Un fantasma como Eco

Homenaje, literatura

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imagen tomada de elpais.com

Nunca tuve una relación cercana con Umberto Eco, más que nada por una idea de representatividad y de respeto a un criterio que todavía me persigue: la academia es aburrida. Y eso que ahora laboro en la academia y mucho de esa idea no ha cambiado. Este criterio formó una especie de espíritu de cuerpo que con el tiempo ha ido mutando a algo mucho más interesante, sobre todo por gente como el propio Eco y si bien no he sentido como personal su muerte, siento que hay algo que me va a ser falta por su ausencia: la posibilidad de hablar de lo popular desde el rigor sagrado de lo académico.

Mi contacto con Eco se dio por doble vía, de niño. En 1988, cuando vi por Teleamazonas la versión cinematográfica que Jean-Jacques Annaud de “El nombre de la rosa”, quedé impactado y pude asociar su nombre a algo que llamó mi atención: la escena en que la muchacha seduce a Adso de Melk (un Christian Slater con un peinado de Looney Tunes). Cuando algo me llamaba la atención, lo anotaba en mi libreta mental. Aún lo hago. Ese mismo año encontré en la biblioteca de mi papá su ejemplar de “El nombre de la rosa” y lo leí.  No recuerdo nada de esa experiencia. Si encuentro ese ejemplar, me lo quedaré para releerlo.

El fantasma de Eco empezó a tener cuerpo hace pocos años. No a través de sus novelas, que decidí no leer porque, insisto, no había nada que me acercara al autor por lo que representaba, sino por las notas de prensa en la que las declaraciones que daba lo llevaban a otro nivel para mí. “Sí, quizás debería leerlo”, me repetía.

Umberto Eco decía cosas como:

“La verdadera educación quizás ya no sea dar más información, sino enseñar a elegir” (para el programa Hora Clave, de la televisión argentina).

“La materia prima debería ser cómo filtrar las informaciones, pero ningún profesor es capaz de enseñar eso. Una vez sugerí que los chicos escogieran un argumento y copiaran tranquilamente de internet, pero consultando diez páginas web; así empiezan a ver las diferencias, que no todas dicen la verdad o, por lo menos, la misma cosa, y van desarrollando su sentido crítico. Al final, San Agustín, que no sabía griego ni judaico, para saber si era una traducción buena o mala, la comparaba, y esa era la única manera crítica que tenía” (en una entrevista para ABC, sobre su novela “Número cero”).

“En realidad, si no hay crisis no hay cultura, porque la cultura es, en sí misma, una interrogación constante, lo que también implica una crítica de la existencia. La propia crisis es una condición para el desarrollo cultural. Participé en un importante congreso que organizaron en Francia para hablar de la crisis de nuestro tiempo, al que asistieron pensadores, creadores e intérpretes como Milan Kundera,Graham Greene y Sofía Loren. En mi intervención, afirmé que el papel de los intelectuales no es el de salvar la cultura. Deben limitarse a producirla. En términos filosóficos, crisis cultural es una expresión carente de sentido (…) Lo mismo sucede con la universidad (…). Siempre se repite que está en crisis. Es una afirmación que hacen en cada país, partiendo del mito de que el sistema universitario funciona mejor en otros lugares. Cada uno piensa que la universidad propia funciona mal, y que las restantes son mejores. En realidad, los europeos compartimos las mismas dificultades en este ámbito. Y es cierto que nuestras universidades tienen muchos problemas. A medida que pasa el tiempo, licenciarse en una carrera resulta cada vez más sencillo, cuando, en realidad, las licenciaturas deberían ser más difíciles. Los doctorandos se convierten en profesores antes de lo que sería conveniente, y para ello precisan menos esfuerzo que antes. Además, hay un número excesivo de alumnos, y eso complica la tarea académica. Lo que realmente está en crisis es esta universidad masificada. Pueden estudiar unos pocos, pero si lo hacen novecientos, es más difícil. A la universidad debería llegar una elite, como sucedía en las mejores épocas de esta institución. Además, las nuevas tecnologías han modificado la relación de los alumnos con los docentes. La enorme cantidad de información que ha supuesto la explosión de internet sustituye, en cierta medida, el papel del profesor, y modifica las relaciones que los estudiantes tienen con él. El caso estadounidense es distinto: en sus universidades uno aprecia con claridad que estudiantes y profesores mantienen una mayor relación entre sí” (en una nota publicada en The Cult, en medio de la entrega de un doctorado Honoris Causa de la Universidad de Burgos).

Y la frase que más me ha gustado, en los últimos años, por su incorrección, sinceridad, por el golpe:

“Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas” (de acuerdo a lo publicado por el diario El País, de Uruguay).

Quizás debería leerlo. No como un acto de homenaje, sino como un acto de aceptación de que un mundo lejano se puede convertir en propio.

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imagen tomada de revistaenie.clarin.com

Pablo Ordaz. en su artículo publicado en El País, hace un pequeño perfil que consigue dar en el clavo en muchas de las ideas que Eco encarnaba:

A sus coetáneos les asombraba, como subraya Gianni Rotta, que “un semiólogo, un crítico, todo un filósofo, se ocupase de cómics, o que un profesor predicase que, para entender la cultura de masa, antes hay que amarla, que no se puede escribir un ensayo sobre las máquinas flipper sin haber jugado con ellas”.

Ordaz continúa:

Tras su muerte, tanto políticos como intelectuales han intentado apresar su personalidad. Según el jefe del Gobierno italiano, Matteo Renzi, Umberto Ecco fue “un gran italiano y un gran europeo”. Por su parte, el presidente de Francia, François Hollande, se acercó un poco más al referirse a él como un inmenso humanista, que se interesaba por todo y que estaba “igual de cómodo con la Historia medieval que con los cómics”. Como subrayó Hollande, “nunca se cansó de aprender y de transmitir su inmensa erudición con elocuencia y humor”.

En cierta ocasión, Umberto Eco dijo: “El que no lee, a los 70 años habrá vivido solo una vida. Quien lee habrá vivido 5.000 años. La lectura es una inmortalidad hacia atrás”.

Ese fantasma me toca hoy de cerca.

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