Mi hija, la zombi (sobre “Maggie”, de Henry Hobson)

cine, Crítica cinematográfica

Maggie_(film)_POSTER

A Maggie Vogel la muerde en el brazo izquierdo uno de los tantos infectados por el “necroambulist virus”. Ella ha decidido huir de casa, no quiere que la vean así, infectada, condenada a morir y ser amenaza en cuestión de semanas. Su padre la busca sin descanso, hasta que da con ella y le permiten, como un favor, llevarla de vuelta a casa, con la condición de que la regrese a la zona de cuarentena una vez que los síntomas finales de la enfermedad aparezcan: Maggie se convertirá en zombi y no hay nada que Wade, su papá, podrá hacer para evitarlo.

“Maggie” es un relato que desde la sinopsis resulta tan obvio y cursi, pero funciona. Y lo hace porque no replantea el género de los zombis -si bien agrega un elemento más al mito: los infectados se devoran entre ellos-. Lo que hace es llevarlo a la normalidad del terror personal, de esas relaciones que se verán truncadas y que, con cierto sentido de flashback fuera del cine, recuerda a las reacciones que hasta hace pocos años sucedían en familias cuando uno de sus hijos aparecía en casa con un diagnóstico de cáncer o de VIH. Bueno, quizás eso sigue pasando y ahí radica el poder del filme de Henry Hobson: es lo mismo de siempre, lo que nunca va a dejar de pasar, ese terror del final que no puede detenerse. El drama de la mortalidad que siempre nos acosará. “Maggie” es también uno de esos pocos momentos en que Arnold Schwazenegger consigue, en su rol de Wade Vogel, cierta profundidad que casi se vuelve dolorosa. Es el tipo que va a perder, que está derrotado y que lo único que hace es tratar de comprender la dimensión de esa pérdida. Está casado con Caroline (Joely Richardson) y con ella tiene dos hijos pequeños: Bobby y Molly. Maggie (Abigail Breslin) es su hija mayor, de un anterior matrimonio del que enviudó. Wade ha visto suficiente, ha escogido no sufrir y vive contenido. Es esa actuación la que hiela la sangre. Quizás el mérito de Hobson es regalarnos un Arnold no como un gran actor, sino como un tipo que sabe aprovechar lo que tiene. La cara arrugada, el rictus de eterno fastidio y preocupación son los que dan el ambiente a la película. El mundo ha seguido luego del virus, él y su familia y algunas personas de su pueblo han sobrevivido, las plantaciones han debido destruirse para evitar que la plaga siguiera su proceso de transmisión: la tragedia se ha normalizado, pero no deja de ser trágica.

En “Maggie” todo es gris, hasta el día. La cámara nunca está quieta y de vez en cuando experimentamos juegos sonoros que simplifican la idea de la distancia, de la soledad, a través de un silencio que atosiga. Las cosas se ven con dificultad, pero no para impedir que entendamos lo que sucede, porque queda claro lo que está pasando. Vemos la incapacidad de aceptación de ese universo, y lo hacemos desde la negación de las acciones. No las tenemos al frente aunque están ahí.

¿Qué hacer cuando un hijo va a morir? ¿Cómo tomar decisiones? ¿Cómo moverse? ¿Cómo actuar con normalidad? Wade no es el centro del filme, pero late todo el tiempo. No dice lo que piensa, no se manifiesta, solo se contiene. Mira y explota cuando, ya cerca del tiempo de entregar a su hija a la cuarentena, debe defenderla de las acciones que, dentro de la legalidad, existen para que ella salga de su entorno y vaya a este sitio donde deben estar los infectados. Los derechos están torcidos, ligeramente, pero no hay instante que permita pensarlo. Maggie es una bomba de tiempo. Ella lo sabe, Wade lo sabe, Caroline lo teme. Uno de los mejores momentos de la película se da cuando deben visitar al pediatra del pueblo para el control de rigor. La normalidad de siempre al servicio de la atrocidad del final. A Maggie el cuerpo se le consume mientras sigue respirando, el tejido se llena de gusanos y el doctor la ausculta como siempre lo ha hecho, con la cercanía de quien conoce a ella y a toda la familia. Planos cerrados, como espías de ese universo pequeño y personal. A un lado, en la esquina del consultorio, Arnold observa, dolido, imperturbable.

Y en este territorio, la música de David Wingo sobresale. No trata de duplicar el drama, sino de darle un contrapeso a ese triste y solitario final. Los amigos del barrio van a desaparecer y aquí lo harán. La música suena a tributo, equilibra la decisión visual de no dar tregua. “Maggie” es un compendio de pequeños momentos que al juntarse funcionan a la perfección.

El desenlace es lo que no se muestra. Y ahí todo el melodrama crece hasta, desde lo evidente, elevarse y golpear. Porque no se trata de mostrarnos lo que sabemos debe pasar, sino burlarlo, darle la vuelta y alejarnos de ahí. El dolor de Wade, su silencio, existirá para siempre. Y si bien hay muy poco que hacer para curar o salvar a Maggie, Wade quedará quemado, agotado, destrozado y nada lo impedirá. El apocalipsis zombi es el final de los nuestros, de nosotros.

Maggie

Dir: Henry Hobson

Guión: John Scott 3

Elenco: Arnold Schwarzenegger, Abigail Breslin, Joely Richardson

Grindstone Entertainment Group, Gold Star Films, Silver Lining Media Group, Inferno Entertainment, Lotus Entertainment, Silver Reel, Roadside AttractionsLionsgate Films, Lotus Entertainment

2015

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