Elogio de lo obvio (sobre Zorn y Masada Quartet en Quito)

Reseñas

Un cartel gigante de John Zorn afuera. Masada Quartet con letras menos grandes. Adentro se llenaban las butacas del Teatro Sucre. Escuchar John Zorn no te hace cool. En realidad nada de lo que escuches te vuelve cool. Porque John Zorn, por sí solo, juega con la imagen del genio y del maestro, del virtuoso y del tipo que no se la cree. El único que ayer en la sala tenía licencia para mandar a todo el mundo a la mierda era él. Pero no es culpa de Zorn que otros lo escuchen. No puede ser responsable de la mujer que dio los avisos del Teatro y que afirmaba que los que estábamos ahí éramos mejores que los que fueron a ver a Luis Miguel. John Zorn tampoco tiene la culpa de la gente que aplaudió y gritó ante tamaña perla (ella se retractó en un segundo, pero ya lo había dicho). Zorn no responde por quienes fueron a escuchar algo de “Naked City”, o aquellos que sabían de sus colaboraciones con Mike Patton, o los que no se habían bañado en días, o los tipos de rastas que no quisieron levantarse del puesto en el que estaban cuando llegaron las personas que habían comprado esas butacas numeradas, con la excusa: “Llegaste tarde, huevón”. Los presenta Diego Oquendo Sánchez. Que Zorn se lo había pedido. Entran. Todos aplauden. Zorn con su clásico pantalón militar, que anticipa lo que va a pasar. Joey Baron se sienta en la batería, Greg Cohen se calza el contrabajo y Dave Douglas completa el ensamble con la trompeta. Zorn habla sin micrófono. Tal vez adelante entienden lo que dice; atrás no hay suerte. No importa. Empiezan. Jazz experimental, locura y extremo. También Klezmer, esa música popular israelí que suena en las bodas y que todos salen a bailar. Masada es la búsqueda de Zorn por algo propio, así como la amalgama de todas las inquietudes que lo vuelven el músico que es. Zorn controla su saxo alto como le da la gana, mientras toca, da indicaciones a los demás. Cada gesto, cada movimiento de mano tiene un sentido. Experimentar es un acto cruel cuando tienes a un mastermind al frente. Sus dedos gotean y tanto Baron como Cohen saben qué hacer, llevan el beat apresurado, hasta que una espada de huesos y músculos les ordena que se detengan. Zorn dirige como sargento a su regimiento. En algún punto Baron ignora una orden, un movimiento de mano por el que debe golpear los tambores en función de las notas que suenan. Zorn insiste, mueve la mano con más violencia. A la tercera es la vencida y el batero sigue la orden. No hay que decirle no a Zorn. Del saxo llega un zumbido, también el sonido de un buque llegando y de los pies de Pedro Picapiedra corriendo. Zorn rinde homenaje a los cartoons. Es Shaggy. Delgado y feliz. No busca gente que pueda tocar miles de notas en segundos. Zorn apuesta por la creatividad y la búsqueda alrededor de capas. Inquietudes. De eso se trata. Tapa el saxo con su pierna y el sonido se oscurece. Sus dedos son de secretaria y presionan las llaves con rapidez. Se acerca y aleja del micrófono. Solos de Lisa Simpson. Es fabuloso.No es un tema de calidad antiséptica. Es embarrarse con el ruido, regocijarse en el chiquero de lo extremo y hermoso. Se esconde en la oscuridad del escenario cuando quiere escuchar lo que sucede. Sonríe y felicita con un gesto a los músicos. Alguien grita “I love you”. Le gritan muchas cosas. Él está por encima de eso y lo ignora. Viene a ser lo suyo. Visita sudamericana, con su proyecto más conocido. Canciones con nombres en hebreo. Solo importa escuchar, porque pronunciarlas o escribirlas va a ser complejas. Solos de todos los instrumentos. Fijación por el ruido. Eso a lo que llaman “Avant garde”. ¡Qué minón! Zorn sargento. Zorn genio. Acaba la primera parte del set y se van. Hay que esperar. Regresan. Zorn se detiene en plena canción. La lengüeta falla y rápidamente abre la boquilla. La reemplaza por la que tiene a la mano. Lanza la otra al suelo. Cierra la boquilla y vuelve a probar. Suena como los dioses. Él no está convencido. ¿Cuándo se convence Zorn? “Not bad”, dice. Vuelve a tocar. Aplausos al final, muchos. La gente pide “otra”, pero Zorn no es Luis Miguel. Se cierra el telón y todos salimos. El cool es él, nosotros solo lo vimos.

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