Mordiscos en la mejilla (sobre “Síncopes”, a Alan Mills)

sincopes

Si aplicamos las normas de la obviedad: prosa poética. Si aplicamos un descarnado sentido latinoamericano: una poesía que nos describe como seres en un campo de representaciones que nos estallan en la cara. “Síncopes”, del guatemalteco Alan Mills es un poemario que ignora el verso -quizás porque el ritmo y la rima para los latinos ya son experiencias naturales y su exploración no es tan importante-, para dispararnos en el rostro la vida en medio de una violencia que es evidente, clara y que nos determina.

Desde luego, no hay novedad en la tradición literaria ligada a la prosa poética; sin embargo, “Síncopes” se aprovecha de esta falta de sorpresa para agarrarnos del cuello y no dejarnos respirar. Nos pasa el camión encima y no nos damos cuenta. No hay manera de no sentirse tocados por esta especie de muestrario de atrocidades y de juegos cotidianos.

El libro se encierra en una violencia ubicada geográficamente en Guatemala, pero que nos llega incluso más abajo en el continente. Es una especie de panorama sobre el proceso de conquista de lo terrible. No hay forma de negarlo, no hay nada más que aquello que nos abrazan y ahoga.No hay escapatoria, no hay negación. Solo es posible la persistencia de aquello que ensombrece y que al parecer es la única posibilidad de existencia.

En ese sentido, “Síncopes” es un poemario sobre la violación, sobre comunidades -con sus individuos como reflejo- que han sido esculpidas por acciones oscuras. La violación no solo como un acto repudiable, sino como un acto que es, que da forma, que sostiene. No hay nada más que eso, resignación y hasta retazos de conciencia en los que la misma rebeldía no deja de ser continuidad de esa eterna violación a la que estamos expuestos. Uno contra otro, uno contra otra, todos y todas contra todo.

“me violaron pero quién me va a creer, pinche puta que soy, me levantan, conmigo está su purrún, su chinique, en este pellejo les gusta divertirse y apagar sus cigarritos, en serio que siempre me sentí fea, bien hecha mierda, y ahora estos cabrones vienen a decirme: mire mamaíta usté tranquila, en gustos se rompen géneros y en petates buenos culos, ve qué de ahuevo, por tanto daño apenas y me acuerdo de lo que decían, puras sombras lo demás, puta cómo duele ahí abajo, cómo miarde adentro, igual yo sólo les aviso que ya estoy panzona, cerotes, y que a este hijo le voy a poner carlos julián porque son los dos nombres que recuerdo: dale duro julián, pasala carlos, hacela mierda, te toca julián. sí, dos nombres nomás, pero yo sé que sus tatas fueron al menos cinco, tal vez seis chontes culeros, ay, noche más pisada, si los miro me los quiebro, juro que nunca voy a dejar que te digan hijo de la gran puta, no mijo, no mi carlos julián”.

imagen tomada de diariodelgallo.wordpress.com
imagen tomada de diariodelgallo.wordpress.com

“Síncopes” es el poemario de la normalización. No es protesta, es una voz de varias voces que están ahí, conviviendo con lo aparentemente popular, con una serie de referentes que van y vienen, que no dicen algo puntual, pero determinan. El corazón se detiene, se pierde el sentido y vuelve a latir como si nada. Por eso es que lo terrible, ese mordisco en la mejilla, no duele, pero condena. Mills no juzga, ni sermonea. Ni siquiera es cronista distante de lo lúgubre. Solo intuye lo que pasa y lo escribe como pequeños retazos de vida que quizás conozcamos -o quizás no-. No te dice: la vida es dura. Te dice: Somos esto porque no hay más remedio entre nosotros.

No hay placebo posible en medio de estos síncopes.

Hay un léxico local en el habla que no confunde porque en todo somos todos. Hay también un deseo por desacralizar la escritura y la figura del creador, que no sirve para nada, ¿o si? Todos a merced de la misma sentencia: autor y lector. No se trata de rebeldía, se trata de falsa condición vital.

“aquí no pasas, acá sólo la Mara para y controla, mata, viola guanacote loco, salvatruchote loco, que te quede claro: no soy el que habla sino éste que cree, que piensa que puede hablar por mí, dejate de mierdas, yo no hablo así, a este hijueputa yo le quebraría el culo, por cien quetzales, por diez dólares, por menos, fácil me quiebro a este malparido por andar hablando, no tenés idea con qué ganas, la otra vez acuchillé a una vieja, una ruca culona y con pisto, su marido me pagó el trabajito y la fui a agarrar de noche, ya no la quería el pisado, hay amores que matan, pero ése no era amor: el viejo cerote sólo le quería dar agua, y se la di yo, salvatruchote loco, la mandé directito con dios, ¿quién habla aquí, este hijueputa que escribe o yo, el meritito matón. el homeboy crazy del verduguillo y la bala, quién pues?, deja de leer, estás pendiente”.

Y no hay escapatoria posible, ni ganas de cambio. Es la pérdida total del deseo, aunque haya pura ignorancia en el medio.

“(síncope v mis compatriotas buscan felicidad en el norte, allá verán casi la misma porno pero con rasuradas actrices del momento, los infiernos anales no truecan su geografía, y bien se dice que la silicona va perdiendo campo, la carne contraataca, así que el asunto tal vez irá en macizos pechos saludables, porque ahora la onda es el reality, no importa un busto pequeño si resuelve coitos de salvaje verdad, y sí que se antoja la madre del vecino en la pantalla, decirle putita sin cambiar de canal, no nos contemos tanto cuento, no callemos las picazones más ingenuas, vamos a confesarle esto a nuestros Coyotes, porque parece que se viene un calvario lento y con tajos, lo juro, hermano, mis compatriotas quieren la felicidad, but life is a raining night)”.

“Síncopes” se lee de un tirón. Pero ese ejercicio significa también desprendimiento. Lo leo, me alejo de sus oraciones y estoy ahí, martillándolo en mi cabeza. “Síncopes” es un poemario que es un bicho debajo de nuestra piel. Somos nosotros convertidos en palabras, en víctimas y victimarios, en violencia y respiración. No hay nada más. Solo silencio y esas cositas que no podemos olvidar.

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