La fe entre montañas: Quito y algo de la Semana Santa

crónica

La procesión se llama “Jesús del Gran Poder” y reúne a un gentío dispuesto a observar un recorrido de ida y de vuelta, en pleno Centro Histórico, de lo que se supone es una tradición muy marcada en Quito: más de 800 cucuruchos van a pasar por esas calles estrechas, vestidos en su mayoría de púrpura y cubriendo sus rostros por unas capuchas que terminan en punta y que para el extranjero parecen las que utilizan los fieles fanáticos del Ku Klux Klan, en Estados Unidos. Estos son los penitentes, los que están ahí para vivir la procesión, los que piden perdón por sus faltas. Los que la han hecho mal y necesitan sentirse limpios.

Ellos son los protagonistas. Porque se trata de vivir el mismo suplicio de Jesús, antes y durante su crucificción. Se supone.

Foto cortesía de Efrén Guerrero (@auraneurotica)

Pero hay más, sobre todo curiosos y fotógrafos (en 10 años la procesión será de fotógrafos, no hay duda). Hoy son muchos, con sus máquinas digitales, disparando a matar para inmortalizar algo que al parecer es importante. No podemos saber cuál es la importancia real: probablemente tenga que ver con la forma, porque la procesión se ve bien, linda; además de que cuando comienza el cielo de Quito se abre y es claro, como cuando gana Barcelona. Si no hay cámaras fotográficas, el smartphone ayuda. Solo hay que elevar la mano y presionar una tecla ante los imitadores de Jesús, que sostienen sobre sí maderos o cargan la totalidad de una cruz, apoyados por un grupo de cucuruchos, quienes lo reemplazarán, como en un juego de postas, cuando no le dé la vida en las cuestas del centro. Las cámaras lo inundan todo. Ya no se vive el acontecimiento, se lo prefiere registrar. Es extraño que ante el panorama completo gane el discreto encuadre de una pantalla.

Mayté Bravo regresa a la Plaza de San Francisco. Había estado adentro de convento, donde se preparan, doce años atrás, cubriendo la procesión para un medio local. Ahora, más de doce meses después de haber dejado Guayaquil por Quito con su familia, lo vive desde afuera. “Quienes hacen de cucuruchos se preparan para esto. Se inscriben, reciben charlas y cursos, y viven la Semana Santa de una manera particular”, cuenta en los exteriores. Los cucuruchos ya salen, varios no tienen camisa; otros se acomodan la capucha; algunos van descalzos, y los valientes habrán colocado, mientras se vestían, cáscaras de nueces dentro de sus zapatos. Será un recorrido de aproximadamente 36 cuadras. Ellos son los protagonistas. “Me acuerdo que había alguien que cargaba un cactus sobre su espalda y se había puesto sobre el pecho otros pedazos”, cuenta Mayté. Alguien escucha y le dice que ya han cambiado, que ya no es tan sanguinario el asunto y debemos creerle.

Encuentras las diferencias: El sitio de arranque es la Plaza San Francisco y no es necesario madrugar para llegar. La gente no espera a la salida, sino el recorrido. La Plaza tiene un quórum respetable, la mayoría de los asistentes va con paraguas en la mano, porque las nubes pueden desembocar en lluvias constantes o el sol jugar, sin aviso, a los dados con las cabezas de quienes recorren la ciudad a 2.800 metros sobre el nivel del mar. Da igual lo que suceda, hay que protegerse. A la hora en que la procesión de Cristo del Consuelo, en Guayaquil, tiene a miles luchando por tocar al Cristo, pese a la humedad asesina, acá todo va con más calma. Al mediodía, con el sol llegando de manera recta, empezará el recorrido, que incluye esculturas de San Juan y de la Señora de los Dolores, como anticipo a la de Jesús del Gran Poder, que carga una cruz y un rostro arruinado por el dolor.

Por tradición, sabemos que el Viernes Santo es el día en que se celebra la muerte de Jesucristo. Pero dos días antes, el miércoles, hubo una ceremonia que simboliza el luto por la muerte de Jesús. Sí, dos días antes. “El arrastre de Caudas” o Reseña es definida como “fúnebre apoteósis de la Cruz redentora” (¿?) y es un ritual que se lleva a cabo en la Catedral de la ciudad, abarrotada de gente, dentro y afuera, a la espera de que el Arzobispo, Fausto Trávez, batiera una bandera negra, con una cruz roja, sobre el altar, los sacerdotes de la Catedral y la gente. Antes, todos los sacerdotes habían recorrido la Iglesia, usando las caudas, esas vestimentas negras y largas, que arrastran. Hubo incienso y música fúnebre. Es un experiencia que te deja helado. Preguntas. Lo haces sobre todo porque si no has estado tres horas antes, difícilmente encontrás un puesto que valga la pena. Alguien te dice que lo que hacen es rendirle tributo al general caído. Otra voz te explica, esta vez anciana, que la idea es transmitir a todos las virtudes de Jesús.

-Pero si te toca la bandera, no llegas vivo la próxima Semana Santa – cuenta otro anciano, que está de salida y que ha escuchado la conversación. Los otros ríen.

Es el momento de preguntar a los que asisten: ¿Por qué solo se lo celebra en Quito, Lima y Sevilla? Se miran. No tienen la respuesta. Se van.

“Me impresionó la solemnidad del acto”, cuenta Jaime Vera, otro guayaquileño que vive desde hace tres años en Quito y que estuvo en el “Arrastre de Caudas”. Pero lo más probable es que no vaya a la procesión. ¿Por qué? Porque hasta en la fe se pueden ver diferencias. Está al norte, en la parroquia Nuestra Señora de la Paz, con otros “monos” con iguales creencias y que pasarán los días santos en esta iglesia. “Acá en Quito se vive la Semana Santa con más actividades culturales y en Guayaquil lo que se hace es vivirlo desde el lado sentimental”, cuenta Érica Chacón, quien está de pasada en la ciudad. No irá ninguno, tienen la necesidad de comprender la dimensión personal de esta fecha. Shirley Lino es de Manta, tiene cinco años en la capital y lo dice con claridad: “No es el espacio para profundizar el Viernes Santo. No hay silencio”, dice.

Foto cortesía de Efrén Guerrero (@auraneurotica)

Sí, no hay silencio. Hay música con carácter sacro que sale de los parlantes colocados en varias partes del recorrido. Desde la explanada se ve a las Verónicas, vestidas de púrpura, con velo incluido. Pronto será mediodía y los penintentes avanzarán; en partes del recorrido les darán agua con azúcar, alguno se tambaleará y deberá sortear las cuestas de bajada, para vencer la física con esfuerzo. Otro irá con gasolina de 92 octanos en su sistema, gracias a las botellitas de alcohol preparadas para resistir. Un sacerdote anuncia por los parlantes la sentencia de muerte de Jesús, como si fuera Pilatos. La Plaza se llena de más personas y alguien hace un pedido particular por el sistema de audio: “Entonemos el Himno Nacional desde el estudio, por favor”. Suenan las primeras notas. Hay un aire oficial. Manos en el pecho, todo solemnidad. Nadie se mueve. Hay poca gente arrodillada, otros cantan con emoción divina. Sale el Jesús del Gran Poder, cargado en hombros. Empieza la procesión. Un padre carga a su pequeña hija de la misma manera. Ella lleva el paraguas en sus manos y se le cae. Una señora ve lo que sucede y cambia de dirección su mirada. Posa sus ojos sobre el Jesús dolido. El padre la mira, le pide con los ojos que la ayude con el paraguas. Ella lo ignora. Prefiere ver al Jesús petrificado en la pena. Él decide agacharse y lo hace con dificultad, con lentitud, sosteniendo a su pequeña para que no pierda el equilibrio. Agarra el paraguas y se lo entrega a la hija. La señora sigue viendo a Jesús. El padre y la hija se van. Nada ha pasado. Jesús ha vencido.

Un comentario en “La fe entre montañas: Quito y algo de la Semana Santa

  1. Si el cielo de Quito solo se abre cuando gana Barcelona, quiere decir que la lluvia es eterna. ja ja. Me pusiste a tiro el chiste fácil. (Perdón por la broma de mal gusto, pero es que soy de Liga, caucho hasta morir).

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