Fosforito: detrás de la ilusión de Quito

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La ilusión no es más que un juego de manos y de engañar la vista. La idea central es la rapidez y hacer que el espectador se fije en otro punto, mientras el truco se realiza. Fosforito tiene en su mano derecha una moneda de un dólar, la deja reposar entre sus dedos, parece que baila mientras va del índice al del medio, de ahí al anular y al meñique. Eso es práctica, horas frente al espejo para mejorar la capacidad de los movimientos; así como Luis Eduardo Palacios hacía de niño, en los años cincuenta, luego de ver a ese mago en su escuela, cuando tenía siete años. No podía creer que de un sombrero de copa hiciera aparecer un conejo y una paloma.

Desde ahí supo qué quería hacer de su vida. Esa fascinación del niño se convirtió en la obsesión. “Eso me encantó. Yo voy a ser mago”, se dijo. Por eso iba a la tienda que tenía su madre en casa, en el centro de Quito, y robaba cigarrillos, para llevarlos a su mano, frente al espejo, e intentar hacerlos desaparecer. Muchos murieron en el intento, abiertos y desparramados sobre el suelo. “¡Lucho está fumando!”, gritó su madre preocupada. “¡Déjalo!”, intervino su padre, “¡él está haciendo magia!”. Llegó, a los pocos días, con los mismos siete años, su primer libro de magia con el que aprendió sus primeros trucos.

La moneda sigue bailando en su mano derecha. La oculta colocando su mano izquierda encima y de golpe abre las dos. No está la moneda. Mientras lo hace no deja de hablar: “Todo esto se basa en lo irreal, en lo que no puede ser. Tenemos que ser irreales porque esa es la única forma creativa para afrontar lo que la vida te pone al frente”. Sonríe, repite como un mantra “Esto es maravilloso”. Está disfrazado de Luis Palacios; en la pared del fondo está Fosforito en un afiche de su escuela de magia, feliz, con el rostro pintado de blanco y un discreto punto rojo en su nariz. Un conejo salta por los pies de los muebles, mueve el hocico como si estuviera inspeccionando el sitio a través del olor. Una gran carta sobre un caballete, el siete de brillo, a un lado, mientras que sogas cortadas descansan sobre el mueble en el que él está sentado. Su centro de operaciones es el pleno Centro Histórico, núcleo de los barrios que considera suyos, en los que hace espectáculos, a escasas cuadras del gran teatro que tiene en su entrada ese cuadro de Jaime Zapata en el que él está inmortalizado como ese mago/payaso que es parte de Quito, como otras tantas figuras que ahora no vienen al caso.

“Me siento parte de la ciudad”, asegura. El joven mago hacía trucos para sus amigos en el colegio y poco a poco empezó a buscar la oportunidad de hacerlo como trabajo. Fosforito nace de su aspecto físico: “Un profesor me lo puso porque era tan flaco como un fosforito”, dice ahora, todavía delgado, con una voz algo aflautada. Era en los años cincuenta cuando hizo su primera presentación en una fiesta de un barrio cuyo nombre se le escapa. “Sufrí, estaba muy nervioso”, recuerda. Los niños y los padres disfrutaron. ¿Por qué como payaso? En algún momento se le pasó la idea, porque en las épocas de armarse al andar, no tenía intenciones de hacer reír a la gente, peor de ser un payaso. “Lo pensé mucho, me interesó mucho la filosofía detrás de eso. ¿Por qué tengo que hacer reír a la gente? Porque a través de eso conseguí encontrarme conmigo mismo también”, recuerda. Sabe que para él ese humor y gracia nunca van a morir. Pero también aclara: “Soy un tipo muy serio. Si me quieren hacer reír tiene que ser con un chiste muy bueno”.

Desde siempre, entonces, se pintó. Con un maquillaje reducido, pero presente. Así, el payaso que hace magia se vuelve parte importante de la vida en Quito, de los barrios que son Quito, porque en todo ese tiempo, los niños que antes lo veían llevan luego sus hijos y estos, algunos, empiezan a llevar también a sus hijos a sus presentaciones. “Soy el payaso del pueblo. Esa es mi aspiración máxima… que me llamen de los barrios”, sentencia. Así, en su rostro pelado, sin rasgos del hombre alegre de la foto, se reconoce eso inmenso. “Cuando Fosforito sale a escena, aparece como lo más grande. Los niños se acercan, participan. Y cuando me voy se entristecen y me preguntan: ‘Fosforito, ¿cuándo regresas?’. Es maravilloso, la magia es maravillosa… aunque la magia más maravillosa de la vida es, sin duda, el amor…”, palabra de mago.

Dice que sólo sabe que nació, aunque la fecha en su cédula marca el 17 de septiembre de 1946, en Quito. Lleva tanto tiempo dedicado a la magia y a hacer reír a la gente que su principal interés es hacer algo porque su arte no desaparezca.

Fosforito creó un grupo de magos que se denomina “Círculo de Magia”, que se reúne una vez cada dos o tres semanas, en el que 8 profesionales de diversas destrezas se juntan para contar sus experiencias realizando trucos, creando otros y ponerse al tanto de los nuevos secretos. Este grupo está formado por magos amateurs y expertos.

Es invitado constante de los distintos FLASOMA (Congreso Latinoamericano de Sociedades Mágicas) que se realizan en la región. Ha realizado funciones para diversas instituciones del Estado, en varios gobiernos, así como comunidades y trabajadores de zonas rurales de todo el país, no sólo de Pichincha.

Los magos y payasos también sufren o son víctimas de las circunstancias. Cierta ocasión, en uno de sus primeros espectáculos, fue acusado por uno de los asistentes de robarle dinero porque cometió un error. En lugar de terminar el truco metiendo su mano en el bolsillo de alguien donde tenía su pañuelo, metió la mano en el del dinero. La policía llegó y lo detuvo. Luego de las risas y explicaciones de ley, lo soltaron.

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Este es uno de los perfiles que publiqué en diario El Telégrafo, en 2009

fotografías tomadas de la página de Facebook de La Karakola, Kasa de Experimentación y Konvivencia Artística

3 comentarios en “Fosforito: detrás de la ilusión de Quito

  1. Es Importante recalcar Que siempre Le Gusto Trabajar para La Gente Con Menos Recursos, Y Nos Deja El Legado De continuar Con Sus Ideales Por medio De El Ilucionismo.

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