El reino de la sutileza (sobre “Call me by your name”, de Luca Guadagnino)*

Para Marcela Ribadeneira, Anamaría Garzón y Esteban De Los Reyes, los compañeros de cine

*Alerta de spoiler: si no has visto la película, no leas este texto.

Todo lo que pasa entre Elio (Timothée Chalamet) y Oliver (Armie Hammer) es una burbuja en su tiempo. Una hermosa burbuja, desde luego. Es 1983. El mundo se mueve en una estructura conservadora. Reagan es el presidente de Estados Unidos, Thatcher es la primera ministra en Inglaterra y el SIDA se considera una enfermedad propia de la comunidad gay. Por eso, en esos instantes en que ambos caminan juntos por las calles del norte de Italia, y sus dedos se cruzan, parece que todo pasa en silencio, sin levantar sospechas. Deben vivir la relación por debajo de la mesa, por las implicaciones que esta relación genera. Oliver viene de Estados Unidos, sabe cómo es esto, la presión y la necesidad de vivir la fantasía en forma de silencio, de manera velada. Ambos se desean, hay un gusto que pasa de la observación a lo concreto, sujeto y objeto de deseo cambian constantemente entre ellos. Cuando acercan sus rostros, en la calle, Oliver mira de un lado al otro, antes de consumar el afecto. El norte de Italia es un terreno distinto. El beso aparece cuando no hay peligro. En ese paréntesis se mueve la vida.

“Call me by your name” es la película de Luca Guadagnino, adaptada de la novela de André Aciman. Aquí, Oliver llega a la casa del Dr. Perlman, para ser su ayudante durante las vacaciones de verano de 1983. Poco a poco, entre Oliver y Elio, el hijo de 17 años del profesor, se genera una atracción que los acercará en la medida que comparten caminatas, viajes en bicicleta, baños en lagos y piletas. Un mundo de dos, una intimidad que sabemos va a acabar cuando Oliver tengas que irse. Pero, ¿solo eso? ¿Qué tragedia se puede cocinar en esas circunstancias?

Esa es la pregunta medular en un filme que se centra en los personajes, tanto para dibujárnoslos como para hacernos comprender que pasa con ellos. Mientras Elio es introvertido, callado, poco apto para la interacción social; Oliver seduce, le cae bien a todo el mundo, baila, nunca dice no cuando se trata de trabajar. Elio toca el piano como los dioses, Oliver anda en bicicleta por todo el lugar, sale y desaparece. Elio lo espera. Intenta acercarse y Oliver lo rechaza. Oliver intenta acercarse y Elio se aleja. Es la imprecisión de los primeros momentos del contacto. Oliver es mayor de edad, Elio todavía no. En “Call me by your name” hay suficientes razones para sentirnos tensionados, sobre todo porque esa relación se establece por el gusto y se cruza con el placer, cuando han llegado al punto en común. Entre Elio y Oliver surge pasión y esta se consume, crece y se interrumpe.

Nosotros, los espectadores, estamos en el medio. Vivimos condicionados por el tiempo en el que estamos y el tiempo diegético de la historia. La película solo insinúa la tensión, pero como público la experimentamos. Quizás también la asumimos en la medida que el cine nos ha enseñado a relacionarnos con lo prohibido, o a cómo Shakespeare nos contó el final de amores complicados e imposibles. Y “Call me by your name” rompe absolutamente el molde. Aquí el prejuicio es otro, el universo es otro, el ambiente permite que esa relación florezca y que se vea truncada porque la vida sigue, tanto para Elio como para Oliver.

La expectativa se trastoca y para bien. Elio investiga su sexualidad —Marzia, su novia, es parte de la historia también—, y encuentra el amor, la atracción que puede romper todo, que lo puede hacer feliz y romperle el corazón. En un punto de la película, Elio habla con su padre (Michael Stuhlbarg) y eso que no se puede decir se vuelve certeza en su hogar. Sus padres lo aceptan y solo quieren que sea feliz. Entonces la sensación de peligro se desvanece y comprendemos la dinámica de todo el filme. No importa que sean jóvenes del mismo sexo, ni los siete años de diferencia entre ambos. Y parece que nos hubieran tendido una trampa. Los personajes se encuentran, nosotros esperamos la tragedia, pero la tragedia no es lo que creíamos: el amor es una burbuja, que se romperá porque el tiempo la terminará alcanzando.

Armie Hammer demuestra no solo que es un gran actor —con los gemelos Winklevoss en “The Social Network”, de David Fincher lo dejó en claro—, sino que puede ser El Llanero Solitario, Illya Kuryakin, la pareja de J. Edgar Hoover y un Oliver que va desde el desenfado al cariño y preocupación por la Elio. Y hacerlo bien, sin excesos, con contención en muchos momentos. Sufjan Stevens regala tres canciones al soundtrack —”Mistery of love”, “Visiones of Gideon” y una nueva versión de “Futile Devices”—, con un aire a Elliot Smith cantando en “Good Will Hunting”.

Guadagnino hace una historia de amor, de crecimiento. La rodó casi en orden cronológico, así que lo que vemos como desarrollo es el mismo desarrollo de los personajes en el rodaje. En “Call me by your name” el conflicto es tenue, sucede adentro, de manera sutil. Vemos gestos, movimientos de cámaras que parecen caricias, primeros planos para sentir el contacto, cuerpos que se vuelven uno solo, sensualidad masculina. Guadagnino apostó por una película en la que la contemplación es la medida. Todos se ven, todo lo ven, la mirada es la base. No hay una Italia de postal, la situación es ahí, ese paraíso personal es ahí. Los amantes se encuentran y se separan. Eso es todo.

Por esa razón, en el cierre del filme, cuando el rostro de Elio —Timothée Chalamet es el punto más alto de la película, sin duda— nos queda en primer plano, vemos todas las reacciones posibles en ese rostro, porque ha perdido algo y ha ganado otra cosa. La vida es así. A Elio le queda esa experiencia.

Call me by your name
Dir: Luca Guadagnino
Guion: James Ivory, basado en la novela homónima de André Aciman
Reparto: Timothée Chalamet, Armie Hammer, Michael Stuhlbarg, Amira Casar, Esther Garrel
Frenesy Film Company, La Cinéfacture, RT Features, M.Y.R.A. Entertainment, Water’s End Productions y Sony Pictures Classics.
2017

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