La vulnerabilidad no se esconde (sobre The Bible 2, de AJJ)

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¿Qué es un disco sino una posición estética y un discurso alrededor de fantasmas y demonios particulares que cada músico sostiene como bandera? ¿O un disco es quizás la necesidad de darle existencia a sonidos que atosigan a sus compositores? ¿Un acto de nostalgia y de amor? Bueno, en realidad un disco puede ser cualquier cosa —especialmente en esta época en la que los álbumes han desaparecido del inconsciente colectivo—, pero a veces las apuestas sonoras pueden dar por resultado algo que se te queda en la cabeza, que seduce, que te hace pensar una vez más en el poder que hay detrás de ciertas colecciones de canciones, dispuestas en un orden secuencial particular, que parecen decirte algo. Esto es lo que pasa con “The Bible 2”, el sexto disco de la banda AJJ.

Ben Gallaty, Preston Bryant, Sean Bonnette y Mark Glick.

Ben Gallaty, Preston Bryant, Sean Bonnette y Mark Glick.

Originaria de Phoenix, Arizona —Estados Unidos— AJJ es una banda que ha sido catalogada como un experimento de folk punk. En pocas palabras: canciones energéticas, descabelladas, irreverentes, toscas, tocadas con guitarras acústicas. Quizás esa etiqueta quede corta una vez que entramos en su propuesta y empezamos a escarbar en su historial. Fundado en 2004 por Ben Gallaty —bajista, ese tipo alto que parece no acabar nunca— y Sean Bonnette —el guitarrista, compositor principal, cantante y poseedor de aura de excesiva buena onda que te hace sospechar de sus intenciones—, el grupo empezó llamándose Andrew Jackson Jihad. Alrededor de las canciones que Bonnette y Gallaty llevaban a los ensayos —y a través de una lista interminable de colaboradores— la banda empezó a crear un repertorio sobre relaciones familiares, pesadillas religiosas y fantasías desproporcionadas. Da la impresión que la rudeza, crudeza e intransigencia que hay en mucha de la música de AJJ parten de un solo lugar. Y en ese sitio encontramos a Bonnette y sus letras: impresionantes, desesperadas y plagadas de un humor negro como un insulto que cuestiona. En estas canciones se trata de sobrevivir en un mundo sobreexpuesto, de ser violento para que las cosas que uno esconde no puedan ser interpretadas como signos de debilidad; se trata de resistir y de ser atroz, porque la atrocidad puede ser medida de existencia.  Las ganas de joder no son más que una máscara.

Y sí que hay ganas de joder. Jesús es un ser vengador en este universo. En Be afraid of Jesus cantan: “So if you wanna be afraid of Jesus now / Cause his hearts filled with vengeance / And his souls filled with hellfire / And he’s thirsty for blood / So, be afraid of Jesus, be afraid of Jesus / Be afraid of Jesus, be afraid of Jesus / Be afraid of Jesus cause he’s gonna fuck you up old school style” (Si quieres, tenle miedo a Jesús ahora / porque sus corazones están llenos con venganza / y sus almas llenas con fuego infernal / y él está sediento de sangre / Así que tenle miedo a Jesús, tenle miedo a Jesús/ Tenle miedo a Jesús, tenle miedo a Jesús / Tenle miedo a Jesús, porque él te va a hacer mierda, a la usanza de la vieja escuela).

Hay también violencia infantil desesperanzadora. En Daddy didn’t love me, Bonnette dice: “Well, once when I was eight / everything was going great / until my father, he tried to kill me (…) And I can’t help but miss him even though he hit me everyday / And he tried to hang me with a belt once / And he took nude photographs of my body” (Bueno, cuando tenía ocho todo iba bien hasta que mi padre trató de matarme (…) Y no puedo evitar extrañarlo a pesar de que me pegaba a diario / Y una vez él trató de ahorcarme con un cinturón / y tomó fotos de mi cuerpo desnudo).

Y no podían faltar los asesinos seriales. En Lady killer cantan: “I’m a lady killer / And you’re a pretty lady / And that means I’m gonna kill you / ‘Cause you’re a pretty lady / And I’m a lady killer /  And that’s just what lady killers do” (Soy un asesino de mujeres / y tú eres una mujer hermosa / y eso significa que te voy a matar / porque eres una mujer hermosa / y soy un asesino de mujeres / y eso es lo que los asesinos de mujeres hacen).

En ese entorno de desvaríos, en constante tensión y shock, siempre hay necesidad de cambios. Y con más de una década de existencia, AJJ debió cambiar. Para muchos críticos, Bonnette y compañía han crecido y si bien mantienen un torcido sentido del humor, ya no son los mismos tipos cuyas letras hablaban de “reírse de retardados”, de “consumir crystal meth” y de “atropellar niños”. Esa transformación ha sido un proceso, que a nivel de sonido empezó con el disco “Knife man” (2011), en el que aparecieron nuevas texturas sonoras y continuó con “Christimas Island” (2014), cuando una alineación más estable (con Preston Bryant y Mark Glick, en guitarra y cello, respectivamente) le permitió al grupo sostenerse en la exageración y además de bajar ciertas revoluciones y dejar un poco menos de sangre en las canciones. Bonnette se puso un poco más íntimo, abandonó cierto extremismo y decidió crear una primera persona que se siente más cercana y esto elevó los resultados. En la mágica Linda Ronstadt, el panorama de la banda se abre a otros niveles: “Today I lost my shit in a museum / It was a video installation of Linda Ronstadt / And I really miss my friends, but I don’t see them / All I see is this video of Linda Ronstadt (…) I almost made it through a year of choking down my fears / But they’re gone for now / All thanks to Linda Ronstadt” (Hoy me fui al carajo en un museo / era una vídeo instalación de Linda Ronstadt / Y realmente extraño a mis amigos, pero no los veo / Todo lo que veo es este vídeo de Linda Ronstadt (…) Casi consigo sobrevivir a un año de ahogarme con mis temores / pero ahora ya no están / gracias a Linda Ronstadt). La música se vuelve un espacio de mayor vulnerabilidad.

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Producido por John Congleton —quien fuera el frontman de The Paper Chase— The Bible 2 es un disco que sigue en la vía del “crecimiento” de los músicos. A inicios de 2016, la banda dejó de lado su nombre y pasó a llamarse por sus iniciales. Andrew Jackson Jihad se convirtió en AJJ porque ya las ganas de shockear disminuyeron, porque no había necesidad de llamar la atención —en el comunicado oficial sobre esto, Bonnette aseguraba que al no ser musulmanes era una falta de respeto tener la palabra jihad; así como su fascinación por Andrew Jackson, el presidente gringo de los billetes de 20 dólares, se había vuelto rancia—. Y en este grupo de 11 canciones nuevas hay una madurez que parece continuar en línea recta si la comparamos con su anterior trabajo. Pero esta vez, AJJ decide articular una vena musicalmente más amigable que envuelva sus obsesiones de antes. Y con el mantra de “No more shame / no more tears / no more dread” (no más vergüenza / no más lágrimas / no más amedrentamiento”), que se ve en la portada y aparece en al menos dos temas, el ejercicio del oyente se traduce en reconocer que, la poca esperanza posible es también resultado de la aceptación de que aquello terrible es parte de la experiencia.

En Cody’s theme, las guitarras acústicas distorsionadas y el beat hacia adelante ayudan a contar la historia de este chico que, en medio de un trastorno que nos puede poner los pelos de punta, es controlado por sus padres y maestros, por esas instituciones que a veces parecieran que solo juegan a aplastar. Bonnette canta: “Meanwhile on another plane / I was the king of pain / an unspeakeable cruelty / I set the mommy on fire / I set the baby on fire / Not even Jesus could stop me / I had to talk to the teacher / She talked to my mom / We had a real long talk / I had to talk to the teacher / She talked to my mom / They made the visions stop” (Mientras tanto, en otro plano yo era el rey del dolor / una crueldad inenarrable / Quemé a la mami / quemé al bebé / ni siquiera Jesús podría detenerme / Tuve que hablar con la maestra / ella habló con mi mamá / tuvimos una charla larga / Tuve que hablar con la maestra / ella habló con mi mamá / ellas hicieron que mis visiones desaparecieran).

Junkie church es la más hermosa balada dentro del universo de hermosas baladas que puedan existir. Autocompasión y necesidad de otro, todo lo que Morrisey siempre ha querido componer y que nunca conseguirá: “Last time I tried to go to sleep / My head expanded in an air balloon of words / A thousand conversations / With your disembodied voice / In a cacophony of adjectives and verbs (…) I love you, ‘cause I love you, ‘cause I can” (La última vez que traté de dormir / mi cabeza se expandió en un globo de palabras / un millar de conversaciones / con tu voz incorpórea / en una cacofonía de adjetivos y verbos (…) Te amo porque te amo porque puedo”.

Para Goodbye, oh goodbye, el primer single del disco —con un video que parodia a la perfección el trabajo audiovisual de Ok Go—, la consigna es acercarse a un sonido radio friendly con la excusa de esconder la carga anímica de la canción. Si ya todo resulta insoportable, si el contacto con el mundo es demasiado, la opción está en dejarlo todo, en alejarse: “7th grade was hard enough / if someone thought that they knew me / if I stay in bed long enough / they’ll go to church without me / if I move away enough / they won’t outrun me / Goodbye, oh goodbye” (Séptimo grado se volvía difícil / cuando alguien pensaba que me conocía / Si me hago el dormido el tiempo suficiente / ellos se irán a la iglesia sin mí / Si me voy bien lejos / ellos no me sobrepasarán / Adiós, oh adiós). La ansiedad social también es música. ¿Algo a tomar en cuenta en esta canción? El cello de Mark Glick.

En White worms, el tipo que simplemente quiere joder, lo consigue. Un tema que se burla del marketing y de la música como generadora de milagros, en forma de esos gusanos que todo lo cubren. Primero con ese golpe a Journey y la “gleezación” de su obra (“some dumb dick says ‘Don’t stop believing’ / You can stop believing”), para terminar con ese alegato poderoso a favor de la libertad individual de quien se encuentra solo: “And if you want to hear the devil’s music / you should probably listen to the devil’s music” (Si quieres oír la música del diablo / probablemente deberías escuchar la música del diablo). New wave folk para todos.

Para cerrar entramos al terreno épico con la historia del Small red boy, en el que un personaje/narrador/voz descubre lo que hay en él y se convierte en el portador de una verdad única, ese mecanismo de libertad de quien no se siente cómodo en su entorno, en su mundo. La intensidad crece, la instrumentación va latiendo, como si se tratara de una plegaria religiosa, de un acto divino que hay que hacerlo público, un rayo vengador: “I let my horns grow longer / I observed my skin get redder / my soul became a hammer / I started to feel better / My hatred turned to pity / My resentment blossomed flowers / My bitter tasted candy / my misery was power / the truth in me grew brighter / my nature and my nurture / No more shame, no more fear, no more dread / I am, I am, I am, I am the truth” (Dejé que mis cuernos siguieran creciendo / vi cómo mi piel se volvió más roja / mi alma se convirtió en martillo / me empecé a sentir mejor / Mi odio de convirtió en pena / de mi resentimiento nacieron flores / Mi lado amargo probó dulces / mi miseria se hizo poder / la verdad en mí creció con más brillo / mi naturaleza y mi crianza / no más vergüenza, no más miedo, no más amedrentamiento / Yo soy, yo soy, yo soy, yo soy la verdad).

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Bueno, en realidad el disco termina con When I’m a dead boy, pero esta canción es un epílogo que deja todo en un acorde menor, que redondea la idea que engloba al proyecto.

Un disco que suena parejo, con cada sonido en su lugar. Con cellos que pueden aparecer saturados, al borde de la distorsión; guitarras acústicas que se disfrazan de otra cosa; guitarras eléctricas que crean melodías solistas que alejan a la música de cierta experimentación; un contrabajo que a veces golpea las notas y en otras ocasiones permite que el arco genere la frecuencia grave que se necesita. The Bible 2 es un trabajo en el que el realce está en las letras, en lo que estas generan. Por eso, la voz de Bonnette —imperfecta y sincera— tiene preponderancia. Muchos quisiéramos cantar así, decir esas cosas, sonar genuinos. AJJ es una banda para escuchar mucho y estar pendientes. Busquen sus discos, escuchen la propuesta, disfruten de lo incorrecto.

“Mate, señor” (el post de Lemmy)

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DONNINGTON, UNITED KINGDOM - JUNE 15: Lemmy Kilmister of Motorhead performs on stage on Day 2 of Download Festival 2013 at Donnington Park on June 15, 2013 in Donnington, England. (Photo by Neil Lupin/Redferns via Getty Images)

DONNINGTON, UNITED KINGDOM – JUNE 15: Lemmy Kilmister of Motorhead performs on stage on Day 2 of Download Festival 2013 at Donnington Park on June 15, 2013 in Donnington, England. (Photo by Neil Lupin/Redferns via Getty Images)

Si hubo algo que me llamara la atención de Lemmy Kilmister, de entrada, era su apellido. Porque al pronunciarlo me imaginaba una frase de película B, de mafiosos, de todo ese espacio lumpen que su cara parecía contener, en forma de lunares/verrugas gigantes: “Mate, señor, mate”. Y el tipo iba y lo hacía. Un apellido nunca pudo ser menos arbitrario.

Desde luego, otras cosas me llamaron la atención también. Como por ejemplo su aproximación al bajo, no tanto como un instrumento de sustento, de ritmo, de frecuencias graves, sino como una estampida de elefantes que debían llenar todo y transformar al sonido característico de las cuatro cuerdas en algo que te golpeaba en la cara. No sé de dónde sacó la idea de que sonara así, pero esa textura es su firma y te ayuda a entender la dimensión de Motörhead y todo lo que consiguió Lemmy en su carrera.

imagen tomada de blogociologico.blogspot.com

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Las drogas son malas. Se supone. Pero lo más evidente es que hay cuerpos que las resisten más que otras. Lemmy resistió mucho, incluso beber una botella de whisky por día, durante 30 años. Siguió con su rutina de alcohol y alguna que otra sustancia -casi siempre de las baratas, de esas que se diseñan en lugares en donde hasta orinar sería un acto purificador-, inclusive después de que le diagnosticaran diabetes del tipo 2, en el 2000. En 2013 paró con el alcohol. Antes no.

No pontificaba sobre qué drogas usar o no usar, pero sí habló varias veces en contra de la heroína. Hasta llegó a proponer la legalización de la heroína para evitar muertes por su consumo (y cuando lo dijo también aprovechó para decir que odiaba la idea mientras la pronunciaba).

A Lemmy no lo mata la droga. Es otro William S. Burroghs.

En él hay una representación. Quizás algo más que eso, no lo sé. Lemmy encarnó el espíritu del rock and roll, incapaz de salir del espacio de los 4/4, de los riffs y de las letras que hablaban, impunemente, del exceso, de cierta nostalgia, de un lado oscuro como trademark personal, incluso de cierta debilidad que él no podía representar muy bien. Su letra de “Mama, I’m comimg home” funciona mejor en Ozzy que en él, sin duda. Alguna vez pidió que le prestaran más atención a su trabajo como letrista. Quizás ahora lo consiga. El rey del Carpe Diem, el que sabía que no iba a vivir para siempre, no es el dueño de una poética hermosa, pero sí pesada, directa, dulce y cristalina, dentro de su universo. “Rock and roll debe ser un sábado a la noche, todas las noches”, dijo alguna vez.

El adolescente que nació en Inglaterra y que vivió en Gales, se fugó a Liverpool y vio a Los Beatles tocar en vivo en The Cavern. Lemmy quizás haya sido el único capaz de decir que Lennon y compañía eran realmente tipos duros, que venían de barrios complicados, un poco para contrarrestar esa imagen de “chicos buenos” que el mundo consumió alrededor de los Fab Four. Hay que tomar nota de eso. En Londres fue roadie de The Jimi Hendrix Experience, y en los shows acercaba una silla a un lado del escenario, se sentaba, y veía la magia desarrollarse (“Fui el roadie de Jimi Hendrix, mis credencial del rock and roll son impecables”, aseguró). Fue bajista de Hawkwind, una banda que en plena efervescencia psicodélica decidió ser la anti Pink Floyd y lanzaba desde el escenario LSD, y cerraba con cadenas las puertas de los locales para que nadie saliera hasta que terminara el show. “Yo vendía drogas en tus shows”, le dijo una vez Johnny Rotten, antes de ser una pistola sexual. Lemmy era leyenda y cuando estaba formando Motörhead le pidieron que le dé clases de bajo a un tipo llamado Sid Vicious. Lo hizo. “A duras penas se podía mantener en pie”. Lemmy fue un mapa de rock and roll.

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“Mi ética es: come, bebe y sé feliz, porque mañana vas a morir. Puedes ser todo lo cuidadoso que quieras, pero igual te vas a morir. Entonces, ¿por qué no pasarla bien?”, fue una de sus tantas frases que ahora se vuelven sentencias nihilistas. Como todo en Lemmy.

El fanático de la parafernalia nazi (tenía una de las banderas que usaban en uno de los carros de Hitler y la peinilla de Eva Braun – es más, Lemmy debe tener una de las colecciones de memorabilia nazi más importantes del mundo) tenía 70 años. Los cumplió el 24 de diciembre pasado. Dos días después le diagnosticaron un cáncer, se supone que extraño, agresivo. El 28 de diciembre, en su casa (en el mismo departamento de Los Ángeles en el que vivió desde la década de los 90), jugando un videojuego, muere. Alguien desconectó la consola y el juego se acabó. No habían más vidas para continuar, Lemmy no las había gastado, las había vivido hasta el extremo.

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Ahora, presiona play, sube el volumen hasta 12 y escucha.

Vuelve la apreciación y la crítica de cine al Ochoymedio

cine, Crítica cinematográfica, noticias, Taller

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Luego de dos años, volvemos al Ochoymedio con una nueva versión del taller “El Ojo en el Fotograma”, de apreciación y crítica de cine.

En su octava edición – luego de replicarse en ciudades como Guayaquil, Manta y Loja- volvemos a Quito y te invitamos a ser parte de esta nueva vivencia de filmes y lo que pasa en ellos.

En cinco sesiones, los asistentes podrán ser parte de una experiencia en la que hablaremos de cine, de su historia, de su gramática –la escala de planos, el montaje, la banda sonora, la fotografía, los movimientos de cámara, etc.-, de sus principales directores y de cómo escribir sobre las películas que vemos. Hoy esstamos viendo más películas y escribiendo mucho sobre eso, pero ¿lo estamos haciendo bien? Este taller te servirá para que dilucidemos entre todos y todas si eso está pasando.

Habrá muchos ejercicios, muchísimos. Veremos muchos fragmentos de películas y cortometrajes. Redactaremos críticas, las revisaremos, publicaremos las mejores en la web… Este taller es para gente que ama el cine, que sabe mucho o poco de él y que quiere expandir sus conocimientos; es también para gente que trabaja en medios y quiere mejorar sus textos sobre películas. En sí, para el público en general.

Empezamos este sábado 26 de abril de 2014, en el Ochoymedio (Valladolid y Vizcaya – La Floresta, en Quito). Las sesiones serán los sábados, de 16:30 a 19:30 – habrá una “para forzada” durante los EDOC- y todo el taller tiene un costo de 120 dólares.

¿Qué incluye este precio? Un dossier digital que acompañará las sesiones (elaborado específicamente para este taller). Los asistentes también tendrán acceso gratuito a la función que habrá en el Ochoymedio luego de la sesión.

¿Quienes daremos el taller?

Marcela Ribadeneira

Escritora. Ha sido editora de la revista Gatopardo Ecuador, crítica de cine y artista visual. Estudió Dirección Cinematográfica en la Scuola Internazionale di Cinema e Televisione (NUCT), en Roma. Ha colaborado con el diario británico The Guardian y con revistas ecuatorianas como Mundo Diners, Vanguardia, Criterios, Nuestro Mundo, Fotograma, Ache, BG, Zoom, Vamos, así como con el periódico Ochoymedio y La Comunidad Inconfesable (España). Sus textos se han publicado en las antologías Microquito I y Ciudad Mímima II, en el diario Expreso, en El Telégrafo, así como en las revistas Fotocopia Magazine, Prosofagia (Argentina), revista Replicante (México), revista Specimens (Estados Unidos) y en la plataforma Cultura Colectiva (México).
Ha sido publicada en la antología de relatos GPS, así como en la antología de crónicas y perfiles La invención de la realidad.
En 2014 publicó su primer libro de relatos, Matrioskas, con la editorial Cadáver Exquisito.

Eduardo Varas C

Escritor, guionista, periodista y músico. Ha trabajado en diarios como El Comercio y El Telégrafo, y ha colaborado en otros, como El Universo y Expreso. Fue editor de la revista Ecuador Infinito y escribe regularmente en las revistas Mundo Diners y Soho. Ha publicado el libro de relatos Conjeturas para una tarde y la novela Los descosidos. Sus cuentos han sido incluidos en antologías como El futuro no es nuestro (Colombia) y Región: antología del cuento político latinoamericano (Argentina). En el diario on line La República, y durante 17 meses, administró un blog dedicado al cine, dedicado a la crítica y noticias, titulado ¿Qué hay en el cine?, que llegó a tener un promedio de 50 mil visitas por mes. En noviembre de 2011 fue designado por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (la más grande de Iberoamérica) como uno de los 25 secretos mejor guardados de la literatura del continente. Actualmente prepara el disco de su banda, Efecto Chacal.

Los esperamos