El Oscar 2016: microreseñas exprés

Academia, Crítica cinematográfica, Opinión

Ese momento del año en el que se habla de películas y en esta ocasión particular, el asunto no deja de venir con su cuota de polémica, por el “blanqueamiento” de las candidaturas principales del premio Oscar. Nada nuevo en Hollywood, la verdad, pero lo bueno de este momento de la historia es que ya es muy difícil salirse con la suya y hay miles de ojos pendientes de cada golpe o error que se produzca en el mundo.

Se supone que este premio es talento (inserte el detector de sarcasmo aquí), pero las nominaciones son un reflejo de la dinámica empresarial de la industria del cine, y dejar de lado a representantes de varias comunidades es, sin duda, un acto de desproporción máxima. ¿Por qué no está nominado Idris Elba por ese rol terroríficamente magnífico en “Beast of no nation”? Sí, quizás el tema pase por el modelo de negocio que los grandes estudios detestan y porque Netflix existe solo para acabarlo. Por eso, la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas prefiere dejar de lado cualquier cosa que involucre reservas comerciales.

La gente de Honest Trailers, con mucho humor, es capaz de hacer una mejor definición de lo que digo. Vean el vídeo.

Ahora sí, vamos con las microreseñas de algunas de las películas nominadas este año:

Mad Max: Fury Road (George Miller)

imagen tomada de elcineenlasombra.com

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Un reconocimiento a George Miller, sin duda, porque decidió hacer una película a la vieja escuela, tragando polvo y dificultades. Si bien “Mad Max: Fury Road” podría definirse como una película en la que pasan dos cosas y ya (y la segunda es casi que la negación de la primera), su fuerte está en el trabajo visual y en la existencia de dos personajes increíbles: Furiosa y Max Rockatansky (Charlize Theron y Tom Hardy). Un premio complicado de obtener, pero la nominación ya dice mucho.

The Revenant (Alejandro González Iñárritu)

imagen tomada de 1000historias.com

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Todo aquello que es gratuito en “Birdman”, aquí desaparece. El estilo de González Iñárritu se vuelve funcional en este filme en el que la naturaleza es hermosa, dura, dolorosa, enemiga del humano. Aquí estamos ante planos secuencias que dejan la boca abierta, personajes arquetípicos que en el contexto se vuelven cercanos y nos podemos dejar llevar por movimientos de cámara y fotografía que el director ha tomado de Tarkovski (es un homenaje, no un plagio, por favor). El trabajo de Emmanuel Lubezki en la cinematografía eleva al filme y Di Caprio quizás sí vaya a ganar su primer Oscar. La Academia siente una fascinación por los actores que resisten el sufrimiento de su personaje y todo el cast & crew sufrió haciendo esta película.

Spotlight (Thomas McCarthy)

imagen tomada de telegraph.co.uk

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Basado en hechos reales. No es tanto un filme sobre periodismo, es más bien un filme sobre la tenacidad que debería tener el periodismo. El equipo de la sección de investigación Spotlight, del Boston Globe, indaga sobre los casos de abusos sexuales a niños por parte de sacerdotes católicos y entramos en el antithriller: no hay una fuerza oscura que busca detener la investigación; en realidad percibimos ese conflicto interno que durante mucho tiempo, incluso dentro del mismo medio de comunicación, mantuvo todo el asunto olvidado. Si lo vemos desde el periodismo, el filme nos dice cómo la distancia, la mirada externa, nos va a ayudar a descubrir lo que nadie quiere ver. Mark Ruffalo da lecciones de contención y te vuelve su aliado a medida que avanza el metraje.

The big short (Adam McKay)

imagen tomada de theverge.com

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El director de Anchorman 2 sabe hacer una película que abandone el absurdo, pero no el humor, mientras lucha por ser claro. Hay muy poco en “The big short” que no funcione, muy poco. Quizás, si estornudas, te puedes perder las explicaciones económicas de lo que fue la crisis de la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos; pero nada más. El elenco, coral y totalmente masculino, funciona: todos están a la caza de sacar una tajada de la caída de la economía que ellos ven venir y nadie más. La crítica social funciona más cuando estamos con la boca abierta por la carcajada y las ideas entran en nosotros.

The danish girl (Tom Hooper)

imagen tomada de scoopwhoop.com

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La ficcionalización de la vida de Lili Elbe y su pareja, Gerda Wegener, es una película hermosa en la que dramáticamente pasa todo con mucha obviedad, pero se sostiene, sobre todo por la lección de actuación de Eddie Redmayne, en quien vemos el paso de hombre a mujer, al interpretar a la primera paciente de una operación de cambio de sexo, en la segunda década del siglo XX. La fuerza de este filme está en él y en Alicia Vikander (quien interpreta a Wegener), así como en la cinematografía de Danny Cohen, quien refuerza la pasión pictórica de la pareja y le da a la historia un aire de belleza justa.

The hateful eight (Quentin Tarantino)

imagen tomada de diariodelcineasta.com

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Jennifer Jason Leigh está nominada como actriz de reparto por su papel de Daisy Domergue, la prisionera que es víctima de golpes y golpes y de una acción desproporcionada y misógina, en una película en la que muchos mueren, pero no vemos su sufrimiento o solo un poco. Daisy, en cambio, sí va a sufrir, y lo hace todo el tiempo en pantalla, incluso cuando sonríe. The hateful eight es una película que sirve para que Tarantino se muestre desgastado y lejos de aquel genio que hizo grandes filmes. Un plus real: la música de Ennio Morricone (también nominado como mejor score original).

The Martian (Ridley Scott)

imagen tomada de screenrant.com

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Buen entretenimiento que tiene su mérito en la aparente ciencia y el esfuerzo que pone un grupo de científicos de la NASA para traer de vuelta a la Tierra al astronauta Mark Watney, abandonado en Marte. El logro real de la película está en su ritmo y en la naturalidad de la soledad de Watney (interpretado por Matt Damon) y en la sinergia casi de sitcom de la totalidad del elenco. Nada más.

El rigor en la opinión periodística y el problema del reflejo

artículos, Opinión, Reflexiones sobre periodismo, Reflexiones sobre política, Uncategorized
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Captura de pantalla de entrada en portal en 4pelagatos

Por estos días, el portal 4pelagatos se mueve en dos niveles de lectura interesantes, que quizás nos revelan la posición en la que estamos intelectualmente en este país. El primero, el abuso: el gobierno ha decidido irse contra ellos, aduciendo que el uso de imágenes de la cuenta de Flickr de la Presidencia de la República, sin permiso del mismo gobierno, significa violentar los derechos reservados de esas imágenes y eso es absurdo. El segundo: la reacción del portal, necesaria, pero exagerada, que deja de lado lo que el periodismo de opinión debería considerar como básico para su existencia, e intenta sentar las bases conceptuales para una posible demanda de peculado, al establecer una relación directamente proporcional entre la arremetida del gobierno y la idea del robo de imágenes que, bajo cualquier criterio, son públicas; son pagadas con el dinero del Estado, que es dinero de todos.

Debo aclarar algo antes de continuar: nada de lo que sea pagado con el dinero público puede considerarse privado. Punto.

En esta época en la que las grandes empresas quieren defender su “derecho” a la propiedad privada como un mecanismo de poder (solo basta pensar en las farmacéuticas), defender este “derecho” con la idea de callar a detractores es simplemente de desgraciados.

No, corrijo. Eso es de gente deshonesta. Si algo nos va a quedar luego del correísmo, como una resaca larga y difícil de abandonar, va a ser la deshonestidad intelectual a la que hemos estado sometidos en estos casi 10 años. Ecuador es hoy el país en el que si yo tengo una especie de poder (sea cual sea) podré hacer con él lo que me dé la gana, no por un buen argumento o porque la ley me lo permite, sino porque puedo, porque tengo el poder. El Gobierno lo hace con 4pelagatos y la respuesta es casi un reflejo.

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Captura de pantalla de texto de Cristina Vera Mendiu en GkillCity

Cristina Vera Mendiu escribe sobre este tema en el portal GkillCity. Su texto “El verbo se hizo gato” da en el clavo en muchos aspectos. Más allá de invitarlos a leerlo (deben hacerlo), me quedo con algunas ideas que reproduzco a continuación:

“La medida del gobierno sobre sus fotos es absurda al punto de que basta un ejemplo sencillo para demostrarlo: un niño de escuela haciendo su tarea no podría utilizarlas, salvo que reciba una autorización expresa y escrita de la Secom. Ese es el punto del despropósito, pero de nuevo ¿es eso un robo?”

“Ya está clarito que al gobierno del Ecuador es más fácil provocarlo que a un adolescente pendenciero, pero la pregunta es ¿a qué costo? Que está mal, está mal: es una privatización discrecional de bienes públicos en un gobierno que ha tenido la osadía y la contradicción de marcar constitucionalmente a la información como un bien público pero, en Flickr, declararlo privadísimo. No es un robo. Es una cosa más grave: una declaración de incoherencias, una clarísima muestra de una falta de conceptos, un retrato de la acomodaticia naturaleza que el poder prolongado provoca hasta en aquellos que alguna vez se creyeron intelectuales. Pero los periodistas, si quieren ser serios, no pueden caer en eso. No puede ser un juego de dar y recibir de inmediato, de dos barrabravas enfrentados. Se trata de convertir la riña callejera en una discusión de argumentos, no de desabotonarse la camisa para entrar a darnos de golpes, todos”.

Concuerdo con Vera cuando se refiere a la necesidad de tener un espacio como 4pelagatos. Lo leo a diario, de cierta forma disfruto de su lectura. Pero lo encuentro en el medio de la vorágine que ha determinado Rafael Correa: ya no solo el presidente impone agenda periodística, ahora impone “luchas”, medios, posturas editoriales y el periodismo se presta para eso.

4pelagatos está en el terreno de generar opinión pública y, sobre todo, de evidenciar una nueva intelectualidad capaz de contraponerse a la intelectualidad correísta. Lo hace a través del periodismo de opinión como género principal y en muchas ocasiones, para los lectores, la opinión se puede confundir con el “hecho”, y esto exige una gran responsabilidad para quien la escribe. Más allá de esto, estamos en un momento político en que los argumentos contrapuestos, capaces de generar una discusión real, se estrellan con la tercera ley de Newton que nos reduce a acción y reacción. Y hoy en día, cuando la física clásica nos ha quedado corta para explicar cosas mucho más pequeñas, subatómicas, parece que seguimos en la dinámica de sobrerreaccionar como si no tuviéramos más remedio. Estamos en el terreno más básico de la relación entre unos y otros.

El rigor periodístico no solo está en la defensa de una postura desde la opinión. Está en el uso preciso de los hechos, en su interpretación más honesta, en opinar de manera argumentada. La perspectiva que está manejando el portal 4pelagatos parte de algo justo, pero se desdibuja rápidamente. En una época en que la autoridad rompe el orden, la normativa y la lógica de las ideas todo el tiempo, tener un poco de estructura puede ser el gran ejercicio de resistencia posible. El periodismo de opinión vence si no entra en ese juego del poder; así se distancia de ese poder y lo revela como realmente es: pequeño. Por eso, el gobierno no se roba las fotos, el gobierno hace lo que le da la gana con lo que maneja por el hecho de estar en el poder. Eso es deshonesto.

4pelagatos es un espacio creado por tres de los mejores profesionales de periodismo que hemos tenido en el país, que disfruto leer y que considero maestros del oficio, en géneros como crónica, entrevista y opinión. Ese portal se fortalecería si deja de lado la exageración, porque la justicia no se gana jugando el mismo juego del verdugo. Se gana haciendo mejor lo que uno sabe hacer, y José Hernández, Martín Pallares y Roberto Aguilar saben hacer periodismo de gran manera. Ese es el terreno en el que van a ganar siempre.

Una biopic y la eterna ruptura (sobre “Einsenstein in Guanajuato”, de Peter Greenaway)

cine, Crítica cinematográfica, Opinión
Imagen tomada de twitchfilm.com

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Peter Greenaway tenía entre sus planes hacer una segunda película sobre Sergei Einsenstein, pero una vez que aparecieron en Rusia las primeras reseñas del filme del que hablaré en este post, no hubo forma de conseguir imágenes del director soviético en Suiza. La Russian Film Foundation dijo “no”. ¿Por qué? Porque Greenaway hizo un ejercicio de ruptura cinematográfica (uno más en su filmografía), en el que analiza el cine y las transformaciones personales del autor y eso, en la Rusia de Putin puede ser visto como un sacrilegio.

En “Einsenstein in Guanajuato”, ese gran motor del cine y de su gramática (hablo del gran Sergei Einsenstein, interpretado por el finlandés Elmer Bäck, en su primer protagónico), vive una experiencia homosexual en su viaje a México en 1930 – 1931 que, de acuerdo a lo que el propio Greenaway ha dicho en una entrevista en The Calvert Journal, produjo un cambio evidente en el director, nacido en Riga, en 1898: “Siempre he sentido que sus primeras tres películas fueron muy diferentes a sus últimas tres. ¿Por qué? Creo que la respuesta es que cuando vas al extranjero, te vuelves otra persona”. Y eso, de acuerdo a la misma nota, se refleja cuando las preocupaciones por el colectivo, por la masa, en “La huelga”, “El acorazado Potemkin” y “Octubre”, se convierten en reflexiones sobre el individuo, en “Alexander Nevsky” y en las dos partes de “Iván el Terrible”. “Estaba lejos de la paranoia, de la persecución estalinista y completamente separado de las excentricidades políticas y se vio, de golpe, enfrentado a una nueva y diferente sociedad -insiste Greenaway-. Hay mucha evidencia que él liberó, y se volvió más empático a las nociones de la condición humana”.

Lo que para Greenaway supone como ruptura en Einsenstein se pone de manifiesto en una película con una anécdota básica: Sergei Einsenstein llega a México a rodar una película que debía tratar sobre la historia de ese país. Lo hace luego de salir de Estados Unidos, después de su fracaso por integrarse al sistema de estudios de Hollywood y con financiamiento conseguido gracias a Upton Sinclair y su esposa, Mary Craig Sinclair. A nivel de historia no pasa más.

Las casi 50 horas de filmación se convertirían en película casi 50 años después de la experiencia del soviético en América. Einsenstein no la terminaría: la falta de dinero y la presión por regresar a la Unión Soviética pudieron más.

Imagen tomada de calvertjournal.com

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Con “Einsenstein in Guanajuato” estamos ante un compendio de viñetas que confrontan al director con su guía mexicano, Palomino Cañedo (Luis Alberti), con quien reflexiona sobre la revolución soviética, el marxismo, Hollywood, el arte, muerte, dolor, sexo… temas que pueden considerarse una constante en la obra de Greenaway. En una puesta en escena que convierte, tanto al encuadre como a cierta dinámica entre personajes, en un tríptico en constante movimiento. Greenaway necesita que todo se mueva, siempre, incluso en esos momentos de formato clásico, algo se rompe y el encuadre parece tener vida y transformarse en otra cosa. Hasta los planos secuencias, falsos en cierta medida, tratan de alterar el orden y construcción mental de normalidad que tenemos como espectadores. Aquello que se ve perfecto y en forma, va a transformarse de golpe en otra cosa. En “Einsenstein in Guanajuato” la belleza de la imagen (sobre todo en la parte en que los personajes recorren el museo de las momias), más que obvia, es también vehículo para condensar las discusiones en las que transitan quienes aparecen en escena.

En la vida nunca nada es estático y este director lo sabe.

Greenaway no se queda atrás en su deseo por alterar el orden y la calma de sus espectadores. Su objetivo no solo es trastocar la experiencia del cine como tal (es clásica su diatriba sobre cómo el formato y soporte cinematográfico no ha cambiado en 100 años, por que lo que ha llegado a decir que el cine ha muerto), este director también busca sacudir a quien ve sus películas y en este caso, la provocación llega con la desnudez total masculina (algo que no es novedad en su cine), así como una escena de sexo homosexual en la que, como si fuese una travesura, Einsentein es capaz de hacer una relación entre la revolución bolchevique y la pérdida de la virginidad. Vamos, esto que acabo de decir no es adelantar nada de esta película. La experiencia que hay alrededor de la obra de Peter Greenaway no radica en no saber lo que va a pasar, sino en considerar que pese a que lo sepamos, no vamos a salir sin golpes. Peter Greenaway siempre vence al spoiler.

La música de Prokoviev está por ahí, y si bien nos hace falta las composiciones de Michael Nyman, la construcción sonora en este filme respeta de alguna manera la tradición. De pronto algo se altera y los sonidos, música y diálogos entran en un torbellino. Momentáneo, eso sí.

Imagen tomada de screenonscreen.blogspot.com

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Greenaway hace un ejercicio extremo de edición simultánea o yuxtapuesta durante los primeros 20 minutos. Luego baja el tono, quiere que nos centremos en la relación entre Eisenstein y Cañedo, y en cómo en toda esa explosión de cine, sexo y reflexiones, algo se construye en el soviético y eso lo vuelve otra persona. La experimentación salta, como flashes, alterando la sensación de unidad de cada viñeta. Quizás Greenaway, ya con 73 años, baja un poco la guardia porque la ruptura, si bien es importante para considerar al arte como arte, es también un ejercicio de mínima gratuidad, incluso cuando hay razones fuertes detrás de ella.

Y quizás eso sea lo único que le podemos reclamar a Peter Greenaway: en su intento por no dejarse llevar del todo por la provocación, “Einsenstein in Guanajuato” cae en agujeros que la vuelven tediosa, aburrida. Pero se recupera y al final, con esa imagen de un ser distinto, dolido y con pesar, esta biopic extraña cierra sus alas y cobija algo que podemos descifrar como abandono. La versión que Greenaway hace de Eisenstein es interesante, incompleta y atormentada. Esos tres adjetivos, de la mano de este director inglés, se vuelven en apuesta atractiva.

La seguridad del presidente turco que no ama a las mujeres ecuatorianas

Derechos humanos, Opinión, Reflexiones sobre política

¿Existen imágenes más terribles que las que mostrara ayer el noticiario de Ecuavisa? No, sobre todo porque mientras tres mujeres son agredidas en el auditorio del IAEN, en plena intervención del presidente turco Recep Tayyip Erdogan, el resto aplaude. Sí, hay aplausos porque lo que pasaba en los asientos de atrás no importaba.

Esa gente que aplaudió debería sentirse avergonzada. Pero no, nadie.

Y quizás sea de mala educación interrumpir a alguien, por más criminal que sea, pero esa dinámica de callar a los que se manifiestan en mi contra es algo que no se puede dejar pasar, sin importar la situación, ni protagonistas. No se puede.

Al menos el ministro del Interior y la Presidenta de la Asamblea han manifestado su rechazo a este hecho, en redes sociales, pero de ahí no va a pasar. ¿Por qué? Por la pelotuda “inmunidad diplomática”.

Lo bueno es que tenemos a Roger Murtagh por ahí. Él nos enseñó hace ya varios años que la inmunidad diplomática no puede ser vista como patente de corso.

UPDATE: El Canciller, Ricardo Patiño, ya se refirió al tema y lamentó lo que hizo la guardia turca, pero (como iba a pasar, sin dudas), también lamentó “muchísimo que el presidente Erdogan haya sido objeto de gritos e insultos cuando estaba ofreciendo una conferencia en el IAEN anoche (…) nos parece de lo más irresponsable e irrespetuoso que personas que asistieron se hayan levantado a insultarlo y al salir igual”.


Otra vez, Idrovo

Opinión, Reflexiones sobre música, Reflexiones sobre política

Supongo que no se puede decir mucho. A veces la imagen pública del artista o lo que hace en la vía pública no es más que un ejercicio de destrucción de su propia obra. Así pasa y así es. Hugo Idrovo es nuestra prueba más cercana. Ayer, como respuesta a una carta/artículo de Roberto Aguilar (publicado en 4pelagatos), Idrovo se sintió en la obligación de responder algo que, quizás, no necesitaba respuesta.

Pese a lo duro que puede ser Aguilar en su texto (en su mayoría, de una lucidez a prueba de cualquier réplica), hay cosas deben tomarse como lo que son: lecturas, opiniones y reacciones a lo que yo, públicamente, he dicho. La consecuencia que no soporta Idrovo al hacer pública su filiación, al poner su obra como escudo, es esta.

Hay algo lamentable, de lado y lado, pues por cada texto de un Aguilar (con la altura intelectual necesaria para una discusión colectiva), vamos a tener 10 mil comentarios penosos como los que podemos encontrar en ese post y en otro, en el que se incluye la lamentable respuesta de Idrovo. Así como hay decenas y decenas de opiniones en redes sociales y en la web sobre lo que hizo el autor de “Venenoso batracio”, el mismo cantante no es capaz de contenerse. Esa es la medida del ecuatoriano de ahora.

Aquí, bajo su propio riesgo, lean la carta de Aguilar y la respuesta de alguien que para salir de la arena movediza decide moverse y moverse, para hundirse más. Me da pena ser testigo de algo así.

El artista sobrevive sus filiaciones (sobre la bronca con Hugo Idrovo)

artículos, Opinión

Es deporte humano dejar de lado la posibilidad de discutir algo interesante. Mejor es pelear, armar una bronca absurda y mandar a la mierda a Hugo Idrovo por lo que dijo el sábado 16 de enero, en la celebración que hizo el régimen de Rafael Correa por sus nueve años en el poder. Sí, se trata de putearlo por su sueldo, por ser un empleado del Estado, por decir algo que no gusta, por expresarse de la manera que se expresó.

En una entrevista a diario El Comercio, Idrovo desarrolla la idea: “Yo lo dije: Yo soy borrego y no lo niego, no lo canté. Soy un artista con un pensamiento político. Desde el 2006 tomé una decisión: unirme a una transformación republicana, liderada por Rafael Correa (…) Cuando entró en campaña y escuché su pensamiento político, fue la primera y la única vez en mi vida en que mi arte se juntó a un pensamiento político y aquello se ha reafirmado a pesar de la infamia, la mediocridad alrededor, la descontextualización a través de redes sociales”.

Hugo Idrovo tiene todo el derecho a tener las filiaciones políticas que quiera, de expresarlas, de trabajar acorde a ellas, de gritarlas, bailarlas, revolcarse con ellas, decírselas al mundo. Tiene el derecho.

Sin embargo, ¿dónde realmente deberían estar las filiaciones del artista?

Aquí es donde entramos en problemas y quizás donde deberíamos centrarnos. Porque si el artista, por definición (soy un romántico empedernido), busca subvertir, darle la vuelta a la realidad y mirar de otra manera, debe usar como herramienta de observación a la desconfianza, incluso cuando se enfrenta a aquello que parece ser confiable y cercano a sus pasiones. Es en las rupturas en las que encontramos arte, no en el elogio al status. Y la ruptura mayor está en ni siquiera fiarse de las ideas, criterios, visiones de la realidad y esperanzas personales. “Cuando el mundo tira para abajo es mejor no estar atado a nada”, cantó Charly García hace años, con mucha razón: no es que el artista no está en el aquí y ahora, no es que niega la comunidad. Simplemente sabe que en la alteración de esa realidad, en ese cuestionamiento constante, existe la posibilidad de conseguir algo que golpee al espíritu del colectivo.

Idrovo lo ha conseguido en muchas ocasiones en el pasado. Quizás la realidad de entonces le permitía ese choque y rechazo distancia para crear universos propios, desarrollar una estética que significó mucho para muchos.

Pero, ¿qué pasa cuando esa realidad se alinea con nuestros universos propios? ¿El que hace arte deja de hacerlo?

No sé, se me ocurre que para partir de algo debo decir que para mí el determinismo es una tontería. Y lo que pasó ese sábado solo puede entenderse como eso: la unidad lógica que Idrovo asume como real entre lo que profesa, lo que ha visto, y lo que siente como discurso, todo como resultado de la presencia de Correa en la vida de Ecuador. Cuando el artista entra en ese terreno hay algo que se rompe, que debería romperse. No existe posibilidad alguna de congeniar un deseo de intervención artística para transformar la existencia cuando esta ha llegado al punto que has buscado siempre.

¿Eso significa que el arte es sufrimiento? No, el arte es la lidia del mundo exterior con el mundo interior, ese tira y afloja que produce un “objeto” que va a contener una mirada, criterio, una forma de conexión. El arte es un puente y en ese caso un artista siempre podrá encontrar los puntos con los que quiere establecer el contacto. No siempre pasa por lo político.

En la misma entrevista en El Comercio, Idrovo hace una clara alusión a su obra y a su posición política como algo que no es nuevo: “Si la gente aplaudió Gringa Loca es porque dice ‘las leyes de tu país, gringa, humillan a los pobres, mi vida fue desdichada desde que entré a tu embajada’. En Venenoso Batracio, la gente disfrutaba de la parte que decía: ‘Con esa cara igualita a la de Elsa’ y sabes a qué familia me refiero… Soy un trovador”. Hay que tener una piedra en la cabeza para negar la carrera de Idrovo y el carácter de sus composiciones.

Es esa conciencia política la que se puede convertir en un problema, sobre todo, cuando se enfrenta a la realidad. Porque la realidad es más que un discurso, o la atomización política que podamos hacer alrededor de esa realidad que asumimos como evidente. Todo acto público de aceptación de un proyecto político involucra la aceptación de sus aciertos, pero sobre todo de sus desaciertos. Y estos últimos son los que pesan.

El 21 de septiembre de 1976, Jorge Luis Borges está en Santiago de Chile, y recibe, de la mano de Augusto Pinochet, un doctorado Honoris Causa de la Universidad de Chile. Ese mismo día, en Washington, asesinan a Orlando Letelier. Durante la velada y como señal de agradecimiento, Borges pronuncia las siguientes palabras: “En esta época de anarquía sé que hay aquí, entre la cordillera y el mar, una patria fuerte. Lugones predicó la patria fuerte cuando habló de la hora de la espada. Yo declaro preferir la espada, la clara espada, a la furtiva dinamita (…). Y aquí tenemos: Chile, esa región, esa patria, que es a la vez una larga patria y una honrosa espada”. Aplausos. Luego se reuniría con Pinochet y lo describiría como una excelente persona. Se dice que por esto perdió el Nobel de Literatura, entre otras razones.

Años después, ante la gran cantidad de víctimas de la violencia gestada por los milicos, Borges se arrepentiría de sus palabras.

La lista de artistas y sus acciones, posturas, declaraciones y construcciones políticas es eterna. Van de un Elia Kazan delatanado a compañeros del Partido Comunista ante el Comité de Actividades Antinorteamericanas, a un Noel Gallagher dándole un espaldazaro a Tony Blair, cuando los nuevos laboristas empezaban su época dirigiendo Reino Unido; pasando por un Johnny Ramone, quien en su contradictoria naturaleza de punk y republicano, decidió pedirle a Dios que bendiga a George W. Bush cuando The Ramones fueron ingresados al Rock and Roll Hall of Fame; hasta Gloria y Emilio Estefan, que aparecen como fervientes anticastristas. No existe nadie más conservador en el mundo que Gene Simmons y de cuando en cuando encontramos en los medios sus tristes frases para evidenciarlo: “Un dictador benevolente es la manera más eficaz para dirigir un país”. Dave Mustaine ha llegado a decir, en concierto, que Barack Obama ha orquestado varias de las masacres masivas en centros educativos de Estados Unidos para encontrar apoyo en su “nefasto” plan para prohibir armas.

No se puede pensar en Neil Peart sin hablar de la obra y el pensamiento de Ayn Rand. El baterista y letrista de Rush la usó como referencia básica para el disco 2112; aunque en los últimos años se sienta un tanto lejano a esa perspectiva (Peart ha dicho que se considera un libertario de corazón sangrante). Él ha sido capaz de llamar a George W. Bush “un instrumento del mal”, y de asegurar que para alguien con su sensibilidad solo queda votar por el partido demócrata.

The Beach Boys son un ejercicio de contradicción entre arte y política, entre las perspectivas de Brian Wilson y Mike Love. Una banda esquizofrénica que representa la corrección norteamericana (que empezó como diversión pura, surf, chicas en bikinis y pelo largo), que ha apoyado hasta el cansancio a distintos candidatos y presidentes republicados (Romney y Reagan, respectivamente), y que al mismo tiempo, con la presencia del genio Wilson, ha sido capaz de cambiar, romper, dar la vuelta y reformular la música popular. Las dos visiones no pueden congeniar, pero existen.

Pudiera seguir. Idrovo no está solo. La lista de músicos locales que en casi una década han apostado por hacer público algún tipo de relación con el régimen es extensa. Solo hay que hacer una pequeña búsqueda en Google para encontrar que en varios enlaces ciudadanos han pasado diversos cantantes, que han llegado a dar declaraciones como: “Lo que admiro en lo personal del Presidente es el esfuerzo físico, lo que significa llevar la sabatina a cada sector de la patria para que todos los ecuatorianos estén permanentemente informados y que sientan que no se trata de un gobierno centralista sino que se trata de un proyecto país que involucra a todos los sectores, principalmente a los que fueron relegados por décadas”. Fausto Miño dixit.

Otros han aparecido en incontables notas de espacios de comunicación gubernamentales, afirmando las maravillas de algunas leyes de esta etapa, como la Ley de Comunicación, enfocados en el apartado del “1 x 1”.

Pero Idrovo se apropia del proyecto político con lo que pasó ese 16 de enero. Quizás nadie lo ha hecho así por acá. Hay algo valiente, desde luego; también torpe, pero no por lo que muchos creen y siguen afirmando. Incluso este domingo, en el portal “4pelagatos“, aparece un meme de CrudoEcuador en el que se sigue dando vueltas a la ridícula idea de que Idrovo dijo eso por ser un empleado del Estado, y ganar más de cuatro mil dólares al mes. Como si ese fuese un dilema real, como si Idrovo no tuviera derecho a trabajar y a recibir un sueldo en función de su cargo, como si trabajar para el Estado involucrara un problema ético, como si conocieran a Idrovo y asumieran que alguien, que él, es capaz de decir lo que dijo solo porque le pagan. A veces me aterra la facilidad que tenemos en este país para asumir que la corrupción, la poca ética, sea la medida de todo.

Imagen tomada de http://4pelagatos.com

Imagen tomada de http://4pelagatos.com

Un artista, de los de verdad, va a sobrevivir a la evidencia pública de sus pasiones políticas, acciones, desvaríos, destrucciones. Uno mediocre, nulo, ridículo, no.  La obra no se mancha; o si se mancha no lo hace en la dimensión que creemos. Un artista puede ser la peor persona del mundo o el autor de una de las peores acciones que hayamos conocido o auspiciante de crímenes y eso no debería significar que el arte se reduce (¿podemos ver en Albert Speer a un nazi más o a uno de los más grandes arquitectos que sucede que era nazi?). Quizás con una reflexión más precisa, el arte se dimensiona y hasta se podría indagar sobre su carácter cuestionador.

Idrovo dijo algo que le va a pesar y no por lo que la ilusión de opinión pública que hay en redes sociales asume como un acto para denostar, sino porque al decir que ahora, con el gobierno de Rafael Correa, su arte y su pensamiento político se han unido, ha determinado mucho. Ha levantado la mano, ha dicho algo que pone en riesgo su obra, porque al afirmar lo que afirmó volvió a su cancionero (que para mí es gigante) en un escudo que podrá romperse o no cuando ya no estemos en esta etapa, o que se resquebrajará mientras sigamos descubriendo las cosas que este poder, que este gobierno, hace, para bien y para mal. Como lo hacen todos los gobiernos.

Todo poder buscará siempre jodernos, tomarnos por tontos y despellejarnos para sobrevivir. El arte sabe esto. Idrovo lo ha ignorado, y ahí está el problema.

La Reina, la opinión y la volqueta

Opinión

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El video es tan claro que ya no está en Youtube: La Reina de Quito, Carolina Báez, lanza pelotas desde el interior de una volqueta de EMASEO a un grupo de niños que está abajo, en la calle. Lo hace en un pequeño tramo del recorrido por varios barrios de Quito que cada año realiza la Fundación de la que ella es parte, como un agasajo navideño. La acción dura segundos. Pero pasó.

Estallan las redes sociales. Yo estoy inmerso en ese estallido y publico varios tuits en los que reclamo la estupidez de la acción. Entro en el terreno de las bromas pesadas, también. Y publico, además, un video que me hicieron llegar en el que la Reina reparte caramelos en la mano, a cada niño; ya no desde un vehículo, todos en el mismo nivel -incluso ella agachándose un poco para poder estar más a la altura de ellos-. Hay fotos de eso en redes.

REINA DE QUITO

Imagen tomada de El Comercio

El hecho es simplemente una anécdota. No creo que nadie vaya a salir destruido de esto, pese a que -de acuerdo a la nota de El Comercio-, Carolina Báez lloró al hablar sobre los reclamos en Twitter. Sin embargo, la anécdota abre una nuevo paréntesis en la historia del reciente maniqueísmo del país y, sobre todo, una nueva experiencia fallida de comprender cómo se usan las redes sociales y cómo resultan anacrónicos la mayoría de conceptos que ligamos a la opinión para referirnos a lo que pasa en Twitter o hasta en Facebook.

Sospecho que no hay manera de creer que las esferas público y privado están separadas en este momento. Esa separación es más invisible que antes y se da por una decisión personal: ¿qué expongo y por qué lo expongo en mis cuentas? Cada cual tendrá una respuesta. Y lo que en el pasado era considerado un riesgo en lo referente a las relaciones sociales -si no me equivoco Hanna Arendt escribió sobre lo complicado que sería ver en la esfera social un espacio de acumulación de capitales-, pues eso es una realidad ahora: coleccionamos una idea de “opinión” que se basa en darnos algún tipo de relevancia, legitimidad o poder. No importa lo que decimos, sino lo que conseguimos para nosotros al decir “eso”.

Yo quisiera ir más allá y pensar que lo que sucede en redes sociales no llega a opinión. Son meros comentarios en función de la rapidez con la que aparecen los datos. Comentarios que no deberían estar sujetos a un escrutinio superior, porque el error es lo único que nos sostiene en ese terreno. ¿Por qué querer tener la razón en estos espacios? Porque ya no hay más espacios, se sabe.

Y en este caso en particular me saltaron varias ideas: 1) ¿Las redes son un juzgado? Evidentemente no, pero funcionan así para todos. No se trata de demostrar la culpabilidad o inocencia de alguien; creo que tampoco se debería llegar a esos extremos. 2) La Reina comentó: “Me han destrozado en Twitter”. Y sí, la entiendo. No soy el mejor ejemplo para hablar de fortaleza alrededor de los comentarios que se hagan sobre uno en redes sociales. Pero sé que es un error dejarme llevar por eso y basar mi calma o desesperación en lo que se escriba acerca de mí. Porque no es posible contener la historia de un ser en una cuenta en redes sociales -aunque Marc Zuckerberg nos quiera vendernos la idea contraria-. Somos más complejos que eso. 3) Los contextos no importan en redes sociales: solo interesan los hechos puntuales. La reflexión es mínima, incluso hasta para criticar a alguien por sus tuits: en las redes sociales no se puede mirar más allá, no hay forma. No existe el corpus, no hay obra, solo enunciados incompletos. Y 4) Como dijo Oscar Wilde: “La verdad es extraña y rara vez simple”.

Entonces, ¿qué hacer si estamos a merced de un soporte que convierte a la comunicación -al comentario- en un elemento más de legitimidad? ¿Cómo enfrentarnos a eso, a sabiendas de que no es algo que podamos teorizar con propiedad todavía y que subvierte muchos de las ideas que tenemos? ¿El mundo puede contenerse en 140 caracteres? Supongo que nos podemos hacer las respuestas que más se ajusten a nuestra forma de ver el mundo. Eso sí sería opinar.

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Y regresando a la volqueta, sé que es muy sencillo para todos ofender en redes sociales. Yo pido disculpas por algunos de mis comentarios errados y bromas pesadas a la gente de la Fundación Reina de Quito, pero hay cosas con las que no podría jamás transar y una de esas es el trato cruel y poco digno a niños y lanzar regalos desde una volqueta es eso: crueldad. Esto, más allá de cualquier reminiscencia que el acto generara en mí, porque uno de los acontecimientos más duros de mi niñez fue ver por tele cómo la gente murió en la infame repartición de regalos de Elsa Bucaram, en Guayaquil.

En otro nivel, uno siempre podrá sospechar de las intenciones mediáticas de los espacios periodísticos que expusieron el caso, pero yo prefiero quedarme con lo básico: si un periodista vio que eso pasaba y no fue capaz de cuestionar a los protagonistas u organizadores, simplemente no es periodista. Es otro simple observador que prefiere fragmentarse antes que encontrar todos los datos disponibles para construir el relato más veraz posible. Periodismo mediocre.

Y ni hablar del nivel político del tema, porque leí comentarios que dejaban claro que todo esto se dio para afectar al alcalde de Quito, Mauricio Rodas. Y sí, ese nivel no se puede tomar tan a la ligera.

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Pero en el fondo me queda claro que el hecho se solucionaba con mucha facilidad y lastimosamente el comunicado que lanzó la Fundación Reina de Quito no reconoce la falta y más bien habla de que los medios distorsionaron y descontextualizaron la verdad. Y sí que pasó de esa manera, pero la Reina lanzó pelotas desde una volqueta; el hecho se dio y en ese comunicado no hay una sola palabra que evidencie reconocimiento de que eso no estuvo bien.

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Y la verdad es que, en esta época de legitimidades patológicas, es muy probable que eso nunca se reconozca.

Los muertos también son objetos de placer (sobre “Necrophilia Variations”, de Supervert)

artículos, literatura, Opinión, Reseñas

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Uno de los libros que más me ha perturbado, hasta el punto de volverlo a leer una vez que lo termino es “Necrophilia Variations”. No se sabe el nombre real de su autor, pero se hace llamar Supervert y no es tanto una celebridad, pero sí una rareza dentro de la literatura. Y ese libro más.

En el universo de “Necrophilia Variations” no entras a justificar una perversión desagradable, entras a entender –en ese terreno que mezcla el ensayo con la narrativa corta- que de plano existe una concepción de belleza que se te puede escapar y que quizás no compartas, pero visualizas que para alguien más, así sea un personaje de una historia, sucede. No es que el autor busque hacernos cómplices de una perversión tan repulsiva; en realidad, lo que busca es que juguemos a no ser tan contundentes en nuestros juicios.

¿Y dónde está la belleza de esto? En cómo lo cuenta.

Supervert es dueño de una prosa que entrelaza una normalidad social con destellos de depravaciones sexuales, todo dentro de la privacidad de cada personaje. Los seres que aparecen en “Necrophilia Variations” viven sus fantasías, porque para ellos de eso se trata: de cumplir sus deseos, sin dañar a otro ser vivo. En teoría, este libro muestra que esta máxima de convivencia social puede ser llevada a los extremos más impresionantes.

Y en esta búsqueda de satisfacción hay mujeres que duermen en ataúdes, gente fascinada con los atentados terroristas a gran escala (con referencia a Stockhausen incluida), jóvenes con discapacidades físicas que desean vivir fantasías sexuales riesgosas, un hombre que busca voltear su libido a como dé lugar, un grupo de mujeres fanáticas de los suicidas, que corren a buscar sus penes en las escenas del crimen, para guardarlos en tributo, etc. “Necrophilia Variations” no me cambió la vida por su temática, sino porque me enseñó que se puede escribir sobre aquello que ni siquiera piensas posible y asombrarte porque el autor apaga todo juicio moral para hacerlo y entiendes, definitivamente, que la literatura no es fuente de moral.

“La belleza está en el ojo de quien la mira. El amor es ciego. La diosa de un hombre es la arpía de otro. Todo el mundo atrae sexualmente a alguien o muchos de nosotros no estaríamos aquí. ¡Trivialidades! La belleza es relativa, dicen ustedes, pero quizás deberían ser cautos. Quizás no han pensado realmente sobre las consecuencias de sus palabras. La belleza es relativa, ¡sí, claro! ¿Se han dado cuenta que, de ser cierto eso, estamos ante un abismo verdadero? La belleza es relativa, ¿pero podría ser tan relativa como para que algunos nos sumerjamos hasta el fondo y encontremos atractiva a la fealdad absoluta?”, escribe Supervert y esa pregunta es la duda humana que más me ha perturbado.

Video de Stoya siendo parte del proyecto “Hysterical Literature”, leyendo fragmentos de “Necrophilia Variations”. No safe for Work

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Publicado originalmente en diario El Telégrafo, el 11 de abril de 2014

Siempre es la ética

Opinión, Reflexiones sobre periodismo
imagen tomada de revista replicante

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En un noticiario se transmite una noticia con información no contrastada y al poco tiempo nos enteramos de eso. En un diario se publica una “entrevista” que nunca se hizo y no sabemos muy bien por qué. ¿Qué hacer con eso? ¿Qué?

El periodismo es un tema de ética, siempre. Si me voy al extremo podría decir que todo error en su práctica es un problema de ética, incluso aquellos que se producen por no corregir una letra en una palabra. La ética no puede ser entendida como algo suprahumano ni debe estar plagada de consideraciones por las que esta solo responde a temas profundos. La ética en la profesión es algo más tangible.

En periodismo todo es ética.

En ese terreno, el periodista debería tener un solo dogma, una sola premisa de la cual pueden salir todas las reflexiones posibles y una buena práctica profesional: No se puede engañar al lector/televidente/radioescucha. Repito: NO SE PUEDE ENGAÑAR AL LECTOR. Pueden existir varias situaciones que consideremos también como faltas éticas, pero atentar contra el lector es la base de todas Si el periodismo no es claro en el contrato tácito con la sociedad, estamos en problemas.

Dos casos con similitudes y diferencias acaban de golpear al periodismo ecuatoriano con solo horas de diferencia. En ambos hay una conciencia alrededor de la ética y una nula reflexión sobre el rol del periodista ante la sociedad. En uno, un reportero de tv hace una nota con información no corroborada y en otro, el editor general de un diario publica una entrevista con el argentino Martín Caparrós, para que horas después el escritor desmintiera la comunicación con él.

Vamos, podemos decir mucho de ambos hechos, pero hemos reflexionado muy poco sobre lo que significan en realidad. Y hablo desde los medios. Los medios, que desde la vena periodística son muy capaces de indagar en los errores, fallas y malos funcionamientos de otros espacios, no pueden ver su propio reflejo. En Ecuador queda claro que los errores del periodismo son conversaciones en salas de redacciones, o entre amigos (con copas de por medio), y no son investigaciones o procesos de análisis que los medios quieran tomar como otro tema más de toda la gama de temas que pueden ser parte de su política editorial.

Sí, los periodistas en Ecuador preferimos no mirarnos el ombligo, no hacer más grande el problema de nuestra profesión. Consideramos un acto compasivo eso de no hablar de más, solo lamentarlo en nuestro círculo de lo sucedido y solidarizarnos con la persona que se ha convertido en carne de cañón por esta lamentable situación, por este error. Si alguien habla de eso, pues debe ser porque odia al periodista que comete la falta, sin duda. No somos capaces de entender que las acciones deben y tienen que ser motivo de un intercambio de criterios, sobre todo para comprender sus dimensiones reales.

imagen tomada de comunicacionsocialunl.wordpress.com

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En el caso de tv se habló en varios sitios (porque de por medio hubo un reclamo presidencial y un anuncio de posible demanda al medio), pero del otro casi ni se habló. Salvo en redes sociales y en programas de radio, nadie ha dicho nada. Quizás porque la persona involucrada es un editor, quizás porque muchos lo conocen y sienten aprecio. Quizás por muchas cosas que no vienen al caso.

La entrevista en cuestión se publicó bajo el título “Entre el papa, los Kirchner y el ego argentino… “. Mucha gente la compartió en redes sociales el domingo 17 de marzo y el lunes todo se vino abajo. Martín Caparrós escribió en su cuenta de Twitter lo siguiente: “Maestro! Un ¿periodista? ecuatoriano q intentó hablar conmigo y no me encontró, igual publica su entrevista”. Y colocó, a continuación el link de la nota publicada en el diario local.

¿Entonces?

Sencillo. La profesión debe estar inundada de ética, sino no sería posible ejercerla.

En el caso del reportaje de tv no se hicieron las verificaciones pertinentes para corroborar que la información transmitida (basada en un documento entregado por una fuente) era real. Digamos que Ecuavisa no se equivocó –pese a todo- y que en sí la información que dieron era real y que la molestia del Presidente solo buscaba que no se dijera nada más sobre el asunto –ligado con ascensos de coroneles a generales e intereses de por medio. Pues en ese caso, Ecuavisa (o su reportero, o ambos) se equivocó: al no haber corroborado la información en su momento, ya le quitó la oportunidad al espectador de acceder a una información real. Así sea falso o certero el dato, se violentó la necesidad de que el lector supiera un dato corroborado. Eso también es engañar a la persona que te lee o te mira por tele.

Por otro lado, para muchos quienes leímos la “entrevista a Caparrós”, algo estuvo mal de entrada. En ningún momento su autor decidió explicar al lector que el convenio tácito de lectura se había alterado, que estábamos ante una nota armada a partir de comentarios que Caparrós había dado a otro medio y de un texto que él había escrito para The New York Times. Nadie que leyó esa nota entendió eso. Nadie.

Me explicaron que en la edición impresa de ese día, en su portada, se pudo saber que lo que se iba a leer una recopilación de información. No sé, no he visto la versión impresa. Pero sé que los demás entramos en un juego de convenciones y nos convencimos de que estábamos ante una entrevista. De seguro que hay gente para la que todo está claro, pero no dejemos de lado que el mismo “entrevistado” salió a reclamar la existencia de ese texto en el que se define una “entrevista” y que él nunca había dado.

Sí. Leímos una entrevista “pregunta y respuesta” en la que su autor construye un diálogo no solo con lo que él coloca, como sus interpelaciones personales, sino por cómo estructura esa conversación: con guiones antes de cada intervención, como una máxima de la redacción literaria latinoamericana y que el periodismo ha tomado como suya. Sí, es una conversación (aunque muy mal hilada):

“- Y como arzobispo también enfrenta al gobierno kirchnerista de Fernández.
– Sus posturas sociales a menudo conducían a choques con Néstor Kirchner y Cristina Fernández, los presidentes que dan la espaldas a Argentina desde 2003. El arzobispo, públicamente denunció la política gubernamental sobre pobreza y desigualdad y acusó a los Kirchner de enriquecimiento fingiendo servir a los pobres”.

Por más que se empeñen en decir que en la portada quedaba claro eso, lo cierto es que el juego tácito de la credulidad estaba bien marcado en la nota.

Una entrevista que debe ser explicada bajo otros subtextos, en otro sitio, o en otra página del mismo medio, es una mala entrevista. Hay que partir también de eso.

Podemos asumir varios caminos para entender lo que ha pasado en ese caso. Desde el más superficial y torpe que acusa al autor de no entender las dinámicas contemporáneas y de no saber lo que puede pasar al hacer un ejercicio como ese (el tema explotó en redes sociales porque el propio Martín Caparrós se sintió ofendido), hasta el que considera que todo fue un error y ya, que no se ha infringido ninguna norma. Pero el único camino posible es comprender esta falta como lo que es: la ausencia de ética profesional.

Una ausencia que termina golpeando en el rostro al lector.

La ética está definida como un conjunto de normas que rigen la conducta humana. Esa conducta humana es la que entra en dilema cuando se producen estas faltas. No es un tema de moral, sino de hacer el trabajo de manera óptima, respetando códigos. De eso hablamos cuando hablamos de ética profesional.

Más allá de si entendemos o no la profesión, es obvio que nos importa muy poco el otro: el que nos lee, o nos mira y escucha. Cuando debe ser lo contrario. Si nuestra profesión trata de abrir la realidad a la gente, mostrando las prácticas nefastas de muchos espacios e instituciones, para que se puedan dar correctivos, ¿por qué no hacerlo con nuestra misma profesión? Ese acto de sinceridad y de autoreflexión le hace tanto bien al periodismo.

El 11 de mayo de 2003, ya para cuando medio mundo sabía todo lo que se había inventado Jayson Blair en sus textos para el New York Times, el diario decidió publicar una nota de más 7000 palabras (casi como un suplemento aparte), pidiendo disculpas, contando cómo se produjo el engaño y falta ética en el medio. Y eso es ética y respeto por tu lector.

Acá, simplemente, no podemos ir más allá. En un momento histórico en el que la comunicación es un hecho generalizado y en el que el periodismo se ha vuelto grito de guerra para el poder político nacional, la decisión del diario y del ahora ex editor (hubo una salida del cargo por este tema) ha sido el silencio. Hacer mutis por el foro y quizás asumir que mañana todo el mundo se olvidará de eso. Y sí, nos olvidaremos, pero esa actitud “aquí y ahora” no es la que precisamente vaya a dejar en buen terreno a la profesión.

A la larga el daño se hará evidente. Sobre todo porque la actitud de muchos periodistas profesionales es que este caso va a ser la cruxificción del ex editor (en el caso del reportero de tv, el canal lo despidió… una medida extrema, sin duda) y que eso no sirve de mucho. Por eso es mejor callar y que sean las universidades y las salas de redacciones esos espacios para hablar de los problemas y errores de la profesión.

Pero no. El periodismo no se hace puertas adentro. Olvidarse del lector, del televidente, del que escucha noticias por una estación de radio es lo más criminal que se puede hacer en circunstancias como las que redacto aquí.

La ética profesional se mide también en la manera que reaccionamos ante las faltas éticas.

Luego de dos anuncios de posibles declaraciones del ex editor que nunca se dieron, no sabemos nada. Hay rumores. Solo en tres días me he enterado de cinco. Desde los más descabellados, pasando por los burdos y hasta los directamente ridículos. Un periodismo que no enfrenta públicamente sus errores no es un periodismo sano.

La sociedad debe saber, de primera fuente, cuándo el periodismo es vehículo de faltas graves. Es justo y necesario.

A fines de enero, diario El País publicó en portada una foto falsa de Hugo Chávez. Cuando sus editores se dieron cuenta del error, decidieron sacar de circulación los ejemplares y al día siguiente apareció una nota en la que pidieron disculpas y contaron por qué publicaron la foto. Otros medios se hicieron eco de esto e investigaron por su cuenta todo lo que había alrededor de este terrible fallo de filtros y evidente poca ética profesional. ¿Diarios como “El Mundo” o el “ABC” publicaron reportes de este hecho solo por tratarse de la competencia? No. Lo hicieron porque más allá del malestar generalizado y público que generó esta foto falsa en una primera plana (que causó enojo en Venezuela, obviamente), también era necesario que la gente entendiera las razones que hay detrás de los errores periodísticos. El periodismo sano no es el que no comete fallas por asuntos de ética. El periodismo sano es el que se enfrenta con más ética a sus problemas éticos.

La ética del periodismo está en función del lector. No se lo puede maltratar, engañar, dejar de lado. La parte más importante del periodismo son el lector, el espectador… la sociedad.

Le podemos ver el lado bueno a todo esta experiencia, desde luego. La tecnología ya es la verduga de las invenciones en el periodismo. En alguna parte del mundo alguien, con el poder de un clic, podrá revisar lo que haces y entender la falta que has cometido cuando la hayas cometido. No somos tan inocentes, ni tan desconectados.

El pasado

artículos, Opinión, Reflexiones literarias

 “Cuando el mundo tira para abajo es mejor no estar atado a nada”

Charly García

Obra de Marta Moreu, titulada “Levedad”, tomada de http://www.martamoreu.com

El tiempo se abre como un todo. El Aleph funciona como posibilidad de física cuántica. Un ahora mucho más firme e interesante, que no ve en lo de atrás un modelo a seguir o de rechazo, sino una condición de presente y de futuro en un solo momento. El pasado es una forma de ver las cosas. Es una línea y quizás el ejercicio mental necesario sea desdibujar esa línea. Porque mucho se ha dicho de que repetimos los mismos errores y las faltas ridículas de siempre porque no ejercemos una mirada crítica al pasado. Freud Fields Forever. El ejercicio para mí es distinto. Es light y abraza. Porque siempre vemos atrás, buscamos en lo que pasó la respuesta, la justificación y razón. Y nada resulta de eso, más que una profunda y pesada conciencia de vacío; algo que duele y que se suele convertir en motivo de diatribas, porque el dolor es condena de mundo. No, el pasado es un vehículo presente. Todos los tiempos en todo porque estamos vibrando en varias circunstancias. Pura mierda new age. Pura certeza de fotones.

Buscamos regresar a un tiempo de paz que aparentemente existió antes. O queremos cambiar las sentencias que nos condenaron, pensando que presente y/o futuro es negación de pasado. Ni bueno, ni malo, simple condición constante e innegable.

Mis primeros recuerdos son del barrio La Chala, suroeste de Guayaquil. Técnicamente se asienta sobre uno de los ramales del Estero Salado y, por eso, cuando llega/llegaba/llegará un invierno fuerte, todos en la zona se jodían y las inundaciones eran parte fundamental de nuestra existencia. El agua rodaba por las gradas, que separaban la entrada de la casa del piso de la sala. Un desnivel común que suele convertirse en criminal en la ciudad que nací, porque vivir sobre terreno pantanoso, ganado al manglar, es un juego de azar. En todo caso, el agua entraba a gran velocidad y los adultos de la casa trataban de evitar que la catarata llenara la habitación. En una ocasión, los pequeños fuimos colocados dentro de una cuna larga en la que mi hermana, muy pequeña, solía descansar. Ella, mi prima y yo; los tres, saltando y observando cómo la lucha se volvía gigante. La furia de titanes frente a nuestros ojos y lo que nos parecía mejor era contemplar cómo padres, tíos y abuelos querían detener lo inevitable. Nos movimos mucho y la cuna perdió estabilidad. Caimos de cabeza al suelo, cubierto de agua. Lloramos, rieron, nos levantaron y reímos. Estábamos empapados, sonreídos, felices y asustados. Tiempo después salimos de La Chala y fuimos a otro barrio, al norte.

Salto temporal. Era un poco más grande cuando iba al taller de mi abuelo carpintero, en el patio trasero de la casa en La FAE. Aprendí mucho ahí. Armé espadas, clavé clavos, serruché trozos largos de madera, jugué, y mucho. Podía ser un pirata o meterme en una de las repisas que él hacía y simular que estaba dentro de una nave espacial. Era solo un tema de imaginar el universo y llevarlo a cabo manualmente. Fue el mejor aprendizaje de entonces. Me sirve. Es parte de mí. Mi conciencia sobre el trabajo del creador tiene que ver mucho con la labor del carpintero. El libro llegaría luego. Antes es lo mismo de Ahora. Para mí el pasado no es más que otra manifestación de lo que soy y hago. Es una constante. El pasado no está, el pasado es.

Todo esto me sirve porque quiero buscarle una explicación al jaleo que se ha armado alrededor del texto “El manto de la invisibilidad”, que leí en la última edición de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Parto de esa precisión, porque creo que asumirlo como “ensayo” es el primer error de una serie de errores en un texto que no es más que un punto de vista, que jamás buscaría convencer a nadie de nada. Le tengo mucho cariño a este texto, mucho. Porque no asume nada y se equivoca genuinamente al reflejar una mirada, una lectura y una celebración. ¿Qué he intentado establecer una radiografía generacional? Sí, claro. Hay maneras y maneras y desde ya no solo que reconozco que es infructuoso hacerlo; sino que equivocarse en ese camino no es nada del otro mundo, salvo una oportunidad más para hablar en el reino de las múltilples posibilidades.
¿Deberé aclarar algo? Sí, desde luego. No como defensa de nada, sino como acto de justicia en el imperio de las razones, que por alguna extraña conjugación cósmica se confunde con “tener la razón”. Yo parto del hecho de que nada de “El manto de la invisibilidad” es LA VERDAD. Es solo una versión de la realidad. Es mi versión. Y en ella, el pasado no importa como construcción histórica, porque a mí no me interesa el pasado como construcción histórica. El pasado de la literatura ecuatoriana que me interesa es aquel que no deja de estar presente en el “Ahora”. Condiciones culturales y económicas que nos convierten en lo que somos. Parto de la ausencia porque existe, porque considero que somos parte de esa dinámica, presente todavía. Y aún sostengo que en esas condiciones lo único que queda es escribir y hacer literatura sin llorar sobre la leche derramada.

Creo, también, que la literatura no es un asunto de razones.

Y estoy convencido de que no se trata de negar el pasado. Perder interés en el pasado construido no es igual a negarlo. Desinterés no es igual a negación. La operación matemática es sencilla.

El pasado simplemente ES.

Llega a niveles tan profundos y oscuros que tratar de reflexionar sobre él complica la vida y la existencia de muchos. El pasado debe ser reconocido, por alguna razón que no entiendo, como un espacio de respeto y no como un instante más con sus características propias. Entiendo que eso pueda considerarse irresponsable, quizás lo disfruto. “El manto de la invisibilidad” no niega la tradición, la deja a un lado; así como deja de lado a una serie de autores que a mí no me dicen nada de manera directa, y que se publican fuera del país, ejercen imagen y se yerguen como símbolos jerárquicos de cierto imaginario nacional. No fueron parte de MI PASADO y no tienen realmente ninguna importancia en las lecturas que pueda hacer sobre lo que se convierte o no en literatura. La literatura no es un tema de nacionalidades para mí.

En “El manto…” no he sido lo suficientemente claro al definir esa distancia. Quizás ahora trataré de enmendar esto, porque en el fondo creo que lo que me pasa es estético y eso no tiene ningún tipo de drama de por medio. No me interesan figuras que aparecen como importantes por el simple hecho de ser importantes. ¿Eso es un problema? No, es una característica. Se afirmó que con mis precisiones no me la juego, porque no pongo ejemplos o especifico casos. Lo intento ahora como un ejercicio de diálogo, nada más: ¿Qué puedo encontrar en la obra de autores como Abdón Ubidia, Javier Vásconez, Raúl Vallejo, Jorge Dávila Vásquez, Jorge Velasco Mackenzie o Jorge Enrique Adoum? Muchas cosas, desde luego. Puntos para tomar en cuenta y disfrutarlos, y consideraciones que me obligan a entender que a mí (y quizás a muchos) la literatura que surge de ellos no me dice nada. ¿Por qué? Porque hay un tema de lenguaje y de ideas que no significan algo para mí. ¿Es eso malo? No. ¿Eso los vuelve malos? No, en lo absoluto. A lo que voy es que al leer la prosa de estos escritores, al disfrutar algunos momentos y al encontrar pasajes irregulares en otros, se empieza a configurar el gusto y el placer. Para mí todo es un “Ahora” en el que importan otras búsquedas de lenguajes y sentidos para la palabra. Me parece que contar una historia en este mundo fragmentado te exige comprender mecanismos que se han establecido como condiciones de lectura. De los autores señalados (incluyendo a Vallejo con su “Acoso textual”, novela en la que incluso la excusa de la tecnología sabe a antaño) no existe ninguno que me ofrezca una comprensión contemporánea alrededor de métodos o formas para contar una historia. E, inclusive, en algunos párrafos encuentro descripciones escuetas, como si las palabras no pudieran dar más a nivel narrativo, ni darle espacio a la imaginación como campo fértil para la ficción. Javier Vásconez describe pobremente un ataque epiléptico en su novela “La piel del miedo” (finalista de este último Rómulo Gallegos): “Algunos pensamientos se atropellaron en mi cabeza y los objetos se alejaron hacia el extremo de la habitación, y me deslicé a ciegas por el túnel hasta caer fulminado, mordiéndome la lengua con el sabor dulce de la sangre”. Este párrafo está plagado de aproximaciones básicas que terminan por desgastar la narrativa literaria. Algo que no sucede en otros formatos, como se ilustra en el filme “El aura”, donde su guionista y director (el fallecido Fabian Bielinski) consigue describir un ataque epiléptico con tal maestría que sin buscarlo consigue elevar el lenguaje y las sensaciones del espectador.

No se trata de negar el pasado, ni de pensar que quienes nacieron hace 80, 60 ó 40 años no valen la pena. Diego Cornejo Menacho hace con “Las segundas criaturas” una novela en la que desentraña lo que es la escritura y juega a la mentira de la ficción alrededor de lo que es ser escritor en Ecuador. Y en ese camino mira hacia atrás como un acto contemporáneo de reflexión. “Las segundas criaturas” es una de las novelas más importantes que se han hecho por acá. Miguel Donoso Pareja acaba de cumplir 80 años y es de esos narradores que ha jugado de tal manera con las formas estáticas de lo literario que a veces es difícil leerlo con cierta calma, porque no es sencillo, es muy fragmentado. Esa posibilidad de su obra me encanta. Sus últimos libros lo reflejan muy bien y, desde mi perspectiva, es quizás el único autor ecuatoriano (con residencia en Ecuador) que se mantiene en actividad siendo consecuente como individuo creador y con el tiempo que está viviendo. Leonardo Valencia lleva con altura uno de los pocos proyectos interesantes acerca de los caminos de la creación con su serie de novelas (enfrentadas al concepto de “libros de pequeño formato”) que irá publicando en estos años. Por lo pronto ya se puede leer “Kazbek” y sé que la novela dos está lista. Y si no han leído a Juan Andrade Heymann, esa clara conciencia de lo que debe ser un escritor y cómo debe actuar en un momento político preciso, no saben nada y no quieren saber nada.

Repito, no se trata de negar el pasado, ni de renegar de sistemas de representación. Lo único que sostengo es que todo eso es parte de cada uno de nosotros y antes que buscar las causas principales en lo que hubo en nuestros primeros años, es mejor reconocer qué hay dentro. No como arqueología, sino como sano cuestionamiento diario y personal. Lo demás es absurdo. Estamos tan envilecidos buscando las razones evolutivas que hicieron que el ser humano tenga dos brazos y no tratamos de comprender qué podemos hacer en sí con esas dos extremidades. Nos interesa lo accesorio.

imagen tomada de letercermonde.com

Y lo peor de esto es que las contingencias políticas y de poder llegan de golpe a buscar discusiones en estos temas, porque en aparencia son ineludibles. No, no lo son. Escribimos a pesar de todo esto. Y quizás mi error al no ser lo suficientemente claro en ese texto que leí en Buenos Aires —y que repito, NO ES ENSAYO (el desliz de presentarlo así en HermanoCerdo es algo de lo que me hago responsable sin problema)— es que la lista de autores que coloco no tiene que ver con una precisión generacional de calidad. Esa lista funciona como evidencia de la gente que escribe ahora, que lo hace venciendo todo ese vacío que desde un Olimpo contemporáneo se quiere considerar como falso, cuando simplemente ES. ¿Postura romántica la mía? Desde luego, porque la literatura tiene esa característica para mí. Es tan fácil esbozar un rostro de novedad y comprender a eso como un acto de destruir el pasado. Es tan sencillo y burdo hacerlo de esa manera. Es tan fácil leer lo que no existe en un texto porque construimos estructuras mentales como certezas, gracias a las ideas que penetran el cerebro y asumimos como el único horizonte posible. Hasta ahora, toda la polémica que se ha suscitado con “El manto…” se reduce a una lectura basada en la necesidad de darle brillo a un pasado extraño. ¿Una lista de nombres, títulos, autores “consagrados”, antologías presentadas en otros países, encuentros literarios y ferias son necesarias para configurar al Ecuador como territorio de literatura? Esa manera de verlo ha sido explotada hasta el cansancio por muchas personas. No niego ese camino. Hoy creo que hay que perder el interés en crear un canon o mirada única y oficial y solo escribir.

El texto de Francisco X. Estrella, publicado en HermanoCerdo, y lo que hoy ha aparecido en diario El Telégrafo intentan generar una discusión. No sé de qué. Los dejo ahí, pues entrar en juegos dialécticos donde la contraparte asume las cosas que cree como las únicas certezas posibles no es algo que me llama la atención. Prefiero el juego del error, equivocarme, caer, mojarme, no renegar, llorar y reír al mismo tiempo. Ser uno de esos “payasos tristes”, como construcción real; como resultado de un tiempo que me antecedió y que es parte de mí ahora. No lloro sobre lo que fue y no es; río sobre lo que es y lo disfruto. Importa el “Ahora” y comprendo las fallas que se pueden producir. Mis ideas sobre la literatura no están clavadas como la espada en la piedra. Son tránsitos, prefiero eso. Y, sobre todo, no son verdad. Ese “manto de la invisibilidad” es un hecho que nos convierte en esto que somos, y no me quejo de eso. Lo celebro.

Celebro la sentencia de lo light, pues me distancia de esa otra lectura que Estrella presenta (y que tiene eco en el diario El Telégrafo que, extrañamente, busca que se genere una discusión “seria” sobre el tema y utiliza uno de mis tuits, descontextualizándolo y dotándolo de una carga completamente distinta, reduciendo esto al clásico ejemplo de revuelo mediático absurdo y que no aporta nada). Si en el texto de Estrella está la postura profunda, lo que tiene sustento, lo que está enraizado en lo que ha pasado en el país; disfruto y prefiero estar en el otro extremo, porque para mí esa ligereza es la que me hace entender que aquel vacío de nombres y de una literatura fuerte como país (que salga de los límites de un imaginario creado por los mismos escritores y sus acólitos) es una de las condiciones más ricas y poderosas que hay. Prefiero ser light, para no estar saturado. Escojo ser light para no ser oscuro. Ser light me permite librarme de grilletes y cadenas mentales que insisten en impedir el despegue. Quedarse sin lastre es quizás el camino más congruente que encuentro ahora. Me encanta la perspectiva, porque no niego la otra, la contraria; la leo, la percibo, la entiendo y le otorgo la importancia suficiente como para saber que esto es algo que no vale la pena discutir más. Para mí, ese pasado que se mantiene es el que no tiene figuras que trasciendan los límites de una élite literaria local y autocomplaciente para sus creadores. Y eso no es más que una condición de país; ni buena, ni mala. Es.

En definitiva, uno debe escoger en qué lecturas vale la pena detenerse con atención, para atesorarlas y agradecerlas. Yo no estoy diciendo ninguna verdad aquí y en “El manto…”, solo expongo mi opinión. Definir una “verdad” no es algo que me atraiga. Insisto, prefiero mil veces el error como mecanismo de vida, de ficción. Voto por la imaginación como punto de partida. Insisto en la construcción manual y no histórica de una obra. Quienes quieran crear el canon del país, tienen el espacio listo y libre para eso. No es mi camino y no me detendré nuevamente a precisar cosas sobre su trabajo. Para mí, la literatura ecuatoriana es tan importante como la rusa, la chilena o la danesa: cuando hay buenas obras, todo lo demás está de más.