La mirada que nunca termina: sobre “Moneda al aire”, de Leonardo Valencia

“Si existe una creación profundamente democrática donde cada individuo cuenta en su singularidad en relación con la sociedad, esa es la novela”
Leonardo Valencia

 

Es un momento de tensión. Es la única claridad que existe al enfrentarnos a una novela. De esa tensión surgirá algo complejo, incompleto, inasible, en constante construcción, pero al mismo tiempo poderoso. Una idea de comunidad que en el fondo no necesita de incentivos, certezas o de aceptarse como grupo. Una comunidad singular, integrada por individuos solitarios; los que escriben, los que leen, los que generan esa tensión que debería decantarse por un diálogo. No es una tensión que coloca las cosas en punto de quiebre; es, en realidad, una tensión gratificante, que construye.

Más que darnos un repaso por la historia de la novela (desde el desprestigio hasta la canonización) o revelarnos al inútil crítico que es capaz de sacrificar o tergiversar la singularidad de la novela como objeto artístico, lo de Leonardo Valencia (Guayaquil, 1969), en su ensayo “Moneda al aire” (Editorial Turbina, 2017), es ofrecernos la posibilidad de abrir preguntas y que cada uno de los lectores consiga buscar respuestas. Hay sentencias necesarias, desde luego, sobre todo en la parte final, dedicada al trabajo de la crítica, donde encontramos argumentos que desbaratan cualquier intento por simplificar la experiencia de la novela, con el objetivo de reafirmar alguna construcción ideológica propia del crítico que, en lugar de leer la obra, devela sus pasiones e ideas caducas. Es muy fácil caer en ese error, que parte del uso de la interpretación como único mecanismo válido de análisis. Y Valencia recurre a lo que otros han escrito para sostener su posición:

“El celo contemporáneo por la tendencia interpretativa —escribió Susan Sontag— viene provocado no por la piedad hacia el texto problemático (que podría disimular una agresión) sino por una agresividad abierta, un desprecio declarado por las apariencias” (pag 56).

 

“Así que (Flaubert) se desahoga con George Sand y le escribe: ¿Dónde ha visto usted una crítica que se preocupe de la obra en sí de una manera intensa? Se analiza con fineza el ambiente en el que se ha producido y las causas que la suscitaron, ¿pero la poética insciente? ¿De dónde proviene? ¿Su composición, su estilo? ¿El punto de vista del autor? ¡Jamás! Serían necesarias una gran imaginación y una gran bondad para una crítica así, es decir, una capacidad de entusiasmo siempre dispuesta, el buen gusto, cualidad escasa, incluso entre los mejores” (pag 57).

No es que Valencia utilice este ensayo para acabar con los críticos o dar una definición de lo que debería ser ese trabajo. Es más, él aboga por una crítica fulminante y demoledora. Lo que sucede en “Moneda al aire” es que la novela aparece no como un organismo cerrado, sino como una eterna explosión de sentidos, de posibilidades, singularidades. Ese rechazo a la crítica utilitaria (la novela como reflejo de algo particular, o que sirve para demostrar algo) plantea la necesidad del diálogo entre un lado de la moneda —autor— y el otro —lector o crítico— para establecer puntos en común. La moneda de este ensayo siempre va a estar girando, generando otras preguntas, otros espacios de reflexión o de diálogo. Escribe Valencia que “el verdadero talento crítico establece convergencias entre las distintas realidades y lenguajes novelísticos” (pag 52).

Fuera del espacio de la crítica, el acierto de un ensayo como “Moneda al aire” está en mostrar el carácter dual de la novela y cómo en nombre de esa dualidad se han cometido errores que por alguna razón se siguen manteniendo y que buscan definir qué es una novela moralmente aceptable y qué no. Pese a esos problemas, esa característica dual es inevitable. La novela opera sobre la realidad y sobre la tradición de la novela. Es importante entender que la experiencia va a dos niveles, en una doble función que requiere un diálogo constante, en tensión. Crear y reconstruir. ¿Qué se crea y qué se reconstruye? Valencia ofrece perspectivas desde ambos lugares, tanto como autor y lector, y eso hay que agradecer de sobremanera. En esas miradas hay cualquier cosa menos una simplificación de la experiencia.

Para los amantes de las novelas, “Moneda al aire” ofrece una complicación necesaria. Porque la novela es, al mismo tiempo, una experiencia intermitente para el autor y lector (no se la escribe de corrido, no se la lee de corrido), que es interrumpida por el mundo y que interrumpe al mundo. La novela, para el autor, funciona como mecanismo de relaciones, revelaciones y develaciones; mientras que para el lector es un ejercicio de relación (temporal), memoria (las cosas que se recuerdan de la lectura) y representación de aquello que se recuerda. Hay un “uno” y un “dos” que dan por resultado todas las combinaciones posibles, matemáticamente hablando.

El resultado de este diálogo, de esta tensión, es seguir indagando sobre estas relaciones, sobre cómo el mercado define lo aceptable o no en el campo de la escritura; sobre lo que es la novela en esta época en la que el anonimato no tiene sentido; sobre lo que significa la lectura y la mirada crítica cuando solo importan criterios o perspectivas morales disfrazadas de lógica y que tienen validez solo por el hecho de ser enunciadas. Este diálogo se mantiene, se deberá mantener y dará nuevas respuestas, miradas; que a su vez permitirán que otras preguntas sean enunciadas y así, la moneda no caerá nunca.

Solo veremos sus vueltas y vueltas. Entusiasmados.

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