Fascinación por Assia Wevill

historia, libros, literatura, poetas, tragedias

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Todo por una nota de Mariana Enríquez en Radar Libros que reseña una nueva biografía, escrita por Yehuda Koren y Eliat Negev. Todo porque se supone que Assi Wevill quedó en la mente de algunos como la mujer que destruyó el matrimonio de Sylvia Plath y Ted Hughes — para muchos esta fue una razón adicional para la muerte de la poeta—. Assia fue la mujer que se casó con él, cuidó de los dos hijos de Plath, tuvo una hija con Hughes y terminó como la anterior esposa: suicidio. Pero con una diferencia de terror.

Mientras Plath cubrió las puertas de las habitaciones de sus hijos con trapos para que el gas de la cocina no los tocara, Assia Wevill mató a la hija de cuatro años de ambos, Shura. Ella tenía solo 41 años.

“Mi primera reacción fue preguntarme por qué le hizo eso a la pequeña Shura (…) Ella debió estar llena de ira hacia ese hombre para vengarse de esa manera. No quiso dejar a su hija a merced de una madrastra”, dijo un amigo de la familia de Assia en una nota de The Guardian, publicada en 1999, también sobre esta biografía.

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Una tragedia así no deja de ser fascinante.

Y la fascinación no es solo por cómo Mariana se aproxima —con la excusa de una biografía— a esta mujer olvidada, tachada o convertida en el verdadero monstruo de la historia (una búsqueda de su nombre por Google nos lleva a la frase “Voy a seducir a Ted”, como para asentar sus viles planes), cuando en realidad fue una mujer que quiso hacer lo que quiso hacer en una época en que la mujer todavía no podía hacerlo. Me queda algo de esa imagen de mártir que la vuelve interesante, creadora de uno de los comerciales publicitarios considerado ya un clásico (el de Sea Witch). Además de las fotos que hay en la web y que revelan a una mujer realmente bella. Assia Wevill, cuyo apellido original era Guttman, fue una nota al margen. Nos cuenta Enríquez:

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“Una mujer fascinante, hermosa, mundana, fashionista, que había crecido en Alemania y Palestina, que trabajaba en publicidad (…) Fue traductora, redactora publicitaria y ocasional poeta. Sobre todo fue una dandy: hizo de su vida, extraordinariamente accidentada, una peculiar obra de arte (…)  Había nacido en 1927 en Berlín, en una rica familia judía originaria de Ucrania. Su padre era médico pero prefería, antes que las guardias en hospitales, las fiestas y los viajes. Su madre era una enfermera alemana. En 1933, cuando Hitler fue nombrado canciller, Guttman y sus hijas –Assia tenía una hermana menor– estaban entre los 520 mil judíos que vivían en Alemania. Tres años después los Guttman decidieron emigrar; la familia no era religiosa, pero eso no importaba en la Alemania nazi. Tener una esposa alemana no ayudaba al doctor Guttman; de hecho, muchos esposos judíos se suicidaron en aquellos años, para liberar a sus mujeres. El 15 de mayo la familia huyó a Suiza, sin demasiados problemas. En 1934 dejaron Europa y se instalaron en Tel Aviv. Vivían de manera humilde, a diferencia del confort disfrutado en Berlín, y con el deseo permanente de volver a Alemania. Assia creció con ese sentimiento de extranjería, de exilio. Pero en 1939 estalló la Segunda Guerra Mundial y cualquier plan de mudanza quedó pospuesto. Assia, mientras tanto, crecía. Fue enviada a un colegio bilingüe británico, con muchos hijos de millonarias familias árabes. Se iba consolidando su cosmopolitismo y también su belleza y su estilo; se paseaba con una revista Vogue bajo el brazo. Las chicas la admiraban. Los chicos la deseaban. Se enamoró de un soldado inglés pero, sobre todo, se enamoró de Inglaterra: no se sentía alemana pero tampoco israelí y, quizá inconscientemente, buscaba la patria de su imaginación. Consiguió una beca para la Escuela de Arte de Regent Street y en 1946, ya terminada la guerra, se mudó a Londres. Nunca volvería a Tel Aviv. La acompañaba una amiga, Mira Hamermesh que recuerda en Assia Wevill: “Era como una diosa, la reina de la fiesta y su atractivo no se debía tanto a su aspecto físico como a su personalidad. Daba la impresión de ser una criatura joven que lo tendría todo”. Amaba el arte, la ropa, la música clásica y la literatura. Antes de conocer a Ted Hughes, Assia Wevill tuvo tres matrimonios: con John Steele, soldado –vivieron juntos primero en Londres, después en Canadá–; con el economista Richard Lipsey y finalmente con el poeta David Wevill, a quien conoció cuando él tenía 21 años y ella 28. Durante mucho tiempo fue su amante: Lipsey lo sabía y lo toleraba. Todos los hombres toleraron las infidelidades de Assia, su histrionismo, su crónica imposibilidad de dedicarse a las tareas domésticas. Todos excepto Ted Hugues. Fue durante su casamiento con David Wevill cuando Assia consiguió trabajo en la agencia publicitaria Notley, famosa por contar con poetas e intelectuales entre sus empleados. Ella tenía un talento especial para esa industria incipiente y David era un poeta solicitado en los círculos literarios de Londres. Eran felices y ella se hacía famosa, por musa, por experimentada y por inteligente. De esa época sobreviven los dos únicos poemas de su autoría encontrados, “Magnificat” y “Winter End, Hertfodshire”, que describe la lápida de un mendigo, su mujer y su hijo. Si hay más material escrito por Assia, no ha sido encontrado. David Wevill no lo posee y tampoco Ted Hughes que, según le explicaron Koren y Negev a The Guardian, llegó más lejos que con Sylvia en la destrucción de los papeles de Assia: “Cuando se abrió su archivo en la Universidad de Emory en Atlanta, Georgia, la presencia de Assia en su vida no existía en sus papeles: ninguna de las cartas que intercambiaron, ni las notas, ni las fotos ni los dibujos estaban ahí”. Lo que consiguieron los biógrafos lo obtuvieron de amigos y de la hermana de Assia, custodia de lo queda de su memoria”.

Lean la nota completa — y la biografía— y descubran a esta mujer que podría ser una nota aparte de Mad Men.

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