevista”. Y colocó, a continuación el link de la nota publicada en el diario local.

¿Entonces?

Sencillo. La profesión debe estar inundada de ética, sino no sería posible ejercerla.

En el caso del reportaje de tv no se hicieron las verificaciones pertinentes para corroborar que la información transmitida (basada en un documento entregado por una fuente) era real. Digamos que Ecuavisa no se equivocó –pese a todo- y que en sí la información que dieron era real y que la molestia del Presidente solo buscaba que no se dijera nada más sobre el asunto –ligado con ascensos de coroneles a generales e intereses de por medio. Pues en ese caso, Ecuavisa (o su reportero, o ambos) se equivocó: al no haber corroborado la información en su momento, ya le quitó la oportunidad al espectador de acceder a una información real. Así sea falso o certero el dato, se violentó la necesidad de que el lector supiera un dato corroborado. Eso también es engañar a la persona que te lee o te mira por tele.

Por otro lado, para muchos quienes leímos la “entrevista a Caparrós”, algo estuvo mal de entrada. En ningún momento su autor decidió explicar al lector que el convenio tácito de lectura se había alterado, que estábamos ante una nota armada a partir de comentarios que Caparrós había dado a otro medio y de un texto que él había escrito para The New York Times. Nadie que leyó esa nota entendió eso. Nadie.

Me explicaron que en la edición impresa de ese día, en su portada, se pudo saber que lo que se iba a leer una recopilación de información. No sé, no he visto la versión impresa. Pero sé que los demás entramos en un juego de convenciones y nos convencimos de que estábamos ante una entrevista. De seguro que hay gente para la que todo está claro, pero no dejemos de lado que el mismo “entrevistado” salió a reclamar la existencia de ese texto en el que se define una “entrevista” y que él nunca había dado.

Sí. Leímos una entrevista “pregunta y respuesta” en la que su autor construye un diálogo no solo con lo que él coloca, como sus interpelaciones personales, sino por cómo estructura esa conversación: con guiones antes de cada intervención, como una máxima de la redacción literaria latinoamericana y que el periodismo ha tomado como suya. Sí, es una conversación (aunque muy mal hilada):

“- Y como arzobispo también enfrenta al gobierno kirchnerista de Fernández.
– Sus posturas sociales a menudo conducían a choques con Néstor Kirchner y Cristina Fernández, los presidentes que dan la espaldas a Argentina desde 2003. El arzobispo, públicamente denunció la política gubernamental sobre pobreza y desigualdad y acusó a los Kirchner de enriquecimiento fingiendo servir a los pobres”.

Por más que se empeñen en decir que en la portada quedaba claro eso, lo cierto es que el juego tácito de la credulidad estaba bien marcado en la nota.

Una entrevista que debe ser explicada bajo otros subtextos, en otro sitio, o en otra página del mismo medio, es una mala entrevista. Hay que partir también de eso.

Podemos asumir varios caminos para entender lo que ha pasado en ese caso. Desde el más superficial y torpe que acusa al autor de no entender las dinámicas contemporáneas y de no saber lo que puede pasar al hacer un ejercicio como ese (el tema explotó en redes sociales porque el propio Martín Caparrós se sintió ofendido), hasta el que considera que todo fue un error y ya, que no se ha infringido ninguna norma. Pero el único camino posible es comprender esta falta como lo que es: la ausencia de ética profesional.

Una ausencia que termina golpeando en el rostro al lector.

La ética está definida como un conjunto de normas que rigen la conducta humana. Esa conducta humana es la que entra en dilema cuando se producen estas faltas. No es un tema de moral, sino de hacer el trabajo de manera óptima, respetando códigos. De eso hablamos cuando hablamos de ética profesional.

Más allá de si entendemos o no la profesión, es obvio que nos importa muy poco el otro: el que nos lee, o nos mira y escucha. Cuando debe ser lo contrario. Si nuestra profesión trata de abrir la realidad a la gente, mostrando las prácticas nefastas de muchos espacios e instituciones, para que se puedan dar correctivos, ¿por qué no hacerlo con nuestra misma profesión? Ese acto de sinceridad y de autoreflexión le hace tanto bien al periodismo.

El 11 de mayo de 2003, ya para cuando medio mundo sabía todo lo que se había inventado Jayson Blair en sus textos para el New York Times, el diario decidió publicar una nota de más 7000 palabras (casi como un suplemento aparte), pidiendo disculpas, contando cómo se produjo el engaño y falta ética en el medio. Y eso es ética y respeto por tu lector.

Acá, simplemente, no podemos ir más allá. En un momento histórico en el que la comunicación es un hecho generalizado y en el que el periodismo se ha vuelto grito de guerra para el poder político nacional, la decisión del diario y del ahora ex editor (hubo una salida del cargo por este tema) ha sido el silencio. Hacer mutis por el foro y quizás asumir que mañana todo el mundo se olvidará de eso. Y sí, nos olvidaremos, pero esa actitud “aquí y ahora” no es la que precisamente vaya a dejar en buen terreno a la profesión.

A la larga el daño se hará evidente. Sobre todo porque la actitud de muchos periodistas profesionales es que este caso va a ser la cruxificción del ex editor (en el caso del reportero de tv, el canal lo despidió… una medida extrema, sin duda) y que eso no sirve de mucho. Por eso es mejor callar y que sean las universidades y las salas de redacciones esos espacios para hablar de los problemas y errores de la profesión.

Pero no. El periodismo no se hace puertas adentro. Olvidarse del lector, del televidente, del que escucha noticias por una estación de radio es lo más criminal que se puede hacer en circunstancias como las que redacto aquí.

La ética profesional se mide también en la manera que reaccionamos ante las faltas éticas.

Luego de dos anuncios de posibles declaraciones del ex editor que nunca se dieron, no sabemos nada. Hay rumores. Solo en tres días me he enterado de cinco. Desde los más descabellados, pasando por los burdos y hasta los directamente ridículos. Un periodismo que no enfrenta públicamente sus errores no es un periodismo sano.

La sociedad debe saber, de primera fuente, cuándo el periodismo es vehículo de faltas graves. Es justo y necesario.

A fines de enero, diario El País publicó en portada una foto falsa de Hugo Chávez. Cuando sus editores se dieron cuenta del error, decidieron sacar de circulación los ejemplares y al día siguiente apareció una nota en la que pidieron disculpas y contaron por qué publicaron la foto. Otros medios se hicieron eco de esto e investigaron por su cuenta todo lo que había alrededor de este terrible fallo de filtros y evidente poca ética profesional. ¿Diarios como “El Mundo” o el “ABC” publicaron reportes de este hecho solo por tratarse de la competencia? No. Lo hicieron porque más allá del malestar generalizado y público que generó esta foto falsa en una primera plana (que causó enojo en Venezuela, obviamente), también era necesario que la gente entendiera las razones que hay detrás de los errores periodísticos. El periodismo sano no es el que no comete fallas por asuntos de ética. El periodismo sano es el que se enfrenta con más ética a sus problemas éticos.

La ética del periodismo está en función del lector. No se lo puede maltratar, engañar, dejar de lado. La parte más importante del periodismo son el lector, el espectador… la sociedad.

Le podemos ver el lado bueno a todo esta experiencia, desde luego. La tecnología ya es la verduga de las invenciones en el periodismo. En alguna parte del mundo alguien, con el poder de un clic, podrá revisar lo que haces y entender la falta que has cometido cuando la hayas cometido. No somos tan inocentes, ni tan desconectados.

Alberto Fuguet: “Me parece que una película latinoamericana debe triunfar en lugares más allá que Róterdam”

entrevista

Lo que van a leer a continuación es una entrevista en onda “pregunta / respuesta” que le hice al escritor y cineasta Alberto Fuguet hace exactamente 4 años. Estuvo de visita en Ecuador, como presidente de jurado del festival “Cero Latitud” y muchas de las cosas que ahí dice son pertinentes, todavía, al quehacer narrativo (en papel o en películas) por acá. La entrevista fue publicada en diario El Telégrafo.

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imagen tomada de elhablador.com

Vienes como presidente de jurado de largometrajes en esta edición del Cero Latitud, ¿qué perspectivas o aspiraciones tienes del trabajo que vas a realizar?

Me gustaría que gane la película que me guste. Una vez estuve en un jurado en Polonia y perdí todo. Ser Presidente de un Jurado requiere de mucha experiencia y no sé cómo hacerlo, pero a nivel personal no quisiera que me diera vergüenza entregar el premio. En Polonia ni siquiera fui a la ceremonia, porque me pareció que ganaban los peores. Pero mi impresión acá es que viendo a los otros jurados, no va a pasar eso.

Aún así, se trata de establecer relaciones entre los filmes con uno al momento de ejercer la función…

Claro, me parece que es como los concursos de cuentos o como en los colegios, a veces: se vota por alguien que podría beneficiarse más con esto, dar más frutos; aunque también se trate de que escoger una película que tenga que ver con mi sensibilidad.

¿Una sensibilidad latinoamericana? Mucho se ha dicho de que tu trabajo no refleja lo que se supone es ser latinoamericano…

¡Me siento latinoamericano! ¡Todo mi mundo y mis amigos son latinoamericanos!… las 24 horas del día uno es latinoamericano. Hay mucho en Latinoamérica más allá de lo que se ve; al final uno es el que va construyendo el país y su vida. Sin embargo, otra cosa es ser hipócrita y no puedes vivir una vida y contar otra a los extranjeros. Siento que mucho del cine y de la literatura peca de mostrar lo que pueda verse en festivales, como el de Róterdam. Eso es lo que llamo la “pornopobreza”.

¿Qué implica esta “pornopobreza?

Que puede haber de todo, incluso grandes películas; pero hay que ser muy bueno para ello, sobre todo si el género ha sido super explotado. Es como si te metieras a hacer Bergman… es preferible que lo hagas mejor que él.

imagen tomada de ivanthays.com.pe

Esta dinámica es algo que viviste…

Claro, lo he vivido en la literatura, sobre todo con esta cosa de McOndo. Pero siento que en cine todavía hay de esto. Sé que existe en circulación un manual de cómo hacer una película latinoamericana y que te vaya bien en Europa. Cualquier tipo relativamente inteligente, que ha viajado a un festival, sabrá cómo utilizarlo y sabrá cómo conseguir fondos. Yo no estoy leyendo ese manual.

Es como si se tratara de “mostrar lo que es un país”, en lugar de “mostrar lo que supongo que es uno”. ¿Es pretencioso eso?

Yo no le diría pretencioso, más bien es arriesgado. Lo que veo ahora es que ya hay películas distintas y se lo está demostrando. Prefiero ese cine de autor. Cada vez tengo más dudas, incluso en literatura, de ponerle un apellido a la obra: ecuatoriana, por ejemplo. Creo que a la larga me interesan los autores y ellos llegan a tener un carné de identidad que muestra del país que son, pero a la larga un buen autor es capaz de captar un mundo propio que tendrá que ver con el país, la ciudad y el barrio de origen. Un buen cineasta es capaz de salir de ese mundo y seguir siendo él.

Me parece que una película latinoamericana debe triunfar en lugares más allá que Roterdam.

Aún así, en Ecuador, por ejemplo, mucho del cine que se realiza cumple una función de mostrarnos y el público va al cine para verse, también…

No conozco mucho de Ecuador, pero veo que el cine está partiendo. Claramente existe una etapa como en todo ser humano de besarse en el espejo o tocarse en los genitales… hay una cierta edad en que la gente tiene que verse y eso ya ocurrió en otros países, probablemente se tiene que pasar por eso, no está mal. Los cineastas deben estar más atentos que el público, porque una vez que se ve, quiere ver algo más como el interior del personaje, y no sólo quedarse con el acento.

“Se arrienda”, tu primera película, se centra en Santiago, pero probablemente ignora la imagen de postal…

Es que yo no me siento dueño de Santiago, menos de Chile. Como cada persona, termino ligado a un barrio y a un mundo. Nadie es capaz de dominar toda la ciudad, ni conocer todos los sectores. Uno pertenece a un grupo y punto.

Tu relación con el cine es importante: viviste tu infancia en California cerca de los estudios de filmación, a tu regreso a Chile esto se transformó en la válvula de escape para el soportar el cambio de idioma de inglés a español y hasta fue el germen de tu obra narrativa, cuando entendiste que podías contar otras cosas gracias a las películas…

Y por eso me enojo, grito y chillo. Para mí el cine no es una cosa que tenga que ver con política, ni relaciones públicas ni cultura. El cine es cultura al final, antes es pasión, sexo, odio, enredo. No es “hagamos un guión para hacer cultura”…

¿La identidad pasa por ser responsable con uno mismo?

Sí, y en confiar que tengas una identidad. Lucrecia Martel me encanta, ella es un super ejemplo de que puedes hacer películas no sólo del centro, sino desde la provincia y hacerlas universales. Terminan siendo muy argentinas, pero lo importante no es Argentina, ni Salta, sino el mundo de ella, aunque al final termine hablando de Salta y de la verdadera Argentina, que no es sólo Buenos Aires.

El error de Emilio (y los que no piensan como yo)

Reflexiones sobre política

imagen tomada de elcomahueonline.com.ar

¿Qué es lo que se defiende y qué es lo que se ataca? Depende del cristal empañado por el que se vea. Solo hay interpretación. Solo eso.

Miento. Ni siquiera existe interpretación, solo razón prepotente que no es capaz de considerar algo más que esos caminos inescrutables de su misma razón. Endogamia. Incesto intelectual.

El problema aquí es un texto de Emilio Palacio, quien fuera Director de Opinión de Diario El Universo. Ese es el problema, ¿no? Espero que ese sea el problema, porque de esa forma es muy sencillo tratar de entender dónde está el drama con lo que escribió. Pero no, el drama es otro. El meollo radica en la existencia de esos poderosos señores oscuros que quieren acabar con lo que se está haciendo acá, esos que (por motivos educativos) voy a llamar desde este instante: los que no piensan como yo.

Un mundo sin esos que no piensan como yo es el mundo perfecto. El mundo de la alegría, de la cordialidad. El mundo de los resultados, de ese país que avanza por un sendero que se ha caracterizado por el progreso. Porque estamos progresando y podríamos progresar más si no existieran esos que no piensan como yo (que les rinden tributo a los que quieren vernos fracasar). Sin embargo, no podemos desaparecerlos, pero sí definir cuáles pueden ser sus campos de acción: solo hagan cosas desde el punto A al punto B.

Por eso los medios que son parte de los que no piensan como yo deben ser puestos a raya porque representan la resistencia al cambio que se propone el sistema político actual. Así, ante las cosas que digan del poder, la respuesta es clara: se oponen y no quieren que la transformación siga adelante. Quieren el pasado triste y no el futuro feliz. No importan las investigaciones, ni los hechos, sino ese objetivo final: destruir el amor que nos llena. Por eso hay que poner a raya a esos que no piensan como yo.

Porque esos que no piensan como yo son parte de ese poder que estamos intentando dejar de lado. No son representantes. Son ellos. Lo expiden, sudan y secretan sustancias por la piel, que no dan opción a duda. Esos que no piensan como yo quieren negar lo que se está haciendo y lo que exigen es un absurdo: ¿Cómo es posible que no se quieran dar cuenta que el modelo propuesto solo busca los cambios rápidos y furiosos?

¿Procesos? Hoy no importan los procesos, solo los objetivos.

Por eso entendamos que la verdadera revolución no está en convertir al país en un espacio donde lo social tiene respuesta absoluta. La revolución real radica en comprender que esos que no piensan como yo no sirven para los planes que se han definido para vivir bien. Y así, como esa aberrante concepción capitalista que trata al hombre en función de su capacidad de producción, entendamos que el trato que sirve para el nuevo hombre revolucionario radica en las ideas que este ser pueda tener. En las ideas, en eso intangible, descansa tanto reclamo y el tedio insoportable del que no piensa como yo.

Etiquetas van. Etiquetas vienen. El tema no es legal, ni de libertad de expresión. El tema real es el combate hacia aquellos que no piensan como yo. Son el enemigo… y gracias a las películas de Stallone sabemos que no hay que darles opción a nada, ni siquiera a la queja. Si alguno se lamenta aparece la burla (“Y de qué se queja ese Palacio si bien que está viviendo en Estados Unidos”, escucho por ahí). Tontos esos que no entienden de qué se trata el problema.

imagen tomada de ap_tenerife.kactoo.com

Soy uno de esos tontos. De esos que no se queda con la conciencia calma cuando aparecen frases como: “Es la primera vez que se está haciendo algo y hay que apoyar el proyecto”. Como si el secuestrador bueno, el que te da de comer y te defiende del secuestrador malo sea, objetivamente, menos criminal. Hay atenuantes, pero el hecho es claro. Ser ciudadano no significa ser empleado del Gobierno de turno y eso es algo que tarde o temprano deberemos aprender.

Otra cosa que deberemos aprender es que el Estado está obligado a hacer todo lo que aparentemente se hace ahora. No es un logro, es su obligación. Y nosotros debemos estar pendientes de que lo hagan. Nada más. Para eso sirve el periodismo, el que es bien hecho.

Volvamos al tema periodístico. Emilio escribió “No a las mentiras”, que se publicó el 6 de febrero de 2011. Y en su párrafo final (y línea de cierre) escribe lo siguiente:

El Dictador debería recordar, por último, y esto es muy importante, que con el indulto, en el futuro, un nuevo presidente, quizás enemigo suyo, podría llevarlo ante una corte penal por haber ordenado fuego a discreción y sin previo aviso contra un hospital lleno de civiles y gente inocente.

Los crímenes de lesa humanidad, que no lo olvide, no prescriben.

El problema del texto de Palacio se reduciría, técnicamente, a una línea. Esa que acaba el artículo. La que hace alusión a los crímenes de lesa humanidad. Una referencia que molestó al Presidente/ciudadano (Clark Kent y Superman en una amalgama esquizoide) porque consideró que significaba acusarlo de criminal. Y eso, en ‘boca’ de uno de lo que no piensa como yo, es una ofensa gravísima. Sus súbditos lo han entendido así también.

A primera vista, lo que hace Palacio es lanzar una advertencia, que en medio de la historia política del país no es nada rara: persecusiones. Con eso define dos caminos (uno niega al otro):

1) Que realmente crea que Correa ha cometido un crimen de lesa humanidad y le advierte que se cuide de los que vienen después de él, porque se las cobrarán al dejar un precedente legal como el indulto a los que participaron en el 30 de septiembre de 2010.

2) Que con el indulto se abre la puerta a que los que lleguen después de él lo quieran acusar de crímenes de lesa humanidad por lo que pasó ese día, con la excusa de que no prescriben.

Aquí llegamos al asunto de los cristales flojos y las interpretaciones. Que yo sepa, en el juicio que el ciudadano Presidente ganó no hubo análisis de un perito que permitiera comprender la dimensión de lo escrito. Si la injuria (o la ofensa de ese que no piensa como yo) estaba escrita, pues se debió analizar el artículo para precisar dónde estuvo, dejar la duda de lado y evitar actos de fe alrededor de algo que se puede probar. El éxito de un Sistema Judicial es que no haya duda posible en una decisión. Para mí esto es un tema conceptual y no me interesa que sea una gran empresa o un tipo que haga un diario de barrio: la injuria, de ser sancionada, debe ser probada ‘científicamente’.

Sucede que nos acomodamos, nos quedamos con la explicación más sencilla. Porque es más fácil entender que aquel que no piensa como yo seguramente me está diciendo que hago cosas terribles porque quiere acabar con el paraíso en el que estamos. El que no está conmigo, está contra mí.

Palacio no es un periodista que para mí merezca alguna dádiva profesional. Y sé muy bien por qué. Desde que en un enlace ciudadano fue echado de Carondelet por orden del Presidente (evidentemente, se trataba de uno de los que no piensa como yo), en mayo de 2007, Emilio Palacio perdió cierta dinámica. Se volvió predecible. Sus textos cayeron en una virulencia que le quitaron novedad. Ya todos sabíamos que Palacio iba a despotricar contra Correa en tods sus columnas y no valía la pena leer sus textos (cosa que no pasa, ni siquiera ahora, con las cosas que escribe Francisco Febres Cordero, que suelen ser más duras, pero más creativas). Llegar al punto al que llegó Palacio es un absurdo profesional y debemos entenderlo, sobre todo si nos dedicamos al periodismo y a la opinión. Hacer del ejercicio de la profesión el vehículo de pasiones es una tontería.

Sin embargo, el ejercicio de poder político como vehículo de pasiones es una estupidez.

imagen tomada de elcomercio.pe

¿Palacio (uno de esos que no piensa como yo) escribió un texto en el que le dice criminal al Presidente? Todavía trato de entenderlo, en serio. Está ahí, pero se me hace gratuito. En el texto, Palacio conmina al Presidente (al que llama con dureza “Dictador”… bueno, es el riesgo de la opinión. Viene con el cargo, ¿no?) a dejar de lado la figura del indulto por una menos contundente en el espectro legal: la amnistía. El indulto involucra el perdón de una pena (o cambiarla por una más leve); la amnistía se entiende como el olvido legal del delito y de esa manera ya no hay responsable. Palacio implica cierta responsabilidad del Presidente en lo que pasó ese día y le dice que es mejor que no deje abierta la puerta del delito, pues con el indulto habría un precedente.

Y aquí viene el dilema: Palacio dice que podrían culpar al actual Presidente de un crimen “por haber ordenado fuego a discresión” contra un hospital. Esa idea es problemática…

Pero al estar acompañada de la frase final, adquiere una suerte de contexto definitivo, en el cual el “condicional” y el resto del escrito abren otro camino. Porque el artículo de opinión es un todo. Palacio, desde mi perspectiva, dice que con el indulto se podría dejar el camino libre a una futura acusación de crímenes de lesa humanidad por lo que pasó ese día. Quizás peco de buena gente, pero no se me ocurre otra manera de entenderlo.

Creo que descontextualizar un escrito en estas circunstancias es también matar la capacidad crítica. Además, estoy convencido de que si Palacio quiso decir que en su opinión Correa ordenó disparar contra inocentes, no estamos ante un injuriador, sino ante un cretino. Capacidad crítica, entonces. Capacidad crítica forever.

imagen tomada de clasesdeperiodismo.com

El texto “No más mentiras” de Emilio Palacio es un mal texto. ¿Por qué? Por esa pasión desmedida que no dejó a su autor reflexionar sobre el sentido de lo que quería decir. De cierta manera, Palacio es su propia víctima, pero no por la imagen de la injuria (que se debió probar a toda costa e insisto: en ese juicio no se probó nada sino la voluntad del Mandatario) sino por la incapacidad de entender las dimensiones de un escrito, algo que un editorialista (peor el Director de Opinión de un diario) debe siempre tener en claro. Cuando esa voz que denosta al que no piensa como yo se escucha con fuerza, el periodismo debe responder con más periodismo. El periodismo debe ser claro, no por el temor a que los poderosos de turno tomen medidas, sino porque no se lo puede hacer de otra manera.

Yo, un tipo de palabras, no podré jamás desligarme de la reflexión sobre las herramientas que uso. Parto de eso y trato de entenderlas lo mejor que puedo. Por eso estoy seguro de que Palacio no estaba en el puesto profesional en el que debía estar. No fue capaz de ver la imprecisión de lo que escribía y eso para un Director de Opinión es terrible. El párrafo en cuestión mejoraba mucho de esta manera:

El Dictador debería recordar, por último, y esto es muy importante, que con el indulto, en el futuro, un nuevo presidente, quizás enemigo suyo, podría llevarlo ante una corte penal “por haber ordenado fuego a discreción y sin previo aviso contra un hospital lleno de civiles y gente inocente”.

Los crímenes de lesa humanidad, que no lo olvide, no prescriben.

Listo, comillas, quitándole realidad a la expresión y volviendo al párrafo terreno de elucubraciones (y de amenaza de un sentido de justicia burdo), que para el objeto que tenía el escritor, era lo que bastaba. El error de Emilio está en creerse infalible. Y hasta para acusar de locuras hay que ser más creativo e inteligente.

Ojo: esta es una alternativa obvia. Existen muchos otros caminos para aclarar la idea de ese párrafo.

El error de Emilio ha costado caro, es cierto. Pero la oportunidad que ha visto el Gobierno de atacar a ese que no piensa como yo, utilizando al eslabón más débil de la cadena, nos saldrá, a la larga, peor.

La opinión no se debe penalizar. Punto. Es un asunto de conceptos con los que nadie puede hacer concesiones. No es posible que el “derecho a la honra” de un funcionario público sea superior a la necesidad de hablar de él, con dureza inclusive. Ecuador ha vivido con mucha tristeza su vida política por años que es de tontos asumir que ahora no podamos escrutar o destrozar (hasta como catarsis) a los mandatarios de turno.

imagen tomada de ecuadorecuatoriano.blogspot.com

Y ahora no solo hemos creado un precedente legal terrible (y ya ayer hasta negamos una solicitud de la CIDH de la manera más campechana posible), sino que entramos en un terreno donde se atomizó el dilema y resulta que todo es sobre El Universo y lo que le hacen o lo que se merece (dependiendo del cristal). No, el asunto es sobre todos nosotros y lo que hacen. Y cómo, en época preelectoral, las mediciones de poder se vuelven importantes, sin pensar en el costo político de cada cosa que se decide.

¿Una “mentira” debe costar 40 millones de dólares y tres años de cárcel? Cuando el gigante se olvida de que una simple onda mató a Goliath, las consecuencias no existen… solo un triunfo ridículo y burdo en esa batalla que se libra contra el que no piensa como yo.

País lamentable.

La piedra de toque

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Una pequeña acción de contacto. De dejar que los ácidos revelen la realidad detrás del supuesto oro. Por lo general cuando la piedra de toque muestra la farsa de los quilates, lo que sigue es una sensación de derrota ante varios ojos, por más que algunos todavía crean que la brillantez es real, sincera, digna, altiva y soberana. Lo de hoy es vergonzoso. Lo de ayer le dio algo de valor a lo ocurrido.

Por eso quiero sostener que la piedra de toque en esta circunstancia es Francisco Proaño Arandi.

Image and video hosting by TinyPic imagen de Juan Zurita, tomada de flickr.com

Porque hoy dos países rompieron relaciones en medio de acusaciones serias y comprometedoras. Como niños pequeños se respondieron y como niños con juguetes tomaron decisiones que se convertirán en pólvora. Lo de Colombia es preocupante y sospechoso… lo de Venezuela es, de plano, ridículo.

Pero ayer sentí una calma y certeza del triunfo de una verdadera ética de respeto y civilización al leer la noticia de que Francisco Proaño Arandi, embajador de Ecuador en Washington renunciaba a su cargo, ante el pedido del canciller Patiño de no convocar a la reunión de la OEA, al ser Proaño presidente de la Comisión Permanente. Todo porque dicha reunión fue pedida por Colombia para mostrar las evidencias de la supuesta permanencia de guerrilleros de las FARC en territorio venezolano… y como sabemos, esta relación fraternal entre el gobierno de Ecuador y el de Venezuela no es igual a la que se da con Colombia…

Si hasta los muertos entre Ecuador y Venezuela son notables y merecen ser exhumados o rellenados como muñecos de trapo para hacer un ‘tour bolivariano’.

Y esa ética de respeto, que hoy se desdibuja por la acción de funcionarios de gobiernos que asumen que la democracia existe porque ellos están en el poder (o porque ganaron elecciones), no deja de estar relacionada con la literatura. Francisco Proaño Arandi es un autor con casi una docena de obras publicadas, que incluso ha llegado a estar nominado al premio Rómulo Gallegos por una de sus últimas novelas, “Tratado de amor clandestino”. Quizás eso es lo que me devuelve la esperanza en un camino en el que, más allá de las pasiones, todo se dé acorde al sentido común. La literatura marca una camino de decisiones con las que no se pueden transar. Proaño no ha criticado con exceso, lo que ha hecho es disentir y salir de escena, porque el pedido de Patiño (que enseguida apareció para negarlo, un clásico del funcionario) era no sólo torpe, sino ilegal (Proaño estaba obligado a convocar a esa reunión por pedido de uno de los países miembros de la OEA), y él prefirió, antes que quedar mal con el gobierno ecuatoriano y convocar a la reunión, renunciar. Fríamente es una visión neutra muy política y precisa. Necesaria.

Un hecho sencillo en medio de toda las notas políticas y vociferadores, porque en definitiva un solo acto de correspondencia ética es lo suficientemente fuerte para decir que las decisiones individuales son las que mueven al mundo, aunque sea con breves pasos. Francisco Proaño Arandi ha demostrado, sin quererlo, de seguro, que la revolución ciudadana enarbola una moral en la que lo único que vale es justificar lo injustificable, por una idea de unidad regional basada en acuerdos o ligazones pasionales. Y eso es suficiente. Eso es ser piedra de toque.

La corrupción ciudadana… ¿está en marcha?

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Yo parto muchas de estas reflexiones desde supuestos o prejuicios, más que nada porque hay que tener perspectivas que luego deberán ser corregidas, afinadas, desvirtuadas, o refrendadas. Y la premisa principal que yo manejo es que cualquier movimiento que llega al poder en la política tiene su cuota de suciedad, peor si hablamos de un país como Ecuador, donde la historia se ha encargado de darnos malditamente la razón.

De ahí existen varias, secundarias. Una de ellas se manifiesta en creer que todo gobierno sudamericano es corrupto, porque esa es la única manera de conseguir algo en estas dinámicas que se manejan en la zona. Creo, también, que nadie debe poner la mano en el fuego por ningún Gobierno, sea que esté haciendo lo que nunca se ha hecho. Las experiencias pasadas tienen que convertirnos en seres menos confiados. Y dentro de esto supongo que lo ideal es pesar las cosas que suceden dentro de su verdadero contexto, entendiendo lo que sucede alrededor sin ninguna pasión de por medio.

¿Es un mal Gobierno el que estamos viviendo en Ecuador? Depende que cómo se lo quiera responder. Podría decir que es muy malo, porque simplemente intenta presentarse como el mejor de todos (a más de manifestarlo con obras) y bueno, siempre sospecho de quien se presenta como enviado divino. Podría decir que es muy bueno, pues por primera vez en el país se están viviendo cambios fundamentales; sin embargo, no soy partidario de que todo cambio fundamental sea beneficioso de por sí. Todo cambio reviste de cierta inercia y eso tensión, sin duda, es la que va a determinar el beneficio y la calidad de dichos cambios.

imagen tomada de thealchemist.blogia.com

Por concepto puedo decir, entonces, que el actual Gobierno ecuatoriano está haciendo cosas interesantes y torpezas, como cualquier otro, de forma simultánea. Cosas que en lo personal no veo como grandes transformaciones (aunque sé que esto me lo podrían discutir y listo, que así sea), pero sí necesarias. Lo que no les otorga un valor mágico o de reivindicación social. Creo que el discurso gubernamental es lamentable, terrible, de la década de los 30, de los 60’s y 70’s, de la Edad Media, vacío, falso y sin duda mesiánico. Y no puedo más que comer mierda por eso. Lo que el Gobierno hace con la mano, pues lo borra con las palabras que verbaliza.

Siendo mi mundo el mundo de la palabras, pues es igual de contraproducente una mala obra como un pésimo discurso. Claro, tampoco hay que olvidar que el verbo es acción.

Por eso, sin temor a equivocarme, veo con ojos de completa desesperación y asco saber la corrupción en un Ministerio de este Gobierno, que se jactaba de completa transparencia. Miro con desagrado que se hayan realizado exámenes de Contraloría desde hace algún tiempo y se haya dejado que esto siguiera hasta que estalló la polémica por construcciones deportivas para unos Juegos Nacionales que no dieron más que pena y vergüenza por el estado de las instalaciones. Me molesta que esa supuesta transparencia de los funcionarios del Gobierno no esté acorde con los hechos que se van dando; que el Ejecutivo (en este caso el Presidente) no aparezca públicamente reconociendo el atraco al Estado por parte de su Ministro e intente minimizar el asunto, como si yo (sí, lo tomo como algo personal, porque sin duda hay gente que asume que todo esto puede entenderse como un hecho aislado, y puede que sea aislado, doy el beneficio de la duda, pero repito lo que escribí al inicio: hay que desconfiar siempre de un Gobierno, lo contrario es el caldo de cultivo para el absurdo), como si remotamente yo fuese un tarado.

Esto es algo que no debe pasar. Hoy existen personas detenidas, con indicios de culpa (uno fue atrapado comiéndose los cheques que lo acercaban al delito) y un Ministro de Deportes que se jactaba de ser amigo del Presidente y que hasta casi lo mandaba, completamente desaparecido, luego de haber sido aceptada su renuncia (y no haberle echado como a perro sarnoso por ladrón) y listo… aquí no ha pasado nada.

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Por eso, lo lamento, no puedo ser tan confiado, especialmente cuando siento que esa corrupción que siempre ha estado, pus siempre estará.

Episodio IV: A new hope

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imagen tomada de europapress.es

Todo empieza de nuevo. Ahora todo el mundo estará hablando del nuevo Presidente de Estados Unidos. ¿Un negro (afroamericano, se dice para no ser grosero) de Presidente, con nombre que remite a musulmanes? Wind of change, parece. No sé por qué uno se emociona, es que ya todo parece que debe ser distinto. Por eso vale decir: ¡Salud! Algo nace, en el medio de dos soles, dos polarizaciones, pero algo supone una nueva posibilidad.

Porque, ¿se puede caer más bajo luego de W.? No sé ustedes, pero no podría echarle la culpa de los males de la humanidad a un conglomerado humano. Yo no podría. Malos gobiernos existen en muchos lugares y malas estructuras también… aunque ahora estoy convencido que todo se reduce al manejo que hagas con el poder. Hoy, Estados Unidos tiene una de las economías más golpeadas del mundo… muchos de sus jóvenes en una guerra que sirve para mantener los intereses petroleros de unos cuantos… una salud que es un problema. El trabajo y el ahorro serán monedas duras, sin duda. Entonces, la nueva esperanza se abre, ¿no? Yo la tengo como la tengo con cualquier otro nuevo mandatario de algún país: ojalá que lo haga bien y no se debe llevar por un proyecto que no valga la pena.

Sigo siendo el mismo iluso de hace mucho tiempo.

imagen tomda de publico.es

Pero dentro de eso destaco algo que me suena a necesidad de transformación: los colegios electorales. Parte de mí me dice que los gringos padres de la patria cultivaron una democracia de unos pocos y eso debe acabarse. Otra parte me asegura que quizás el único camino posible sea ese, más que nada porque la gente no sabe por qué votar, vota con las entrañas, con el sentimiento (la pasión, entendida como algo positivo o negativo), con el corazón abierto para una esperanza que no surge desde lo racional. Sí, no sé si funciona o si es lo mejor. Pero sé que algo no funciona muy de cerca.

Y mientras hay una sensación de espasmo, yo vivo el horror cercano. La cruel definición de que un nuevo proceso de país significa que se rife (sí, con una tómbola y cantando los nombres) los puestos de los magistrados de la nueva Corte Nacional de Justicia… o que la Comisión que se ha instalado como Poder Legislativo, hasta nuevas elecciones (siendo de mayoría gobiernista) decida que no habrá un “pedazo de ella” dedicada a la Fiscalización, que será simplemente cuando el caso lo amerite y cuando lleguen informes o pedidos firmados por un número equis de asamblesitas que no resulta, ni de manera remota, la cifra de los representantes de oposición en lo que se llamará pronto Asamblea Nacional.

Por eso me quedo pensando en los colegios electorales, en que a lo mejor por ahí hay algo, porque esta democracia de muchos, que aquí veo, me suena a remiendo de todo lo anterior y no existe nada peor que decir: Ahora es mejor porque lo hago yo.

imagen tomada de elcomercio.com

No, mejor me calmo. No sé si sea lo mejor, dudo de esa idea de esperanza…