La Reina, la opinión y la volqueta

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El video es tan claro que ya no está en Youtube: La Reina de Quito, Carolina Báez, lanza pelotas desde el interior de una volqueta de EMASEO a un grupo de niños que está abajo, en la calle. Lo hace en un pequeño tramo del recorrido por varios barrios de Quito que cada año realiza la Fundación de la que ella es parte, como un agasajo navideño. La acción dura segundos. Pero pasó.

Estallan las redes sociales. Yo estoy inmerso en ese estallido y publico varios tuits en los que reclamo la estupidez de la acción. Entro en el terreno de las bromas pesadas, también. Y publico, además, un video que me hicieron llegar en el que la Reina reparte caramelos en la mano, a cada niño; ya no desde un vehículo, todos en el mismo nivel -incluso ella agachándose un poco para poder estar más a la altura de ellos-. Hay fotos de eso en redes.

REINA DE QUITO
Imagen tomada de El Comercio

El hecho es simplemente una anécdota. No creo que nadie vaya a salir destruido de esto, pese a que -de acuerdo a la nota de El Comercio-, Carolina Báez lloró al hablar sobre los reclamos en Twitter. Sin embargo, la anécdota abre una nuevo paréntesis en la historia del reciente maniqueísmo del país y, sobre todo, una nueva experiencia fallida de comprender cómo se usan las redes sociales y cómo resultan anacrónicos la mayoría de conceptos que ligamos a la opinión para referirnos a lo que pasa en Twitter o hasta en Facebook.

Sospecho que no hay manera de creer que las esferas público y privado están separadas en este momento. Esa separación es más invisible que antes y se da por una decisión personal: ¿qué expongo y por qué lo expongo en mis cuentas? Cada cual tendrá una respuesta. Y lo que en el pasado era considerado un riesgo en lo referente a las relaciones sociales -si no me equivoco Hanna Arendt escribió sobre lo complicado que sería ver en la esfera social un espacio de acumulación de capitales-, pues eso es una realidad ahora: coleccionamos una idea de “opinión” que se basa en darnos algún tipo de relevancia, legitimidad o poder. No importa lo que decimos, sino lo que conseguimos para nosotros al decir “eso”.

Yo quisiera ir más allá y pensar que lo que sucede en redes sociales no llega a opinión. Son meros comentarios en función de la rapidez con la que aparecen los datos. Comentarios que no deberían estar sujetos a un escrutinio superior, porque el error es lo único que nos sostiene en ese terreno. ¿Por qué querer tener la razón en estos espacios? Porque ya no hay más espacios, se sabe.

Y en este caso en particular me saltaron varias ideas: 1) ¿Las redes son un juzgado? Evidentemente no, pero funcionan así para todos. No se trata de demostrar la culpabilidad o inocencia de alguien; creo que tampoco se debería llegar a esos extremos. 2) La Reina comentó: “Me han destrozado en Twitter”. Y sí, la entiendo. No soy el mejor ejemplo para hablar de fortaleza alrededor de los comentarios que se hagan sobre uno en redes sociales. Pero sé que es un error dejarme llevar por eso y basar mi calma o desesperación en lo que se escriba acerca de mí. Porque no es posible contener la historia de un ser en una cuenta en redes sociales -aunque Marc Zuckerberg nos quiera vendernos la idea contraria-. Somos más complejos que eso. 3) Los contextos no importan en redes sociales: solo interesan los hechos puntuales. La reflexión es mínima, incluso hasta para criticar a alguien por sus tuits: en las redes sociales no se puede mirar más allá, no hay forma. No existe el corpus, no hay obra, solo enunciados incompletos. Y 4) Como dijo Oscar Wilde: “La verdad es extraña y rara vez simple”.

Entonces, ¿qué hacer si estamos a merced de un soporte que convierte a la comunicación -al comentario- en un elemento más de legitimidad? ¿Cómo enfrentarnos a eso, a sabiendas de que no es algo que podamos teorizar con propiedad todavía y que subvierte muchos de las ideas que tenemos? ¿El mundo puede contenerse en 140 caracteres? Supongo que nos podemos hacer las respuestas que más se ajusten a nuestra forma de ver el mundo. Eso sí sería opinar.

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Y regresando a la volqueta, sé que es muy sencillo para todos ofender en redes sociales. Yo pido disculpas por algunos de mis comentarios errados y bromas pesadas a la gente de la Fundación Reina de Quito, pero hay cosas con las que no podría jamás transar y una de esas es el trato cruel y poco digno a niños y lanzar regalos desde una volqueta es eso: crueldad. Esto, más allá de cualquier reminiscencia que el acto generara en mí, porque uno de los acontecimientos más duros de mi niñez fue ver por tele cómo la gente murió en la infame repartición de regalos de Elsa Bucaram, en Guayaquil.

En otro nivel, uno siempre podrá sospechar de las intenciones mediáticas de los espacios periodísticos que expusieron el caso, pero yo prefiero quedarme con lo básico: si un periodista vio que eso pasaba y no fue capaz de cuestionar a los protagonistas u organizadores, simplemente no es periodista. Es otro simple observador que prefiere fragmentarse antes que encontrar todos los datos disponibles para construir el relato más veraz posible. Periodismo mediocre.

Y ni hablar del nivel político del tema, porque leí comentarios que dejaban claro que todo esto se dio para afectar al alcalde de Quito, Mauricio Rodas. Y sí, ese nivel no se puede tomar tan a la ligera.

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Pero en el fondo me queda claro que el hecho se solucionaba con mucha facilidad y lastimosamente el comunicado que lanzó la Fundación Reina de Quito no reconoce la falta y más bien habla de que los medios distorsionaron y descontextualizaron la verdad. Y sí que pasó de esa manera, pero la Reina lanzó pelotas desde una volqueta; el hecho se dio y en ese comunicado no hay una sola palabra que evidencie reconocimiento de que eso no estuvo bien.

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Y la verdad es que, en esta época de legitimidades patológicas, es muy probable que eso nunca se reconozca.

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