Correa vs milicos: nuestro fracaso

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Imagen tomada de Infobae

La jueza Vanessa Wolf  acaba de darle la razón al presidente Rafael Correa en un tema que lo pone en confrontación directa con los militares. Y la decisión legal que ella tomó hoy se convierte en un elemento más para considerar, en una pugna que viene de mucho antes y que ha tenido su punto de tensión más importante en estas semanas gracias a una decisión de un Consejo de Disciplina Militar que, a breves rasgos, ha definido que un presidente no es competente para pedir una sanción a un oficial por no ser él mismo un miembro activo de las fuerzas armadas.

Y hay muy pocas voces que han cuestionado esta parte de la sentencia de este Consejo. Pocas.

En esta esquizofrénica realidad nacional solo importa estar a favor o en contra de Correa. No hay puntos medios. Y en ese ejercicio de extremos, los conceptos se pueden estirar, hasta que se difumine la lógica y se pierda el tiempo en golpes de efecto o en el nuevo hecho de coyuntura por el cual se puede atacar o defender al presidente.

La resolución del Consejo de Disciplina Militar, en el caso de la denuncia presentada por el Ministro de Defensa en contra del capitán de la marina Edwin Ortega —por haberle respondido un mail a Correa en términos que la autoridad política ha considerado “un insulto”… posición presidencial criticable que revela una constante en el ejercicio de poder en estos casi 10 años— deja en claro que hay algo extraño pasando por la cabeza de los milicos, pues es una locura considerar que un presidente —al no ser “militar activo”— no es competente para pedir una sanción a un oficial de las fuerzas armadas.

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Capitán Edwin Ortega. Imagem tomada de El Universo

Y muy poca gente lo está viendo así. Muy poca gente. Como se trata de echar a Correa, hay que recurrir a lo que sea.

Cristina Vera, en un texto en GkillCity, es una de las personas que trata de verlo de otra forma: “Tomar el lado de las Fuerzas Armadas en la pugna de poder que mantienen con el correísmo es recurrir a las peores armas que hay en una democracia (…) ciertos opositores han preferido plantear la disputa entre Correa y sus subalternos castrenses como una pelea entre iguales, cuando no lo es. En primer lugar, las Fuerzas Armadas tienen un rol de excepción en el país porque, de acuerdo a una convención social plasmada en la Constitución, les hemos entregado voluntariamente armas que al resto de ecuatorianos les está proscrito poseer. La contraprestación a ese privilegio tiene dos premisas claras: estás bajo nuestra autoridad y no las uses en contra nuestra, solo contra potenciales enemigos (por eso es tan peligroso que los militares patrullen las calles). En esa primera parte del acuerdo no creen nuestros militares. Ellos se creen una sociedad paralela a la ecuatoriana: más gloriosa, más honorable y disciplinada que la sociedad civil“.

Al parecer no existe capacidad de ver las cosas en su real dimensión. Eso es lamentable; si bien es cierto que esta cuerda tensa entre Correa y los militares existe por un mal manejo de relaciones y por un ejercicio de imposición más allá del diálogo —que tiene como punto de quiebre reciente el deseo de acabar con ciertas ventajas de la seguridad social alrededor de las cesantías y jubilaciones que reciben los militares al retirarse que, justo o no, es completamente extemporáneo—, tomar partido por los militares hace que todo roce la ridiculez.

La Constitución, en su artículo 147 —que habla de las atribuciones y deberes del presidente—numeral 16, es muy clara. Entre las facultades que tiene el mandatario está: “Ejercer la máxima autoridad de las Fuerzas Armadas y de la Policía Nacional y designar a los integrantes del alto mando militar y policial”. Repito: “Ejercer la máxima autoridad de las Fuerzas Armadas“. En un artículo de opinión de Martín Pallares, titulado “Correa pretende ser Jefe del Comando Conjunto”, se lee al inicio: “Rafael Correa pretende que una jueza de lo civil en Guayaquil interprete la Constitución y establezca que él es la máxima autoridad militar, ya no solo política como establece la Constitución, de las FFAA. Correa quiere colocarse por encima incluso del Jefe del Comando Conjunto en todos los temas militares, incluso en aquellos que reglamentariamente atañen únicamente a los militares activos“. Pallares —ya colocado en nuestro imaginario como opositor de Correa— lee la Constitución como quiere y se coloca a favor de la resolución absurda del Consejo de Disciplina Militar, sobre todo porque el presidente interpuso hace unos días una demanda de protección contra esa decisión, que hoy se ha fallado y que borra todo lo actuado por el órgano militar.

Quizás la diferencia esté, para algunos, en que “ejercer” no es lo mismo que “ser”. De acuerdo al diccionario de la Real Academia de la Lengua, el verbo “ejercer” tiene cuatro acepciones; en este caso, dos de ellas calzan a la perfección: “Hacer uso de un derecho, capacidad o virtud” y “Poner en práctica formas de comportamiento atribuidas a una determinada condición”. Si el juego de interpretación legal en esta caso se vuelve en un ejercicio semántico, estamos condenando a Correa y a los presidentes que están por venir a que acepten que finalmente no son autoridad militar. También nos condenamos nosotros, la ciudadanía, que aceptamos que los milicos están por encima del poder civil constituido.

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Imagen tomada de El Universo

Existen otras diferencias conceptuales saltando en varios sitios. En una carta al director de El Comercio, un ciudadano con el nombre Jorge Cevallos, establece una distancia entre la idea del comandante en jefe y máxima autoridad de las fuerzas armadas —”El señor Correa es la máxima autoridad de la institución armada, no es su comandante en jefe como lo ha afirmado en múltiples ocasiones”, dice en el texto—. Además, Cevallos expresa que no debería considerarse gravísimo que “los consejos de disciplina le recuerden (al presidente) que no es un superior militar sino un civil”. Sí, “superior militar” antepuesto a la imagen de un civil. La historia y el mundo contemporáneo no se cansan de demostrarnos cómo terminan esas “distinciones”.

Hernán Pérez Loose, en su artículo de opinión en El Universo, trata de dimensionar cierto aspecto jurídico del giro actual de este tema. Explica el absurdo de que el presidente se asuma como sujeto de derechos, cuando no es la figura a usar: “Resulta asombroso que un jefe de Estado ignore que los titulares de los órganos del poder público no son sujetos de derechos, sino de potestades y deberes. A ese nivel de degradación jurídica hemos sido arrastrados en los últimos años (…)”. En el marco de batalla legal que atraviesa este caso, vale la pena tomar en cuenta esto. Sin embargo, Pérez Loose habla de que ahora, en medio de toda una cultura de oposición que —hay que decirlo— ha sido propiciada desde el mismo presidente, es el turno de conflicto con las fuerzas armadas. Y ahí, entre líneas, está el juego de poder que parece ser el único posible: ahora es el turno de este actor, como antes ha sido el turno de otro, de sufrir por acciones del gobierno.

Pero este actor no es un actor cualquiera. En este caso, tomar partido por este actor en particular es jugar al error. No se trata de estar a favor de Correa, tampoco. Es claro que no hay proceso judicial diáfano posible en este momento. Y no tiene sentido que un mail de respuesta sea tomado por un eternamente susceptible presidente como un insulto. Se trata de entender que hay un hecho más profundo, un concepto constitucional que es importante y que se está dejando de lado por conveniencia.

“Si la oposición insiste en recurrir a las peores armas —las boinas y los fusiles para hacer política— deberá estar preparada para caer a punta de esos mismos rifles. La democracia (sea quien sea que esté en el poder) no merece semejante sacrificio”, escribe Cristina Vera en su artículo.

Y es esta última frase que se está olvidando todo el mundo. Ese olvido voluntario es una prueba más de nuestro fracaso  como sociedad.

El rigor en la opinión periodística y el problema del reflejo

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Captura de pantalla de entrada en portal en 4pelagatos

Por estos días, el portal 4pelagatos se mueve en dos niveles de lectura interesantes, que quizás nos revelan la posición en la que estamos intelectualmente en este país. El primero, el abuso: el gobierno ha decidido irse contra ellos, aduciendo que el uso de imágenes de la cuenta de Flickr de la Presidencia de la República, sin permiso del mismo gobierno, significa violentar los derechos reservados de esas imágenes y eso es absurdo. El segundo: la reacción del portal, necesaria, pero exagerada, que deja de lado lo que el periodismo de opinión debería considerar como básico para su existencia, e intenta sentar las bases conceptuales para una posible demanda de peculado, al establecer una relación directamente proporcional entre la arremetida del gobierno y la idea del robo de imágenes que, bajo cualquier criterio, son públicas; son pagadas con el dinero del Estado, que es dinero de todos.

Debo aclarar algo antes de continuar: nada de lo que sea pagado con el dinero público puede considerarse privado. Punto.

En esta época en la que las grandes empresas quieren defender su “derecho” a la propiedad privada como un mecanismo de poder (solo basta pensar en las farmacéuticas), defender este “derecho” con la idea de callar a detractores es simplemente de desgraciados.

No, corrijo. Eso es de gente deshonesta. Si algo nos va a quedar luego del correísmo, como una resaca larga y difícil de abandonar, va a ser la deshonestidad intelectual a la que hemos estado sometidos en estos casi 10 años. Ecuador es hoy el país en el que si yo tengo una especie de poder (sea cual sea) podré hacer con él lo que me dé la gana, no por un buen argumento o porque la ley me lo permite, sino porque puedo, porque tengo el poder. El Gobierno lo hace con 4pelagatos y la respuesta es casi un reflejo.

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Captura de pantalla de texto de Cristina Vera Mendiu en GkillCity

Cristina Vera Mendiu escribe sobre este tema en el portal GkillCity. Su texto “El verbo se hizo gato” da en el clavo en muchos aspectos. Más allá de invitarlos a leerlo (deben hacerlo), me quedo con algunas ideas que reproduzco a continuación:

“La medida del gobierno sobre sus fotos es absurda al punto de que basta un ejemplo sencillo para demostrarlo: un niño de escuela haciendo su tarea no podría utilizarlas, salvo que reciba una autorización expresa y escrita de la Secom. Ese es el punto del despropósito, pero de nuevo ¿es eso un robo?”

“Ya está clarito que al gobierno del Ecuador es más fácil provocarlo que a un adolescente pendenciero, pero la pregunta es ¿a qué costo? Que está mal, está mal: es una privatización discrecional de bienes públicos en un gobierno que ha tenido la osadía y la contradicción de marcar constitucionalmente a la información como un bien público pero, en Flickr, declararlo privadísimo. No es un robo. Es una cosa más grave: una declaración de incoherencias, una clarísima muestra de una falta de conceptos, un retrato de la acomodaticia naturaleza que el poder prolongado provoca hasta en aquellos que alguna vez se creyeron intelectuales. Pero los periodistas, si quieren ser serios, no pueden caer en eso. No puede ser un juego de dar y recibir de inmediato, de dos barrabravas enfrentados. Se trata de convertir la riña callejera en una discusión de argumentos, no de desabotonarse la camisa para entrar a darnos de golpes, todos”.

Concuerdo con Vera cuando se refiere a la necesidad de tener un espacio como 4pelagatos. Lo leo a diario, de cierta forma disfruto de su lectura. Pero lo encuentro en el medio de la vorágine que ha determinado Rafael Correa: ya no solo el presidente impone agenda periodística, ahora impone “luchas”, medios, posturas editoriales y el periodismo se presta para eso.

4pelagatos está en el terreno de generar opinión pública y, sobre todo, de evidenciar una nueva intelectualidad capaz de contraponerse a la intelectualidad correísta. Lo hace a través del periodismo de opinión como género principal y en muchas ocasiones, para los lectores, la opinión se puede confundir con el “hecho”, y esto exige una gran responsabilidad para quien la escribe. Más allá de esto, estamos en un momento político en que los argumentos contrapuestos, capaces de generar una discusión real, se estrellan con la tercera ley de Newton que nos reduce a acción y reacción. Y hoy en día, cuando la física clásica nos ha quedado corta para explicar cosas mucho más pequeñas, subatómicas, parece que seguimos en la dinámica de sobrerreaccionar como si no tuviéramos más remedio. Estamos en el terreno más básico de la relación entre unos y otros.

El rigor periodístico no solo está en la defensa de una postura desde la opinión. Está en el uso preciso de los hechos, en su interpretación más honesta, en opinar de manera argumentada. La perspectiva que está manejando el portal 4pelagatos parte de algo justo, pero se desdibuja rápidamente. En una época en que la autoridad rompe el orden, la normativa y la lógica de las ideas todo el tiempo, tener un poco de estructura puede ser el gran ejercicio de resistencia posible. El periodismo de opinión vence si no entra en ese juego del poder; así se distancia de ese poder y lo revela como realmente es: pequeño. Por eso, el gobierno no se roba las fotos, el gobierno hace lo que le da la gana con lo que maneja por el hecho de estar en el poder. Eso es deshonesto.

4pelagatos es un espacio creado por tres de los mejores profesionales de periodismo que hemos tenido en el país, que disfruto leer y que considero maestros del oficio, en géneros como crónica, entrevista y opinión. Ese portal se fortalecería si deja de lado la exageración, porque la justicia no se gana jugando el mismo juego del verdugo. Se gana haciendo mejor lo que uno sabe hacer, y José Hernández, Martín Pallares y Roberto Aguilar saben hacer periodismo de gran manera. Ese es el terreno en el que van a ganar siempre.

No hay mucho que esperar

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Caricatura de Bonil, publicada en El Universo el 10 de septiembre de 2015

Caricatura de Bonil tomada de El Universo

Se trata de bandos, de uno contra otro, de probar un punto aunque este viole el sentido de legalidad y legitimidad que uno ha creído es la base de todo contrato social. Se trata de ganar, de demostrar que se tiene poder y, en ese sentido, cualquier justificación, razón, informe o declaración será —y nunca dejará de ser— un acto absoluto de deshonestidad.

No espero nada de la gente que labora en la Secretaría de Comunicación, así como en la Superintendencia de Comunicación y en el Consejo de Comunicación. Para mí, un pobre pendejo e iluso que todavía quiere creer que hay algo de sentido común en el país, no existe manera de ver en los funcionarios y empleados de estos espacios a un grupo de personas con suficiente decencia intelectual para cumplir su trabajo. No importa su lugar de procedencia, así sea que vengan de la práctica profesional periodística, de la academia o de otras áreas; no hay honestidad ahí. Nada, vacío, silencio, obediencia debida, burocracia eficaz.

Cosas que ya Hanna Arendt demostró que funcionan como caldo de cultivo de crueldades.

Pero en fin. No espero mucho de la SECOM en el caso de Fundamedios. Es su triunfo. Es —a través del análisis que realiza con propiedad Roberto Aguilar en su blog— un acto administrativo sin pies ni cabeza, con la firma de responsabilidad de una funcionaria que conozco, que he leído y que no sabía que trabajaba en ese espacio y que desde ahora ya no podré ver con los mismos ojos. No espero mucho, ni siquiera espero calma en un grupo de empleados que tienen un jefe que hace muchos años dejó en claro que quiere acabar con el periodismo que considera malo como si se tratara de mala yerba y no con la mirada puesta en la necesaria idea de mejorar, sino en el deseo de eliminar visiones, interpretaciones y opiniones que no se acoplen a la verdad que el Estado acepta como única. La SECOM constantemente acusa de mentir a los que informan y critican lo que esta Secretaría no acepta como una realidad de la revolución ciudadana y no lo hace para que la práctica profesional mejore, sino para reducirla a un juego de héroes y villanos, en el que triunfa. Pero es un triunfo ilusorio porque en realidad pierde, pierde todo y no le queda nada.

Imagen tomada de El Comercio

Imagen tomada de El Comercio

No espero mucho porque ya está claro que aquí no importa la Constitución, ni siquiera importa la reflexión sobre lo que debe ser una profesión como la que práctico. No importa ya el argumento, solo el sofisma. De esto sabe mucho el superintendente de Comunicación, Carlos Ochoa, quien ayer, en un arranque de no sé qué, se defendió ante la acusación de directivos de diario La Hora de que la SUPERCOM es “juez y parte” —por el proceso que abrió a ese medio y a diario Expreso por no publicar una “réplica” a un aviso contratado por la AEDEP, en el que la Asociación Ecuatoriana de Editores de Periódicos criticaba a la SUPERCOM— diciendo: “no somos jueces, emitimos resoluciones, sanciones. No somos juez y parte”. Ajá, como no pueden sentenciar no son jueces, pero sancionan un aviso de prensa en el que los critican. Tará. Standing ovation. Créditos finales. Las luces se encienden.

El periodismo es interpretación de la realidad social, y eso vuelve a la práctica en un acto político, porque esa interpretación siempre va a ser un acto político, una postura, una posición. A la mierda la objetividad como un acto que deshumanice la profesión. En una entrevista dada a El Telégrafo, Leila Guerriero lo dice con otras palabras: “Me parece que el periodismo es como algo muy necesario, muy saludable, muy sano para las sociedades. No me parece que una sociedad sana sea una sociedad sin periodistas o con periodistas que sean adeptos o acólitos del poder de turno. El rol del periodismo siempre ha sido el de ejercer una mirada punzante, en diagonal, crítica”. Para la SECOM, SUPERCOM y CORDICOM eso no puede ser así. Eso sería aceptar al otro, al enemigo. Y no, el proceso importa más, mucho más que el virus que nos inocula como sociedad: el pensamiento banal.

Imagen tomada de El Comercio

Imagen tomada de El Comercio

No espero nada de la gente que trabaja en esos lugares. No porque trabajen ahí, o porque trabajar ahí los haya convertido en personas que pueden torcer la verdad o acomodarse al discurso de su empleador. Creo que la gente que es deshonesta y que decide ignorar el argumento lógico y el sentido de las normas es gente que siempre fue así y que en circunstancias en las que su trabajo se basa en eso, pues son personas intelectualmente deshonestas con total libertad y con la excusa de cumplir un rol, una función. No espero nada de esa gente. Perdón, no espero nada bueno de esas personas.

El ejercicio fallido de mirar con crítica el presente, ignorando el pasado (sobre un post de Rubén Darío Buitrón)

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Imagen tomada de rubendariobuitron.wordpress.com

Me gusta cuando Rubén Darío Buitrón escribe sobre “ofensas a la historia”. Me gusta mucho. Sobre todo porque lo hace desde una posición en la que ignora su propia historia, su figura de importancia periodística que cayó de golpe por algo que él asumió como un error —esa extraña “entrevista” a Caparrós en marzo de 2013 que nunca fue tal que significó su salida de diario Expreso  y que desencadenó una  serie de hechos que, a la interna y a la mirada pública, terminaron con su salida del diario Expreso—, o como un mal intento por hacer algo creativo en el terreno del periodismo. Usted se puede quedar con la justificación que le parezca más precisa.

Premisa 1: un error en el periodismo no tiene por qué borrar los aciertos. Pero sí que lesiona.

Sin embargo, diera la impresión de que para él nada hubiese pasado y que la capacidad de analizar la realidad o la misma práctica del periodismo es algo que se puede hacer bajo cualquier condición. Y bueno, eso es verdad. Él y cualquier otro tienen derecho a dejar en claro sus opiniones o exponer sus puntos de vista, pero ¿el costo del error del pasado no significa nada? El único pasado que no puede perdonar Rubén Darío Buitrón es el ajeno, aquel que se pone en su camino para definir a aquellos que define, hoy por hoy, como enemigos de la revolución ciudadana. Su pasado, en vista de cómo escribe sus artículos, simplemente no estorba: una polémica sobre una “extraña y falsa” entrevista a Martín Caparrós no salpica nada, no mancha, nada ha pasado, no es presión para detenerse a pensar más de una vez en cada adjetivo que va a escribir.

Yo leía a Rubén Darío Buitrón y le creía todo. Después de ese caso, es muy difícil para mí no leerlo desde la posición de que a lo mejor sus lecturas no son acertadas o de que está siendo creativo y transformando sus puntos de vista en algo que no son, para generar otra cosa, porque hay algo que quiere probar y que no está muy claro para sus lectores.

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Eso es pagar muy caro por algo que hasta ahora no ha quedado claro, todavía. Él ha escrito sobre eso y supongo que desde su confesión ya debe estar todo saldado; sin embargo, su descargo sigue sin tener sentido: “La supuesta entrevista fue, en realidad, un ensayo-perfil acerca de la novedosa e irreverente reflexión del destacado intelectual argentino sobre acontecimientos de gran coyuntura internacional (…) Usé un formato y un diseño confuso, sin advertir al lector ni al protagonista que se trataba de un ensayo-perfil donde también irían otros textos y, además, mis opiniones y análisis en cursiva”, escribió en un post en su blog. Lo cierto es que el carácter de “experimento-ficción” de este ejercicio estaba aclarado en la edición impresa, no en la web. ¿Por qué algo así? Fácil: no existe ningún sentido práctico para un diario en aclararle al lector que lo que va a leer no es precisamente una entrevista. Buitrón quiso hacer algo que, conceptualmente, contradice la razón de ser de la profesión y el acuerdo con el lector. El riesgo de lanzarse es no caer de pie.

Lo trataron mal, yo lo he tratado mal —lo pude hablar en persona con él—, el golpe fue duro.

Y hay un pedazo de mí que se complace en saber que alguien puede recuperarse de algo así, al menos desde la posición de observador impune. Pero otro lado me dice que no, que es muy pronto, que Buitrón, al haber jugado con los hechos —al haber alterado los lugares de procedencia de ciertas frases, para armar un texto que era una entrevista, pero no—, debía tener algo de recaudo y dejar de hacer lo que hacía (y que sigue haciendo) por mucho más tiempo. Esperar, tener paciencia para que todo decante, para que las cosas pesadas se hundan y para que flote la esencia.

No, no hay tiempo. Rubén Darío Buitrón quiere dejar en claro esos manejos de grupos de poder de derecha, confabulados con la izquierda ciega e indígena, que se aprovecha de cualquier cosa para despotricar en contra del gobierno. Cuando lo leo así, como por ejemplo en este post (clic acá), supongo que está jugando a lo mismo, a crear algo nuevo, pero aquí no hay un supuesto texto creativo. Solo hay constancia de que las falacias se han vuelto su principal arma, la que enarbola con orgullo (como cuando critica a Manuela Picq al hacer referencia a sus acciones y salida del país para viajar a Brasil a obtener una visa Mercosur, para luego preguntar: “¿Algo así puede decir una persona que vive en un país donde reina, según ella, un modelo dictatorial?”. Como si la posibilidad de quejarse o protestar o actuar negara la existencia de una estructura política dictatorial).

Quizás no tener nada que perder se topa con un nuevo límite: perder lectores o gente que te pensaba como referente.

Al final del post que hago referencia, Rubén Darío Buitrón escribe: “¿Queda alguna duda sobre los planes oscuros del pacto entre la derecha ególatra-recalcitrante, los dueños de la gran prensa y la izquierda cegada por sus celos ideológicos y su extravío político?“. La respuesta es muy sencilla, ya que las frases hechas y los lugares comunes progobiernistas que él repite nos llevan al mismo sitio en que estuvimos antes de leerlo: quedan todas las dudas, continúan, las falacias no dicen nada. Bando y bando. Razón y razón. Rubén Darío Buitrón como otra papa más caldo; como yo, como este post.

Siempre es la ética

Opinión, Reflexiones sobre periodismo
imagen tomada de revista replicante

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En un noticiario se transmite una noticia con información no contrastada y al poco tiempo nos enteramos de eso. En un diario se publica una “entrevista” que nunca se hizo y no sabemos muy bien por qué. ¿Qué hacer con eso? ¿Qué?

El periodismo es un tema de ética, siempre. Si me voy al extremo podría decir que todo error en su práctica es un problema de ética, incluso aquellos que se producen por no corregir una letra en una palabra. La ética no puede ser entendida como algo suprahumano ni debe estar plagada de consideraciones por las que esta solo responde a temas profundos. La ética en la profesión es algo más tangible.

En periodismo todo es ética.

En ese terreno, el periodista debería tener un solo dogma, una sola premisa de la cual pueden salir todas las reflexiones posibles y una buena práctica profesional: No se puede engañar al lector/televidente/radioescucha. Repito: NO SE PUEDE ENGAÑAR AL LECTOR. Pueden existir varias situaciones que consideremos también como faltas éticas, pero atentar contra el lector es la base de todas Si el periodismo no es claro en el contrato tácito con la sociedad, estamos en problemas.

Dos casos con similitudes y diferencias acaban de golpear al periodismo ecuatoriano con solo horas de diferencia. En ambos hay una conciencia alrededor de la ética y una nula reflexión sobre el rol del periodista ante la sociedad. En uno, un reportero de tv hace una nota con información no corroborada y en otro, el editor general de un diario publica una entrevista con el argentino Martín Caparrós, para que horas después el escritor desmintiera la comunicación con él.

Vamos, podemos decir mucho de ambos hechos, pero hemos reflexionado muy poco sobre lo que significan en realidad. Y hablo desde los medios. Los medios, que desde la vena periodística son muy capaces de indagar en los errores, fallas y malos funcionamientos de otros espacios, no pueden ver su propio reflejo. En Ecuador queda claro que los errores del periodismo son conversaciones en salas de redacciones, o entre amigos (con copas de por medio), y no son investigaciones o procesos de análisis que los medios quieran tomar como otro tema más de toda la gama de temas que pueden ser parte de su política editorial.

Sí, los periodistas en Ecuador preferimos no mirarnos el ombligo, no hacer más grande el problema de nuestra profesión. Consideramos un acto compasivo eso de no hablar de más, solo lamentarlo en nuestro círculo de lo sucedido y solidarizarnos con la persona que se ha convertido en carne de cañón por esta lamentable situación, por este error. Si alguien habla de eso, pues debe ser porque odia al periodista que comete la falta, sin duda. No somos capaces de entender que las acciones deben y tienen que ser motivo de un intercambio de criterios, sobre todo para comprender sus dimensiones reales.

imagen tomada de comunicacionsocialunl.wordpress.com

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En el caso de tv se habló en varios sitios (porque de por medio hubo un reclamo presidencial y un anuncio de posible demanda al medio), pero del otro casi ni se habló. Salvo en redes sociales y en programas de radio, nadie ha dicho nada. Quizás porque la persona involucrada es un editor, quizás porque muchos lo conocen y sienten aprecio. Quizás por muchas cosas que no vienen al caso.

La entrevista en cuestión se publicó bajo el título “Entre el papa, los Kirchner y el ego argentino… “. Mucha gente la compartió en redes sociales el domingo 17 de marzo y el lunes todo se vino abajo. Martín Caparrós escribió en su cuenta de Twitter lo siguiente: “Maestro! Un ¿periodista? ecuatoriano q intentó hablar conmigo y no me encontró, igual publica su entrevista”. Y colocó, a continuación el link de la nota publicada en el diario local.

¿Entonces?

Sencillo. La profesión debe estar inundada de ética, sino no sería posible ejercerla.

En el caso del reportaje de tv no se hicieron las verificaciones pertinentes para corroborar que la información transmitida (basada en un documento entregado por una fuente) era real. Digamos que Ecuavisa no se equivocó –pese a todo- y que en sí la información que dieron era real y que la molestia del Presidente solo buscaba que no se dijera nada más sobre el asunto –ligado con ascensos de coroneles a generales e intereses de por medio. Pues en ese caso, Ecuavisa (o su reportero, o ambos) se equivocó: al no haber corroborado la información en su momento, ya le quitó la oportunidad al espectador de acceder a una información real. Así sea falso o certero el dato, se violentó la necesidad de que el lector supiera un dato corroborado. Eso también es engañar a la persona que te lee o te mira por tele.

Por otro lado, para muchos quienes leímos la “entrevista a Caparrós”, algo estuvo mal de entrada. En ningún momento su autor decidió explicar al lector que el convenio tácito de lectura se había alterado, que estábamos ante una nota armada a partir de comentarios que Caparrós había dado a otro medio y de un texto que él había escrito para The New York Times. Nadie que leyó esa nota entendió eso. Nadie.

Me explicaron que en la edición impresa de ese día, en su portada, se pudo saber que lo que se iba a leer una recopilación de información. No sé, no he visto la versión impresa. Pero sé que los demás entramos en un juego de convenciones y nos convencimos de que estábamos ante una entrevista. De seguro que hay gente para la que todo está claro, pero no dejemos de lado que el mismo “entrevistado” salió a reclamar la existencia de ese texto en el que se define una “entrevista” y que él nunca había dado.

Sí. Leímos una entrevista “pregunta y respuesta” en la que su autor construye un diálogo no solo con lo que él coloca, como sus interpelaciones personales, sino por cómo estructura esa conversación: con guiones antes de cada intervención, como una máxima de la redacción literaria latinoamericana y que el periodismo ha tomado como suya. Sí, es una conversación (aunque muy mal hilada):

“- Y como arzobispo también enfrenta al gobierno kirchnerista de Fernández.
– Sus posturas sociales a menudo conducían a choques con Néstor Kirchner y Cristina Fernández, los presidentes que dan la espaldas a Argentina desde 2003. El arzobispo, públicamente denunció la política gubernamental sobre pobreza y desigualdad y acusó a los Kirchner de enriquecimiento fingiendo servir a los pobres”.

Por más que se empeñen en decir que en la portada quedaba claro eso, lo cierto es que el juego tácito de la credulidad estaba bien marcado en la nota.

Una entrevista que debe ser explicada bajo otros subtextos, en otro sitio, o en otra página del mismo medio, es una mala entrevista. Hay que partir también de eso.

Podemos asumir varios caminos para entender lo que ha pasado en ese caso. Desde el más superficial y torpe que acusa al autor de no entender las dinámicas contemporáneas y de no saber lo que puede pasar al hacer un ejercicio como ese (el tema explotó en redes sociales porque el propio Martín Caparrós se sintió ofendido), hasta el que considera que todo fue un error y ya, que no se ha infringido ninguna norma. Pero el único camino posible es comprender esta falta como lo que es: la ausencia de ética profesional.

Una ausencia que termina golpeando en el rostro al lector.

La ética está definida como un conjunto de normas que rigen la conducta humana. Esa conducta humana es la que entra en dilema cuando se producen estas faltas. No es un tema de moral, sino de hacer el trabajo de manera óptima, respetando códigos. De eso hablamos cuando hablamos de ética profesional.

Más allá de si entendemos o no la profesión, es obvio que nos importa muy poco el otro: el que nos lee, o nos mira y escucha. Cuando debe ser lo contrario. Si nuestra profesión trata de abrir la realidad a la gente, mostrando las prácticas nefastas de muchos espacios e instituciones, para que se puedan dar correctivos, ¿por qué no hacerlo con nuestra misma profesión? Ese acto de sinceridad y de autoreflexión le hace tanto bien al periodismo.

El 11 de mayo de 2003, ya para cuando medio mundo sabía todo lo que se había inventado Jayson Blair en sus textos para el New York Times, el diario decidió publicar una nota de más 7000 palabras (casi como un suplemento aparte), pidiendo disculpas, contando cómo se produjo el engaño y falta ética en el medio. Y eso es ética y respeto por tu lector.

Acá, simplemente, no podemos ir más allá. En un momento histórico en el que la comunicación es un hecho generalizado y en el que el periodismo se ha vuelto grito de guerra para el poder político nacional, la decisión del diario y del ahora ex editor (hubo una salida del cargo por este tema) ha sido el silencio. Hacer mutis por el foro y quizás asumir que mañana todo el mundo se olvidará de eso. Y sí, nos olvidaremos, pero esa actitud “aquí y ahora” no es la que precisamente vaya a dejar en buen terreno a la profesión.

A la larga el daño se hará evidente. Sobre todo porque la actitud de muchos periodistas profesionales es que este caso va a ser la cruxificción del ex editor (en el caso del reportero de tv, el canal lo despidió… una medida extrema, sin duda) y que eso no sirve de mucho. Por eso es mejor callar y que sean las universidades y las salas de redacciones esos espacios para hablar de los problemas y errores de la profesión.

Pero no. El periodismo no se hace puertas adentro. Olvidarse del lector, del televidente, del que escucha noticias por una estación de radio es lo más criminal que se puede hacer en circunstancias como las que redacto aquí.

La ética profesional se mide también en la manera que reaccionamos ante las faltas éticas.

Luego de dos anuncios de posibles declaraciones del ex editor que nunca se dieron, no sabemos nada. Hay rumores. Solo en tres días me he enterado de cinco. Desde los más descabellados, pasando por los burdos y hasta los directamente ridículos. Un periodismo que no enfrenta públicamente sus errores no es un periodismo sano.

La sociedad debe saber, de primera fuente, cuándo el periodismo es vehículo de faltas graves. Es justo y necesario.

A fines de enero, diario El País publicó en portada una foto falsa de Hugo Chávez. Cuando sus editores se dieron cuenta del error, decidieron sacar de circulación los ejemplares y al día siguiente apareció una nota en la que pidieron disculpas y contaron por qué publicaron la foto. Otros medios se hicieron eco de esto e investigaron por su cuenta todo lo que había alrededor de este terrible fallo de filtros y evidente poca ética profesional. ¿Diarios como “El Mundo” o el “ABC” publicaron reportes de este hecho solo por tratarse de la competencia? No. Lo hicieron porque más allá del malestar generalizado y público que generó esta foto falsa en una primera plana (que causó enojo en Venezuela, obviamente), también era necesario que la gente entendiera las razones que hay detrás de los errores periodísticos. El periodismo sano no es el que no comete fallas por asuntos de ética. El periodismo sano es el que se enfrenta con más ética a sus problemas éticos.

La ética del periodismo está en función del lector. No se lo puede maltratar, engañar, dejar de lado. La parte más importante del periodismo son el lector, el espectador… la sociedad.

Le podemos ver el lado bueno a todo esta experiencia, desde luego. La tecnología ya es la verduga de las invenciones en el periodismo. En alguna parte del mundo alguien, con el poder de un clic, podrá revisar lo que haces y entender la falta que has cometido cuando la hayas cometido. No somos tan inocentes, ni tan desconectados.