Roma en el abúlico reino de la razón

Podemos estar de acuerdo en que Roma, de Alfonso Cuarón, es lo que es y ha conseguido lo que ha conseguido tanto por mérito propio y por el empuje que le ha dado Netflix para validarse como plataforma de streaming  y modelo para consumir cine. Y por ende debemos entender su significado para la realización de cine en Latinoamérica. Sería inaudito referirnos a este filme como un pobre trabajo cinematográfico, porque no es así. Su dirección de arte, su propuesta sonora, su fotografía y sus movimientos de cámara —es probable que no haya nadie mejor que Cuarón, en este preciso instante, que pueda hacer grandes planos secuencia— son impecables. Lo que deja en claro que, desde la parte técnica, Alfonso Cuarón sabe lo que quiere y apuesta por hacer de su película más personal una delicia desde la realización.

Claro, el filme tiene sus problemas y que si bien tiene puntos fuertes, objetivamente hay falencias que repercuten sobre las opiniones que se han publicado o expuesta sobre ella.

Esto es lo que más ha llamado la atención de Roma, como experiencia colectiva: los comentarios que ha recibido. Van desde las acusaciones extremistas, pasando por las defensas exageradas, para llegar a las aleccionamiento pueriles sobre lo que es el cine, sobre cómo entender el arte y cómo el público debería congeniar o aceptar a la obra que tiene frente a sí.  Y empiezan las interrogantes: ¿La obra se contamina con la mirada de quien se coloca frente a ella? ¿Es un tema de forma y ya? ¿Es el gusto un valor suficiente? ¿Las ideas transforman la experiencia del consumidor? Preguntas que se han respondido antes o que podrían permitir un intercambio interesante o al menos nos podrían llevar a un sitio mucho más enriquecedor o a reformular aproximaciones personales sobre cómo enfrentarnos al arte, qué sé yo. En el fondo ninguna de estas preguntas merece la pena ser respondidas porque nos van a llevar al mismo sitio desde donde se enuncian. Es decir, son un juego retórico. Nadie va a dar su brazo a torcer porque en el reino de las ideas, en este momento, solo interesa una única razón: la propia. Somos lo que creemos y nos estamos defendiendo ante el resto del mundo, porque si ya no somos lo que creemos, ¿qué otra cosa seremos?

Y Roma nos sirve para ejemplificar muy bien este absurdo.

***

En su artículo del pasado 25 de febrero, titulado Arte contra moral: la batalla de los Oscar, Sergio Del Molino escribe sobre Roma y se refiere a las críticas que ha recibido el filme, que se centran principalmente en el tratamiento que recibe el personaje de Cleo —interpretado por Yalitza Aparicio—. Criticas que de mi parte encuentran cierto sentido por cómo ella es mostrada en pantalla, con una casi nula reflexión sobre quién es, con un deseo o motivación que nos llega de manera intermitente, hasta en forma de una frase que ella pronuncia casi al final y que se pierde.

Del Molino defiende a la película frente a las críticas que ha recibido de la siguiente manera:

“…eso es exigirle al arte algo que el arte no está obligado a dar y que, además, lo estropea hasta convertirlo en panfleto. Roma es arte porque se centra en el retrato y no en enjuiciar lo retratado. Es decir, Cuarón ha contado lo que le ha dado la gana y no lo que algunos le exigían que contara.

Y esta posición se vuelve problemática porque no solo define lo que es arte —y lo hace desde una posición en la que la obra queda por encima de quienes la perciben o de lo que genera—; sino porque es capaz de reducir gustos e impresiones sobre la película a gestos moralistas. Como si estas críticas fueran un intento por destruir el filme, como si estas lecturas buscaran echar un litro de pintura sobre una obra ya establecida, como si estos comentarios fueran igual a destruir a pisotones las tarjetas de memoria que almacenan los archivos del rodaje.

Imagen tomada de Univisión

Como si una lectura desde las distintas éticas personales deba ser tratada como la búsqueda de una moraleja o como si esta mirada sobre una película redujera a quien observa a ser una o un defensor de valores humanos, por encima de la libertad creadora del artista. Como si todos quienes expresamos el descontento con el tratamiento a Cleo, de pronto, nos convirtiéramos en Ernest Pinard y estuviéramos señalando a Flaubert como alguien que atenta contra la decencia por escribir su Madame Bovary.  Es simplemente torpe plantearlo así.

Juan Pablo Viteri, en su columna ¿Qué hacer con Roma?, da una perspectiva de la que vale la pena partir:

“…creo que es necesario reflexionar sobre lo que el film pone en discusión. Es decir, antes que hablar de la película como obra de ficción propongo llevar a la realidad el debate sobre los temas que la atraviesan.

A Roma la atraviesan varios temas, como la sororidad entre mujeres, por ejemplo. Pero el gran tema que ha puesto sobre la mesa es el de las empleadas,  el servicio doméstico. Tanto que la película ha conseguido que en México se discuta, de una vez por todas, los derechos laborales de las trabajadoras del hogar, y se consiga un fallo de la Suprema Corte que permite al Instituto Mexicano de Seguridad Social implementar un programa que incluya riesgos de trabajo, y prestaciones por invalidez y maternidad.

La pregunta que tengo es si esto se ha generado por los méritos de la película o por cómo retrata la relación de Cleo con sus jefes y los niños a los que cuida.

***

Para algunos, el arte es un ejercicio de diagnóstico y ya. Cumplir con un checklist. Si sucede todo lo que entiendo que define al arte, pues es arte. Y si me enfrento a una perspectiva distinta, que se escapa a lo que he estudiado, a lo que pienso o a lo que creo, pues lo mejor no es preguntarme qué sucede con mi experiencia, sino desvirtuar esa posición.

***

Robert McKee, en su libro El guion, ha definido de manera precisa al personaje y cómo construirlo dentro de una historia dramática. En pocas palabras dice que el personaje se expresa a través de las decisiones que toma ante un dilema, es decir, su actuación ante un hecho. Además, su personalidad se mide en función de lo que desea, de lo que quiere, y detrás de esto está su motivación —por qué quiere lo que quiere—.

Y en este punto McKee ofrece una solución a todo este dilema:

“Tenemos nuestras ideas sobre sus motivos, pero no nos debe sorprender que otros los vean desde una perspectiva distinta”.

En Roma, las motivaciones de Cleo están un poco en el aire. Hay cosas que quiere y solo atisbamos a ver pequeños detalles de sus conflictos internos. ¿Quiere al padre de su hija? ¿Lo quiere en su vida?¿Quisiera ser parte de la familia en cuya casa trabaja? Cuarón nos da un retrato que, dentro de lo que la historia intenta ofrecer, no está completo. Es solo al final, cuando Cleo sacrifica su vida por rescatar a los niños que cuida, que es capaz de revelarnos algo medular de ella: no quería a la hija que tuvo y que nació muerta. Y esa gran revelación, ese gran momento que Cuarón ha eternizado en el afiche de la película, es una acción que nos ayuda a comprender al personaje central. Sin embargo, ese retrato se cae de inmediato, cuando de vuelta a la casa, en los minutos finales de la película, si bien hemos entendido la motivación de Cleo, no somos capaces de observar una consecuencia directa de las acciones que la han definido: le dice a su amiga de trabajo que ya le va a contar las cosas y va a prepararle una bebida a uno de los niños. Es decir, más de lo mismo. La epifanía quizás resuelve un conflicto interno de Cleo que solo ella sabía y que nosotros no fuimos capaces de comprender del todo o quizás Cuarón —desde su perspectiva de niño criado por una empleada indígena a la que le dedica la película— nunca quiso que lo comprendiéramos. Y si bien es realmente impactante que tengamos a una indígena latinoamericana como la gran protagonista del filme y de todo lo que ha generado, Yalitza Aparicio no consigue mostrarnos a Cleo en toda su magnificencia.

Y esta simple revisión de cómo se maneja el personaje central del filme nos puede llevar a otros sitios, que no pueden verse como reproches morales a Roma. Porque ante un personaje con motivaciones que no son del todo claras, tenemos la opción de desmenuzar su presencia en función de una de las tantas posibilidades que intenta representar.

***

Rechazar una lectura porque no está de acuerdo con la mía y porque se coloca en contra de cómo yo creo que debe entenderse el arte —ya sea película, un disco, un concierto, una muestra, una novela o lo que sea—  es, en definitiva, defender que algo tan brutalmente hermoso como el arte solo se puede experimentar de una sola vía. Hacerlo de esa manera es impedir que esas mismas lecturas, equivocadas o no, puedan expandirse.

Comentar no busca invalidar el arte. Más bien se trata de pensarlo como algo cotidiano y cómo nos toca o nos transforma. O cómo podemos desarrollar una relación cercana con él, más allá de criterios inamovibles.

Un comentario en “Roma en el abúlico reino de la razón

  1. Interesante reflexión que topa varios temas y ayuda a comprender una obra maestra.
    Cuarón también nos muestra mucho con el sonido de Roma. Verla en un cine te da una perspectiva más completa, ya que muestra la maestría del director de no usar solo diálogo o imagen para describir o enfatizar temas que topa. Las escenas en el mar son más potentes con el sonido del agua. No se percibe muy bien en una tele; pero puede ser mejor quizás en una tablet con audífonos. (Hay un debate sobre ver cine en la pantalla gigante vs en iPad).
    El film mete muchísima historia, pero también actualidad.
    Rechazó los comentarios vacíos de muchos que la han visto y dicen que se trata de “algo tan común en nuestros países, que me pareció aburrida”
    Es un hito histórico. Como gritaban en México: “Viva Mexico Cuarones”

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