Todo, de todo (sobre “Las correcciones”, de Jonathan Franzen)

Reseñas

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Huir de lo que todos hablan, como lema de vida. Eso fue lo que me llevó a ignorar durante años el ejemplar de “Las correcciones” que tenía en la estantería. No quería acercarme, también, por ese rechazo que mantuve estoicamente a las novelas que se presentan como reproducciones de lo que Tolstoi hizo hace ya mucho tiempo como los dioses. Eso decían de “Las correcciones” y de Jonathan Franzen y ahí se perdió todo mi interés en leerlo. Ni hablar de la polémica con Oprah Winfrey y el hecho de que se convirtiera en un best seller a pesar de superar las 600 páginas. Pero más pudo un simple hecho: ver la dedicación de mi esposa a novelas de una extensión considerable, incluso en madrugadas, a veces para decirme: “Esto pudo ser mejor” o “iba tan bien, pero en las últimas 100 páginas se fue al demonio”.

Quise volver a experimentar lo mismo. La carrera de resistencia alrededor de la lectura y cuando revisé los libros que podía leer para esa aventura, mi dedo se detuvo en la novela de Franzen. “¿Por qué no?”. Simple. La empecé y la resistencia no fue tal. Quizás escoger una novela que ya tiene más de diez años de vida tuvo su cuota de ventaja: “Las correcciones” es un libro que juega a ser la radiografía de su país, pero se escapa de ella, al contarnos la historia de los Lambert y cómo la vida de una familia del Medio Oeste de Estados Unidos puede ser el caldo de cultivo de vidas incompletas e insatisfechas. En el fondo, “Las correcciones” es una novela sobre la falta de placer, a pesar de estar ambientada en un espacio en el que lo único que puede funcionar es eso: el placer contemporáneo… como lo conocemos.

Los Lambert, encabezados por Albert y Enid, seguidos por los hijos Gary, Chip y Denise, no encuentran un espacio en el que se puedan sentir bien, más que nada porque han a) tomado decisiones equivocadas o b) simplemente nunca supieron qué hacer. Todo se mueve entre estos dos polos, que se estrechan, se ensanchan; los llevan de una vida poco ordinaria del padre que trabaja en una empresa de ferrocarriles, a una ama de casa anestesiada, a tres hijos que cuando crecen deciden abandonar a los padres e irse a vivir a la Costa Este. Saltamos de ciudad en ciudad, de tiempo a tiempo, de problema a problema: Gary debe tratar de sobrevivir a su propia vida familiar, con una esposa e hijos que tratan de soportarlo. Denise lucha por sobrellevar de un triángulo amoroso que no sabe cómo manejar, porque en el fondo nunca ha sabido cómo corresponder el afecto y Chip, pues Chip está estafando a inversores norteamericanos en Lituania, porque su carrera como profesor universitario ha quedado en el piso.

Franzen cuenta mucho, muchísimo. Dice todo, de todo. Para él no existe la edición o el ‘no contar demasiado’, describe hasta el realismo y más allá, consiguiendo decir mucho, aunque lo que leamos sea una exageración: esa realidad de los personajes no tiene manera de sostenerse de la forma en la que están, algo debe romperse y en nuestras narices. Alfred, en un crucero, llega a divagar tanto que es capaz de evidenciar y confrontar sus conceptos más íntimos en una discusión con un trozo de mierda, en un camarote. Todo en “Las correcciones” es la lucha por escapar de la tiranía de un patriarca que ha hecho daño a su familia y de una madre que decidió aguantar todo por un tema social. Alfred, enfermo de Parkinson, está a punto de perder lo último que le quedaba de dignidad, los demás Lambert van por igual camino.

Pese a lo escrupulosa que puede ser a momentos y a la necesidad que tiene como autor de salir del relato principal para ser capaz de mantener el interés (con pequeñas historias que son increíbles, como las de Gitanas Misevicius y Robin Passafaro), Franzen no ha dejado de lado la construcción de oraciones hermosas -hermosamente duras-, que aparecen como la certeza de que una novela, también, es el acto de construcción no solo de acciones, sino de caricias alrededor de esos verbos que determinan todo:

“El hígado cauterizado olía como huelen los dedos tras haber estado sobando monedas sucias”.

“Las personas parcialmente sordas conocen, igual que sus compañeros de celda, las frecuencias a que suenan los timbres de su cabeza”.

“Su visión periférica era un hervidero de heces retorcidas”.

“El cuerpo era idéntico al mundo en cuanto a la plenitud de sus posibilidades, y así como no había parte de este pequeño mundo que estuviera a salvo de la penetración de una bala, tampoco había un fenómeno del mundo a gran escala que no fuese eco de un disparo”.

“Alfred, durmiendo, era una sinfonía de ronquidos y silbidos y toses, una epopeya de zetas. Enid era un haiku”.

“Las correcciones” encuentra en Chip su catalizador. No tengo dudas de eso. El hombre derrotado que siente que todas sus fuerzas deben aparecer en un guión de película que está escribiendo y del que una productora se ha mostrado interesada. Chip quiere corregir algo del guión, lo sabemos al inicio de la novela. Al final, esas correcciones que debe hacer son las mismas que deberán manifestarse en la vida de él, de sus padres y hermanos. Hay algo que no está bien. Lo sabemos muy temprano, y Franzen no duda en jugar al riesgo narrativo para hacernos ver hasta el hipotálamo de eso que está mal y entender, así, por qué está mal.

No es un final en el que la alegría llega de golpe. Es un final de posibilidades. “Las correcciones” no es una novela que captura la realidad. Es una novela que se juega por sus personajes y que trata de hacer de esos laberintos de cristal, que pueden ser la vida en familia, un espacio para que el trueno llegue y cambie la polaridad de las cosas.

Nada más.

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