Los hungry freaks contemporáneos (una revisión a “Monolith of Phobos”, de The Claypool Lennon Delirium)

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Fobos es una de las dos lunas de Marte. De acuerdo a imágenes captadas por satélites, hay un monolito en su superficie. La explicación científica es que  apareció de forma natural, pero para los fanáticos de la ciencia-ficción esta es solo una justificación que esconde la realidad: el monolito fue creado por alguna fuerza desconocida. Y hay un video de una entrevista a Buzz Aldrin —si no sabes quién es Buzz Aldrin, ve al planetario— en el que él, con cierta emoción, habla sobre esta figura, como una invitación contundente a revisar los grandes secretos del universo. Es ese video que insistentemente veían Les Claypool y Sean Lennon, en Rancho Relaxo, la propiedad de Claypool en Sonoma County, California, donde los dos músicos se unieron a hacer lo que mejor que hacen: música.

Esa figura de piedra, que se ve a años luz de distancia, fue determinante para este par. The Claypool Lennon Delirium es un proyecto en el que estos multinstrumentistas crearon un álbum que salomónicamente llamaron “Monolith of Phobos”: algo que está ahí, extraño, creado por quién sabe quién. Y esa extrañeza y juego son la base de un disco que de entrada parece estar más cerca de la estética de Claypool que a lo que el hijo de John y Yoko ha generado en el pasado. Pero el engaño cae con rapidez; en realidad hay tanto de los dos músicos en este trabajo, que no hay manera de atribuírselo a uno de sus creadores por separado.

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“Monolith…” es un disco compacto, lleno de canciones que van desde el rock progresivo hasta el space rock psicodélico del Pink Floyd de Syd Barrett (no en vano, en las presentaciones en vivo del disco, el grupo interpreta “Astronomy Dominé”), pasando por una sencillez y dulzura que son el aporte principal de Lennon al proyecto. “Él añade elementos de belleza a este casco lleno de percebes que es mi mundo”, dijo en una entrevista a la Rolling Stone el bajista de Primus sobre su compañero de proyecto. Mientras Claypool tiene predominancia sonora —su bajo, como debe ser, suena a disparo de mortero—, es en la conjunción de ambas sensibilidades que se produce un efecto que fulmina: el Claypool Lennon Delirium tiene un encanto extraordinario, con un toque siniestro que captura la atención al oyente.

En el aspecto sonoro, “Monolith of Phobos” es un ejercicio minimalista. La instrumentación es reducida: bajo, batería, guitarras, teclados y voces. Todo tocado por los dos. Y al ser sonidos fácilmente identificables, no hay peligro de que las canciones se vuelvan una masa. Si bien el objetivo es claro, al plagarlo de delays y reverberaciones, lo de Claypool y Lennon es un conjunto de temas con varias partes, compaginados y ofrecidos como algo de otro mundo. Es la sencillez transformada en sonidos que provienen de una cueva abandonada, en algún asteroide. Y como una manifestación más de esa mixtura de distintos universos, los sonidos de Lennon predominan en el speaker izquierdo, mientras que los de Claypool en el derecho. Tiemblo solo de pensar en la experiencia que tendría el pobre infeliz a quien se le dañe uno de los dos audífonos.

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Hay una necesidad por volver al sonido del pasado, de mediados de los sesenta. Es una urgencia para estos dos freaks que, entre grabaciones, se dedicaban a pescar, a recolectar hongos y a beber pinot noir —del viñedo que tiene Claypool en sus terrenos—. Pero no hay una seriedad en esto, no lo hacen para decir algo, dar una declaración o proponer una estética particular. Lo hacen porque la pasan bien. Incluso, en los momentos más siniestros del álbum, como la pesadillesca y beatlera “Bubbles burst” —en la que Lennon se muestra como el gran pedazo de guitarrista que es—, el horror y la fascinación hacia Bubbles, el chimpacé de Michael Jackson, se convierten en vehículo lúdico de locura y extrañeza. Esta es la gran metáfora que este disco propone sobre el mundo en el que nació:

Feasting on candy
And dressed like a dandy
Bubbles was treated
Like no other chimpanzee
Transported to a planet made of toys, bananas, and games
Childhoods end
And Bubbles burst

Festejando con dulces
y vestido como un dandy
Bubbles fue tratado
como ningún otro chimpancé
Transportado a un mundo hecho de juguetes, bananas y juegos
Las infancias terminan
y Bubbles (“burbuja” en español) estalla

Con un Claypool que puede tocar 800 mil notas por segundo en el bajo, sin perder en ningún momento el compás, y con un Lennon capaz de estar a la altura, sin dejarse opacar —y quizás asumiendo su fanatismo y su rol como el segundo a bordo—, el “Monolith of Phobos” es un álbum que vale la pena escucharlo de corrido y varias veces. 

Canción a tomar en cuenta: “Boomerang Baby”, con Sean Lennon convertido en un Jimi Hendrix macabro.

Los Pixies: la aventura de los “extended plays”

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Cuando Kim Deal se fue de los Pixies, parecía que el mundo se volvía más pequeño. No hay que culparla. Quizás era evidente que con los Pixies, Kim vivía su cárcel, esa relación “amor – odio” que se transformó en una banda de culto que se acabó y regresó. Había cierta animosidad y si bien ella no debía probarle nada a nadie (con The Breeders – su banda con su hermana Kelley – ya había dejado todo claro con dos discazos: “Pod” y “Last Splash”), estaba ahí. Volvió con ellos, hacía esa música que fue la avanzada al grunge, y seguía con lo suyo. Por eso, cuando la banda decidió reunirse a grabar nuevo material (canciones solo de Black Francis) ella accedió, escuchó los demos, hizo líneas de bajo y viajó con ellos a Gales, para juntarse con Gil Norton (el productor de los grandes discos “Doolitle”, “Bossanova” y de ese que nunca termina de gustar, “Trompe Le Monde”), en el Rockfield Studios, para hacer lo nuevo de Pixies.

Eso “nuevo” que llegó casi 10 años después de las giras de reunión que empezaron en 2004.

Llegó. Fue al estudio. Se sonrió con todos y empezó a grabar. Hizo hasta el quinto tema y todo cambió de golpe. Una noche, los cuatro (ella, Francis, Joey Santiago y David Lovering) salieron juntos. Algo que quizás nunca habían hecho y se fueron a un restaurante de comida india: comieron y bebieron y se divirtieron. Eran una banda que se sentía fuerte. Era septiembre de 2012. Se fueron a dormir cada uno a su habitación y al día siguiente, antes de la sesión de grabación pautada, ella se encontró con Francis y Santiago en un café cerca del estudio: “Me regreso”. Y se fue. A días de iniciar las sesiones, Pixies se quedaba sin bajista. No dijeron nada a nadie (solo le avisaron a David, al manager y al productor). “Vamos al pub”, dijeron. Bebieron para lamentarse, Pixies sin Kim Deal es una banda coja.

Richard Jones, manager de la banda, fue quien mejor lo aclaró (para Exclaim.Ca): “Se hartó. Ella no quería hacer todas las cosas que se deben hacer cuando se lanza nueva música. como viajar e irse de gira. Ella decidió que necesitaba seguir adelante”.

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Imagen de Adela Loconte, para cmj.com

¿Y esa cojera continúa? Si bien Deal seguirá siendo una pieza fundamental en el imaginario alrededor de la banda de Boston, lo que pasa este 2014 con Paz Lechantin en el bajo, violín y voces (antes estuvo Kim Shattnuck, de The Muffs, pero no les terminó de convencer), es providencial. Lenchantin, que antes fue bajista de “A perfect circle” y de “Zwan” (además de esa gran banda que es The Entrance Band) es un plus poderoso, por lo que esta nueva vida de Pixies es capaz de ofrecer nuevas lecturas de su pasado y un presente interesante. Yo diría que casi a la altura de su leyenda. Y sus recientes lanzamientos lo muestran.

Si bien Paz Lenchatin no grabó con ellos el material lanzado (una deuda que debería ser resuelta en el futuro), el “Ep-1” (que apareció en septiembre de 2013) es un trabajo que nos muestra a los Pixies reconstruyendo un sonido con una de las piezas faltantes (“What goes boom”, por ejemplo, nos muestra a una especie de Kim Deal “sound alike” en coros) y al mismo tiempo saltando más allá. Si bien son los mismos Santiago y Lovering en los temas, las estructuras son otras, el juego de dinámicas por el que la banda se hizo famosa (duro, suave, duro) ya no es necesaria en los estándares de ahora y, además, Black Francis ha cambiado como compositor.”Indie Cindy” nos acerca lo más posible a la banda de fines de los 80’s, pero desde la negación de la nostalgia. Francis pide que por favor se enamoren de él de nuevo, de esa música que antes era extraña e influenció a tantos. “Indie Cindy / Be in love with me / I beg for you to carry me”. No es ‘míranos como antes’, es ‘llévame hacia adelante’. Es fácil que muchos confunda las posibilidades reales de un “regreso” con el acto de negocio. Para Pixies ha sido claro que sus nuevas canciones son consecuencia de una reconstrucción de amistad y vasos comunicantes que ha permitido este nuevo material creciera y de esta manera. 

El negocio ya está salvado con las giras de regreso (David Lovering, el baterista, estaba casi en la bancarrota en el momento que se juntaron, dedicado a la magia y a vivir en casas de amigos y familiares).

Con “Andro Queen”, Francis recupera cierto espíritu del “Trompe le Monde” (el último disco de larga duración de la banda hasta la fecha), pero con una estética espacial que suena más a este espacio que vivimos hoy, con misiones espaciales a Marte, y no a esa ciencia-ficción que se resbaló en las líricas de ese último álbum. Y vaya que se lo toman en serio aquí. Desde la propuesta musical recargada en eco en la voz, hasta la misma historia que nos da la canción: un humano que es capaz de sacrificar su cuerpo por un beso a este ser “andrógino o androide”. ¿La cereza del pastel? La estrofa en esperanto.

“Another toe in the ocean” es un rock “en tu cara” que quizás nos ofrece más pistas sobre los elementos recurrentes en la lírica de Francis, pero alejándose de la impronta de su banda. Es quizás el tema que más se distancia de la línea temporal que han establecido los fans de lo que debe ser el sonido del grupo, pero eso no significa que sea un tema menor.

En el “Ep-2”, lanzado en enero de este año, va por la misma línea en la que el juego es mirar atrás, pero sin mucha importancia. “Blue Eyed Hexe” es la canción con la que Pixies quiere ser AC/DC. Puunto. Y esa sensación que te provoca la canción es suficiente para que hagas headbanging. Quizás Joey Santiago, quien siempre fue un guitarrista de recursos precisos y el responsable real del sonido Pixies, ha desarrollado otra forma de aproximación al instrumento, a tal punto que en este tema parece travestirse en otro y juega a meterse en otros zapatos. Ya no es la dureza extraña de antes, aquí (y hasta me atrevería a decir que por la ausencia del lado femenino durante la grabación), lo que tenemos es una extrañeza repleta de testosterona. Es sin duda un guiño y un gesto de gracia que no nos puede dejar impávidos.

“Green and blues” (ese intento de Francis por tener un tema que compita en los cierres con “Gigantic”, que ya no cantan ahora porque no está Deal), es quizás una de las mejores canciones que la banda pudo haber grabado y que nos escupe en la cara el conocimiento certero que ellos tienen para decirnos: podemos hacer canciones de Pixies porque, a pesar de todo, somos Pixies. La suavidad en la voz de Francis no es la misma, desde luego, pero consigue ser perfecta para estos nuevos instantes. “Magdalena” nos dice que no estamos con el grupo que hizo “Surfer rosa”, pero luego de varias reproducciones empieza a adquirir sentido.

“Snakes” cierra el último EP. también pateando el tablero de la nostalgia (sí debo confesar que mucho de estos trabajos se acercan a lo que Francis ha hecho con su carrera solista o con Frank Black and the Catholics). La energía está, como esa conciencia innata que eleva el ánimo de quienes escuchan esto. “Snakes” cierra el trabajo y es imposible no pensarla como un estándar en los shows en vivo. Es más, está construida para eso, incluso con ese final oportuno que lo deja nadando en el misterio. ¿De quién es esa guitarra al final? Debe ser de Francis, sin duda. Y funciona perfectamente.

Escuchar las canciones más nuevas de Pixies y jugar a comparar su pasado con esta nueva posibilidad es un juego en el que el fan va a salir perdiendo. No se trata de negar el pasado, desde luego, se trata de entender que ya no son los jovencitos de antes, que ya no tienen a Kim Deal, y que están haciendo lo suyo, que no deja de ser una continuidad en tiempo y espacio, una nueva experiencia. Pixies y sus extended plays son un regalo para quien quiere escuchar música que emocione. Y en eso no han cambiado, para nada. Especialmente con Paz Lenchantin en el grupo: ella carga la misma pasión de Kim Deal por hacer música, así que la banda se anotó un puntazo con ella como reemplazo.

Peter Buck: hay vida (y mejor) luego de R.E.M

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Toca la guitarra y canta. Parece que cantara con esas gafas que casi nunca se saca (y que ahora ya se saca). Parece que lo que suena es realmente lo que sus ojeras dejan que pase por su garganta. Peter Buck, el eterno gigante guitarrista de R.E.M. publicó el año pasado su disco solista que, de una sola sentada, te hace pensar seriamente en que su antigua banda ya no tenía nada que ofrecer , se había hecho humo y quizás debió acabarse cuando Bill Berry se fue, hace casi 20 años.  Después del final solo quedaban él, sus canciones, sus letras, sus intereses, lo menos prolijo posible, lo más cercano al blues de bares infectos y al rock and roll más vil. Peter Buck ha sido un hijo de Tom Waits y Chuck Berry, criado en un garaje, conectado a un amplificador.

Y un hijo que los ha escuchado mucho, tanto como para salirse de cualquiera de los patrones que haya descubierto y poder abrirse su propio camino.

“Peter Buck” se llama el disco producido por él mismo y en el que compuso los 14 temas y tocó la six-string. Buck sabe lo que hace y por eso no se enfrentó solo al proceso. Canta, no en todas las canciones. Su eterno copiloto, Scott McCaughey, lo ayuda en las voces y en guitarras. La tarea es acompañada por Mike Mills (bajista de R.E.M), y Corin Tucker (de Sleater-Kinney), y Jenny Conlee, quien hace la voz principal en “Some kind of velvet Sunday morning”, y el guiño cae por su propio peso. Peter Buck canta, hace ahora lo que no hizo en los casi 30 años que tuvo una banda famosa con la que conoció lo bueno y lo malo. Y aprendió. “Peter Buck” es un disco tan perfecto (pese a que a nivel de producción lo único que sucede es colocar un micrófono ante el instrumento o el amplificador y grabar) que puede, sin problemas, ponerse por encima de cualquiera de las cosas que R.E.M hizo en los últimos 10 años.

Eso es lo que sorprende. ¿Por qué Buck se tomó tanto tiempo en lanzar un disco tan poderoso y se dejó llevar por los otros proyectos que tenía? La idea del abandono es interesante, así como la idea de abandonar esa necesidad de permanecer al margen. Ya sea con los The Minus 5, The Venus 3 o Tired Pony, Buck ha preferido ese espacio en el que él era un nombre más, alguien que podía estar oculto, porque prefería hacerlo. Ahora salta al ruedo por su cuenta y quizás con cierto llamado de confidencia de sus amigos, comenzó a darle su voz a “10 million BC”, a “I’m Alright” y a “I’m Alive” y así pudo seguir un camino. Escucharlo en vivo, con menos control del sonido, no es la mejor de las experiencias, desde luego. Pero hay algo mágico en cómo se puede conjugar ese cabello blanco de todos los años de música con el nerviosismo del micrófono que antes no se tocó.

Peter Buck es el tío al que le gusta el rock, el tío al que le perdonas todo.

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Y este es un disco mínimo, con canciones estructuradas bajo el formato obvio que solo busca darte un riff o unos acordes y dos o tres cambios claros en el medio. No es un tema de sorpresa en ese rubro. Buck sabe que hacer algo como lo de David Lynch (ese sí que no canta nada) no era su camino cuando se trataba de demostrar que hay mejor vida después de R.E.M. Y por eso, sin pensarlo mucho, percibimos que las piezas calzan y esa suerte de precisión se puede agradecer como oyentes. No hay nada predecible en los caminos de Buck, es cierto, y por eso es que ese paréntesis en este trabajo es lo que permite apreciar mejor el riesgo latente. Porque está. Peter Buck es una máquina de referencias musicales (se dice que él tiene  una de las colecciones de vinilos y cd’s más grandes del mundo de la música y ya alguna vez dijo que sus amigos lo llaman a toda hora a preguntarle sobre grupos oscuros o canciones que nadie sabe y que solo él conoce) y aprovecha todo lo que sabe. ¡Hasta canta en español!

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En “Travel without arriving”, Buck lanza todas las caricias a George Harrison y se acerca lo que más puede a su antigua banda. En “10 million BC” repite hasta el cansancio las mismas líneas sobre el rock and roll y el tipo que le dice a la chica “ven conmigo”, con la particularidad de que la invitación involucra un viaje en el tiempo. Termina “It’s Alright” con gritos de fuck hasta que ya no da más y con una confesión que te deja un trazo de carcajadas: “Te digo una cosa, si esto no es música, entonces nada lo es”. Sí, lo de Buck es música. “Nothing means nothing” se convierte en una suerte de manifiesto acerca de la decepción del crecimiento y de como el nihilismo puro funciona como respuesta posible. “Some kind of velvet Sunday morning” es la canción de amor folk por excelencia en la que los tonos de voz de varios cantantes se juntan y crean una especie de idea de totalidad en la que el tributo se queda en la cabeza.

 Como todo el disco.

 Como la nostalgia.

Como un disco hecho por alguien que en lugar de quedarse en la nostalgia, se nutre de ella

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