Hacer un disco, hacer bailar al demonio

Efecto Chacal, Testimonio
Ilustración de Gustavo Arguello

Ilustración de Gustavo Arguello

Que una banda se una a hacer música es jugar a la ruleta rusa. No siempre el resultado dejará a todos con vida, no siempre existirá una idea concreta sobre la cual un colectivo de individuos quiera permanecer unido, casi nunca es posible que algo de esto tenga sentido. Es la música la que consigue vencer la naturaleza humana: quienes no cuestionan sus acciones o afinidades están muertos. La música no evita la muerte, solo la vuelve poco importante.

Efecto Chacal tiene más años de vida de los que quizás deba tener para llegar a este punto. Y no, esto no hace referencia a que es probable que no deba existir ya. Pero sí se refiere a esa extraña situación que se ha dado en su interior: casi seis años de existencia han arrojado un disco que está a punto de terminarse. Un disco que se ha demorado en grabar más de un año, nuestro puto Chinese Democracy… pero más barato. Un disco que ha estado detenido más tiempo del que ha corrido por la cuesta que debió moverse. Un disco de nueve temas, que podría haber sido de más, pero a veces recuperar la sensación de un álbum completo en 30 minutos es mucho más necesaria que otras cosas.

Un buen álbum de media hora no es eyaculación precoz. Es terminar en conjunto.

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Y el disco, que por ahora no tiene nombre —pero lo tendrá muy pronto—, está al borde la existencia pública porque ya está la música grabada, ya están las voces principales listas—doblajes y algunas armonías también—. Solo faltan tres o cuatro cosas más, pequeñas, y entra al proceso de mezcla y masterización.

Somos tres miembros en la banda. No queremos ser tres, en realidad. Sin embargo, nuestro baterista de Spinal Tap siempre ha sido el tecladista o la tecladista. Nos gusta el teclado, la posibilidad de sintetizar sonidos extraños en medio de una canción. Hace que todo suene como hijos bastardos de Devo. Hemos tenido dos tecladistas —no sé si tenemos uno ahora, quiero creer que sí porque es el hermano del baterista— y el disco lo grabó, la mayor parte de teclados, Andrés Benavides, reconocido músico del país y productor del álbum —y hermano del bajista de la banda, así todo queda en familia—. Sin embargo, somos tres, podríamos ser más. Quizás alguien se anime a querernos cuando el disco esté listo. No hay apuro. En los shows que tenemos —habrá uno en agosto, según me informan— siempre alguien toca con nosotros.

Somos tres miembros. Batería, bajo y guitarra y voz. Yo canto. Grito. He tenido tres días en los que grabé voces de las nueve canciones, con algunos arreglos adicionales. Esta sesiones se hicieron en Graba y le debo mucho de lo que pude hacer con la voz a Grecia Albán, que como profesora de canto y vocal coach se pasó. La música fue grabada en vivo, los tres tocando simultáneamente en la sala de la extinta La increíble Sociedad. La parte de ingeniería de sonido fue responsabilidad de Juan Pablo Rivas. Tanto él como Andrés Benavides son un apoyo para reconocer cuando algo no está sonando bien, cuando las notas están por debajo o por encima de donde deberían sonar. Esa parte del proceso me entusiasma.

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Grabar sin “clic”, en vivo, respetando la dinámica de una banda es importante para mí. Conceptualmente hablando es aceptar el error y la imperfección como algo medular para el rock. Efecto Chacal es una banda que suena bien —es torpe y poco humilde que lo diga, pero siendo lo crítico con lo que hago, el grupo suena muy bien. Años y años de ensayos dejan la marca— y no debe ser prolija porque hay un reflejo de quienes somos en lo que hacemos. Somos tres músicos que apenas sabemos dos o tres cosas y las usamos como si no existiera mañana. Tengo los mejores recuerdos de esa grabación y cada vez que escucho los bounces instrumentales, me siento orgulloso. Y nada me da orgullo, nada. O muy pocas cosas.

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Somos tres. David Zambrano toca la bata. Daniel Benavides está en el bajo. Los tres componemos las canciones. Algunos temas son de mi absoluta responsabilidad. Otros son creaciones entre Daniel y yo; el resto surgió en los ensayos. Las letras son mías y no son un valor para la banda —para mí, en realidad—. Cobain decía que la música es primordial y la letra es secundaria. Crecí con eso y lo sostengo como bandera. La música es el espacio que tengo para no pensar. Y al no pensar, no necesito decir nada. Las letras son eso. Hay un sentido en lo que canto, desde luego, inconsciente. Lo puedo encontrar ahora que me he aprendido las letras. Pero en realidad no importa. Una palabra suena bien junto a otra. No hay otra explicación posible. También me gustan los errores que hacen que “oveja negra” se convierta en “abeja negra”. O esconder la idea de pasión o melancolía en versos y coros que no tienen nada de eso, solo apariencia. Ahí donde hay algo, no hay nada.

Espero tener noticias del disco en septiembre. Por ahora todo se acelera, hay que terminarlo. Las canciones deben existir.

Es un disco independiente—aunque eso hoy signifique cualquier cosa—. La banda lo ha pagado de su propio bolsillo. No he hecho cálculos, pero en lugar de pagar la entrada de un carro del año, hemos preferido hacer que las canciones suenen. Ahora es el momento de más canciones. Con estas afuera del sistema, hay más espacio para otras.

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