Un libro para Tom Waits (sobre Máquina de hueso de Elías Urdánigo)

Elías Urdánigo es una especie de incógnita, una que se reproduce en su obra, en su manejo del lenguaje, en las historias que cuenta. Él está en la periferia, en Santo Domingo de los Colorados; sigue ahí; es cronista y ha publicado varios textos en medios como revista SoHo y Mundo Diners —incluso en 2011 ganó el premio Jorge Mantilla, en categoría reportaje—. En lo literario, también busca mantenerse al margen, generando una obra que se nutre de artistas que se asientan sobre la rareza. Y en ese espacio es que llega el décimo disco de Tom Waits, el grandioso Bone machine, de donde Urdánigo toma el título, el tono y cierto universo.

Elías Urdánigo escribe como si se tratara de Tom Waits, que deja el piano y agarra el teclado de una computadora.

Y ha buscado publicar un libro con onda artesanal, en estilo de cartonera, que de acuerdo a los créditos ha sido “confeccionado en Guayaquil en el 2018, en los talleres de La Matemango y de Furia Editorial”. En él, no solo hay una perspectiva marginal sobre la escritura —como creación y como experiencia artística—; existe, además, una posición similar ante la idea de hacer y promover arte.

Con eso en mente, Máquina de hueso (La Matemango, 2018) es un libro de ¿relatos?, que abre, cierra y vuelve a abrir universos narrativos, dando la impresión de que como lectores estamos ante una obra total, en la que conocemos la historia de un escritor y las historias que escribe. Un cuento —¿capítulo?— nos presenta a personajes en un tipo de contexto; un par de cuentos más adelante —¿otros capítulos?— encontramos a los mismos personajes, en otras circunstancias, como en una necesaria continuidad. Todo en una mezcla de música, tristeza, alcohol, blues, nostalgia, violencia, heroína, cansancio, agotamiento y lucha.

No por eso estamos ante una literatura sobre lo bajo y lo ruin. El carácter de esperanza que tiene la prosa de Urdánigo es muy fuerte en los nueve cuentos que hay en el libro. En realidad hay vida en cada una de las oraciones de Máquina de hueso —no hay un solo error en las 80 páginas que lo conforman—, hay una propia cadencia y belleza, incluso en lo ruin o en la forma en que ciertos personajes reaccionan a los pasajes terribles que tienen que vivir. Me atrevería a decir que Urdánigo entiende los universos que cuenta y sabe que al contarlos de manera directa, con economía del lenguaje y con un espíritu de derrota y claridad, los equilibra.

Esto se percibe más en la relación que tiene la música en lo que Urdánigo escribe:

Mal blues y un buen blues, la diferencia estriba en que uno se hace sin corazón. Cuando tenía doce años tuve una pelea en una bodega con otro chico de la escuela. Solo fueron un par de golpes. Nos detuvimos cuando la sangre nos salpicó las camisetas (…) El buen blues tiene algo de eso: cuando tu guitarra suena, algo que no ves está contigo, una herida que no ves pero sientes. Te defiendes con cada acorde hasta que cese el dolor”. (Sammy girl)

Tom Waits como disparo de inicio, como personaje de alguna historia, como vocero de cierto tipo de individuos. Tom Waits en los títulos de los cuentos. Waits como camino a seguir, como biografía, musa y gestor. Urdánigo que escribe como si su voz tuviera todo el ron del mundo debajo de su piel. No hay homenaje, hay concordancia, otro espacio, otra forma de belleza. Un libro que no se espera y que maravilla es el libro que más se guarda.

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