Contra sí misma: sobre “Matate, amor”, de Ariana Harwicz

Harwicz no escribe: rasguña”
María José Navia

 

La mujer no tiene nombre, está recostada en la hierba y deja que el sol la bañe. No tiene nombre, pero sí una impresión. Parece que en la mano lleva un cuchillo y que con él se hará un corte en el cuello para matarse. En las primeras seis líneas de “Matate, amor” (Lengua de trapo, 2012), Ariana Harwicz revela una contundencia que desarma al lector, le corta cualquier expectativa, lo golpea. La novedad en lo que ella consiguió con su primera novela —de lo que la autora ha denominado como “trilogía sobre la pasión“, que incluye “La débil mental” (Mardulce, 2014) y “Precoz” (Mardulce, 2015)—  está, desde luego, en mostrarnos a una mujer que se sabe atrapada por propio deseo, y que se cuestiona y cuestiona de manera violenta el rol de la mujer en el hogar. Esta es la historia de una mujer que se enfrenta a sus decisiones, a su matrimonio, a la vida en el lugar en el que no quiere estar, a sus pasiones, a su familia política, a su hijo pequeño, a la idea de lo correcto. Es una mujer que se enfrenta a sí misma.

¿Qué es lo “estable” en esto de las familias y los roles? No hay una respuesta sencilla. Por eso, cuatro líneas más adelante, ella se da cuenta de lo que tienen entre sus dedos y continúa como si nada hubiera pasado: “Dejé caer el cuchillo. Fui a colgar la ropa como si nada”.

En un nivel más profundo, “Matate, amor” nos quita el sosiego y nos atrapa por acción de su prosa: La historia se cuenta con una selección de palabras en un ritmo que corta tiempos muertos, con una especie de frialdad que permite que las acciones y reflexiones que se cuentan en primera persona tenga mucho más poder. El personaje central —la mujer que sufre su propia saturación en este universo campestre, con su familia, su infidelidad, sus disparates, su necesidad de redención y sus acciones no lanza condenas— solo reacciona a lo que se cruza por su camino y su cabeza. Es un lenguaje de pura vehemencia; estamos en medio de una tormenta de la que buscamos sostenernos con lo que tengamos a la mano. La prosa de la novela es la desesperanza del personaje principal. Es lo que nos atrae. Salvo por dos momentos en los que ella, la voz que narra, desaparece y nos llega otra. Son momentos extraños que obligan al lector  a regresar sus pasos para entender qué ha pasado. Otro personaje toma la palabra por un momento y ya. Para muchos puede ser un error, quizás sea un guiño, o un momento para transformar la desesperación en otra cosa. En el fondo, este cambio de narrador es una acción que revela costuras y eso también se vuelve funcional dentro de la novela.

Al no existir comprensión de lo que se hace, ni posibilidad de comunicación con la gente alrededor, la mujer de “Matate, amor” da la impresión de que quiere ser un ente agresivo ante nuestros ojos. Pero no lo es. No hay una caída libre, aunque pareciera —especialmente en sus últimas páginas—. Lo que hay es un movimiento en espiral, porque ella quiere ser libre. Y no puede. La anécdota es pequeña, reducida: no es que particularmente pase algo y eso nos coloque en la posición de observar una lucha personal. Ella sabe lo que debe hacer, lo hace, incluso lo más obvio, aunque al hacerlo esto se vuelva terrible:

“El bebé se atraganta con mi leche y lo inclino sobre mí para que eructe, ese aire se queda atrapado en su estómago, aire de mi leche, aire de mi pecho, aire de mi interior. Después del eructo cae en peso muerto, le cuelgan las manos, los párpados se espesan, su aliento se aletarga. Lo acuesto abrazado a mi bufanda y mientras lo enrollo pienso en Isadora Duncan. Quién tiene qué vida”.

Esa agresividad o violencia se contrapone a lo comprensivo que parece ser el universo a su alrededor. Nos queda la idea de que la gente que la rodea la quiere cuidar. Porque ella, aparentemente está mal de la cabeza, debe estarlo, ¿no? Pero los lectores la entendemos, sabemos que no es una mujer terrible. Ella está luchando contra su circunstancia. Ya no estamos ante una intimidad, estamos ante la absoluta desnudez.

Una desnudez compleja. Somos testigos de algo que no podemos dejar de atestiguar. “Matate, amor” no nos genera rechazo. Nos mantiene ahí, pegados a cada una de sus páginas. La autodestrucción como vocación. Una mujer que se presenta como una mujer cualquiera, como un ser cualquiera que no se siente sí misma en la circunstancia que le toca vivir. Nos pasa siempre. Nos podemos identificar. Eso es lo maravillosamente terrible de la novela.

Hace unas semanas, Ariana Harwicz estuvo de visita en Quito, invitada por El Centro Cultural Benjamín Carrión para el Encuentro Literario Hispanoamericano. En esos días de noviembre, ella conversó con Fausto Rivera Yánez, de El Telégrafo y dio una pista sobre esta novela: “Me acuerdo que cuando escribí ‘Matate, amor’ yo no era escritora en ese entonces, ahora tampoco, no sé… Pero me quedó esta frase que alguien dijo: «escribí como si no fueses escritor». Me gusta eso como ética, como deontología del escritor. Alguna vez tuve esa frase junto con otra de Rimbaud, que decía, creo: «escribir sin moral». En el primer libro que uno escribe, obvio, no tenés la idea de lo que es un editor, un corrector o el mercado. Mi primer libro lo escribí absolutamente a la intemperie”.

Y esa intemperie se traslada al lector.

Un comentario en “Contra sí misma: sobre “Matate, amor”, de Ariana Harwicz

  1. Me parece muy interesante y adecuada la opinión que se refleja con respecto a este libro, ya que brinda a la audiencia una pauta de lo que se trata sin dar a conocer como tal la obra. Gracias por su aporte.

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