La vulnerabilidad no se esconde (sobre The Bible 2, de AJJ)

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¿Qué es un disco sino una posición estética y un discurso alrededor de fantasmas y demonios particulares que cada músico sostiene como bandera? ¿O un disco es quizás la necesidad de darle existencia a sonidos que atosigan a sus compositores? ¿Un acto de nostalgia y de amor? Bueno, en realidad un disco puede ser cualquier cosa —especialmente en esta época en la que los álbumes han desaparecido del inconsciente colectivo—, pero a veces las apuestas sonoras pueden dar por resultado algo que se te queda en la cabeza, que seduce, que te hace pensar una vez más en el poder que hay detrás de ciertas colecciones de canciones, dispuestas en un orden secuencial particular, que parecen decirte algo. Esto es lo que pasa con “The Bible 2”, el sexto disco de la banda AJJ.

Ben Gallaty, Preston Bryant, Sean Bonnette y Mark Glick.

Ben Gallaty, Preston Bryant, Sean Bonnette y Mark Glick.

Originaria de Phoenix, Arizona —Estados Unidos— AJJ es una banda que ha sido catalogada como un experimento de folk punk. En pocas palabras: canciones energéticas, descabelladas, irreverentes, toscas, tocadas con guitarras acústicas. Quizás esa etiqueta quede corta una vez que entramos en su propuesta y empezamos a escarbar en su historial. Fundado en 2004 por Ben Gallaty —bajista, ese tipo alto que parece no acabar nunca— y Sean Bonnette —el guitarrista, compositor principal, cantante y poseedor de aura de excesiva buena onda que te hace sospechar de sus intenciones—, el grupo empezó llamándose Andrew Jackson Jihad. Alrededor de las canciones que Bonnette y Gallaty llevaban a los ensayos —y a través de una lista interminable de colaboradores— la banda empezó a crear un repertorio sobre relaciones familiares, pesadillas religiosas y fantasías desproporcionadas. Da la impresión que la rudeza, crudeza e intransigencia que hay en mucha de la música de AJJ parten de un solo lugar. Y en ese sitio encontramos a Bonnette y sus letras: impresionantes, desesperadas y plagadas de un humor negro como un insulto que cuestiona. En estas canciones se trata de sobrevivir en un mundo sobreexpuesto, de ser violento para que las cosas que uno esconde no puedan ser interpretadas como signos de debilidad; se trata de resistir y de ser atroz, porque la atrocidad puede ser medida de existencia.  Las ganas de joder no son más que una máscara.

Y sí que hay ganas de joder. Jesús es un ser vengador en este universo. En Be afraid of Jesus cantan: “So if you wanna be afraid of Jesus now / Cause his hearts filled with vengeance / And his souls filled with hellfire / And he’s thirsty for blood / So, be afraid of Jesus, be afraid of Jesus / Be afraid of Jesus, be afraid of Jesus / Be afraid of Jesus cause he’s gonna fuck you up old school style” (Si quieres, tenle miedo a Jesús ahora / porque sus corazones están llenos con venganza / y sus almas llenas con fuego infernal / y él está sediento de sangre / Así que tenle miedo a Jesús, tenle miedo a Jesús/ Tenle miedo a Jesús, tenle miedo a Jesús / Tenle miedo a Jesús, porque él te va a hacer mierda, a la usanza de la vieja escuela).

Hay también violencia infantil desesperanzadora. En Daddy didn’t love me, Bonnette dice: “Well, once when I was eight / everything was going great / until my father, he tried to kill me (…) And I can’t help but miss him even though he hit me everyday / And he tried to hang me with a belt once / And he took nude photographs of my body” (Bueno, cuando tenía ocho todo iba bien hasta que mi padre trató de matarme (…) Y no puedo evitar extrañarlo a pesar de que me pegaba a diario / Y una vez él trató de ahorcarme con un cinturón / y tomó fotos de mi cuerpo desnudo).

Y no podían faltar los asesinos seriales. En Lady killer cantan: “I’m a lady killer / And you’re a pretty lady / And that means I’m gonna kill you / ‘Cause you’re a pretty lady / And I’m a lady killer /  And that’s just what lady killers do” (Soy un asesino de mujeres / y tú eres una mujer hermosa / y eso significa que te voy a matar / porque eres una mujer hermosa / y soy un asesino de mujeres / y eso es lo que los asesinos de mujeres hacen).

En ese entorno de desvaríos, en constante tensión y shock, siempre hay necesidad de cambios. Y con más de una década de existencia, AJJ debió cambiar. Para muchos críticos, Bonnette y compañía han crecido y si bien mantienen un torcido sentido del humor, ya no son los mismos tipos cuyas letras hablaban de “reírse de retardados”, de “consumir crystal meth” y de “atropellar niños”. Esa transformación ha sido un proceso, que a nivel de sonido empezó con el disco “Knife man” (2011), en el que aparecieron nuevas texturas sonoras y continuó con “Christimas Island” (2014), cuando una alineación más estable (con Preston Bryant y Mark Glick, en guitarra y cello, respectivamente) le permitió al grupo sostenerse en la exageración y además de bajar ciertas revoluciones y dejar un poco menos de sangre en las canciones. Bonnette se puso un poco más íntimo, abandonó cierto extremismo y decidió crear una primera persona que se siente más cercana y esto elevó los resultados. En la mágica Linda Ronstadt, el panorama de la banda se abre a otros niveles: “Today I lost my shit in a museum / It was a video installation of Linda Ronstadt / And I really miss my friends, but I don’t see them / All I see is this video of Linda Ronstadt (…) I almost made it through a year of choking down my fears / But they’re gone for now / All thanks to Linda Ronstadt” (Hoy me fui al carajo en un museo / era una vídeo instalación de Linda Ronstadt / Y realmente extraño a mis amigos, pero no los veo / Todo lo que veo es este vídeo de Linda Ronstadt (…) Casi consigo sobrevivir a un año de ahogarme con mis temores / pero ahora ya no están / gracias a Linda Ronstadt). La música se vuelve un espacio de mayor vulnerabilidad.

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Producido por John Congleton —quien fuera el frontman de The Paper Chase— The Bible 2 es un disco que sigue en la vía del “crecimiento” de los músicos. A inicios de 2016, la banda dejó de lado su nombre y pasó a llamarse por sus iniciales. Andrew Jackson Jihad se convirtió en AJJ porque ya las ganas de shockear disminuyeron, porque no había necesidad de llamar la atención —en el comunicado oficial sobre esto, Bonnette aseguraba que al no ser musulmanes era una falta de respeto tener la palabra jihad; así como su fascinación por Andrew Jackson, el presidente gringo de los billetes de 20 dólares, se había vuelto rancia—. Y en este grupo de 11 canciones nuevas hay una madurez que parece continuar en línea recta si la comparamos con su anterior trabajo. Pero esta vez, AJJ decide articular una vena musicalmente más amigable que envuelva sus obsesiones de antes. Y con el mantra de “No more shame / no more tears / no more dread” (no más vergüenza / no más lágrimas / no más amedrentamiento”), que se ve en la portada y aparece en al menos dos temas, el ejercicio del oyente se traduce en reconocer que, la poca esperanza posible es también resultado de la aceptación de que aquello terrible es parte de la experiencia.

En Cody’s theme, las guitarras acústicas distorsionadas y el beat hacia adelante ayudan a contar la historia de este chico que, en medio de un trastorno que nos puede poner los pelos de punta, es controlado por sus padres y maestros, por esas instituciones que a veces parecieran que solo juegan a aplastar. Bonnette canta: “Meanwhile on another plane / I was the king of pain / an unspeakeable cruelty / I set the mommy on fire / I set the baby on fire / Not even Jesus could stop me / I had to talk to the teacher / She talked to my mom / We had a real long talk / I had to talk to the teacher / She talked to my mom / They made the visions stop” (Mientras tanto, en otro plano yo era el rey del dolor / una crueldad inenarrable / Quemé a la mami / quemé al bebé / ni siquiera Jesús podría detenerme / Tuve que hablar con la maestra / ella habló con mi mamá / tuvimos una charla larga / Tuve que hablar con la maestra / ella habló con mi mamá / ellas hicieron que mis visiones desaparecieran).

Junkie church es la más hermosa balada dentro del universo de hermosas baladas que puedan existir. Autocompasión y necesidad de otro, todo lo que Morrisey siempre ha querido componer y que nunca conseguirá: “Last time I tried to go to sleep / My head expanded in an air balloon of words / A thousand conversations / With your disembodied voice / In a cacophony of adjectives and verbs (…) I love you, ‘cause I love you, ‘cause I can” (La última vez que traté de dormir / mi cabeza se expandió en un globo de palabras / un millar de conversaciones / con tu voz incorpórea / en una cacofonía de adjetivos y verbos (…) Te amo porque te amo porque puedo”.

Para Goodbye, oh goodbye, el primer single del disco —con un video que parodia a la perfección el trabajo audiovisual de Ok Go—, la consigna es acercarse a un sonido radio friendly con la excusa de esconder la carga anímica de la canción. Si ya todo resulta insoportable, si el contacto con el mundo es demasiado, la opción está en dejarlo todo, en alejarse: “7th grade was hard enough / if someone thought that they knew me / if I stay in bed long enough / they’ll go to church without me / if I move away enough / they won’t outrun me / Goodbye, oh goodbye” (Séptimo grado se volvía difícil / cuando alguien pensaba que me conocía / Si me hago el dormido el tiempo suficiente / ellos se irán a la iglesia sin mí / Si me voy bien lejos / ellos no me sobrepasarán / Adiós, oh adiós). La ansiedad social también es música. ¿Algo a tomar en cuenta en esta canción? El cello de Mark Glick.

En White worms, el tipo que simplemente quiere joder, lo consigue. Un tema que se burla del marketing y de la música como generadora de milagros, en forma de esos gusanos que todo lo cubren. Primero con ese golpe a Journey y la “gleezación” de su obra (“some dumb dick says ‘Don’t stop believing’ / You can stop believing”), para terminar con ese alegato poderoso a favor de la libertad individual de quien se encuentra solo: “And if you want to hear the devil’s music / you should probably listen to the devil’s music” (Si quieres oír la música del diablo / probablemente deberías escuchar la música del diablo). New wave folk para todos.

Para cerrar entramos al terreno épico con la historia del Small red boy, en el que un personaje/narrador/voz descubre lo que hay en él y se convierte en el portador de una verdad única, ese mecanismo de libertad de quien no se siente cómodo en su entorno, en su mundo. La intensidad crece, la instrumentación va latiendo, como si se tratara de una plegaria religiosa, de un acto divino que hay que hacerlo público, un rayo vengador: “I let my horns grow longer / I observed my skin get redder / my soul became a hammer / I started to feel better / My hatred turned to pity / My resentment blossomed flowers / My bitter tasted candy / my misery was power / the truth in me grew brighter / my nature and my nurture / No more shame, no more fear, no more dread / I am, I am, I am, I am the truth” (Dejé que mis cuernos siguieran creciendo / vi cómo mi piel se volvió más roja / mi alma se convirtió en martillo / me empecé a sentir mejor / Mi odio de convirtió en pena / de mi resentimiento nacieron flores / Mi lado amargo probó dulces / mi miseria se hizo poder / la verdad en mí creció con más brillo / mi naturaleza y mi crianza / no más vergüenza, no más miedo, no más amedrentamiento / Yo soy, yo soy, yo soy, yo soy la verdad).

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Bueno, en realidad el disco termina con When I’m a dead boy, pero esta canción es un epílogo que deja todo en un acorde menor, que redondea la idea que engloba al proyecto.

Un disco que suena parejo, con cada sonido en su lugar. Con cellos que pueden aparecer saturados, al borde de la distorsión; guitarras acústicas que se disfrazan de otra cosa; guitarras eléctricas que crean melodías solistas que alejan a la música de cierta experimentación; un contrabajo que a veces golpea las notas y en otras ocasiones permite que el arco genere la frecuencia grave que se necesita. The Bible 2 es un trabajo en el que el realce está en las letras, en lo que estas generan. Por eso, la voz de Bonnette —imperfecta y sincera— tiene preponderancia. Muchos quisiéramos cantar así, decir esas cosas, sonar genuinos. AJJ es una banda para escuchar mucho y estar pendientes. Busquen sus discos, escuchen la propuesta, disfruten de lo incorrecto.

Gracias por venir, George Martin (1926 – 2016)

Homenaje, música
Imagen tomada newsfirst.lk

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Hay noticias que te ponen triste, sobre todo por la relación cercana, pasional, que tenemos con sus protagonistas.

George Martin es el director de orquesta de la mejor pieza musical que se haya compuesto en el siglo XX.

He ahí la relevancia de esta noticia. A pesar que era algo que se veía venir, porque tenía 90 años, ya estaba grande y quizás ya vale la pena descansar de manera definitiva. Eso no reduce la pena, solo la atenúa.

George Martin es importante.

imagen tomada de fifthbeatle.proboards.com

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No solo lo es por haber sido el 5to beatle (ya Paul McCartney lo dijo hoy, en un comunicado. Así que basta de buscar más), sino por darle forma a un sonido que era crudo y que nadie sabía cómo manejar. Nadie quería firmar a The Beatles, quienes a inicio de los años 60 estaban dando saltos para encontrar una disquera. Les daban negativas porque para ese momento “los grupos de guitarras ya estaban pasados de moda” y los que deciden esas cosas suelen tener la última palabra. Pero George Martin sí que tuvo algo más para decir y vio algo que nadie más vio, por lo que decidió firmarlos para el sello Parlaphone, pequeño, subsidiario de EMI, y darles la oportunidad de estar en un estudio, grabar sus canciones y hacer el Big Bang.

Entonces, George Martin es importante.

Tanto como oráculo, como prestidigitador.

George Martin entendió la producción como un espacio para que el músico pudiera crecer, para que la perspectiva artística del intérprete, esa estética personal, tuviera consonancia con lo que se grababa en la cinta. Supo traducir deseos extraños (como aquella vez que Lennon te dijo que quería que Tomorrow Never Knows sonara como si el Dalai Lama estuviera cantando desde la cima de los Himalayas), buscando la mejor manera de conseguir eso que se buscaba. George Martin fue de los más grandes productores porque dejó que la genialidad se desarrollara, porque fue enérgico y decidía cuando la sinergia al interior de The Beatles dejaba de funcionar.

Gracias, George Martin. Sin ti, la música de The Beatles no existiría, no seguiría siendo fresca.

“Mate, señor” (el post de Lemmy)

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DONNINGTON, UNITED KINGDOM - JUNE 15: Lemmy Kilmister of Motorhead performs on stage on Day 2 of Download Festival 2013 at Donnington Park on June 15, 2013 in Donnington, England. (Photo by Neil Lupin/Redferns via Getty Images)

DONNINGTON, UNITED KINGDOM – JUNE 15: Lemmy Kilmister of Motorhead performs on stage on Day 2 of Download Festival 2013 at Donnington Park on June 15, 2013 in Donnington, England. (Photo by Neil Lupin/Redferns via Getty Images)

Si hubo algo que me llamara la atención de Lemmy Kilmister, de entrada, era su apellido. Porque al pronunciarlo me imaginaba una frase de película B, de mafiosos, de todo ese espacio lumpen que su cara parecía contener, en forma de lunares/verrugas gigantes: “Mate, señor, mate”. Y el tipo iba y lo hacía. Un apellido nunca pudo ser menos arbitrario.

Desde luego, otras cosas me llamaron la atención también. Como por ejemplo su aproximación al bajo, no tanto como un instrumento de sustento, de ritmo, de frecuencias graves, sino como una estampida de elefantes que debían llenar todo y transformar al sonido característico de las cuatro cuerdas en algo que te golpeaba en la cara. No sé de dónde sacó la idea de que sonara así, pero esa textura es su firma y te ayuda a entender la dimensión de Motörhead y todo lo que consiguió Lemmy en su carrera.

imagen tomada de blogociologico.blogspot.com

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Las drogas son malas. Se supone. Pero lo más evidente es que hay cuerpos que las resisten más que otras. Lemmy resistió mucho, incluso beber una botella de whisky por día, durante 30 años. Siguió con su rutina de alcohol y alguna que otra sustancia -casi siempre de las baratas, de esas que se diseñan en lugares en donde hasta orinar sería un acto purificador-, inclusive después de que le diagnosticaran diabetes del tipo 2, en el 2000. En 2013 paró con el alcohol. Antes no.

No pontificaba sobre qué drogas usar o no usar, pero sí habló varias veces en contra de la heroína. Hasta llegó a proponer la legalización de la heroína para evitar muertes por su consumo (y cuando lo dijo también aprovechó para decir que odiaba la idea mientras la pronunciaba).

A Lemmy no lo mata la droga. Es otro William S. Burroghs.

En él hay una representación. Quizás algo más que eso, no lo sé. Lemmy encarnó el espíritu del rock and roll, incapaz de salir del espacio de los 4/4, de los riffs y de las letras que hablaban, impunemente, del exceso, de cierta nostalgia, de un lado oscuro como trademark personal, incluso de cierta debilidad que él no podía representar muy bien. Su letra de “Mama, I’m comimg home” funciona mejor en Ozzy que en él, sin duda. Alguna vez pidió que le prestaran más atención a su trabajo como letrista. Quizás ahora lo consiga. El rey del Carpe Diem, el que sabía que no iba a vivir para siempre, no es el dueño de una poética hermosa, pero sí pesada, directa, dulce y cristalina, dentro de su universo. “Rock and roll debe ser un sábado a la noche, todas las noches”, dijo alguna vez.

El adolescente que nació en Inglaterra y que vivió en Gales, se fugó a Liverpool y vio a Los Beatles tocar en vivo en The Cavern. Lemmy quizás haya sido el único capaz de decir que Lennon y compañía eran realmente tipos duros, que venían de barrios complicados, un poco para contrarrestar esa imagen de “chicos buenos” que el mundo consumió alrededor de los Fab Four. Hay que tomar nota de eso. En Londres fue roadie de The Jimi Hendrix Experience, y en los shows acercaba una silla a un lado del escenario, se sentaba, y veía la magia desarrollarse (“Fui el roadie de Jimi Hendrix, mis credencial del rock and roll son impecables”, aseguró). Fue bajista de Hawkwind, una banda que en plena efervescencia psicodélica decidió ser la anti Pink Floyd y lanzaba desde el escenario LSD, y cerraba con cadenas las puertas de los locales para que nadie saliera hasta que terminara el show. “Yo vendía drogas en tus shows”, le dijo una vez Johnny Rotten, antes de ser una pistola sexual. Lemmy era leyenda y cuando estaba formando Motörhead le pidieron que le dé clases de bajo a un tipo llamado Sid Vicious. Lo hizo. “A duras penas se podía mantener en pie”. Lemmy fue un mapa de rock and roll.

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“Mi ética es: come, bebe y sé feliz, porque mañana vas a morir. Puedes ser todo lo cuidadoso que quieras, pero igual te vas a morir. Entonces, ¿por qué no pasarla bien?”, fue una de sus tantas frases que ahora se vuelven sentencias nihilistas. Como todo en Lemmy.

El fanático de la parafernalia nazi (tenía una de las banderas que usaban en uno de los carros de Hitler y la peinilla de Eva Braun – es más, Lemmy debe tener una de las colecciones de memorabilia nazi más importantes del mundo) tenía 70 años. Los cumplió el 24 de diciembre pasado. Dos días después le diagnosticaron un cáncer, se supone que extraño, agresivo. El 28 de diciembre, en su casa (en el mismo departamento de Los Ángeles en el que vivió desde la década de los 90), jugando un videojuego, muere. Alguien desconectó la consola y el juego se acabó. No habían más vidas para continuar, Lemmy no las había gastado, las había vivido hasta el extremo.

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Ahora, presiona play, sube el volumen hasta 12 y escucha.

La música se hace en vivo (sobre un concierto de Efecto Chacal)

Efecto Chacal, música

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El crimen de escribir sobre lo que uno hace y reconocer los errores —sobre todo los errores—. El concierto del miércoles pasado de mi banda, Efecto Chacal, entre en la categoría de las cosas que disfruto hacer, pero que cuando las hago no las disfruto. I can’t get no, satisfaction. No es nada en contra del performance, sino a favor de la posibilidad de que siempre tendré la posibilidad de hacer algo mejor. Me gusta la idea de que la música se pueda complejizar no solo en su ejecución, sino también en su imagen.

¿Qué imagen? La que quiere ser para cualquiera de nosotros.

El micrófono se dañó durante la primera canción. En la segunda, paramos de tocar y de alguna manera arreglamos el problema técnico. El resto fue solo performance basado en las circunstancias. Parece que eso funcionó. Efecto Chacal no es una banda de grandes músicos, pero sí de gente que sabe lo que hace y lo hace bien. Eso es suficiente para mí.

Además, estoy cantando mejor que nunca —las clases sí ayudan, pequeñas criaturas del demonio—.

Por aquí les dejo vídeos de varias canciones del show, algunos vienen con las letras incorporadas, para que sepan qué diantres estoy diciendo. Suerte y los espero en el próximo concierto o con el disco, cuando salga.

Los 100 mejores cantautores de todos los tiempos, según Rolling Stone

música

Estas listas son un tanto ridículas, pero de vez en cuando se vuelven un ejercicio interesante de reconocimiento propio, de ver qué dicen los otros de quienes escuchamos, porque ellos, los otros, también escuchan. Se trata de encontrar esas coincidencias para pensar en ellas, o si se da lo contrario, pues de ver qué encuentran esos otros en lo que tú no encuentras nada. La vida es una colmena y estamos en el medio.

La lista va de final a inicio y es interesante encontrar nombres como Taylor Swift —no estoy al tanto de su trabajo como para hacerme una idea— o el de Kurt Cobain —en el injusto puesto 54, pero supongo que su poca obra, solo cuatro discos con Nirvana, juega mucho en ese nivel— o el de Jay Z o el de Kanye West —el único ser humano imbécil que puedo decir que hace una obra que vale la pena escuchar. Su disco “Yeesus” es una joya musical—. Pero me quiero centrar en dos cosas de esa lista de la Rolling Stone:

1) La presencia de muchas mujeres en la lista, como un acto de justicia importante en este momento. Porque esto no se salvaba solo con la referencia a la gran Carole King; no. Esto funciona porque tenemos a Missy Elliot, Felice Bryant, Cynthia Weil, Björk, Lucinda Williams, Loretta Lynn, Patti Smith —Dios es mujer y es ella—, Chrissie Hynde, Madonna —obviamente—, Stevie Nicks, Dolly Parton, Ellie Greenwich y Joni Mitchell en esta lista y todas con grandes motivos para estar ahí.

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2) El top ten como algo interesante, más que nada por las reducidas sorpresas y sobre todo porque diera la impresión que los grandes cantautores fueron los de antes. No quisiera pensar así, pero la lista no me da espacio para otra cosa. ¿Cuántos años deberán pasar para que Dylan comparta escalón con alguien que hace canciones ahora? ¿Pasará? ¿Es el signo de los tiempos? No lo sé.

Dylan a la cabeza, porque es él. La famosa frase de Springsteen nos pone de golpe en la magnitud de lo que Robert Zimmerman es para la música popular contemporánea: “SI Elvis liberó mi cuerpo, Dylan liberó mi mente”. Hoy quizás no sea necesario ver en Dylan eso que fue. Los tiempos son otros, cambian —y él lo supo hace muchos años—, pero toda esa obra que lo sostiene, incluso los discos cristianos, sigue siendo un presentación clara para comprender que la idea del cantautor no está detrás del prodigio en la voz, sino en el discurso que una canción expone.

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Paul McCartney está en el puesto dos. Esa capacidad tan natural para sacar melodías de debajo de las piedras es mérito suficiente. Además, fue la otra mancuerna de The Beatles.

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Lennon es el tercero. Soy de los que piensa que si siguiera vivo habría superado a todos. Igual, soñar estas cosas no hace daño. El modelo de artista del yo, comprometido con sus creencias y capaz de mandar al diablo su imagen de ídolo de adolescentes al encontrar la inutilidad en ese tipo de elogio.

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Chuck Berry es el cuarto. ¿Qué sería del rock sin lo que él hizo? No solo dio a la guitarra una presencia de espectáculo, Berry fue capaz de convertir al rock and roll un espacio de muchas palabras, de muchas referencias geográficas, con una métrica imposible; así como un espacio de liberación del cuerpo y de las presiones raciales de entonces.

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Smokey Robinson en la mitad del top ten. No existiría nada de R&B de no ser por él. Se dice que Dylan dijo que él era el más grande poeta vivo en Estados Unidos, aunque se presume que nunca dijo tal cosa. Eso no interesa. La importancia de Robinson radica en su capacidad extraterrestre de crear canciones con una fineza pop incomparable, así como tener una letra capaz de contener un corazón roto y exponerlo en tres minutos y medio: “No te quiero, pero te necesito / no te quiero besar, pero lo necesito (…) Te amo y lo único que quiero de ti es que me abraces”. El dolor nunca se escuchó mejor.

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Mick Jagger y Keith Richards, los toxic twins, en el puesto seis. No son la única dupla importante del rock —en esta lista la única dupla que rompen en sus integrantes es la de Lennon y McCartney—, pero si están aquí es porque siguen estando en los escenarios y han sido capaces de generar una obra que, al menos, por 10 años sí que rompió y mucho. Ya en los 80’s y con ligeras excepciones, los Stones han preferido repetirse y ser una muy buena banda que mezcle rock y blues, a su manera. Pero si eres capaz de hacer una canción de protesta política y llamarla “Simpatía por el diablo”, mereces estar en todas las listas.

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Carole King sola y Carole King con Gerry Goffin. Un matrimonio que hizo clásicos del rock —hasta The Beatles versionaron sus canciones— en el que ella hacía la música y él las letras. Luego, cuando llegó el divorcio, ella siguió por su cuenta y grabó esa maravilla de álbum llamado “Tapestry”, en el que cantó varias de sus composiciones, como esa genialidad que hizo suya Aretha Franklin, “(You made me feel like) A natural woman”.

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Paul Simon es el número ocho. El cerebro compositor de Simon & Garfunkel ha tenido una carrera que, si bien no la he seguido con tanta atención, ha dado cosas fabulosas como ese disco que es “Graceland”. Suficiente.

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El décimo lugar es de Joni Mitchell. Su disco es “Blue”, señores. Eso es música. Listo.

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Stevie Wonder está en el décimo puesto. Pudiera estar en el primero, pero no se puede con la lista de monstruos antes que él.

Lean la lista y revisen si se aplica a sus gustos, si falta algo, si sobra algo. A veces viene bien perder el tiempo en estas cosas.

Romper la nostalgia (sobre “The Magic Whip”, de Blur)

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La nostalgia sabe a rito. Blur lo sabe. También la banda sabe que se trata de un juego. Y jugaron. Con cinco días sin nada que hacer en Hong Kong porque un festival al que fueron se suspendió, Damon Albarn, Graham Coxon, Alex James y Dave Rowntree entraron a un estudio y grabaron un total de 15 temas. Era mayo de 2013.

Hoy el disco sale a la venta. Luego de varios videos que circularon por Youtube -“Go out”, “Lonesome street” y la hermosa “There are too many of us”- el album llega para evidenciar muchos lugares comunes. Porque hablar de un trabajo con doce años de distancia con el anterior -“Think tank” (2003)- exige el lugar común: “no han perdido el toque”, “suenan a ellos”, “no ha pasado el tiempo”. Hacer una disección del disco es entrar en ese campo siniestro de las reiteraciones. Porque “The Magic Whip” suena a Blur, no a sus partes separadas, al menos no del todo. Hay algo en lo que James y Rowntree consiguen en la parte rítmica que se convierte en firma. Y todo lo que Coxom y Albarn hacen, juntos y por separado, es sentencia de novedad, Resulta inevitable sentir que ese tiempo de separación nos ha privado de varios discos del grupo que quizás sí deberían estar. Elucubrar es parte del rito.

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Y sostengo eso porque en “The Magic Whip” hay continuidad sonora con “Blur”, el disco de 1997, con algo de los trabajos solistas de los dos compositores del grupo.Tanto Coxon como Albarn han decidido llevar sus maletas a esta especie de recuperación de un sonido que a ellos les interesa. No es vano Coxon trabajó lo grabado en Hong Kong con el productor Stephen Street -con la venia de Albarn, mientras este se dedicaba a promocionar su disco solista, “Everyday robots” en 2014- y le dio consistencia a las canciones, en noviembre anterior, para que Albarn regresara a Japón, para buscar inspiración, escribir las letras y grabarlas, en enero de este año. Ese lado lúdico de Coxon se mezcla con la solemnidad acústica de Damon Albarn. Hay un poco de seriedad vestida de juego.

La nostalgia no suele jugar limpio. Quizás caer en el lugar común no es un tema de justicia, sino de acomodar las palabras y las comparaciones posibles. Desde “Lonesome street”, el track inicial, hay algo que nos dice que esa es la guitarra de Graham y esa voz de Albarn suena a la voz de Blur, no es la voz impostada de Gorillaz, o la voz parca de “The Good, the Bad and the Queen”, es la voz de “There’s no other way”. Alex James nunca ha sido tomado con justicia, pero lo suyo no es solo crear líneas con las frecuencias graves, sino sostener lo que los demás hacen. Rowntree es la estocada final de esta melancolía festiva presente en el disco. Con “New world towers” y “Thought I was a spaceman”, Albarn pone un pie en su presente y navega por un espacio que quizás no sea tan familiar para los demás, pero es el baterista quien se encarga de reclamar en algo la tradición de la banda en estos momentos. En “I broadcast” hay algo de “Song 2”. “Go out” y “Ice cream man” son himnos de un próximo futuro, con el último regalándonos un verso que le da nombre al álbum. Pero si de trata de los momentos más elevados del disco, con “My terracota heart” y “There are too many of us” se cumple esa cuota. Si algo se le puede decir a Damon Albarn como compositor es que tiene una naturalidad pop de la que trata de escapar siempre. Y cuando lo consigue, cuando está a punto de irse del planeta, los demás lo detienen y le ayudan a recuperar esa melodía agradable que se puede cantar.

“Pyongyang” es una nueva versión del grupo. No hay fiesta, pero sí hay sospecha. Eso es suficiente. “Ghost ship” es la misma celebración de siempre, contenida, en clave de aparente soul y bossanova. En este punto, ese es el Blur que hace música ahora. “Ong Ong” es el grupo que conocemos y que adoramos, el que nos deja cantar con ellos, con esa simpleza adolescente que emociona. “Mirrorball” cierra el trabajo con una calma discreta.

La nostalgia se desbarata cuando no se trata de lo que pasó ayer, sino cuando el camino trazado se parece a esa idea que alguna vez tuviste. No regresas a eso, no corriges, das un paso más porque no puedes puedes evitarlo. Rompes la nostalgia porque la misma idea de la nostalgia como piedra es la que te aterra. Blur no se queda de pie, avanza porque hay motores de movimiento eterno. La mancuerna Albarn-Coxon funciona de nuevo. La nostalgia se acaba.

Canciones imprescindibles: “I am the Cosmos”, de Chris Bell

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Chris Bell había aprendido a muy temprana edad a dar vueltas en los Ardent Studios, en Memphis, Tennessee, y a grabar a músicos. Sabía dónde conectar los cables, cómo aplastar rec y utilizar las consolas de 4 y 8 canales que tenía a su disposición. Y Chris Bell también componía, cantaba y estaba obsesionado con Los Beatles cuando decidió armar una banda que no tuvo éxito, pero con la que grabó al menos un disco que se sigue considerando como uno de los mejores de la historia. Big Star no fue un suceso en su momento (en los setentas), pero hizo lo suficiente como para que, una vez que la Rolling Stone y otros medios especializados dijeran una y otra vez que Big Star es la banda que vale la pena escuchar, la gente quisiera verla de nuevo en vivo… pero ya sin Bell. Porque Bell estaba muerto. Tenía 27 años y había conseguido lanzar un sencillo cuando un 27 de diciembre de 1978 regresaba de un ensayo y su auto se estrelló contra un poste de luz. Sobrevivió al impacto, pero el poste no se pudo mantener de pie por mucho tiempo y cayó sobre él.

A Bell le faltó suerte, más no talento. No tenía suficiente autoestima como para soportar que el disco que hiciera con tanto esfuerzo con Alex Chilton (su mancuerna en Big Star) no fuera exitoso. Tampoco pudo dejar de sentir que no valía la pena y comenzó a comportarse de manera errática en 1972, cuando dejó la banda: llegó incluso a borrar cintas máster del grupo en un momento de crisis. Big Star siguió sin él, desde luego. Él también siguió sin Big Star. Tocó con otros músicos, viajó a Europa, compuso más, grabó demos en varios estudios de Memphis -porque todo el mundo en Memphis lo quería. Quiso mantenerse de alguna manera. Encontró a Dios, se ancló en eso, trató de sobrevivir. Siguió viviendo. Para Chris Bell fue difícil sostenerse.

Y esa sensación de extrañeza y vulnerabilidad está presente en “I am the Cosmos”.

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I am the Cosmos (Chris Bell)

Every night I tell myself,
“I am the cosmos,
I am the wind”
But that don’t get you back again
Just when I was starting to feel okay
You’re on the phone
I never wanna be alone
Never wanna be alone
I hate to have to take you home
Wanted too much to say no, no,
Yeah, yeah, yeah
Yeah, yeah, yeah

Never wanna be alone
I hate to have to take you home
Want you too much to say no, no
Yeah, yeah, yeah
Yeah, yeah, yeah

My feeling’s always happening
Something I couldn’t hide
I can’t confide
Don’t know what’s going on inside
So every night I tell myself
“I am the cosmos,
I am the wind”
But that don’t get you back again

I’d really like to see you again
I really wanna see you again
I’d really like to see you again
I really wanna see you again
I’d really like to see you again
I really wanna see you again
I never wanna see you again
Really wanna see you again

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Yo soy el Cosmos

Todas las noches me digo:
“Yo soy el Cosmos,
Yo soy el viento”.
Pero no por eso vas a volver.
Justo cuando empezaba a sentirme bien
estás hablando por teléfono.
No quiero estar solo,
Nunca quiero estar solo.
Odio tener que llevarte a casa.
Realmente quise decir no, no
Yeah, yeah, yeah
Yeah, yeah, yeah

Nunca quiero estar solo
Odio tener que llevarte a casa
Te deseo tanto como para decir no, no
Yeah, yeah, yeah
Yeah, yeah, yeah

Mis sentimientos siempre están sucediendo
es algo que no podía esconder
No puedo confiar
No sé qué está pasando adentro.
Así que cada noche me digo a mí mismo
“Yo soy el Cosmos,
yo soy el viento”.
Pero no por eso vas a volver.

Realmente me gustaría verte de nuevo
Realmente quiero volver a verte
Realmente me gustaría verte de nuevo
Realmente quiero volver a verte
Realmente me gustaría verte de nuevo
Realmente quiero volver a verte.

En la desesperación, siempre el otro es esperanza.

La melancolía derrapa en esta canción, se mueve en cada uno de sus compases y es capaz de tener picos de puro pop, cuando esos “yeah, yeah, yeah” suenan de la manera más lastimera posible. “I am the Cosmos” es una canción dolorosa. La voz dice que es parte de todo, que abraza todo, pero algo falta y no puede estar bien. Esta es una canción sobre la incapacidad de ser consecuente, quizás porque el autoengaño es necesario para estar bien, a pesar de saber que no se está bien. Y es un pedido de ayuda, de aceptar que lo único posible es estar al lado de la persona precisa que ignora el llamado (“Justo cuando empezaba a sentirme bien / estás hablando por teléfono”).

En “I am the Cosmos” no hay comunicación, no hay destinatario. Es la paradoja de ser lo más grande y a la vez saber que no lo eres. No lo quieres así y te resignas a entenderlo. Es mentirse a uno mismo y reconocer que algo no funciona (No puedo confiar / No sé qué está pasando adentro).

Pero, a pesar de todo, la canción es un triunfo en medio del hielo quebradizo. El título y el sentido de grandiosidad recorren un sendero musical maravilloso: Bell es tan preciso en lo que hace que permite que el bajo y la batería entren en el mejor momento para hacerlo. Además repite versos cambiando los acordes y eso le aporta saltos de un tono a otro. La desesperanza sonora se vuelve un flirteo inocente y ese juego mantiene todo el tema. Hasta que repetimos el inicio y el fade out marca el cierre, cuando parece que la voz repite la melodía hasta el infinito. “I am the Cosmos” es una canción con el final abierto, una canción sin fin.

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Bell tocó las guitarras en esta canción. El solo de guitarra, de una belleza capaz de hacerte derramar lágrimas, es quizás lo más cercano a lo que George Harrison hizo con “Something”. Probablemente sea más bello que el de Harrison. Sí, herejía, porque el nivel sonoro la canción no es perfecto (y eso que el gran Geoff Emerick hizo la mezcla en los estudios Air, en Londres). La batería suena distante y el bajo copa los tonos graves en un intento por equilibrar frecuencias.

No importa si no es la mejor mezcla. Lo que hace imprescindible a este tema es que como ejemplo de composición pasa todos los análisis y como gesto de resistencia, Bell se hace presente, y nos dice que a pesar de él podía estar en sintonía y que los dioses de las canciones hermosas le seguían sonriendo.

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Y quiero pensar que hasta el final sintió esa sonrisa.

El tema ha sido versionado por varios artistas, como Beck y Wilco, The Posies y hasta Scarlett Johansson, junto a Peter Yorn. Acá pueden escuchar varias de esas interpretaciones.

Los Pixies: la aventura de los “extended plays”

discos, música, reseña discos, Reseñas

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Cuando Kim Deal se fue de los Pixies, parecía que el mundo se volvía más pequeño. No hay que culparla. Quizás era evidente que con los Pixies, Kim vivía su cárcel, esa relación “amor – odio” que se transformó en una banda de culto que se acabó y regresó. Había cierta animosidad y si bien ella no debía probarle nada a nadie (con The Breeders – su banda con su hermana Kelley – ya había dejado todo claro con dos discazos: “Pod” y “Last Splash”), estaba ahí. Volvió con ellos, hacía esa música que fue la avanzada al grunge, y seguía con lo suyo. Por eso, cuando la banda decidió reunirse a grabar nuevo material (canciones solo de Black Francis) ella accedió, escuchó los demos, hizo líneas de bajo y viajó con ellos a Gales, para juntarse con Gil Norton (el productor de los grandes discos “Doolitle”, “Bossanova” y de ese que nunca termina de gustar, “Trompe Le Monde”), en el Rockfield Studios, para hacer lo nuevo de Pixies.

Eso “nuevo” que llegó casi 10 años después de las giras de reunión que empezaron en 2004.

Llegó. Fue al estudio. Se sonrió con todos y empezó a grabar. Hizo hasta el quinto tema y todo cambió de golpe. Una noche, los cuatro (ella, Francis, Joey Santiago y David Lovering) salieron juntos. Algo que quizás nunca habían hecho y se fueron a un restaurante de comida india: comieron y bebieron y se divirtieron. Eran una banda que se sentía fuerte. Era septiembre de 2012. Se fueron a dormir cada uno a su habitación y al día siguiente, antes de la sesión de grabación pautada, ella se encontró con Francis y Santiago en un café cerca del estudio: “Me regreso”. Y se fue. A días de iniciar las sesiones, Pixies se quedaba sin bajista. No dijeron nada a nadie (solo le avisaron a David, al manager y al productor). “Vamos al pub”, dijeron. Bebieron para lamentarse, Pixies sin Kim Deal es una banda coja.

Richard Jones, manager de la banda, fue quien mejor lo aclaró (para Exclaim.Ca): “Se hartó. Ella no quería hacer todas las cosas que se deben hacer cuando se lanza nueva música. como viajar e irse de gira. Ella decidió que necesitaba seguir adelante”.

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Imagen de Adela Loconte, para cmj.com

¿Y esa cojera continúa? Si bien Deal seguirá siendo una pieza fundamental en el imaginario alrededor de la banda de Boston, lo que pasa este 2014 con Paz Lechantin en el bajo, violín y voces (antes estuvo Kim Shattnuck, de The Muffs, pero no les terminó de convencer), es providencial. Lenchantin, que antes fue bajista de “A perfect circle” y de “Zwan” (además de esa gran banda que es The Entrance Band) es un plus poderoso, por lo que esta nueva vida de Pixies es capaz de ofrecer nuevas lecturas de su pasado y un presente interesante. Yo diría que casi a la altura de su leyenda. Y sus recientes lanzamientos lo muestran.

Si bien Paz Lenchatin no grabó con ellos el material lanzado (una deuda que debería ser resuelta en el futuro), el “Ep-1” (que apareció en septiembre de 2013) es un trabajo que nos muestra a los Pixies reconstruyendo un sonido con una de las piezas faltantes (“What goes boom”, por ejemplo, nos muestra a una especie de Kim Deal “sound alike” en coros) y al mismo tiempo saltando más allá. Si bien son los mismos Santiago y Lovering en los temas, las estructuras son otras, el juego de dinámicas por el que la banda se hizo famosa (duro, suave, duro) ya no es necesaria en los estándares de ahora y, además, Black Francis ha cambiado como compositor.”Indie Cindy” nos acerca lo más posible a la banda de fines de los 80’s, pero desde la negación de la nostalgia. Francis pide que por favor se enamoren de él de nuevo, de esa música que antes era extraña e influenció a tantos. “Indie Cindy / Be in love with me / I beg for you to carry me”. No es ‘míranos como antes’, es ‘llévame hacia adelante’. Es fácil que muchos confunda las posibilidades reales de un “regreso” con el acto de negocio. Para Pixies ha sido claro que sus nuevas canciones son consecuencia de una reconstrucción de amistad y vasos comunicantes que ha permitido este nuevo material creciera y de esta manera. 

El negocio ya está salvado con las giras de regreso (David Lovering, el baterista, estaba casi en la bancarrota en el momento que se juntaron, dedicado a la magia y a vivir en casas de amigos y familiares).

Con “Andro Queen”, Francis recupera cierto espíritu del “Trompe le Monde” (el último disco de larga duración de la banda hasta la fecha), pero con una estética espacial que suena más a este espacio que vivimos hoy, con misiones espaciales a Marte, y no a esa ciencia-ficción que se resbaló en las líricas de ese último álbum. Y vaya que se lo toman en serio aquí. Desde la propuesta musical recargada en eco en la voz, hasta la misma historia que nos da la canción: un humano que es capaz de sacrificar su cuerpo por un beso a este ser “andrógino o androide”. ¿La cereza del pastel? La estrofa en esperanto.

“Another toe in the ocean” es un rock “en tu cara” que quizás nos ofrece más pistas sobre los elementos recurrentes en la lírica de Francis, pero alejándose de la impronta de su banda. Es quizás el tema que más se distancia de la línea temporal que han establecido los fans de lo que debe ser el sonido del grupo, pero eso no significa que sea un tema menor.

En el “Ep-2”, lanzado en enero de este año, va por la misma línea en la que el juego es mirar atrás, pero sin mucha importancia. “Blue Eyed Hexe” es la canción con la que Pixies quiere ser AC/DC. Puunto. Y esa sensación que te provoca la canción es suficiente para que hagas headbanging. Quizás Joey Santiago, quien siempre fue un guitarrista de recursos precisos y el responsable real del sonido Pixies, ha desarrollado otra forma de aproximación al instrumento, a tal punto que en este tema parece travestirse en otro y juega a meterse en otros zapatos. Ya no es la dureza extraña de antes, aquí (y hasta me atrevería a decir que por la ausencia del lado femenino durante la grabación), lo que tenemos es una extrañeza repleta de testosterona. Es sin duda un guiño y un gesto de gracia que no nos puede dejar impávidos.

“Green and blues” (ese intento de Francis por tener un tema que compita en los cierres con “Gigantic”, que ya no cantan ahora porque no está Deal), es quizás una de las mejores canciones que la banda pudo haber grabado y que nos escupe en la cara el conocimiento certero que ellos tienen para decirnos: podemos hacer canciones de Pixies porque, a pesar de todo, somos Pixies. La suavidad en la voz de Francis no es la misma, desde luego, pero consigue ser perfecta para estos nuevos instantes. “Magdalena” nos dice que no estamos con el grupo que hizo “Surfer rosa”, pero luego de varias reproducciones empieza a adquirir sentido.

“Snakes” cierra el último EP. también pateando el tablero de la nostalgia (sí debo confesar que mucho de estos trabajos se acercan a lo que Francis ha hecho con su carrera solista o con Frank Black and the Catholics). La energía está, como esa conciencia innata que eleva el ánimo de quienes escuchan esto. “Snakes” cierra el trabajo y es imposible no pensarla como un estándar en los shows en vivo. Es más, está construida para eso, incluso con ese final oportuno que lo deja nadando en el misterio. ¿De quién es esa guitarra al final? Debe ser de Francis, sin duda. Y funciona perfectamente.

Escuchar las canciones más nuevas de Pixies y jugar a comparar su pasado con esta nueva posibilidad es un juego en el que el fan va a salir perdiendo. No se trata de negar el pasado, desde luego, se trata de entender que ya no son los jovencitos de antes, que ya no tienen a Kim Deal, y que están haciendo lo suyo, que no deja de ser una continuidad en tiempo y espacio, una nueva experiencia. Pixies y sus extended plays son un regalo para quien quiere escuchar música que emocione. Y en eso no han cambiado, para nada. Especialmente con Paz Lenchantin en el grupo: ella carga la misma pasión de Kim Deal por hacer música, así que la banda se anotó un puntazo con ella como reemplazo.

ESTA ES LA FORMA EN QUE LA MÚSICA NOS DETERMINA, CON EXPLOSIONES Y GEMIDOS

artículos, música

Esta es la primera parte del texto que se publicó hoy en CartónPiedra acerca de la relación que junto con Marcela Ribadeneira tenemos con la música. La segunda parte la escribió ella y la pueden leer aquí. Es una especie de He Shaid / She said. El título original fue cortado por ser muy largo. Y como dice Marcela: Stieg Larsson desaprueba esa acción:

CartonPiedraLosDos

Él

En casa suena mucha música y casi siempre yo decido sobre qué escuchar. Pero me doy cuenta rápido de eso y me controlo. Dejo de ser ese tipo de dictador con mucha facilidad, tanta que a veces creo que no soy ecuatoriano, pero bueno. Todo ha mejorado quizás porque ahora descubrí un aparato llamado “audífono”, que hace que ella no se vuelva loca con mi manía por desentrañar la música de un solo artista por semanas, hasta que se haya agotado todo.

Es decir, escucho hasta la médula ósea toda la obra de un grupo, solista o compositor y casi que conozco de memoria todo tracklist e historia detrás de cada trabajo. Soy un melómano, un arqueólogo, un obseso, un poseído… ¿qué se yo?

Estos días, por ejemplo, estoy escuchando todos los discos de The Who, una y otra vez. Así soy yo, en extremo caprichoso y obsesivo. “Tommy can you hear me?”.

Ella me regaló un iPod hace un año y ha sido el mejor regalo del mundo que me pudieron hacer. La música suena para mí hasta cuando me ducho. A veces, cuando me quiero dormir y no pensar, me coloco los audífonos, presiono play y escucho lo que sea. Ahora, por ejemplo, me duermo escuchando el “Won’t get fooled again” que termina con Roger Daltrey gritando “Meet the new boss / same as the old boss”.

Mientras ella se relaja con lo que escucha (es capaz de entrar en un estado de paz absoluta con “Memorial”, ese Everest compuesto por Michael Nyman); yo, en cambio, escudriño cada cosa que sucede en una grabación. El sonido, las notas, que si eso es un fagot o una conga. Insisto con eso de la obsesión. Más que relajarme, la música me saca del lugar en el que me encuentro y me hace sentir que el mundo es fabuloso. Con la música no pienso.

No pensar es, paradójicamente, lo que más me sirve. La música es abrir las ventanas para que entre aire a la casa.

Ella es también melómana y de las hardcore. Yo no sé si llego a eso. Lo mío pasa por otro lado. Lo cierto es que en casa, si empieza a sonar el iTunes de su computadora, lo primero que va a salir es “I can’t hardly stand it”, de Charlie Feathers. Esa guitarra que parece arrancada del surf rock y que debe ser la banda sonora de los sueños más felices de David Lynch. Escucha cosas que yo no escucho y me presenta cosas que no sabía que existían. Me hizo amar “All I want” de los Violent Femmes y puede poner en repeat esa canción de los Butthole Surfers que está en el soundtrack de Romeo & Juliet. Por ella prefiero “In the deathcar”, en voz de Goran Bregovic, por encima de lo que hizo Iggy Pop. Al menos ya no escucha tanto Jorge Drexler, de lo contrario se me caerían las orejas.

Sí, no me gusta tanto lo que hace Drexler, ¿algún problema? Y podría poner en esa lista a Kevin Johansen y al rey de reyes: Sabina . No sé. A veces creo que el castellano no sirve para hacer letras de canciones. Pero otras veces escucho las cosas de José Alfredo Jiménez y del flaco Spinetta y la vida me sonríe con ñ.

A ella le gusta cuando toco guitarra. Eso es un alivio. Hace unos días agarré la guitarra y toqué una versión cutre de “The acid queen”, que está en el “Tommy” , de The Who. Ella dice que le gusta como canto. Sospecho que no le queda más remedio que decirlo.

En realidad, como sé de sus gustos y de sus maneras de decir las cosas, ella es un carnicero haciendo el corte perfecto cuando se pronuncia sobre algo. Me gusta que sea así. Terrible imagen la del carnicero, así que la pongo de otra manera. Digamos que es una doctora en un quirófano sin bacterias, que hace la incisión perfecta para extirparle el apéndice a un paciente de riesgo, en menos de un minuto. Ella es una cirujana en sus opiniones.

Cuando llevo las cosas que he grabado en los ensayos de mi banda, ella es la primera en escuchar el progreso o no de las canciones. Es tan sencillo para ella desbaratarme el ánimo de rock con una frase como “Mmmm… eso no suena bien. Tú puedes hacer mejores cosas”. También es fácil para ella decirme: “Tu voz es lo mejor es esa canción” o “Me encanta ese coro”. Me eleva y me lanza al piso y eso me ayuda a trabajar mejor. No sé, ese acto de compartir el proceso sé que me permitirá hacer un buen disco. En esas ando: hago un disco. Ella escucha, me da sus lecturas y las tomo muy en cuenta.

John Lydon también suena mucho en casa. Una y otra vez nos repite “This is not a love song / This is not a love song” y me queda claro que no lo es. Me gusta, antes me gustaba, ahora más. The Sonics también golpean con su “Psycho”; antes de que Elvis me hable de la vez que una mujer le rompió el corazón y lo dejó en el “Heartbreak hotel”. Nina Simone camina por acá, Ennio Morricone igual, Jarvis Cocker cuenta de de cuando una chica le pidió que la llevase a hacer cosas de gente común; Connie Francis abre la boca para decir “Siboney”. A veces se le hace necesario a presionar play para que suene la canción con la que Michael Madsen le corta la oreja a un policía en “Reservoir Dogs”; en otras, Pappo aparece para decirnos que desconfía de la vida.

Y si hay que bailar, pues ¡qué mejor que hacerlo con Die Artwood! ¡Escuchen Die Artwood! ¡Bailar es tenebroso!

Creo que no hemos salido a bailar en mucho tiempo, si es que nunca lo hemos hecho. Quizás sea porque preferimos escaparnos del mundo y quedarnos en casa escuchando las cosas que preferimos escuchar. Me agrada que vivamos como ascetas y que seamos felices encerrándonos, con el volumen a tope.

Ahora, si hablamos de algo que sea absoluta pasión para nosotros, no me queda más remedio que hablar de Nirvana. Entre los dos tenemos toda la discografía oficial y los bootlegs de la banda de Kurt Cobain, libros, fotos, vídeos… etc. Podemos escuchar en todos los sabores y colores las versiones que existen de “Lounge Act”. Hay días en que ella abre el Youtube y empieza el show de las primeras canciones y mientras suena “Paper cuts” (del disco “Bleach”), me cuenta la historia detrás de la letra. Yo le regalé una edición especial del “Nevermind”, por los 20 años de la publicación y juntos nos conseguimos una camiseta con la carita feliz de la banda, en Perú.

Escuchamos, por encima de todas las cosas, los lados B de Nirvana, esas canciones que a nadie le interesan y que para nosotros representan ese momento en el que éramos adolescentes y la música era más que sonido.

Sí, es nuestra crisis de los 30 años. Estamos al tanto de eso. No nos importa.

Aunque me fuercen yo nunca voy a decir que todo tiempo por pasado fue mejor / mañana es mejor”, cantó Spinetta. Creo que no se refería a la música, o al menos no a los gustos musicales. En todo caso, si no nos gusta lo que a todo el mundo le gusta en este momento, no es que seamos mejores que los demás. Probablemente es lo contrario y desde luego, estamos más viejos. Sin embargo disfrutamos estar viejos. No hay nada mejor que estar en casa y gritar “She keeps it pumpin’ straight to my heart”, porque podemos.

La música es como un todo que nos envuelve, nos da la vuelta y nos cruza. Hay noches en las que, si no podemos dormir, encendemos una computadora y escuchamos lo que sea. Ella pone alguna lista en 8tracks, yo le apuesto al Youtube. Ayer escuchamos Sonic Youth y mientras veíamos a Kim Gordon cantar “Bull in the Heather”, ella me contaba que la bajista ha sido la única persona que públicamente ha dicho que no cree que Kurt Cobain se suicidó, sino que lo mataron. Y me cuenta que la escena del crimen no fue procesada de la mejor forma, y que la Policía de Seattle lo reconoció así, entre otros datos curiosos del caso…

Y luego nos damos cuenta de que ya han pasado 20 años de eso.

Y nos sentimos viejos.

Nos reímos.

Y aplastamos play una vez más.

Recuperar el espiritu del punk: Nirvana y la grabación de ‘In Utero’

crónica, música

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Terminaron de tocar la última nota de la canción y se sintieron bien con el resultado. El trío que había nacido en Aberdeen, Washington, en 1987, grababa su último disco, alejado del mundo, en Pachyderm Studios –una suerte de residencia en la mitad de la nada, a 80 kilómetros al sur de Minneapolis–. Querían sacarse de encima el estigma de ser una banda radial, de vender millones de copias, de ser superestrellas. Querían recuperar lo perdido, ser under. Y para conseguirlo apostaron por un disco con la mejor tecnología del momento, pero con la menor producción posible. ¿Lo primordial? Nadie de su empresa de managment o de su disquera tenía paso libre al estudio. Solo eran ellos haciendo lo que querían hacer. Necesitaban ser parte de cierta ética del punk para no sentirse tan “vendidos”. ¿Y quiénes sino ellos que le quitaron el número uno a Michael Jackson en la lista de la Billboard para saber lo que es venderse?

-¿Qué te ha parecido, Steve? – preguntó Kurt Cobain.
-Suena bien– respondió Steve Albini, frente a la consola. Los separaba un vidrio grueso que evita la mezcla de sonidos entre la sala y los controles.
-Listo. Toquemos otra.

***

Serve the servants, la canción que abre el tercer disco de Nirvana, fue grabada en una sola toma. Dave Grohl en la batería, Krist Novoselic en el bajo y Kurt Cobain en la guitarra la tocaron una sola vez y eso quedó en el álbum. Esa dinámica tratarían de mantener en todo el disco: hacerlo rápido, como si no tuvieran dinero, como si estuvieran en el sótano de la casa de uno de ellos, como si todavía fueran esa banda que nunca quisieron dejar de ser.

***

San Valentín de 1993. La banda llegó al estudio en pleno frío. Si salían de sus habitaciones al bosque, solo encontrarían bajas temperaturas y blanco. Ir a Minneapolis era solo ir a grabar el disco, que hasta el momento se iba a llamar I hate myself and I want to die (Me odio y me quiero matar). A pesar de eso, era un buen momento. Kurt Cobain estaba tranquilo. Su hija, Frances Bean, tenía seis meses de edad y era su adoración. Por otro lado, la DGC Records lo dejaba hacer el disco que él quería para Nirvana, porque él decidía y quería que Steve Albini lo produjera (pese a que Albini siga detestando el rol de productor que le dan y prefiere definirse como “grabador”). Albini, quien había estado en los controles del disco Surfer Rosa de The Pixies y Pod, de The Breeders. Albini, el guitarrista de Big Black, banda de Chicago que Cobain iba a ver antes de ser famoso. Albini, ese tipo extraño que trabaja para la industria y reniega de ella.

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Gold Mountain, la empresa de managment de Nirvana, lo contactó a finales de 1992. Llegaron a un acuerdo de pagar por el tiempo de estudio y darle a él 100 mil dólares como remuneración. Albini se negó a recibir porcentajes por la venta del disco.

-Cualquiera que se lleva regalías del disco de una banda, aparte de la gente que compone o toca en el disco, es un ladrón –dijo Albini a Michael Azzerad, biógrafo de la banda.

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En Pachyderm debieron esperar a que llegaran los equipos. No hicieron nada por tres días, salvo ver televisión. Cuando llegaron los instrumentos, todo fluyó con naturalidad. Una vez listas las bases, se discutía qué más hacer, qué otra guitarra grabar, qué corregir. Todo dentro de una ética estricta: el disco debe sonar crudo, honesto y real.

Y para eso había que retocarlo poco.

-Tuvimos una discusión sobre el solo de guitarra en Heart-shaped box– cuenta hoy Krist Novoselic, en una entrevista radial.

Kurt y Steve querían que el solo sea duro y distorsionado. El bajista defendía lo contrario. Para él la canción era tan fabulosa que no valía la pena darle algo que no necesitaba. Novoselic ganó.

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Una noche, mientras cenaban todos, Albini se sacó una de sus medias y la llenó de puré de papas. La media tuvo vida propia en ese tiempo. Grohl la encontró en su batería, pegada. Albini la descubrió debajo de su almohada. Pero el golpe final lo recibió el baterista: cuando se acabó la grabación y cada cual regresó a su casa, Grohl abrió su maleta y vio a la media con papas en medio de sus cosas.

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Cobain también estaba feliz, pues por primera vez se sentía absolutamente confiado de su capacidad como compositor. Llegó a la grabación del disco con todas las letras de las canciones listas, algo que nunca había pasado antes.

-Realmente me gustan (las letras). No hay nada que me avergüence en ellas – dijo Cobain a Azzerad. Tanto era el orgullo que permitió que se imprimieran en el disco.

El dolor en sus canciones siguió. Pero ahora era el dolor del tipo que no puede controlar nada de lo “exitoso” que le ha pasado. El tiro de gracia vino al inicio, en el primer verso del disco: “La angustia adolescente ha pagado bien / pero ahora estoy aburrido y viejo”. Cobain habló sobre su dependencia afectiva hacia su mujer, Courtney Love (“Lánzame tu cordón umbilical/ para que pueda subir”). Expuso esa constante dificultad en él para aceptar que se sentía bien, como en la beatlesca Dumb (“Creo que soy un tonto / o quizás solo esté feliz”); idea que se redondea en Frances Farmer will have her revenge in Seattle (Extraño lo confortable de estar triste”). Se dejó llevar por el frenesí del new wave y de cierta terminología médica en la poderosa Milk it (“Tengo mi propio virus como mascota (…) Su leche es mi mierda / mi mierda es su leche”). En Radio friendly unit shifter se alejó cada vez más de esa imagen de estrella y se burló de la industria musical (“Te amo por lo que no soy / no quiero nada de lo que tengo (…) / ¿Qué está mal en mí?”).

Todo llega a ese punto alto que es la “canción de amor” hecha para su mujer e hija. All Apologies termina con un “Todo en todo es todo lo que somos”, repetido hasta agotar el sonido.

-Me gusta pensar que la canción es para ellas, pero la letra realmente no se conecta con nosotros. La escribí para ellas, pero ninguno de los versos expone algo. El sentimiento sí, pero no la letra –confesó Cobain a Azerrad.

***

Eran los tres, Albini y el técnico Bob Weston. Una noche llegó Courtney Love y el “efecto Yoko” apareció. Nadie ha dicho nada más que Dave Grohl y ella tuvieron un altercado, porque apenas puso un pie en el estudio, ella empezó a decir qué estaba mal en la grabación.

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Para matar el tiempo hacían bromas telefónicas. Albini se hizo pasar por Cobain y llamó a Gene Simmons, de Kiss, y se puso de acuerdo para componer con él. También llamó a Eddie Vedder y se hizo pasar por el importante productor Tony Visconti (quien ha trabajado con David Bowie) y le dijo que se saliera de Pearl Jam y cantara en una banda de verdad. Los demás reían.

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Krist Novoselic pasó la mayor parte del tiempo que no estaba grabando, terminando un artículo que había prometido a una revista sobre su reciente viaje a Croacia.

***

Marzo 1993. Dos semanas después, el disco estaba listo. Kurt Cobain grabó todas las voces en siete horas. La ética punk había triunfado.

MTV Live and Loud: Nirvana Performs Live - December 1993

***

Enviaron cassettes a sus mánagers y a la disquera.

-A los adultos no les gustó el disco –diría Cobain.

No solo no les gustó: lo odiaron. No encontraron canciones que pudieran ser lanzadas como sencillos y todo el sonido “Albini” era lo menos comercial posible. Ninguna radio pasaría las canciones.

-No importa, no les costó mucho. Lo podrán grabar de nuevo –les dijeron.

Cobain sabía que este era el disco que quería lanzar. Y no le importaba quedarse sin contrato.

-Los haré comerse mi mierda– dijo.

***

Al poco tiempo, Cobain ya no quería saber nada del disco. El tipo que había querido hacer un disco que le quitara ese sabor de haberse vendido, no sabía qué hacer. Dentro de él siempre hubo la lucha entre el amante de Beatles y Black Flag que pasaba factura.

-(El problema) no eran las canciones. Era la producción. Nos tomó mucho tiempo darnos cuenta cuál era el problema. No lo podíamos descubrir. No sabíamos por qué no sentíamos la misma energía como con Nevermind. Hasta que finalmente llegamos a la conclusión de que las voces no tenían el volumen suficiente y que el bajo era inaudible. No podíamos escuchar las notas que tocaba Krist –le dijo Cobain a David Fricke, de la Rolling Stone.

La misma emoción del inicio se convirtió en depresión. En los medios aparecían historias de cómo la DGC Records no iba a sacar el disco de Nirvana, y Albini llegó a evidenciar su fastidio con las movidas del negocio, atacando a los ejecutivos cada vez que podía, ante cualquiera que le ponía un micrófono al frente. Novoselic pudo ver lo que estaba a punto de pasar con su amigo y entró en acción. Convenció a Albini que les diera las cintas de la grabación y consiguió que Scott Litt, quien producía a REM, tomara lo hecho y arreglara dos temas, los que tenían mayor potencial: Heart-Shaped Box y All Apologies.

***

Mayo de 1993. El disco ahora estaba listo, Kurt había grabado algunos coros y a los bajos se los había definido mejor y la voz estaba en un primer plano. El nombre estaba decidido, sería In Utero. En un arrebato creativo, Cobain llevó fetos de plástico, orquídeas y lirios a una de sus alfombras y los ordenó de una manera en particular. La foto de esto se usó de contraportada.

-Siempre he creído que las orquídeas, especialmente los lirios, parecen una vagina. Así que es sexo y mujer e In Utero, y vaginas y nacimiento y muerte –le confesó Cobain a Azerrad.

***

El disco se lanzó el 13 de septiembre de 1993, no vendió como el anterior, pero fue bien recibido. El 5 de abril de 1994, Kurt Cobain se apuntó la quijada con un rifle. Estaba en su casa, lo buscaban porque se había escapado del centro de rehabilitación donde lo habían internado.

Nadie escuchó el disparo.

Fuentes:
-Azzerad, Michael, Come as you are: The story of Nirvana. Three Rivers Press, USA. 1995.
-Cobain, Rolling Stone Press. Little Brown and Company, USA. 1997.
-Cross, Charles, Heavier than heaven: a biography of Kurt Cobain. Hyperion. USA. 2002.
-Entrevista a Dave Grohl y Krist Novoselic para NPRMusic, para el programa All songs considered, de Bob Boilen y Robin Hilton, septiembre de 2013.

Publicado en CartónPiedra, el 23 de septiembre de 2013.