La derrota de los recuerdos (sobre “Memoria y vértigo” de Carlos Luis Ortiz Moyano)

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imagen tomada de laraizinvertida.com

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Cuando Carlos Luis dice —en una entrevista que da para La República—: “Para mí no existe poesía de la victoria, más hay poesía de la memoria, de los sentidos; la derrota es una experiencia personal. Mi poesía es testimonial”, nos abre una clave de lectura de su último poemario “Memoria y vértigo (CCE, 2016). Y esta clave no viene en forma de llave a abrirnos la cabeza; más bien llega como un yunque, un cincel y un martillo, para modelar la lectura, esculpirla o ponerla en orden. La poesía es lectura, así como es silencio y choque de sílabas mientras vamos de una palabra a otra.

Quizás el recuerdo es así.

Quizás la fabulación de la memoria sea así.

Porque si bien estamos ante una especie de registro de vida, esto es una representación de esa vida. Así como las fotografías de tiempos pasados —por más amarillas que se pongan por el paso del tiempo— juegan a crear un pasado que más que realidad es una interpretación, Carlos Luis trata de recopilar una vida —la suya, la del traslado, la de los libros y la música, la de la gente que está, que estuvo, que no va a estar, con unos versos que nos atraviesan tanto en ritmo como en melodía—, pero no lo hace como registro, sino como un dibujo, una aproximación que a la larga va a ser inútil. He ahí la derrota, la memoria ya es derrota porque siempre va a ser un ejercicio trunco. Carlos Luis hace un poemario sobre eso, nos regala algo que perturba, duele y encanta.

Escribe en Donde no habitamos:

“No hay compás que trace una circunferencia con gente que ya no habitamos,

solo un trajín amplio del vacío en el que somos renacimientos y estatuas.

Un sonido lejano en el tórax de las bestias,

una amalgama de metales oxidados en los muelles de la nada”

No habitamos en eso que creemos habitar. La voz trata de ayudarnos a encontrar un pasamanos para atravesar las escalinatas, en reversa. La voz del poemario se convierte en otras voces, en variaciones de la misma sensación, como ese resumen de acentos que este autor —que nació en Alausí, pero que ha vivido en Guayaquil y Quito— tiene grabados en su memoria como heridas de guerra.

El vértigo del poemario es la vida. La memoria no hace más que reafirmar ese vacío en el estómago ante la cima del mundo, ante lo que está por abajo, ese pasado inasible. En Vértigo, dice:

“Fui vértigo.

Vértigo y carne más carne sobre el vértigo.

Caracol dejando semillas en el pueblo inventado”

En esa invención de ese pueblo, de ese espacio vital, está la verdadera conciencia de la existencia. No somos más que un recuerdo errado.

“Los hábitos cambian, como cambian las frases escondidas en la piel empolvada de los libros”

Este verso, el que inicia el poema Expediente o inventario, reduce a algo discreto ese intento por formular lo que somos y lo lleva al terreno de lo que no vemos, de lo que dejamos ahí, a un lado. La vida como algo que pasa, como olvido que nos ayuda a estar vivos para siempre, porque en el recuerdo solo permanece una vida en secciones, incompleta. Si todo se transforma, hasta los hábitos, la vida qué.

Se trata de buscar algo que le dé sustancia al acto de sobrevivir al resto, a los que se van:

“Ahora el pasado existe para enternecerlo con la huida, para sonreír en homenaje al polvo y a las cruces devoradas por la tara de la noche.”

Eso que se devora, que desaparece —como queda expuesto en el poema El acto de sobrevivir— involucra el contacto con otros, porque ahí somos, ahí está ese pueblo inventado. Los nuestros, nuestra gente y en el caso del poeta: su padre. En Padre, dice:

“También hay coches de madera de descarrilo con el cansancio que me confiere el pasado, con el tiempo que se esparce en cada cumbre que levanto con memoria.”

Porque todo tiempo pasado en presente y puede ser futuro. El todo temporal se vence con esa fabulación, que se espanta por una máxima de vida: en nuestras interacciones, incluso en las más inofensivas, estamos condenados a hacer daño; porque al final somos nosotros mismos ese entorno, alimentamos el contexto, le damos forma a esa memoria con los dolores colectivos y propios:

“Temo entrar en la vida de otros, puede ser dañina puede ser mortal. Entro en mí como en otros seres carentes de mundo, sabiendo el desconocimiento de las constelaciones. La voluntad de un rostro me dijo dónde estaba y no supe más.”

Temor es el poema que se convierte en ombligo de este cuerpo, de alguna manera.

Ilustración del poeta, tomada de http://expreso.ec/

Ilustración del poeta, tomada de http://expreso.ec/

Este poemario está dividido en tres partes, y en todas hay una plegaria hacia la titánide griega de la memoria, Mnemosyne. Una figura particular porque también se la considera responsable de las palabras, al ser madre de las musas, esas que son invocadas por poetas como Homero, y en ese cobijo se crean las grandes épicas que reformularán la realidad, el recuerdo o la idea del recuerdo. La palabra como construcción del mundo. Mnemosyne se convierte en una sábana que cubre todo, que sostiene la lucha, que de entrada está perdida.

“Memoria y vértigo” es, desde la derrota, un poemario sobre la vida. Sabemos que vamos a morir, así que esa condena, esa tragedia, no hace más que revalidar toda experiencia vital, porque solo importa el aquí y ahora. Cuando lo entendemos, eso sí, es demasiado tarde.

Guía para el fanático del porno vintage

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Con un mercado sobresaturado, gracias a una oferta que en el fondo preferimos ignorar (debido a las filias más bizarras que podamos imaginar) el fanático del porno vintage es casi un Indiana Jones del voyeurismo, que debe abrirse camino en medio de una selva de definiciones y páginas web hasta dar con lo que busca. Ser un adepto del porno vintage es casi una labor de amor.

De amor a los genitales llenos de pelo. De amor por el celuloide, más allá del vídeo o del vídeo digital. De amor por las películas con historia, con algo que contar, sobrepasando el acto sexual. El adepto del porno vintage es aquel fanático que ha preferido no crecer y recordar, gracias a las películas, cómo hacía de niño y adolescente, cuando encontraba algún cassette de VHS escondido debajo de la cama de un hermano mayor o en el cajón de ropa interior de sus padres, y presionaba play en el equipo, cuando nadie más estaba en casa.

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El fanático del porno vintage es el que descubrió que un nombre como John Holmes puede convertirse en adjetivo.

También fue el que supo de los peligros de los excesos gracias a la historia del mismo Holmes. Para el fanático del porno vintage Ron Jeremy es lo más cercano a Víctor Hugo y Nina Hartley es la única diosa existente. Ginger Lynn Allen está en la cima y hablar de Traci Lords lo hace poner rojo. Para usted, que no es fanático del porno vintage, le ahorro el viaje a Google: Ella falseó su edad y con 15 años se inició en el mundo del porno. Era 1986 cuando las autoridades descubrieron que era una menor de 18 años haciendo pornografía y eso costó a la industria millones de dólares y acabar con cientos de vídeos, revistas y todo el merchandising que se puedan imaginar.

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Si el fanático del porno vintage ve algo de Traci Lords, sabe que está viendo a una menor de edad. Pero tranquilos, la mayoría de las veces el pudor gana y se apaga el vídeo.

¿Qué puede esperar un fanático del porno vintage en un mundo en el que los subgéneros han ganado terreno y tenemos cosas como el gonzo, el bondage/BDSM, el facesitting, los watersports, el twink o el gloryhole, entre otros? Puede esperar lo que conoce: relaciones sexuales en pantalla, sin sorpresas inesperadas (quizás con excesos que rayen en lo gracioso) y una cadencia propia se fue transformando en el nuevo siglo. El porno vintage es aquel que brilló en los 70’s y 80’s. Es una prueba de resistencia en el tiempo. Y tú, ¿cómo puedes saber si eres realmente un fanático del porno vintage? Aquí una lista que deberías tomar en cuenta:

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1. Si crees que es un fracaso ir a una tienda en la que venden dvd para buscar algo de porno que te llame la antención, probablemente piensas en lo vintage.

2. Puede ser que te animes a ir a una tienda de dvd (probablemente a alguna en la que no te conozcan, por un tema de vergüenza). Si eres de los que le dedica media hora a ver títulos que no te interesan antes de decidirte a preguntar donde tienen los dvd para adultos, considérate fanático del porno. Pero una vez que los localices y revises uno tras otro hasta dar con alguno que te parezca adecuado, entiende que no encontrará nada vintage. Si sales de la tienda sin películas porno es porque el porno actual no es para ti.

3. Si luego de eso reconoces el fracaso de ir a una tienda de dvd, acéptalo. A veces podrías tener suerte y encontrar algo, pero es una excepción que confirma la regla.

4. ¿Arraglaste el reproductor VHS que estaba en la bodega de tu casa para ver esas películas que tenías en cassette?

5. ¿Ves la película completa, los 70 minutos que duran, en promedio, sin adelantar a las partes del sexo? No solo eres fanático del porno vintage, eres superhumano.

6. Si te fijas en la puesta en escena y en cómo se han iluminado ciertas escenas ( no como esa iluminación neutral y tan de mansión californiana que es la medida actual), puedes considerarte fanático. Si puedes decir cuál es la historia de la película porno que estás viendo, podrías pedir un doctorado Honoris Causa en alguna universidad.

7. ¿Revisaste alguna vez por Amazon la página de los vídeos para adultos en VHS? Eso es suficiente. Si pagaste con tu tarjeta de crédito por un envío, no te debe quedar duda.

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8. ¿Sabes quiénes son Randy Spears, Asia Carrera, John Stagliano, Harry Reems, Linda Lovelace, Christy Canyon, Juliet Anderson, Vanessa del Río o Randy West? Te puedes considerar un experto y es probable que no temas comentar muchas de las películas de esa época en reuniones. Todos te prestarán atención, porque aunque lo nieguen, el porno es prueba de cómo hay otros que hacen lo que uno quisiera hacer.

9. Si haces reír a todos con lo freak que sabes de este cine, considérate fanático. El porno de antaño puede ser suceptible a burlas. Premio al que encuentre el vídeo de la mujer que tiene sexo con la caja gigante de crema de trigo. Les juro que si lo muestran en una reunión, las risas serán garantizadas.

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10. Compartes una porno vintage como “Deep throat” o Educating Nina” con amistades y eres capaz de verla con amigos y parejas. Y si no sientes que estás jugando a la perversión y crees que estás compartiendo una parte importante de la cultura pop que nos ha definido, no necesitas confirmar nada más. Lo aceptas y sonríes. No te has vuelto un ser humano más enfermo… lo único que haces es entender mejor de qué va la vida. Y eso es suficiente.

(publicado en revista SoHo, de abril de 2013)