Gracias por venir, George Martin (1926 – 2016)

Homenaje, música
Imagen tomada newsfirst.lk

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Hay noticias que te ponen triste, sobre todo por la relación cercana, pasional, que tenemos con sus protagonistas.

George Martin es el director de orquesta de la mejor pieza musical que se haya compuesto en el siglo XX.

He ahí la relevancia de esta noticia. A pesar que era algo que se veía venir, porque tenía 90 años, ya estaba grande y quizás ya vale la pena descansar de manera definitiva. Eso no reduce la pena, solo la atenúa.

George Martin es importante.

imagen tomada de fifthbeatle.proboards.com

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No solo lo es por haber sido el 5to beatle (ya Paul McCartney lo dijo hoy, en un comunicado. Así que basta de buscar más), sino por darle forma a un sonido que era crudo y que nadie sabía cómo manejar. Nadie quería firmar a The Beatles, quienes a inicio de los años 60 estaban dando saltos para encontrar una disquera. Les daban negativas porque para ese momento “los grupos de guitarras ya estaban pasados de moda” y los que deciden esas cosas suelen tener la última palabra. Pero George Martin sí que tuvo algo más para decir y vio algo que nadie más vio, por lo que decidió firmarlos para el sello Parlaphone, pequeño, subsidiario de EMI, y darles la oportunidad de estar en un estudio, grabar sus canciones y hacer el Big Bang.

Entonces, George Martin es importante.

Tanto como oráculo, como prestidigitador.

George Martin entendió la producción como un espacio para que el músico pudiera crecer, para que la perspectiva artística del intérprete, esa estética personal, tuviera consonancia con lo que se grababa en la cinta. Supo traducir deseos extraños (como aquella vez que Lennon te dijo que quería que Tomorrow Never Knows sonara como si el Dalai Lama estuviera cantando desde la cima de los Himalayas), buscando la mejor manera de conseguir eso que se buscaba. George Martin fue de los más grandes productores porque dejó que la genialidad se desarrollara, porque fue enérgico y decidía cuando la sinergia al interior de The Beatles dejaba de funcionar.

Gracias, George Martin. Sin ti, la música de The Beatles no existiría, no seguiría siendo fresca.

Un fantasma como Eco

Homenaje, literatura

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imagen tomada de elpais.com

Nunca tuve una relación cercana con Umberto Eco, más que nada por una idea de representatividad y de respeto a un criterio que todavía me persigue: la academia es aburrida. Y eso que ahora laboro en la academia y mucho de esa idea no ha cambiado. Este criterio formó una especie de espíritu de cuerpo que con el tiempo ha ido mutando a algo mucho más interesante, sobre todo por gente como el propio Eco y si bien no he sentido como personal su muerte, siento que hay algo que me va a ser falta por su ausencia: la posibilidad de hablar de lo popular desde el rigor sagrado de lo académico.

Mi contacto con Eco se dio por doble vía, de niño. En 1988, cuando vi por Teleamazonas la versión cinematográfica que Jean-Jacques Annaud de “El nombre de la rosa”, quedé impactado y pude asociar su nombre a algo que llamó mi atención: la escena en que la muchacha seduce a Adso de Melk (un Christian Slater con un peinado de Looney Tunes). Cuando algo me llamaba la atención, lo anotaba en mi libreta mental. Aún lo hago. Ese mismo año encontré en la biblioteca de mi papá su ejemplar de “El nombre de la rosa” y lo leí.  No recuerdo nada de esa experiencia. Si encuentro ese ejemplar, me lo quedaré para releerlo.

El fantasma de Eco empezó a tener cuerpo hace pocos años. No a través de sus novelas, que decidí no leer porque, insisto, no había nada que me acercara al autor por lo que representaba, sino por las notas de prensa en la que las declaraciones que daba lo llevaban a otro nivel para mí. “Sí, quizás debería leerlo”, me repetía.

Umberto Eco decía cosas como:

“La verdadera educación quizás ya no sea dar más información, sino enseñar a elegir” (para el programa Hora Clave, de la televisión argentina).

“La materia prima debería ser cómo filtrar las informaciones, pero ningún profesor es capaz de enseñar eso. Una vez sugerí que los chicos escogieran un argumento y copiaran tranquilamente de internet, pero consultando diez páginas web; así empiezan a ver las diferencias, que no todas dicen la verdad o, por lo menos, la misma cosa, y van desarrollando su sentido crítico. Al final, San Agustín, que no sabía griego ni judaico, para saber si era una traducción buena o mala, la comparaba, y esa era la única manera crítica que tenía” (en una entrevista para ABC, sobre su novela “Número cero”).

“En realidad, si no hay crisis no hay cultura, porque la cultura es, en sí misma, una interrogación constante, lo que también implica una crítica de la existencia. La propia crisis es una condición para el desarrollo cultural. Participé en un importante congreso que organizaron en Francia para hablar de la crisis de nuestro tiempo, al que asistieron pensadores, creadores e intérpretes como Milan Kundera,Graham Greene y Sofía Loren. En mi intervención, afirmé que el papel de los intelectuales no es el de salvar la cultura. Deben limitarse a producirla. En términos filosóficos, crisis cultural es una expresión carente de sentido (…) Lo mismo sucede con la universidad (…). Siempre se repite que está en crisis. Es una afirmación que hacen en cada país, partiendo del mito de que el sistema universitario funciona mejor en otros lugares. Cada uno piensa que la universidad propia funciona mal, y que las restantes son mejores. En realidad, los europeos compartimos las mismas dificultades en este ámbito. Y es cierto que nuestras universidades tienen muchos problemas. A medida que pasa el tiempo, licenciarse en una carrera resulta cada vez más sencillo, cuando, en realidad, las licenciaturas deberían ser más difíciles. Los doctorandos se convierten en profesores antes de lo que sería conveniente, y para ello precisan menos esfuerzo que antes. Además, hay un número excesivo de alumnos, y eso complica la tarea académica. Lo que realmente está en crisis es esta universidad masificada. Pueden estudiar unos pocos, pero si lo hacen novecientos, es más difícil. A la universidad debería llegar una elite, como sucedía en las mejores épocas de esta institución. Además, las nuevas tecnologías han modificado la relación de los alumnos con los docentes. La enorme cantidad de información que ha supuesto la explosión de internet sustituye, en cierta medida, el papel del profesor, y modifica las relaciones que los estudiantes tienen con él. El caso estadounidense es distinto: en sus universidades uno aprecia con claridad que estudiantes y profesores mantienen una mayor relación entre sí” (en una nota publicada en The Cult, en medio de la entrega de un doctorado Honoris Causa de la Universidad de Burgos).

Y la frase que más me ha gustado, en los últimos años, por su incorrección, sinceridad, por el golpe:

“Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas” (de acuerdo a lo publicado por el diario El País, de Uruguay).

Quizás debería leerlo. No como un acto de homenaje, sino como un acto de aceptación de que un mundo lejano se puede convertir en propio.

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imagen tomada de revistaenie.clarin.com

Pablo Ordaz. en su artículo publicado en El País, hace un pequeño perfil que consigue dar en el clavo en muchas de las ideas que Eco encarnaba:

A sus coetáneos les asombraba, como subraya Gianni Rotta, que “un semiólogo, un crítico, todo un filósofo, se ocupase de cómics, o que un profesor predicase que, para entender la cultura de masa, antes hay que amarla, que no se puede escribir un ensayo sobre las máquinas flipper sin haber jugado con ellas”.

Ordaz continúa:

Tras su muerte, tanto políticos como intelectuales han intentado apresar su personalidad. Según el jefe del Gobierno italiano, Matteo Renzi, Umberto Ecco fue “un gran italiano y un gran europeo”. Por su parte, el presidente de Francia, François Hollande, se acercó un poco más al referirse a él como un inmenso humanista, que se interesaba por todo y que estaba “igual de cómodo con la Historia medieval que con los cómics”. Como subrayó Hollande, “nunca se cansó de aprender y de transmitir su inmensa erudición con elocuencia y humor”.

En cierta ocasión, Umberto Eco dijo: “El que no lee, a los 70 años habrá vivido solo una vida. Quien lee habrá vivido 5.000 años. La lectura es una inmortalidad hacia atrás”.

Ese fantasma me toca hoy de cerca.

“Mate, señor” (el post de Lemmy)

Homenaje, música, noticias, Uncategorized
DONNINGTON, UNITED KINGDOM - JUNE 15: Lemmy Kilmister of Motorhead performs on stage on Day 2 of Download Festival 2013 at Donnington Park on June 15, 2013 in Donnington, England. (Photo by Neil Lupin/Redferns via Getty Images)

DONNINGTON, UNITED KINGDOM – JUNE 15: Lemmy Kilmister of Motorhead performs on stage on Day 2 of Download Festival 2013 at Donnington Park on June 15, 2013 in Donnington, England. (Photo by Neil Lupin/Redferns via Getty Images)

Si hubo algo que me llamara la atención de Lemmy Kilmister, de entrada, era su apellido. Porque al pronunciarlo me imaginaba una frase de película B, de mafiosos, de todo ese espacio lumpen que su cara parecía contener, en forma de lunares/verrugas gigantes: “Mate, señor, mate”. Y el tipo iba y lo hacía. Un apellido nunca pudo ser menos arbitrario.

Desde luego, otras cosas me llamaron la atención también. Como por ejemplo su aproximación al bajo, no tanto como un instrumento de sustento, de ritmo, de frecuencias graves, sino como una estampida de elefantes que debían llenar todo y transformar al sonido característico de las cuatro cuerdas en algo que te golpeaba en la cara. No sé de dónde sacó la idea de que sonara así, pero esa textura es su firma y te ayuda a entender la dimensión de Motörhead y todo lo que consiguió Lemmy en su carrera.

imagen tomada de blogociologico.blogspot.com

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Las drogas son malas. Se supone. Pero lo más evidente es que hay cuerpos que las resisten más que otras. Lemmy resistió mucho, incluso beber una botella de whisky por día, durante 30 años. Siguió con su rutina de alcohol y alguna que otra sustancia -casi siempre de las baratas, de esas que se diseñan en lugares en donde hasta orinar sería un acto purificador-, inclusive después de que le diagnosticaran diabetes del tipo 2, en el 2000. En 2013 paró con el alcohol. Antes no.

No pontificaba sobre qué drogas usar o no usar, pero sí habló varias veces en contra de la heroína. Hasta llegó a proponer la legalización de la heroína para evitar muertes por su consumo (y cuando lo dijo también aprovechó para decir que odiaba la idea mientras la pronunciaba).

A Lemmy no lo mata la droga. Es otro William S. Burroghs.

En él hay una representación. Quizás algo más que eso, no lo sé. Lemmy encarnó el espíritu del rock and roll, incapaz de salir del espacio de los 4/4, de los riffs y de las letras que hablaban, impunemente, del exceso, de cierta nostalgia, de un lado oscuro como trademark personal, incluso de cierta debilidad que él no podía representar muy bien. Su letra de “Mama, I’m comimg home” funciona mejor en Ozzy que en él, sin duda. Alguna vez pidió que le prestaran más atención a su trabajo como letrista. Quizás ahora lo consiga. El rey del Carpe Diem, el que sabía que no iba a vivir para siempre, no es el dueño de una poética hermosa, pero sí pesada, directa, dulce y cristalina, dentro de su universo. “Rock and roll debe ser un sábado a la noche, todas las noches”, dijo alguna vez.

El adolescente que nació en Inglaterra y que vivió en Gales, se fugó a Liverpool y vio a Los Beatles tocar en vivo en The Cavern. Lemmy quizás haya sido el único capaz de decir que Lennon y compañía eran realmente tipos duros, que venían de barrios complicados, un poco para contrarrestar esa imagen de “chicos buenos” que el mundo consumió alrededor de los Fab Four. Hay que tomar nota de eso. En Londres fue roadie de The Jimi Hendrix Experience, y en los shows acercaba una silla a un lado del escenario, se sentaba, y veía la magia desarrollarse (“Fui el roadie de Jimi Hendrix, mis credencial del rock and roll son impecables”, aseguró). Fue bajista de Hawkwind, una banda que en plena efervescencia psicodélica decidió ser la anti Pink Floyd y lanzaba desde el escenario LSD, y cerraba con cadenas las puertas de los locales para que nadie saliera hasta que terminara el show. “Yo vendía drogas en tus shows”, le dijo una vez Johnny Rotten, antes de ser una pistola sexual. Lemmy era leyenda y cuando estaba formando Motörhead le pidieron que le dé clases de bajo a un tipo llamado Sid Vicious. Lo hizo. “A duras penas se podía mantener en pie”. Lemmy fue un mapa de rock and roll.

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“Mi ética es: come, bebe y sé feliz, porque mañana vas a morir. Puedes ser todo lo cuidadoso que quieras, pero igual te vas a morir. Entonces, ¿por qué no pasarla bien?”, fue una de sus tantas frases que ahora se vuelven sentencias nihilistas. Como todo en Lemmy.

El fanático de la parafernalia nazi (tenía una de las banderas que usaban en uno de los carros de Hitler y la peinilla de Eva Braun – es más, Lemmy debe tener una de las colecciones de memorabilia nazi más importantes del mundo) tenía 70 años. Los cumplió el 24 de diciembre pasado. Dos días después le diagnosticaron un cáncer, se supone que extraño, agresivo. El 28 de diciembre, en su casa (en el mismo departamento de Los Ángeles en el que vivió desde la década de los 90), jugando un videojuego, muere. Alguien desconectó la consola y el juego se acabó. No habían más vidas para continuar, Lemmy no las había gastado, las había vivido hasta el extremo.

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Ahora, presiona play, sube el volumen hasta 12 y escucha.

Scott, el de las canciones

Homenaje
imagen tomada de rollingstone.com

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Hay una melancolía mayúscula cuando pienso en Scott Weiland. Siempre fue así, desde cuando lo escuché por primera vez, cuando cantaba con una voz que trucaba y volvía más gruesa, porque era mejor imitar a Eddie Vedder para ir a lo seguro. Recuerdo haber sentido esa misma melancolía cuando lo vi en Mtv, en marzo de 1993, en un concierto en Daytona Beach, llevando un vestido largo como de madre de Norman Bates, antes de cantar “Sex Type Thing”. Una melancolía que se traducía en letras que más que ser directas o poéticas, buscaban crear ambientes; querían sencillez, jugaban al gato y al ratón. Scott Weiland nunca usó palabras complejas; su vocabulario no era extenso, pero fue suficiente.

Hoy esa melancolía crece, tuvo fecha de caducidad: 48 años, hasta el 3 de diciembre de 2015. Todos se mueren, hasta los fans de Bowie que no saben qué hacer de su vida y para quienes los opiáceos tienen mucho para dar.

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Si algo se ha perdido hoy es la capacidad del rock de escribir desde una normalidad imposible. Desde una naturalidad que sostiene un universo con obviedades, con cierto humor retorcido, con culpa, mucha.

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Si algo movió la obra de Scott Weiland es la culpa, desde los personajes y las reflexiones que él generaba en sus letras, hasta el análisis de las decisiones erradas, como un peso que no tiene por qué resolverse. El final feliz no existe aquí. Salvo por la melodía. No importaba el lienzo musical, el trabajo de Weiland con la voz siempre daba en el blanco.

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En “Lady picture show”, Weiland retoma lo que alguna vez cantaron Jagger y Richard en “Mother’s little helper” y lo convierte en objeto de horror: la mujer convertida en espectáculo alrededor de esos hombres, sus hombres, su familia, ella incapacitada y reducida a ser la que mueva todo, la que se deje vencer. Ya no tiene nombre, ni rostro, solo se esconde porque ya no sabe nada más: “Your wedding present’s not so daisy picture perfect anymore / Lady funny face it’s locked and bagged it’s just outside the door”.

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Hay una conciencia de contador de historias con cierta crudeza, hay también la certeza de que la mujer salva al hombre, incluso a costa de su propia supervivencia. Pero esa comprensión no es inmediata, no se da en el momento; para el Weiland artista, el que escribe las letras de canciones, el conocimiento llega luego, con el dolor, con la ausencia. En el hermoso tema “Atlanta”, del disco “No 4” de Stone Temple Pilots, él canta: “She comforts me when the candles blow out / the cake has grown mold but the memories are sweet / The laughter’s all gone but the memories are mine / The Mexican princess is out of my life”.

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Pero las letras no eran solo un ejercicio de llenar espacios y decir algo en el camino. También era la posibilidad de hacer del sonido, de la sílaba, de la nota, un acto de cercanía, de catarsis pop. Cuando Scott canta (así, en presente) hay una métrica particular y un deseo por que lo que dice y la forma en que lo dice sea una sola cosa. La letra se acerca a la música porque no hay manera de distanciarse. En “Days of the Week”, del disco “Shangri – La dee da”, Weiland parece cantar sobre una mujer, pero si raspamos un poco la superficie podríamos pensar en algo más: “One day, left me for dead / Woke up on the floor, time for another one / Two days, she’s leavin’ me again, can’t take it no more out through the open door / Three days, she’s found herself a friend / She got what she wants / Still never get enough / Four days she’s back with me again / She’s pullin’ me down, pullin’ me down / I’m down again”.

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Quizás Scott siempre sabía lo que iba a pasar y uno canta sobre lo que sabe. Quizás.

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En 2007, el hermano menor de Weiland, Michael, falleció de un infarto, luego de un año de salud endeble debido a una sobredosis de la que no pudo recuperarse. Las sustancias y el dolor del consumo se filtran en “The last fight”, una balada excelente en el segundo disco de Velvet Revolver, “Libertad”. Weiland canta: “Time heals all of the burned out bridges / Filled with nothing more than misery / I wear the mask of the embattled son / Trying to beg for something to believe / Left home with a pack of clothes without a family tree”.

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Y culpa, más culpa. Solo culpa. El texto que Mary Weiland publicara en medios (su exesposa), y que estaba coescrito por los dos hijos de Scott, Noah y Lucy, deja en claro que no había filtros y que la persona que canta en su primer disco solista, “12-bar blues”, es la persona que vivía lejos de la mirada pública: no había dos espacios. Weiland debía destrozar el universo a su alrededor porque no había alternativa. “And all the tangerines they taste like jelly beans / This must be boring by now / Grab a scale and guess the weight of all the pain I’ve given with my name / I’m a selfish piece of shit”, canta en “Barbarella”.

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Es muy fácil hacer la relación en retrospectiva, es el ejercicio que nos queda para comprender la dimensión del arte, la capacidad del individuo, ver lo que teníamos ante nuestras narices. Es lo obvio. Nos quedan las canciones para elucubrar y en la elucubración hay un acto de cercanía con el músico con el que crecimos. Hay algo de cariño, incluso cuando se trata de reconocer las bajezas.

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Esas cosas que duelen en otros también son nuestros dolores.

Fantasma de buena vida (hasta pronto, Antonio Cisneros)

Homenaje

imagen tomada de casadelaliteratura.gob.pe

Lima de madrugada es una ciudad que se soporta. A veces pasa lo mismo en el día. Es eso del desierto, eso que te abandona, eso que se te queda, también. En un taxi, con un problema gástrico, como pareja, descansamos, tratamos de sacar fuerza para volar hacia Trujillo. Es Miraflores cuando el carro se detiene. Alguien más debe subirse y seguir el mismo camino. El carro pita, un fantasma gigante se asoma por una ventana. Mueve una mano para confirmar su existencia. En el carro esperamos. El estómago sigue reclamando lo suyo. Unos dedos prefieren nadar en medio de cabellos para calmar la lava. El fantasma abre la puerta y nos ve sobre el asiento, resistiendo. El momento se traduce en una puerta que se cierra y en un discreto “Lo siento”. Recorrido y vacío. Silencio. Un perro negro sobre un prado verde por la ventana del taxi. Reponerse a la entrada del aeropuerto, para cruzarse sonrisas con el fantasma mientras las maletas se golpean y se electrifican. Perder el rumbo en el counter. Volar en el mismo avión y desconocerlo. Curarse en Trujillo. Hablar y sonreír con extraños. Cuartos de hotel. Gente que se mueve de un lado al otro en una feria de libros. Se habla de libros. La maravilla de la lectura. Valle de Chicama, Complejo Arqueológico El Brujo. Dama del Cao y retorno. Almuerzo y el fantasma se acerca con Alonso Cueto a nuestra mesa. Cueto mide 34,6 metros, el fantasma gigante es más grande. La sonrisa del fantasma es la del capitán del barco. Bebe. Nos dice que bebamos. El dolor del estómago desaparece por arte de magia y sentimos que si él bebe un pisco, nosotros también podemos hacerlo. Habla. El ánimo crece. Todo se hace más grande a su lado. Todos somos más grandes a su lado. Pregunta de dónde somos. Respondemos. Pregunta sobre poetas de aquí. Nos habla del ridículo de la monarquía que nos define. Nos escucha atentamente. Su voz es fuego artificial. Habla por quienes no hablamos. Por la noche, con el alcohol ya convertido en bandera para muchos, el fantasma dice que el pueblo lo aclama en las calles. Hace reír a otros, nosotros escuchamos los rezagos. El fantasma es vida, vida pura. La vida más viva de todos. Esa vida que parece que nosotros estamos dejando de asumir. Torre de Babel en la gran cama para descansar.

Luego muere el fantasma. Larga enfermedad. Toda la noche han viajado los pájaros desde la costa. Con nosotros está enfermo y no lo vemos. Lo vemos ahora. Fantasma gigante que desde la ventana le pide al taxi que espere, que ya baja, que ya sale, que ya se va.

Y se fue.

Cuando se acaba el creador de la belleza

Homenaje

imagen tomada de reflexioncreativa.blogspot.com

Hay cierta confidencia de turno en estos dolores. Que son grandes y de entrada no sabes lo fuerte que te pueden golpear, hasta que suceden. Fue suficiente un mensaje de texto que me llegó ayer, en una librería: “Murió Spinetta :(“. Y sientes que los dolores inesperados son reales. ¿Dolor? ¿Por qué? Porque la belleza es parte de la vida y Luis Alberto Spinetta fue creador de belleza.

Sigo sin creer en la trascendencia, pero gracias a su obra, a ese conjunto interminable de discos y canciones, sonidos precisos y letras maravillosas, más que trascendencia, entiendo que la permanencia es lo único que nos salva. El dolor se transforma y así, esta secta interminable de adeptos, de hijos de Spinetta que nos representamos y transmutamos en el dolor de sus hijos reales, entendemos que estamos juntos en este trance y más que llorar (que no lo hemos dejado de hacer) comprendemos que lo que nos queda, de aquí en adelante, es permanecer en su obra. En ese ligero lamento inicial que suena en su voz cuando canta “Laura va” (agarrando del cogote la melancolía de Los Beatles y su “She’s leaving home”, para regalar la posibilidad de redención). En esa certeza de que siempre habrá algo más allá que funcione, que el ayer no interesa más que como construcción y que “ya es mañana” (ese monumento a la canción que es “Cantata de los puentes amarillos”). En esa consistencia humana de que la esperanza de una vida buena después de la vida puede ser respuesta (“de que con el alma nos ve mejor”, en esa triste experiencia de la desaparición de los hijos, que tan bien detalla en “Maribel se durmió”). En ese apocalipsis que se reduce a un artefacto destinado para la comunicación y transporte, porque eso nos vuelve sociedad y nos acerca (“Yo quiero ver un tren”, con esa onda pop virulenta que te obliga a bailar hasta que no quede nada). En esa sentencia de que el otro ser es fundamental, en un sentido superior de pertenencia (“Y tan sólo estando aquí contigo / yo veo mi elemento / veo mi elemento”).

imagen tomada de yanaallqu.blogspot.com

En Spinetta hay mucha vida que cortar.

Y hoy solo tenemos que seguir cortando. “No paniqueen”, nos dijo en una carta que nos dedicó hace poco a los que pensábamos en él, cuando nos asustamos por su salud. Nos calmó, pensó en nosotros, se quitó del medio, desapareció de la ecuación. Spinetta, como pocos, supo ser contemporáneo en su trato, sempiterno y firme, capaz de comprender que su arte quizás no era el “ahora”, pero el vocabulario, ese código de unidad, sí. Spinetta pensó como nosotros, los que usamos ese puto verbo como carne de cañón. Spinetta nunca nos dejó, ni siquiera en esos momentos en que el cuerpo no le daba y bajaba de peso por la malicia de células que crecían en él, desproporcionadamente.

imagen tomada de dospotencias.com.ar

Spinetta está aquí, permanece. Nosotros somos los testigos, quienes lo amamos.

Uno solo ama lo que conoce, y al Flaco, aunque no hayamos hablado con él nunca, lo tenemos en nuestro hipotálamo, en nuestro ADN.

Y el recuerdo que me llevo es la sorpresa de verlo entrar al gigante escenario de Velez, en el show del retorno de Charly. Sin aviso previo lo anunciaron y entró, sonriente, abrazó a Charly y empezaron a tocar la intro de “Rezo por vos”. En medio de argentinos empecé a saltar, seguí el ritmo y el beat. Estaba feliz, lo estaba viendo y escuchando. Era él, cantando con esa voz aflautada, agarrando la historia y dándole permanencia.

Spinetta, por Pablo Lobato, imagen tomada de http://redaccionbicicleta.files.wordpress.com

Gracias Flaco. Te sigo escuchando, ahora mismo.

Borges siempre está

Homenaje

imagen tomada de thequietman.org

Frase hecha y reflejo oblicuo. Cuando uno empieza a leer con mayor conciencia, siempre hay alguien que te dice: “Tienes que leer a Borges”, y te presta un libro. Se vuelve una constante, claridad absoluta y una explosión, porque la literatura deja der ser solo el acto de leer y se convierte en aventura y contrariedad. ¿Qué es esto, un ‘cuento’? ¿Un ensayo? ¿Una entrada de alguna enciclopedia? Lo que hace Borges es volarte la cabeza y otorgarle cierto aire de familiaridad a la fantasía como eje de cualquier acto narrativo.

Sí, yo parto de la narrativa.

Leo lo que dice Piglia sobre él y las construcciones actuales: “”Borges nos da hoy mejor la pauta de lo que es América Latina, esa mezcla de relaciones de tradiciones culturales propias y una tentación europea cosmopolita (…) Hemos pasado de cierta mirada a las selvas, a los grandes ríos y a las grandes dimensiones de la naturaleza, para pensar en mundos de ciudades con un orden en caos, que Borges atribuía a la acción de un Dios que delira”. Piglia tiene mucha razón esta vez. Esa relación directa entre ciudad y caos es lo que se transformó en materia imprescindible de mi contacto. Porque al estar en una ciudad/país donde la nada literaria era una firme presencia, donde el desconocimiento y el claustro eran señales de posibilidad literaria, Borges llegó a ser la envidiable respuesta para quienes buscábamos algo en un mar absurdo e incongruente. Para mi, Borges fue el ingreso poderososo a una literatura en español que me voló la cabeza.

Simple.

Nada más.

Y todo.