Una biopic y la eterna ruptura (sobre “Einsenstein in Guanajuato”, de Peter Greenaway)

cine, Crítica cinematográfica, Opinión
Imagen tomada de twitchfilm.com

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Peter Greenaway tenía entre sus planes hacer una segunda película sobre Sergei Einsenstein, pero una vez que aparecieron en Rusia las primeras reseñas del filme del que hablaré en este post, no hubo forma de conseguir imágenes del director soviético en Suiza. La Russian Film Foundation dijo “no”. ¿Por qué? Porque Greenaway hizo un ejercicio de ruptura cinematográfica (uno más en su filmografía), en el que analiza el cine y las transformaciones personales del autor y eso, en la Rusia de Putin puede ser visto como un sacrilegio.

En “Einsenstein in Guanajuato”, ese gran motor del cine y de su gramática (hablo del gran Sergei Einsenstein, interpretado por el finlandés Elmer Bäck, en su primer protagónico), vive una experiencia homosexual en su viaje a México en 1930 – 1931 que, de acuerdo a lo que el propio Greenaway ha dicho en una entrevista en The Calvert Journal, produjo un cambio evidente en el director, nacido en Riga, en 1898: “Siempre he sentido que sus primeras tres películas fueron muy diferentes a sus últimas tres. ¿Por qué? Creo que la respuesta es que cuando vas al extranjero, te vuelves otra persona”. Y eso, de acuerdo a la misma nota, se refleja cuando las preocupaciones por el colectivo, por la masa, en “La huelga”, “El acorazado Potemkin” y “Octubre”, se convierten en reflexiones sobre el individuo, en “Alexander Nevsky” y en las dos partes de “Iván el Terrible”. “Estaba lejos de la paranoia, de la persecución estalinista y completamente separado de las excentricidades políticas y se vio, de golpe, enfrentado a una nueva y diferente sociedad -insiste Greenaway-. Hay mucha evidencia que él liberó, y se volvió más empático a las nociones de la condición humana”.

Lo que para Greenaway supone como ruptura en Einsenstein se pone de manifiesto en una película con una anécdota básica: Sergei Einsenstein llega a México a rodar una película que debía tratar sobre la historia de ese país. Lo hace luego de salir de Estados Unidos, después de su fracaso por integrarse al sistema de estudios de Hollywood y con financiamiento conseguido gracias a Upton Sinclair y su esposa, Mary Craig Sinclair. A nivel de historia no pasa más.

Las casi 50 horas de filmación se convertirían en película casi 50 años después de la experiencia del soviético en América. Einsenstein no la terminaría: la falta de dinero y la presión por regresar a la Unión Soviética pudieron más.

Imagen tomada de calvertjournal.com

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Con “Einsenstein in Guanajuato” estamos ante un compendio de viñetas que confrontan al director con su guía mexicano, Palomino Cañedo (Luis Alberti), con quien reflexiona sobre la revolución soviética, el marxismo, Hollywood, el arte, muerte, dolor, sexo… temas que pueden considerarse una constante en la obra de Greenaway. En una puesta en escena que convierte, tanto al encuadre como a cierta dinámica entre personajes, en un tríptico en constante movimiento. Greenaway necesita que todo se mueva, siempre, incluso en esos momentos de formato clásico, algo se rompe y el encuadre parece tener vida y transformarse en otra cosa. Hasta los planos secuencias, falsos en cierta medida, tratan de alterar el orden y construcción mental de normalidad que tenemos como espectadores. Aquello que se ve perfecto y en forma, va a transformarse de golpe en otra cosa. En “Einsenstein in Guanajuato” la belleza de la imagen (sobre todo en la parte en que los personajes recorren el museo de las momias), más que obvia, es también vehículo para condensar las discusiones en las que transitan quienes aparecen en escena.

En la vida nunca nada es estático y este director lo sabe.

Greenaway no se queda atrás en su deseo por alterar el orden y la calma de sus espectadores. Su objetivo no solo es trastocar la experiencia del cine como tal (es clásica su diatriba sobre cómo el formato y soporte cinematográfico no ha cambiado en 100 años, por que lo que ha llegado a decir que el cine ha muerto), este director también busca sacudir a quien ve sus películas y en este caso, la provocación llega con la desnudez total masculina (algo que no es novedad en su cine), así como una escena de sexo homosexual en la que, como si fuese una travesura, Einsentein es capaz de hacer una relación entre la revolución bolchevique y la pérdida de la virginidad. Vamos, esto que acabo de decir no es adelantar nada de esta película. La experiencia que hay alrededor de la obra de Peter Greenaway no radica en no saber lo que va a pasar, sino en considerar que pese a que lo sepamos, no vamos a salir sin golpes. Peter Greenaway siempre vence al spoiler.

La música de Prokoviev está por ahí, y si bien nos hace falta las composiciones de Michael Nyman, la construcción sonora en este filme respeta de alguna manera la tradición. De pronto algo se altera y los sonidos, música y diálogos entran en un torbellino. Momentáneo, eso sí.

Imagen tomada de screenonscreen.blogspot.com

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Greenaway hace un ejercicio extremo de edición simultánea o yuxtapuesta durante los primeros 20 minutos. Luego baja el tono, quiere que nos centremos en la relación entre Eisenstein y Cañedo, y en cómo en toda esa explosión de cine, sexo y reflexiones, algo se construye en el soviético y eso lo vuelve otra persona. La experimentación salta, como flashes, alterando la sensación de unidad de cada viñeta. Quizás Greenaway, ya con 73 años, baja un poco la guardia porque la ruptura, si bien es importante para considerar al arte como arte, es también un ejercicio de mínima gratuidad, incluso cuando hay razones fuertes detrás de ella.

Y quizás eso sea lo único que le podemos reclamar a Peter Greenaway: en su intento por no dejarse llevar del todo por la provocación, “Einsenstein in Guanajuato” cae en agujeros que la vuelven tediosa, aburrida. Pero se recupera y al final, con esa imagen de un ser distinto, dolido y con pesar, esta biopic extraña cierra sus alas y cobija algo que podemos descifrar como abandono. La versión que Greenaway hace de Eisenstein es interesante, incompleta y atormentada. Esos tres adjetivos, de la mano de este director inglés, se vuelven en apuesta atractiva.

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