Scott, el de las canciones

Homenaje
imagen tomada de rollingstone.com

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Hay una melancolía mayúscula cuando pienso en Scott Weiland. Siempre fue así, desde cuando lo escuché por primera vez, cuando cantaba con una voz que trucaba y volvía más gruesa, porque era mejor imitar a Eddie Vedder para ir a lo seguro. Recuerdo haber sentido esa misma melancolía cuando lo vi en Mtv, en marzo de 1993, en un concierto en Daytona Beach, llevando un vestido largo como de madre de Norman Bates, antes de cantar “Sex Type Thing”. Una melancolía que se traducía en letras que más que ser directas o poéticas, buscaban crear ambientes; querían sencillez, jugaban al gato y al ratón. Scott Weiland nunca usó palabras complejas; su vocabulario no era extenso, pero fue suficiente.

Hoy esa melancolía crece, tuvo fecha de caducidad: 48 años, hasta el 3 de diciembre de 2015. Todos se mueren, hasta los fans de Bowie que no saben qué hacer de su vida y para quienes los opiáceos tienen mucho para dar.

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Si algo se ha perdido hoy es la capacidad del rock de escribir desde una normalidad imposible. Desde una naturalidad que sostiene un universo con obviedades, con cierto humor retorcido, con culpa, mucha.

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Si algo movió la obra de Scott Weiland es la culpa, desde los personajes y las reflexiones que él generaba en sus letras, hasta el análisis de las decisiones erradas, como un peso que no tiene por qué resolverse. El final feliz no existe aquí. Salvo por la melodía. No importaba el lienzo musical, el trabajo de Weiland con la voz siempre daba en el blanco.

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En “Lady picture show”, Weiland retoma lo que alguna vez cantaron Jagger y Richard en “Mother’s little helper” y lo convierte en objeto de horror: la mujer convertida en espectáculo alrededor de esos hombres, sus hombres, su familia, ella incapacitada y reducida a ser la que mueva todo, la que se deje vencer. Ya no tiene nombre, ni rostro, solo se esconde porque ya no sabe nada más: “Your wedding present’s not so daisy picture perfect anymore / Lady funny face it’s locked and bagged it’s just outside the door”.

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Hay una conciencia de contador de historias con cierta crudeza, hay también la certeza de que la mujer salva al hombre, incluso a costa de su propia supervivencia. Pero esa comprensión no es inmediata, no se da en el momento; para el Weiland artista, el que escribe las letras de canciones, el conocimiento llega luego, con el dolor, con la ausencia. En el hermoso tema “Atlanta”, del disco “No 4” de Stone Temple Pilots, él canta: “She comforts me when the candles blow out / the cake has grown mold but the memories are sweet / The laughter’s all gone but the memories are mine / The Mexican princess is out of my life”.

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Pero las letras no eran solo un ejercicio de llenar espacios y decir algo en el camino. También era la posibilidad de hacer del sonido, de la sílaba, de la nota, un acto de cercanía, de catarsis pop. Cuando Scott canta (así, en presente) hay una métrica particular y un deseo por que lo que dice y la forma en que lo dice sea una sola cosa. La letra se acerca a la música porque no hay manera de distanciarse. En “Days of the Week”, del disco “Shangri – La dee da”, Weiland parece cantar sobre una mujer, pero si raspamos un poco la superficie podríamos pensar en algo más: “One day, left me for dead / Woke up on the floor, time for another one / Two days, she’s leavin’ me again, can’t take it no more out through the open door / Three days, she’s found herself a friend / She got what she wants / Still never get enough / Four days she’s back with me again / She’s pullin’ me down, pullin’ me down / I’m down again”.

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Quizás Scott siempre sabía lo que iba a pasar y uno canta sobre lo que sabe. Quizás.

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En 2007, el hermano menor de Weiland, Michael, falleció de un infarto, luego de un año de salud endeble debido a una sobredosis de la que no pudo recuperarse. Las sustancias y el dolor del consumo se filtran en “The last fight”, una balada excelente en el segundo disco de Velvet Revolver, “Libertad”. Weiland canta: “Time heals all of the burned out bridges / Filled with nothing more than misery / I wear the mask of the embattled son / Trying to beg for something to believe / Left home with a pack of clothes without a family tree”.

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Y culpa, más culpa. Solo culpa. El texto que Mary Weiland publicara en medios (su exesposa), y que estaba coescrito por los dos hijos de Scott, Noah y Lucy, deja en claro que no había filtros y que la persona que canta en su primer disco solista, “12-bar blues”, es la persona que vivía lejos de la mirada pública: no había dos espacios. Weiland debía destrozar el universo a su alrededor porque no había alternativa. “And all the tangerines they taste like jelly beans / This must be boring by now / Grab a scale and guess the weight of all the pain I’ve given with my name / I’m a selfish piece of shit”, canta en “Barbarella”.

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Es muy fácil hacer la relación en retrospectiva, es el ejercicio que nos queda para comprender la dimensión del arte, la capacidad del individuo, ver lo que teníamos ante nuestras narices. Es lo obvio. Nos quedan las canciones para elucubrar y en la elucubración hay un acto de cercanía con el músico con el que crecimos. Hay algo de cariño, incluso cuando se trata de reconocer las bajezas.

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Esas cosas que duelen en otros también son nuestros dolores.

Un comentario en “Scott, el de las canciones

  1. Anduve desde el 4 de diciembre visitando diariamente el blog, porque esperaba este texto. Desde la fantasía que se supone conocer quien era el artista a través de lo que leemos de su obra, esta ha sido sin duda la pérdida que más me ha dolido. Hay algo de dolor distante, y bastante de dolor cercano. Porque murió el autor de una obra con la que construí fuertes vinculos emocionales, la banda sonora de mi adolescencia y juventud.
    Puedo escuchar las canciones mil veces como antes, pero ahora queda la certeza de que nunca más habrá nuevas canciones, ni la oportunidad de verlo.

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