Correa vs milicos: nuestro fracaso

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Imagen tomada de Infobae

La jueza Vanessa Wolf  acaba de darle la razón al presidente Rafael Correa en un tema que lo pone en confrontación directa con los militares. Y la decisión legal que ella tomó hoy se convierte en un elemento más para considerar, en una pugna que viene de mucho antes y que ha tenido su punto de tensión más importante en estas semanas gracias a una decisión de un Consejo de Disciplina Militar que, a breves rasgos, ha definido que un presidente no es competente para pedir una sanción a un oficial por no ser él mismo un miembro activo de las fuerzas armadas.

Y hay muy pocas voces que han cuestionado esta parte de la sentencia de este Consejo. Pocas.

En esta esquizofrénica realidad nacional solo importa estar a favor o en contra de Correa. No hay puntos medios. Y en ese ejercicio de extremos, los conceptos se pueden estirar, hasta que se difumine la lógica y se pierda el tiempo en golpes de efecto o en el nuevo hecho de coyuntura por el cual se puede atacar o defender al presidente.

La resolución del Consejo de Disciplina Militar, en el caso de la denuncia presentada por el Ministro de Defensa en contra del capitán de la marina Edwin Ortega —por haberle respondido un mail a Correa en términos que la autoridad política ha considerado “un insulto”… posición presidencial criticable que revela una constante en el ejercicio de poder en estos casi 10 años— deja en claro que hay algo extraño pasando por la cabeza de los milicos, pues es una locura considerar que un presidente —al no ser “militar activo”— no es competente para pedir una sanción a un oficial de las fuerzas armadas.

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Capitán Edwin Ortega. Imagem tomada de El Universo

Y muy poca gente lo está viendo así. Muy poca gente. Como se trata de echar a Correa, hay que recurrir a lo que sea.

Cristina Vera, en un texto en GkillCity, es una de las personas que trata de verlo de otra forma: “Tomar el lado de las Fuerzas Armadas en la pugna de poder que mantienen con el correísmo es recurrir a las peores armas que hay en una democracia (…) ciertos opositores han preferido plantear la disputa entre Correa y sus subalternos castrenses como una pelea entre iguales, cuando no lo es. En primer lugar, las Fuerzas Armadas tienen un rol de excepción en el país porque, de acuerdo a una convención social plasmada en la Constitución, les hemos entregado voluntariamente armas que al resto de ecuatorianos les está proscrito poseer. La contraprestación a ese privilegio tiene dos premisas claras: estás bajo nuestra autoridad y no las uses en contra nuestra, solo contra potenciales enemigos (por eso es tan peligroso que los militares patrullen las calles). En esa primera parte del acuerdo no creen nuestros militares. Ellos se creen una sociedad paralela a la ecuatoriana: más gloriosa, más honorable y disciplinada que la sociedad civil“.

Al parecer no existe capacidad de ver las cosas en su real dimensión. Eso es lamentable; si bien es cierto que esta cuerda tensa entre Correa y los militares existe por un mal manejo de relaciones y por un ejercicio de imposición más allá del diálogo —que tiene como punto de quiebre reciente el deseo de acabar con ciertas ventajas de la seguridad social alrededor de las cesantías y jubilaciones que reciben los militares al retirarse que, justo o no, es completamente extemporáneo—, tomar partido por los militares hace que todo roce la ridiculez.

La Constitución, en su artículo 147 —que habla de las atribuciones y deberes del presidente—numeral 16, es muy clara. Entre las facultades que tiene el mandatario está: “Ejercer la máxima autoridad de las Fuerzas Armadas y de la Policía Nacional y designar a los integrantes del alto mando militar y policial”. Repito: “Ejercer la máxima autoridad de las Fuerzas Armadas“. En un artículo de opinión de Martín Pallares, titulado “Correa pretende ser Jefe del Comando Conjunto”, se lee al inicio: “Rafael Correa pretende que una jueza de lo civil en Guayaquil interprete la Constitución y establezca que él es la máxima autoridad militar, ya no solo política como establece la Constitución, de las FFAA. Correa quiere colocarse por encima incluso del Jefe del Comando Conjunto en todos los temas militares, incluso en aquellos que reglamentariamente atañen únicamente a los militares activos“. Pallares —ya colocado en nuestro imaginario como opositor de Correa— lee la Constitución como quiere y se coloca a favor de la resolución absurda del Consejo de Disciplina Militar, sobre todo porque el presidente interpuso hace unos días una demanda de protección contra esa decisión, que hoy se ha fallado y que borra todo lo actuado por el órgano militar.

Quizás la diferencia esté, para algunos, en que “ejercer” no es lo mismo que “ser”. De acuerdo al diccionario de la Real Academia de la Lengua, el verbo “ejercer” tiene cuatro acepciones; en este caso, dos de ellas calzan a la perfección: “Hacer uso de un derecho, capacidad o virtud” y “Poner en práctica formas de comportamiento atribuidas a una determinada condición”. Si el juego de interpretación legal en esta caso se vuelve en un ejercicio semántico, estamos condenando a Correa y a los presidentes que están por venir a que acepten que finalmente no son autoridad militar. También nos condenamos nosotros, la ciudadanía, que aceptamos que los milicos están por encima del poder civil constituido.

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Imagen tomada de El Universo

Existen otras diferencias conceptuales saltando en varios sitios. En una carta al director de El Comercio, un ciudadano con el nombre Jorge Cevallos, establece una distancia entre la idea del comandante en jefe y máxima autoridad de las fuerzas armadas —”El señor Correa es la máxima autoridad de la institución armada, no es su comandante en jefe como lo ha afirmado en múltiples ocasiones”, dice en el texto—. Además, Cevallos expresa que no debería considerarse gravísimo que “los consejos de disciplina le recuerden (al presidente) que no es un superior militar sino un civil”. Sí, “superior militar” antepuesto a la imagen de un civil. La historia y el mundo contemporáneo no se cansan de demostrarnos cómo terminan esas “distinciones”.

Hernán Pérez Loose, en su artículo de opinión en El Universo, trata de dimensionar cierto aspecto jurídico del giro actual de este tema. Explica el absurdo de que el presidente se asuma como sujeto de derechos, cuando no es la figura a usar: “Resulta asombroso que un jefe de Estado ignore que los titulares de los órganos del poder público no son sujetos de derechos, sino de potestades y deberes. A ese nivel de degradación jurídica hemos sido arrastrados en los últimos años (…)”. En el marco de batalla legal que atraviesa este caso, vale la pena tomar en cuenta esto. Sin embargo, Pérez Loose habla de que ahora, en medio de toda una cultura de oposición que —hay que decirlo— ha sido propiciada desde el mismo presidente, es el turno de conflicto con las fuerzas armadas. Y ahí, entre líneas, está el juego de poder que parece ser el único posible: ahora es el turno de este actor, como antes ha sido el turno de otro, de sufrir por acciones del gobierno.

Pero este actor no es un actor cualquiera. En este caso, tomar partido por este actor en particular es jugar al error. No se trata de estar a favor de Correa, tampoco. Es claro que no hay proceso judicial diáfano posible en este momento. Y no tiene sentido que un mail de respuesta sea tomado por un eternamente susceptible presidente como un insulto. Se trata de entender que hay un hecho más profundo, un concepto constitucional que es importante y que se está dejando de lado por conveniencia.

“Si la oposición insiste en recurrir a las peores armas —las boinas y los fusiles para hacer política— deberá estar preparada para caer a punta de esos mismos rifles. La democracia (sea quien sea que esté en el poder) no merece semejante sacrificio”, escribe Cristina Vera en su artículo.

Y es esta última frase que se está olvidando todo el mundo. Ese olvido voluntario es una prueba más de nuestro fracaso  como sociedad.

El rigor en la opinión periodística y el problema del reflejo

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Captura de pantalla de entrada en portal en 4pelagatos

Por estos días, el portal 4pelagatos se mueve en dos niveles de lectura interesantes, que quizás nos revelan la posición en la que estamos intelectualmente en este país. El primero, el abuso: el gobierno ha decidido irse contra ellos, aduciendo que el uso de imágenes de la cuenta de Flickr de la Presidencia de la República, sin permiso del mismo gobierno, significa violentar los derechos reservados de esas imágenes y eso es absurdo. El segundo: la reacción del portal, necesaria, pero exagerada, que deja de lado lo que el periodismo de opinión debería considerar como básico para su existencia, e intenta sentar las bases conceptuales para una posible demanda de peculado, al establecer una relación directamente proporcional entre la arremetida del gobierno y la idea del robo de imágenes que, bajo cualquier criterio, son públicas; son pagadas con el dinero del Estado, que es dinero de todos.

Debo aclarar algo antes de continuar: nada de lo que sea pagado con el dinero público puede considerarse privado. Punto.

En esta época en la que las grandes empresas quieren defender su “derecho” a la propiedad privada como un mecanismo de poder (solo basta pensar en las farmacéuticas), defender este “derecho” con la idea de callar a detractores es simplemente de desgraciados.

No, corrijo. Eso es de gente deshonesta. Si algo nos va a quedar luego del correísmo, como una resaca larga y difícil de abandonar, va a ser la deshonestidad intelectual a la que hemos estado sometidos en estos casi 10 años. Ecuador es hoy el país en el que si yo tengo una especie de poder (sea cual sea) podré hacer con él lo que me dé la gana, no por un buen argumento o porque la ley me lo permite, sino porque puedo, porque tengo el poder. El Gobierno lo hace con 4pelagatos y la respuesta es casi un reflejo.

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Captura de pantalla de texto de Cristina Vera Mendiu en GkillCity

Cristina Vera Mendiu escribe sobre este tema en el portal GkillCity. Su texto “El verbo se hizo gato” da en el clavo en muchos aspectos. Más allá de invitarlos a leerlo (deben hacerlo), me quedo con algunas ideas que reproduzco a continuación:

“La medida del gobierno sobre sus fotos es absurda al punto de que basta un ejemplo sencillo para demostrarlo: un niño de escuela haciendo su tarea no podría utilizarlas, salvo que reciba una autorización expresa y escrita de la Secom. Ese es el punto del despropósito, pero de nuevo ¿es eso un robo?”

“Ya está clarito que al gobierno del Ecuador es más fácil provocarlo que a un adolescente pendenciero, pero la pregunta es ¿a qué costo? Que está mal, está mal: es una privatización discrecional de bienes públicos en un gobierno que ha tenido la osadía y la contradicción de marcar constitucionalmente a la información como un bien público pero, en Flickr, declararlo privadísimo. No es un robo. Es una cosa más grave: una declaración de incoherencias, una clarísima muestra de una falta de conceptos, un retrato de la acomodaticia naturaleza que el poder prolongado provoca hasta en aquellos que alguna vez se creyeron intelectuales. Pero los periodistas, si quieren ser serios, no pueden caer en eso. No puede ser un juego de dar y recibir de inmediato, de dos barrabravas enfrentados. Se trata de convertir la riña callejera en una discusión de argumentos, no de desabotonarse la camisa para entrar a darnos de golpes, todos”.

Concuerdo con Vera cuando se refiere a la necesidad de tener un espacio como 4pelagatos. Lo leo a diario, de cierta forma disfruto de su lectura. Pero lo encuentro en el medio de la vorágine que ha determinado Rafael Correa: ya no solo el presidente impone agenda periodística, ahora impone “luchas”, medios, posturas editoriales y el periodismo se presta para eso.

4pelagatos está en el terreno de generar opinión pública y, sobre todo, de evidenciar una nueva intelectualidad capaz de contraponerse a la intelectualidad correísta. Lo hace a través del periodismo de opinión como género principal y en muchas ocasiones, para los lectores, la opinión se puede confundir con el “hecho”, y esto exige una gran responsabilidad para quien la escribe. Más allá de esto, estamos en un momento político en que los argumentos contrapuestos, capaces de generar una discusión real, se estrellan con la tercera ley de Newton que nos reduce a acción y reacción. Y hoy en día, cuando la física clásica nos ha quedado corta para explicar cosas mucho más pequeñas, subatómicas, parece que seguimos en la dinámica de sobrerreaccionar como si no tuviéramos más remedio. Estamos en el terreno más básico de la relación entre unos y otros.

El rigor periodístico no solo está en la defensa de una postura desde la opinión. Está en el uso preciso de los hechos, en su interpretación más honesta, en opinar de manera argumentada. La perspectiva que está manejando el portal 4pelagatos parte de algo justo, pero se desdibuja rápidamente. En una época en que la autoridad rompe el orden, la normativa y la lógica de las ideas todo el tiempo, tener un poco de estructura puede ser el gran ejercicio de resistencia posible. El periodismo de opinión vence si no entra en ese juego del poder; así se distancia de ese poder y lo revela como realmente es: pequeño. Por eso, el gobierno no se roba las fotos, el gobierno hace lo que le da la gana con lo que maneja por el hecho de estar en el poder. Eso es deshonesto.

4pelagatos es un espacio creado por tres de los mejores profesionales de periodismo que hemos tenido en el país, que disfruto leer y que considero maestros del oficio, en géneros como crónica, entrevista y opinión. Ese portal se fortalecería si deja de lado la exageración, porque la justicia no se gana jugando el mismo juego del verdugo. Se gana haciendo mejor lo que uno sabe hacer, y José Hernández, Martín Pallares y Roberto Aguilar saben hacer periodismo de gran manera. Ese es el terreno en el que van a ganar siempre.

Otra vez, Idrovo

Opinión, Reflexiones sobre música, Reflexiones sobre política

Supongo que no se puede decir mucho. A veces la imagen pública del artista o lo que hace en la vía pública no es más que un ejercicio de destrucción de su propia obra. Así pasa y así es. Hugo Idrovo es nuestra prueba más cercana. Ayer, como respuesta a una carta/artículo de Roberto Aguilar (publicado en 4pelagatos), Idrovo se sintió en la obligación de responder algo que, quizás, no necesitaba respuesta.

Pese a lo duro que puede ser Aguilar en su texto (en su mayoría, de una lucidez a prueba de cualquier réplica), hay cosas deben tomarse como lo que son: lecturas, opiniones y reacciones a lo que yo, públicamente, he dicho. La consecuencia que no soporta Idrovo al hacer pública su filiación, al poner su obra como escudo, es esta.

Hay algo lamentable, de lado y lado, pues por cada texto de un Aguilar (con la altura intelectual necesaria para una discusión colectiva), vamos a tener 10 mil comentarios penosos como los que podemos encontrar en ese post y en otro, en el que se incluye la lamentable respuesta de Idrovo. Así como hay decenas y decenas de opiniones en redes sociales y en la web sobre lo que hizo el autor de “Venenoso batracio”, el mismo cantante no es capaz de contenerse. Esa es la medida del ecuatoriano de ahora.

Aquí, bajo su propio riesgo, lean la carta de Aguilar y la respuesta de alguien que para salir de la arena movediza decide moverse y moverse, para hundirse más. Me da pena ser testigo de algo así.

El artista sobrevive sus filiaciones (sobre la bronca con Hugo Idrovo)

artículos, Opinión

Es deporte humano dejar de lado la posibilidad de discutir algo interesante. Mejor es pelear, armar una bronca absurda y mandar a la mierda a Hugo Idrovo por lo que dijo el sábado 16 de enero, en la celebración que hizo el régimen de Rafael Correa por sus nueve años en el poder. Sí, se trata de putearlo por su sueldo, por ser un empleado del Estado, por decir algo que no gusta, por expresarse de la manera que se expresó.

En una entrevista a diario El Comercio, Idrovo desarrolla la idea: “Yo lo dije: Yo soy borrego y no lo niego, no lo canté. Soy un artista con un pensamiento político. Desde el 2006 tomé una decisión: unirme a una transformación republicana, liderada por Rafael Correa (…) Cuando entró en campaña y escuché su pensamiento político, fue la primera y la única vez en mi vida en que mi arte se juntó a un pensamiento político y aquello se ha reafirmado a pesar de la infamia, la mediocridad alrededor, la descontextualización a través de redes sociales”.

Hugo Idrovo tiene todo el derecho a tener las filiaciones políticas que quiera, de expresarlas, de trabajar acorde a ellas, de gritarlas, bailarlas, revolcarse con ellas, decírselas al mundo. Tiene el derecho.

Sin embargo, ¿dónde realmente deberían estar las filiaciones del artista?

Aquí es donde entramos en problemas y quizás donde deberíamos centrarnos. Porque si el artista, por definición (soy un romántico empedernido), busca subvertir, darle la vuelta a la realidad y mirar de otra manera, debe usar como herramienta de observación a la desconfianza, incluso cuando se enfrenta a aquello que parece ser confiable y cercano a sus pasiones. Es en las rupturas en las que encontramos arte, no en el elogio al status. Y la ruptura mayor está en ni siquiera fiarse de las ideas, criterios, visiones de la realidad y esperanzas personales. “Cuando el mundo tira para abajo es mejor no estar atado a nada”, cantó Charly García hace años, con mucha razón: no es que el artista no está en el aquí y ahora, no es que niega la comunidad. Simplemente sabe que en la alteración de esa realidad, en ese cuestionamiento constante, existe la posibilidad de conseguir algo que golpee al espíritu del colectivo.

Idrovo lo ha conseguido en muchas ocasiones en el pasado. Quizás la realidad de entonces le permitía ese choque y rechazo distancia para crear universos propios, desarrollar una estética que significó mucho para muchos.

Pero, ¿qué pasa cuando esa realidad se alinea con nuestros universos propios? ¿El que hace arte deja de hacerlo?

No sé, se me ocurre que para partir de algo debo decir que para mí el determinismo es una tontería. Y lo que pasó ese sábado solo puede entenderse como eso: la unidad lógica que Idrovo asume como real entre lo que profesa, lo que ha visto, y lo que siente como discurso, todo como resultado de la presencia de Correa en la vida de Ecuador. Cuando el artista entra en ese terreno hay algo que se rompe, que debería romperse. No existe posibilidad alguna de congeniar un deseo de intervención artística para transformar la existencia cuando esta ha llegado al punto que has buscado siempre.

¿Eso significa que el arte es sufrimiento? No, el arte es la lidia del mundo exterior con el mundo interior, ese tira y afloja que produce un “objeto” que va a contener una mirada, criterio, una forma de conexión. El arte es un puente y en ese caso un artista siempre podrá encontrar los puntos con los que quiere establecer el contacto. No siempre pasa por lo político.

En la misma entrevista en El Comercio, Idrovo hace una clara alusión a su obra y a su posición política como algo que no es nuevo: “Si la gente aplaudió Gringa Loca es porque dice ‘las leyes de tu país, gringa, humillan a los pobres, mi vida fue desdichada desde que entré a tu embajada’. En Venenoso Batracio, la gente disfrutaba de la parte que decía: ‘Con esa cara igualita a la de Elsa’ y sabes a qué familia me refiero… Soy un trovador”. Hay que tener una piedra en la cabeza para negar la carrera de Idrovo y el carácter de sus composiciones.

Es esa conciencia política la que se puede convertir en un problema, sobre todo, cuando se enfrenta a la realidad. Porque la realidad es más que un discurso, o la atomización política que podamos hacer alrededor de esa realidad que asumimos como evidente. Todo acto público de aceptación de un proyecto político involucra la aceptación de sus aciertos, pero sobre todo de sus desaciertos. Y estos últimos son los que pesan.

El 21 de septiembre de 1976, Jorge Luis Borges está en Santiago de Chile, y recibe, de la mano de Augusto Pinochet, un doctorado Honoris Causa de la Universidad de Chile. Ese mismo día, en Washington, asesinan a Orlando Letelier. Durante la velada y como señal de agradecimiento, Borges pronuncia las siguientes palabras: “En esta época de anarquía sé que hay aquí, entre la cordillera y el mar, una patria fuerte. Lugones predicó la patria fuerte cuando habló de la hora de la espada. Yo declaro preferir la espada, la clara espada, a la furtiva dinamita (…). Y aquí tenemos: Chile, esa región, esa patria, que es a la vez una larga patria y una honrosa espada”. Aplausos. Luego se reuniría con Pinochet y lo describiría como una excelente persona. Se dice que por esto perdió el Nobel de Literatura, entre otras razones.

Años después, ante la gran cantidad de víctimas de la violencia gestada por los milicos, Borges se arrepentiría de sus palabras.

La lista de artistas y sus acciones, posturas, declaraciones y construcciones políticas es eterna. Van de un Elia Kazan delatanado a compañeros del Partido Comunista ante el Comité de Actividades Antinorteamericanas, a un Noel Gallagher dándole un espaldazaro a Tony Blair, cuando los nuevos laboristas empezaban su época dirigiendo Reino Unido; pasando por un Johnny Ramone, quien en su contradictoria naturaleza de punk y republicano, decidió pedirle a Dios que bendiga a George W. Bush cuando The Ramones fueron ingresados al Rock and Roll Hall of Fame; hasta Gloria y Emilio Estefan, que aparecen como fervientes anticastristas. No existe nadie más conservador en el mundo que Gene Simmons y de cuando en cuando encontramos en los medios sus tristes frases para evidenciarlo: “Un dictador benevolente es la manera más eficaz para dirigir un país”. Dave Mustaine ha llegado a decir, en concierto, que Barack Obama ha orquestado varias de las masacres masivas en centros educativos de Estados Unidos para encontrar apoyo en su “nefasto” plan para prohibir armas.

No se puede pensar en Neil Peart sin hablar de la obra y el pensamiento de Ayn Rand. El baterista y letrista de Rush la usó como referencia básica para el disco 2112; aunque en los últimos años se sienta un tanto lejano a esa perspectiva (Peart ha dicho que se considera un libertario de corazón sangrante). Él ha sido capaz de llamar a George W. Bush “un instrumento del mal”, y de asegurar que para alguien con su sensibilidad solo queda votar por el partido demócrata.

The Beach Boys son un ejercicio de contradicción entre arte y política, entre las perspectivas de Brian Wilson y Mike Love. Una banda esquizofrénica que representa la corrección norteamericana (que empezó como diversión pura, surf, chicas en bikinis y pelo largo), que ha apoyado hasta el cansancio a distintos candidatos y presidentes republicados (Romney y Reagan, respectivamente), y que al mismo tiempo, con la presencia del genio Wilson, ha sido capaz de cambiar, romper, dar la vuelta y reformular la música popular. Las dos visiones no pueden congeniar, pero existen.

Pudiera seguir. Idrovo no está solo. La lista de músicos locales que en casi una década han apostado por hacer público algún tipo de relación con el régimen es extensa. Solo hay que hacer una pequeña búsqueda en Google para encontrar que en varios enlaces ciudadanos han pasado diversos cantantes, que han llegado a dar declaraciones como: “Lo que admiro en lo personal del Presidente es el esfuerzo físico, lo que significa llevar la sabatina a cada sector de la patria para que todos los ecuatorianos estén permanentemente informados y que sientan que no se trata de un gobierno centralista sino que se trata de un proyecto país que involucra a todos los sectores, principalmente a los que fueron relegados por décadas”. Fausto Miño dixit.

Otros han aparecido en incontables notas de espacios de comunicación gubernamentales, afirmando las maravillas de algunas leyes de esta etapa, como la Ley de Comunicación, enfocados en el apartado del “1 x 1”.

Pero Idrovo se apropia del proyecto político con lo que pasó ese 16 de enero. Quizás nadie lo ha hecho así por acá. Hay algo valiente, desde luego; también torpe, pero no por lo que muchos creen y siguen afirmando. Incluso este domingo, en el portal “4pelagatos“, aparece un meme de CrudoEcuador en el que se sigue dando vueltas a la ridícula idea de que Idrovo dijo eso por ser un empleado del Estado, y ganar más de cuatro mil dólares al mes. Como si ese fuese un dilema real, como si Idrovo no tuviera derecho a trabajar y a recibir un sueldo en función de su cargo, como si trabajar para el Estado involucrara un problema ético, como si conocieran a Idrovo y asumieran que alguien, que él, es capaz de decir lo que dijo solo porque le pagan. A veces me aterra la facilidad que tenemos en este país para asumir que la corrupción, la poca ética, sea la medida de todo.

Imagen tomada de http://4pelagatos.com

Imagen tomada de http://4pelagatos.com

Un artista, de los de verdad, va a sobrevivir a la evidencia pública de sus pasiones políticas, acciones, desvaríos, destrucciones. Uno mediocre, nulo, ridículo, no.  La obra no se mancha; o si se mancha no lo hace en la dimensión que creemos. Un artista puede ser la peor persona del mundo o el autor de una de las peores acciones que hayamos conocido o auspiciante de crímenes y eso no debería significar que el arte se reduce (¿podemos ver en Albert Speer a un nazi más o a uno de los más grandes arquitectos que sucede que era nazi?). Quizás con una reflexión más precisa, el arte se dimensiona y hasta se podría indagar sobre su carácter cuestionador.

Idrovo dijo algo que le va a pesar y no por lo que la ilusión de opinión pública que hay en redes sociales asume como un acto para denostar, sino porque al decir que ahora, con el gobierno de Rafael Correa, su arte y su pensamiento político se han unido, ha determinado mucho. Ha levantado la mano, ha dicho algo que pone en riesgo su obra, porque al afirmar lo que afirmó volvió a su cancionero (que para mí es gigante) en un escudo que podrá romperse o no cuando ya no estemos en esta etapa, o que se resquebrajará mientras sigamos descubriendo las cosas que este poder, que este gobierno, hace, para bien y para mal. Como lo hacen todos los gobiernos.

Todo poder buscará siempre jodernos, tomarnos por tontos y despellejarnos para sobrevivir. El arte sabe esto. Idrovo lo ha ignorado, y ahí está el problema.