No hay nada extraño por aquí: sobre esa maravilla llamada “Stranger things”

Crítica de tv, Reseñas, Uncategorized

stranger-things-1

He leído de todo lo imaginable alrededor de “Stranger things”. Desde artículos que tratan los obvios homenajes que el show hace a películas de los ochenta hasta reportes sobre cómo se crearon sus créditos iniciales, todo desde la perspectiva de que el programa es la nueva esperanza/sensación de la cultura popular y el último hito de la televisión. 

La creación de los gemelos Matt y Ross Duffer es una maravilla en muchos aspectos: la caracterización de sus personajes, la atmósfera, la idea del tributo, pero sobre todo, el ritmo. Las cuatro storylines de “Stranger things” se desarrollan al mismo compás en cada capítulo y así nos distraemos mientras esperamos la resolución de los arcos abiertos: recibimos la dosis con mucha precisión.

“Stranger things” está ambientada en 1983 y es la historia de cuatro amigos (Mike, Will, Dustin y Lucas) que viven en Hawkins, Indiana. Una noche, una criatura extraña, el Demogorgon —Lovecraft estaría orgulloso de esto—, atrapa a uno de ellos. Así se inician varias búsquedas paralelas: una, la del jefe de policía; otra, la del hermano mayor del desaparecido, y, finalmente, la de los propios niños. En el camino se enfrentarán a un monstruo de extraña naturaleza, a los poderes ocultos detrás de ciertos experimentos gubernamentales y a bullies, en compañía de la misteriosa Eleven, quien se unirá a su aventura.

stranger-things-on-netflix

“Stranger things” es sobre la inocencia, la amistad,  la conspiración, el error, la culpa, la violencia, el dolor, la curiosidad, la cobardía y la valentía. Todo empaquetado en ocho capítulos, muchos de ellos dirigidos por los propios Duffer y otros por Shaw Levy, director de la saga “Una noche en el museo”.

Para contar una historia de estas características se necesita equilibrio, del tipo que, sobre todas las cosas, no deje a medias sus partes, ni convierta a alguna de ellas en relleno. Incluso, en lo que concierne al melodrama adolescente entre Jonathan Byers (hermano mayor del niño desaparecido, interpretado por el inglés Charlie Heaton) y Nancy Wheeler (hermana del héroe niño de la historia, Mike, e interpretada por Natalia Dyer) no existe cursilería ni momento muerto que nos haga pedir a gritos que acaben con este sufrimiento. En realidad queremos más. Nunca dejan de pasar cosas en la serie y cuando llegamos al penúltimo capítulo, en el que por fin entendemos lo que sucede, nuestra atención sigue en hype. No se trata de que los Duffer descubrieran algo único; se trata de saber narrar una historia y de utilizar personajes con sus distintas profundidades para que estas historias se vuelvan cercanas. Y eso en una serie de suspenso, ciencia-ficción, fantasía —o como se la quiera llamar— se agradece. Amamos a estos personajes, nos preocupamos por ellos, queremos que sonrían finalmente. Y estamos ante un posible triunfo, con sus “bemoles”, pero triunfo. Conseguimos algo de lo que buscamos.

Esos seres nos interesan, sin importar sus puntos flojos: así sean una niña con poderes telequinéticos —un arma letal capaz de asesinar a sangre fría, cuando quiere—, o un tipo capaz de espiar y fotografiar a otras personas que están a punto de tener sexo, o una ama de casa desesperada que no tiene el apoyo de su marido y no sabe cómo conectar con sus hijos, o un policía adicto a las pastillas, que trata de sobrevivir diariamente la pérdida de su pequeña hija. No es la nostalgia lo que hace que “Stranger things” brille; en realidad es el regocijo de contar una historia de la manera más tradicional posible —con un constante uso de flashbacks— y con personajes cercanos.

Stranger-Things-Monsters-Elle

Y hace tiempo no tenemos algo que conecte con los espectadores a este nivel.

ST_101-102_Unit_2738r2-3d210e76-20ce-411d-baf5-3cf375a79bf9

Si películas como “The Goonies”, “ET” o “Stand by me” funcionan, lo hacen por su ritmo y sus personajes. Las acciones se cuentan en pocas líneas, lo que se queda con nosotros es la interacción entre esos seres y sus reacciones ante las cosas que enfrentan. Con esta serie no se trata de revivir una época que se cree mejor; se trata de entender que detrás de contar historia —sea para el soporte que sea— podemos revisar los clásicos y apropiarnos del ritmo. Los Duffer lo han hecho bien. Han tomado muchos recursos de Stephen King —de los pocos autores capaces de unificar líneas argumentales de niños, adolescentes y adultos en medio de misterios— y han ofrecido una experiencia pop que se celebra.

Y en este mar de cosas no tan extrañas, de estructuras clásicas y de caminos ya recorridos y que son reproducidos con calidad, hay algo que salta para mí: Hopper. Ese quizás sea el personaje más contundente y brillante de toda la serie (sí, los niños están bien, sobre todo Dustin y sus desdentadas frases llenas de razón). Hopper —interpretado por David Harbour, uno de esos actores que hemos visto en decenas de series y películas, pero que no había tenido su espacio para despegar— es la síntesis perfecta del héroe que esperamos en tiempos turbulentos: decidido, que sigue su instinto y que no se queda quieto. Hopper, desde la desesperada condición de hombre con dolor, no puede pasar desapercibido y hará todo lo que sea para cumplir la que es su misión. Es capaz de vender su alma si se trata de que su trabajo llegue a buen puerto. Porque solo le queda eso. Y en el desenlace podemos ver en un juego de montaje alterno / flashback lo que hay para él. Ha perdido todo y solo se tiene a él, al ahora. Es duro y esa dureza tiene explicación y esa explicación nos enternece. Hopper es el héroe de una serie que se lo merece tal como es. Por eso, cuando es interrogado en el capítulo final es capaz de responder como si fuese James Bond o un Batman que no tiene dudas sobre lo que va a pasar. Todo está perdido, aparentemente, pero él sabe que puede todavía ganar algo: mantener su compromiso de cuidar a la gente de Hawkins, así eso implique tomar decisiones difíciles.

Una segunda temporada se hace necesaria, y aunque falte mucho tiempo para que eso suceda, espero que no haya error, o una carrera por mejorar una receta que no necesita arreglo, sino constancia. La fórmula está servida, nosotros solo estamos para disfrutarla.

El peso del hijo (sobre “True Detective, temporada 2)

Crítica de tv, Televisión

True-Detective-Season-2-Poster-We-Get-the-World-We-Deserve

Una serie que no continúa la historia de la temporada pasada, sino que se transforma en otra cosa, en una especie de reflexión sobre sí misma, sobre los rigores de la continuidad, sobre la responsabilidad de seguir adelante porque hay algo que depende de nosotros. “True Detective”, en su segunda temporada, se ha vuelto un despropósito para muchos, pero ese rechazo se disuelve con facilidad, sobre todo porque al dejar de lado el nihilismo de la genial primera temporada, la serie entra en un terreno mucho más complicado y pantanoso. “True Detective 2” es un riesgo, un salto al vacío. El resultado no es 100% perfecto, desde luego, pero no deja de ser una maravilla.

Esta vez, como ramificación y extensión de la idea central que articula la serie —el policial no busca resolver el crimen, sino sobrevivir la avalancha—, salimos del aire rural para entrar a un espacio urbano en el que también hay poderosos que hacen lo que les da la gana, engaños, crímenes, cuerpos mutilados… pero hay más. Es otro panorama el que Nic Pizzolato —creador, productor ejecutivo y guionista de la serie— nos pone al frente. Porque todo, absolutamente todo en esta historia está cruzado por la idea de la paternidad/maternidad y relación entre los padres con sus hijos, desde las ausencias, el contacto, la distancia, el deseo, la sorpresa, el dolor, la destrucción y la expiación. No hay relato contemporáneo y televisivo más crudo en este momento acerca de la biológica, pero no por eso natural relación entre los padres y su descendencia.

Pizzolato da en el clavo ahí, porque sus personajes centrales son manifestaciones de este síntoma —Ray Velcoro, un Collin Farrell que por primera vez en su carrera te hace querer abrazarlo; Ani Bezzerides, interpretada por Rachel McAdams; Paul Woodrugh, un Taylor Kitsch que sigue tratando de dejar su marca y no lo hace mal, y Frank y Jordan Semyon, que son representados por un Vince Vaughn con un par de momentos magistrales y una Kelly Reilly que fue lo mejor de la temporada—. Todos buscan lidiar con la idea del hijo o con el peso de ser hijos y no importa tanto el entorno o el caso, interesan las sombras que van o no a aclararse.

El hijo es un peso en esta obra de Pizzolato —que a diferencia de la temporada anterior, en la que Cary Fukunaga dirigió todos los episodios, tenemos a cinco directores encargados de los ocho capítulos—. Esa figura, real, en camino o fantasmal es la que determina mucho, sobre todo las tragedias. Un funcionario del municipio de la ciudad de Vinci —inventada para la serie— aparece muerto, con los ojos quemados con ácido. Este cuerpo, el de Ben Caspere, es el detonante: tres agentes de varias fuerzas convergen en la investigación, que toca a un mafioso local (Semyon), quien estaba haciendo tratos comerciales con Caspere y de la noche a la mañana ve cómo su contacto está muerto, su negocio no está cerrado y su dinero desaparece. Ray Velcoro es el policía corrupto que está luchando por la custodia de su hijo; Woodrugh no se acepta como gay por esa presión sobrehumana que carga por ser una “persona de bien”, además de tener un hijo en camino, y Bezerrides se enfrenta a su imagen de mujer implacable y distante, sobreviviendo a las heridas provocadas por unos padres negligentes que permitieron un abuso cuando era niña. No hay manera de que el hijo no destroce o salga destrozado. El caso abre todo un panorama de corrupción y se cruza con un crimen de hace más de 20 años, que dejó a dos niños en la orfandad. Los hijos cargan con esas sombras que sus padres vivieron.

s2-key-art-characters

Pizzolato no toma recaudos. La desesperación y la oscuridad de su obra —su trabajo literario comparte todo el ADN posible con sus guiones — se enfrentan a una pequeña sensación de respiro al final, cuando no hay nada, cuando sobrevive el más apto. Los hijos son la perdición (como en el caso de Velcoro), su ausencia es la destrucción de cualquiera (lo reflejan los Semyon), su libertad es dolor profundo (como pasa con Bezzerides) y su responsabilidad es una carga insoportable (como lo atestigua Woodrugh). La relación afectiva no es un espacio de paz, es tensión, es búsqueda y batalla. El crimen revela algo más y no necesitamos que se resuelva, aunque esta vez, Pizzolato decide darnos un poco más de resolución, e incluso reivindica la figura femenina como la única capaz de sobrevivir en medio del caos. Aunque bueno, eso sucede por un sacrificio masculino.

“True Detective 2” es una buena temporada de una buena serie. No pasa por ser un destello lo que fue la anterior. Es una dimensión adicional al drama del Rusty Cohle del año pasado —ese personaje que nunca debemos olvidar que existió y que interpretara Matthew McConaughey—, que nos permite experimentar una narración que visualmente puede funcionar, removerte, lastimarte —el cierre del capítulo cuatro de la temporada, con una masacre de civiles es realmente impactante— y hasta frustrarte —Woodrugh es el real personaje trágico de esta historia que tiene un desenlace que te rompe el corazón. Este es otro tipo de televisión, la que no se centra en cambiar el modelo de cómo la vemos, ni la que quiere arriesgar historias novedosas. “True Detective” está para desangrar ante nosotros a personajes que se han dejado chupar la sangre en otro momento de su vida. Los agarramos en un punto equis y en ese ejercicio son capaces de revelar lo que tienen adentro, no para nuestro deleite, sino para nuestra comunión con la desesperanza.

¿Habrá tercera temporada? De acuerdo a HBO todo dependerá de la decisión de Nic Pizzolato, pero ellos quieren seguir haciéndola. ¿Interesa que Quentin Tarantino haya dicho hace poco que es una serie horrible? No. Nada de eso interesa, solo la posibilidad de que se sigan escribiendo historias así, que toman un género y lo entierran en sus personajes. Eso, para mí, merece una celebración.