De qué hablamos cuando hablamos de terror (sobre “Lo que perdimos en el fuego”, de Mariana Enriquez)

No hay escapatoria en los relatos de esta escritora y periodista argentina, responsable de títulos como “Cómo desaparecer completamente” (2004), “Los peligros de fumar en la cama” (2009), “Chicos que vuelven” (2010) y  el más reciente, “Este es el mar” (2017),  por nombrar algunos.
imagen tomada de anagrama-ed.es

Cuando el primer cuento de un libro te pide que lo dejes de leer unos minutos, que recuperes el aliento y que de inmediato te vuelvas a zambullir en él, es que estás ante una compañía necesaria. “El chico sucio” es el inicio poderoso con el que Mariana Enriquez nos da la bienvenida a “Las cosas que perdimos en el fuego” (Anagrama, 2016 – y las incontables traducciones a varios idiomas que existen en este momento). Y lo hace dejando en claro que aquello que le abre la puerta a lo horroroso, a lo que nos puede destrozar, está en el otro, en el que camina a nuestro lado y en lo que nos convertimos por la interacción, el contacto, la observación o la curiosidad. Somos ese terror que surge porque existimos, porque sentimos compasión, porque estamos en un lugar equis cuando algo inesperado y desesperante sucede.

En “El chico sucio”, una mujer se fija en un niño de cinco años que vive al frente de su casa, con su madre embarazada, en un edificio abandonado. Ella lo observa con mucha pena y comparte con él momentos. Pero, de repente, el chico desaparece y da la impresión de que algo terrible le ha sucedido. Enriquez entonces nos coloca ante un nuevo elemento de la historia y utiliza como recurso una acción no tan inocente: la violencia criminal en una ciudad que puede destrozar incluso a niños.  Nos lleva por otro camino, hasta lanzarnos a la cara, en las últimas páginas, un ladrillo que nos parte los dientes.

Respira, respira y continúa.

imagen tomada de www.clarin.com

La sensación se hace más fuerte a medida que se devoran los relatos: un repaso por los años de crecimiento de unas amigas, que sobreviven en un país de necesidades, hasta convertirse en vampiras; una casa de barrio que se traga niños; una evocación del asesino serial “el Petiso Orejudo”, en un reboot de los crímenes de antaño; la extraña del colegio que se hace daño y que guarda un secreto; la búsqueda de redención de una mujer, en la forma de rescate de un niño; un terror nauseabundo proveniente del agua; la última venganza de un grupo de mujeres violentadas por sus parejas (un tema tan actual en Argentina, lastimosamente); entre otros.

En un punto, los lectores entendemos al terror como un género que nos ayuda a manifestarnos de una manera absolutamente humana: somos más nosotros mientras atestiguamos las reacciones de esos personajes. Con el miedo al frente nos desprendemos de cualquier defensa o racionalidad; estamos desnudos y no hay escape. Ya lo dijo ella en una entrevista con los Inrockuptibles, en mayo de 2016: “Es el género más serio que existe, muchísimo más serio que el realismo. No hay cosa más seria que laburar con los miedos, con el inconsciente, con el terror y la política”.

Enriquez busca lo mismo que Stephen King: dotar de realidad o de un fuerte sustento real a sus historias (sobre esto, ella dijo en una entrevista a Clarín: “King te dice que trabajes con las fobias de tu sociedad y en Argentina […] si haces un cuento sobre una chica que desaparece en una casa en un barrio, te van a resonar los centros clandestinos de la dictadura”). No hay hechos fantásticos o crueles gratuitos, no están ahí porque eso es lo que deben tener las historias de este tipo. No. Se trata de contar todo con naturalidad, como si estuviéramos ahí, como si conociéramos esa situación. Es una escritura seria, un retrato:

Nunca le habíamos prestado demasiada atención. Era una de esas chicas que hablan poco, que no parecen demasiado inteligentes ni demasiado tontas y que tienen esas caras olvidables, esas caras que, aunque uno las ve todos los días en el mismo lugar, es posible que no las reconozca en un ámbito distinto, y mucho menos pueda ponerles un nombre. Lo único que la diferenciaba era que se vestía mal, feo y algo más: la ropa que usaba parecía elegida para ocultar su cuerpo. Dos o tres tallas más grande, camisas cerradas hasta el último botón, pantalones que no dejaban adivinar sus formas.  Sola la ropa hacía que nos fijáramos en ella, apenas para comentar su mal gusto o determinar que se vestía como una vieja. Se llamaba Marcela. Podría haberse llamado Mónica, Laura, María José, Patricia, cualquiera de esos nombres intercambiables, que suelen tener las chicas en las que nadie se fija. Era mala alumna, pero rara vez recibía la desaprobación de los profesores. Faltaba mucho, pero nadie comentaba su ausencia. No sabíamos si tenía plata, de qué trabajaban sus padres, en qué barrio vivía.

No nos importaba.

(Fragmento de Fin de curso)

imagen tomada de lavoz.com.ar

Ese terror, eso que escribe Mariana Enriquez, es la prueba de que aquello creado para recuperar nuestros temores primarios, para darnos solaz y evasión, no busca asustarnos porque sí. El horror verdadero nos persigue, está a la vuelta de nuestras casas, en nuestros vecinos, en nosotros. El verdadero terror habla de lo que tenemos adentro, de lo que somos. “Las cosas que perdimos en el fuego” es sobre seres humanos, pulsiones y horrores… y ante eso no tenemos más remedio.

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