No hay mucho que esperar

Reflexiones sobre periodismo, Reflexiones sobre política
Caricatura de Bonil, publicada en El Universo el 10 de septiembre de 2015

Caricatura de Bonil tomada de El Universo

Se trata de bandos, de uno contra otro, de probar un punto aunque este viole el sentido de legalidad y legitimidad que uno ha creído es la base de todo contrato social. Se trata de ganar, de demostrar que se tiene poder y, en ese sentido, cualquier justificación, razón, informe o declaración será —y nunca dejará de ser— un acto absoluto de deshonestidad.

No espero nada de la gente que labora en la Secretaría de Comunicación, así como en la Superintendencia de Comunicación y en el Consejo de Comunicación. Para mí, un pobre pendejo e iluso que todavía quiere creer que hay algo de sentido común en el país, no existe manera de ver en los funcionarios y empleados de estos espacios a un grupo de personas con suficiente decencia intelectual para cumplir su trabajo. No importa su lugar de procedencia, así sea que vengan de la práctica profesional periodística, de la academia o de otras áreas; no hay honestidad ahí. Nada, vacío, silencio, obediencia debida, burocracia eficaz.

Cosas que ya Hanna Arendt demostró que funcionan como caldo de cultivo de crueldades.

Pero en fin. No espero mucho de la SECOM en el caso de Fundamedios. Es su triunfo. Es —a través del análisis que realiza con propiedad Roberto Aguilar en su blog— un acto administrativo sin pies ni cabeza, con la firma de responsabilidad de una funcionaria que conozco, que he leído y que no sabía que trabajaba en ese espacio y que desde ahora ya no podré ver con los mismos ojos. No espero mucho, ni siquiera espero calma en un grupo de empleados que tienen un jefe que hace muchos años dejó en claro que quiere acabar con el periodismo que considera malo como si se tratara de mala yerba y no con la mirada puesta en la necesaria idea de mejorar, sino en el deseo de eliminar visiones, interpretaciones y opiniones que no se acoplen a la verdad que el Estado acepta como única. La SECOM constantemente acusa de mentir a los que informan y critican lo que esta Secretaría no acepta como una realidad de la revolución ciudadana y no lo hace para que la práctica profesional mejore, sino para reducirla a un juego de héroes y villanos, en el que triunfa. Pero es un triunfo ilusorio porque en realidad pierde, pierde todo y no le queda nada.

Imagen tomada de El Comercio

Imagen tomada de El Comercio

No espero mucho porque ya está claro que aquí no importa la Constitución, ni siquiera importa la reflexión sobre lo que debe ser una profesión como la que práctico. No importa ya el argumento, solo el sofisma. De esto sabe mucho el superintendente de Comunicación, Carlos Ochoa, quien ayer, en un arranque de no sé qué, se defendió ante la acusación de directivos de diario La Hora de que la SUPERCOM es “juez y parte” —por el proceso que abrió a ese medio y a diario Expreso por no publicar una “réplica” a un aviso contratado por la AEDEP, en el que la Asociación Ecuatoriana de Editores de Periódicos criticaba a la SUPERCOM— diciendo: “no somos jueces, emitimos resoluciones, sanciones. No somos juez y parte”. Ajá, como no pueden sentenciar no son jueces, pero sancionan un aviso de prensa en el que los critican. Tará. Standing ovation. Créditos finales. Las luces se encienden.

El periodismo es interpretación de la realidad social, y eso vuelve a la práctica en un acto político, porque esa interpretación siempre va a ser un acto político, una postura, una posición. A la mierda la objetividad como un acto que deshumanice la profesión. En una entrevista dada a El Telégrafo, Leila Guerriero lo dice con otras palabras: “Me parece que el periodismo es como algo muy necesario, muy saludable, muy sano para las sociedades. No me parece que una sociedad sana sea una sociedad sin periodistas o con periodistas que sean adeptos o acólitos del poder de turno. El rol del periodismo siempre ha sido el de ejercer una mirada punzante, en diagonal, crítica”. Para la SECOM, SUPERCOM y CORDICOM eso no puede ser así. Eso sería aceptar al otro, al enemigo. Y no, el proceso importa más, mucho más que el virus que nos inocula como sociedad: el pensamiento banal.

Imagen tomada de El Comercio

Imagen tomada de El Comercio

No espero nada de la gente que trabaja en esos lugares. No porque trabajen ahí, o porque trabajar ahí los haya convertido en personas que pueden torcer la verdad o acomodarse al discurso de su empleador. Creo que la gente que es deshonesta y que decide ignorar el argumento lógico y el sentido de las normas es gente que siempre fue así y que en circunstancias en las que su trabajo se basa en eso, pues son personas intelectualmente deshonestas con total libertad y con la excusa de cumplir un rol, una función. No espero nada de esa gente. Perdón, no espero nada bueno de esas personas.

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