El error de Emilio (y los que no piensan como yo)

Reflexiones sobre política

imagen tomada de elcomahueonline.com.ar

¿Qué es lo que se defiende y qué es lo que se ataca? Depende del cristal empañado por el que se vea. Solo hay interpretación. Solo eso.

Miento. Ni siquiera existe interpretación, solo razón prepotente que no es capaz de considerar algo más que esos caminos inescrutables de su misma razón. Endogamia. Incesto intelectual.

El problema aquí es un texto de Emilio Palacio, quien fuera Director de Opinión de Diario El Universo. Ese es el problema, ¿no? Espero que ese sea el problema, porque de esa forma es muy sencillo tratar de entender dónde está el drama con lo que escribió. Pero no, el drama es otro. El meollo radica en la existencia de esos poderosos señores oscuros que quieren acabar con lo que se está haciendo acá, esos que (por motivos educativos) voy a llamar desde este instante: los que no piensan como yo.

Un mundo sin esos que no piensan como yo es el mundo perfecto. El mundo de la alegría, de la cordialidad. El mundo de los resultados, de ese país que avanza por un sendero que se ha caracterizado por el progreso. Porque estamos progresando y podríamos progresar más si no existieran esos que no piensan como yo (que les rinden tributo a los que quieren vernos fracasar). Sin embargo, no podemos desaparecerlos, pero sí definir cuáles pueden ser sus campos de acción: solo hagan cosas desde el punto A al punto B.

Por eso los medios que son parte de los que no piensan como yo deben ser puestos a raya porque representan la resistencia al cambio que se propone el sistema político actual. Así, ante las cosas que digan del poder, la respuesta es clara: se oponen y no quieren que la transformación siga adelante. Quieren el pasado triste y no el futuro feliz. No importan las investigaciones, ni los hechos, sino ese objetivo final: destruir el amor que nos llena. Por eso hay que poner a raya a esos que no piensan como yo.

Porque esos que no piensan como yo son parte de ese poder que estamos intentando dejar de lado. No son representantes. Son ellos. Lo expiden, sudan y secretan sustancias por la piel, que no dan opción a duda. Esos que no piensan como yo quieren negar lo que se está haciendo y lo que exigen es un absurdo: ¿Cómo es posible que no se quieran dar cuenta que el modelo propuesto solo busca los cambios rápidos y furiosos?

¿Procesos? Hoy no importan los procesos, solo los objetivos.

Por eso entendamos que la verdadera revolución no está en convertir al país en un espacio donde lo social tiene respuesta absoluta. La revolución real radica en comprender que esos que no piensan como yo no sirven para los planes que se han definido para vivir bien. Y así, como esa aberrante concepción capitalista que trata al hombre en función de su capacidad de producción, entendamos que el trato que sirve para el nuevo hombre revolucionario radica en las ideas que este ser pueda tener. En las ideas, en eso intangible, descansa tanto reclamo y el tedio insoportable del que no piensa como yo.

Etiquetas van. Etiquetas vienen. El tema no es legal, ni de libertad de expresión. El tema real es el combate hacia aquellos que no piensan como yo. Son el enemigo… y gracias a las películas de Stallone sabemos que no hay que darles opción a nada, ni siquiera a la queja. Si alguno se lamenta aparece la burla (“Y de qué se queja ese Palacio si bien que está viviendo en Estados Unidos”, escucho por ahí). Tontos esos que no entienden de qué se trata el problema.

imagen tomada de ap_tenerife.kactoo.com

Soy uno de esos tontos. De esos que no se queda con la conciencia calma cuando aparecen frases como: “Es la primera vez que se está haciendo algo y hay que apoyar el proyecto”. Como si el secuestrador bueno, el que te da de comer y te defiende del secuestrador malo sea, objetivamente, menos criminal. Hay atenuantes, pero el hecho es claro. Ser ciudadano no significa ser empleado del Gobierno de turno y eso es algo que tarde o temprano deberemos aprender.

Otra cosa que deberemos aprender es que el Estado está obligado a hacer todo lo que aparentemente se hace ahora. No es un logro, es su obligación. Y nosotros debemos estar pendientes de que lo hagan. Nada más. Para eso sirve el periodismo, el que es bien hecho.

Volvamos al tema periodístico. Emilio escribió “No a las mentiras”, que se publicó el 6 de febrero de 2011. Y en su párrafo final (y línea de cierre) escribe lo siguiente:

El Dictador debería recordar, por último, y esto es muy importante, que con el indulto, en el futuro, un nuevo presidente, quizás enemigo suyo, podría llevarlo ante una corte penal por haber ordenado fuego a discreción y sin previo aviso contra un hospital lleno de civiles y gente inocente.

Los crímenes de lesa humanidad, que no lo olvide, no prescriben.

El problema del texto de Palacio se reduciría, técnicamente, a una línea. Esa que acaba el artículo. La que hace alusión a los crímenes de lesa humanidad. Una referencia que molestó al Presidente/ciudadano (Clark Kent y Superman en una amalgama esquizoide) porque consideró que significaba acusarlo de criminal. Y eso, en ‘boca’ de uno de lo que no piensa como yo, es una ofensa gravísima. Sus súbditos lo han entendido así también.

A primera vista, lo que hace Palacio es lanzar una advertencia, que en medio de la historia política del país no es nada rara: persecusiones. Con eso define dos caminos (uno niega al otro):

1) Que realmente crea que Correa ha cometido un crimen de lesa humanidad y le advierte que se cuide de los que vienen después de él, porque se las cobrarán al dejar un precedente legal como el indulto a los que participaron en el 30 de septiembre de 2010.

2) Que con el indulto se abre la puerta a que los que lleguen después de él lo quieran acusar de crímenes de lesa humanidad por lo que pasó ese día, con la excusa de que no prescriben.

Aquí llegamos al asunto de los cristales flojos y las interpretaciones. Que yo sepa, en el juicio que el ciudadano Presidente ganó no hubo análisis de un perito que permitiera comprender la dimensión de lo escrito. Si la injuria (o la ofensa de ese que no piensa como yo) estaba escrita, pues se debió analizar el artículo para precisar dónde estuvo, dejar la duda de lado y evitar actos de fe alrededor de algo que se puede probar. El éxito de un Sistema Judicial es que no haya duda posible en una decisión. Para mí esto es un tema conceptual y no me interesa que sea una gran empresa o un tipo que haga un diario de barrio: la injuria, de ser sancionada, debe ser probada ‘científicamente’.

Sucede que nos acomodamos, nos quedamos con la explicación más sencilla. Porque es más fácil entender que aquel que no piensa como yo seguramente me está diciendo que hago cosas terribles porque quiere acabar con el paraíso en el que estamos. El que no está conmigo, está contra mí.

Palacio no es un periodista que para mí merezca alguna dádiva profesional. Y sé muy bien por qué. Desde que en un enlace ciudadano fue echado de Carondelet por orden del Presidente (evidentemente, se trataba de uno de los que no piensa como yo), en mayo de 2007, Emilio Palacio perdió cierta dinámica. Se volvió predecible. Sus textos cayeron en una virulencia que le quitaron novedad. Ya todos sabíamos que Palacio iba a despotricar contra Correa en tods sus columnas y no valía la pena leer sus textos (cosa que no pasa, ni siquiera ahora, con las cosas que escribe Francisco Febres Cordero, que suelen ser más duras, pero más creativas). Llegar al punto al que llegó Palacio es un absurdo profesional y debemos entenderlo, sobre todo si nos dedicamos al periodismo y a la opinión. Hacer del ejercicio de la profesión el vehículo de pasiones es una tontería.

Sin embargo, el ejercicio de poder político como vehículo de pasiones es una estupidez.

imagen tomada de elcomercio.pe

¿Palacio (uno de esos que no piensa como yo) escribió un texto en el que le dice criminal al Presidente? Todavía trato de entenderlo, en serio. Está ahí, pero se me hace gratuito. En el texto, Palacio conmina al Presidente (al que llama con dureza “Dictador”… bueno, es el riesgo de la opinión. Viene con el cargo, ¿no?) a dejar de lado la figura del indulto por una menos contundente en el espectro legal: la amnistía. El indulto involucra el perdón de una pena (o cambiarla por una más leve); la amnistía se entiende como el olvido legal del delito y de esa manera ya no hay responsable. Palacio implica cierta responsabilidad del Presidente en lo que pasó ese día y le dice que es mejor que no deje abierta la puerta del delito, pues con el indulto habría un precedente.

Y aquí viene el dilema: Palacio dice que podrían culpar al actual Presidente de un crimen “por haber ordenado fuego a discresión” contra un hospital. Esa idea es problemática…

Pero al estar acompañada de la frase final, adquiere una suerte de contexto definitivo, en el cual el “condicional” y el resto del escrito abren otro camino. Porque el artículo de opinión es un todo. Palacio, desde mi perspectiva, dice que con el indulto se podría dejar el camino libre a una futura acusación de crímenes de lesa humanidad por lo que pasó ese día. Quizás peco de buena gente, pero no se me ocurre otra manera de entenderlo.

Creo que descontextualizar un escrito en estas circunstancias es también matar la capacidad crítica. Además, estoy convencido de que si Palacio quiso decir que en su opinión Correa ordenó disparar contra inocentes, no estamos ante un injuriador, sino ante un cretino. Capacidad crítica, entonces. Capacidad crítica forever.

imagen tomada de clasesdeperiodismo.com

El texto “No más mentiras” de Emilio Palacio es un mal texto. ¿Por qué? Por esa pasión desmedida que no dejó a su autor reflexionar sobre el sentido de lo que quería decir. De cierta manera, Palacio es su propia víctima, pero no por la imagen de la injuria (que se debió probar a toda costa e insisto: en ese juicio no se probó nada sino la voluntad del Mandatario) sino por la incapacidad de entender las dimensiones de un escrito, algo que un editorialista (peor el Director de Opinión de un diario) debe siempre tener en claro. Cuando esa voz que denosta al que no piensa como yo se escucha con fuerza, el periodismo debe responder con más periodismo. El periodismo debe ser claro, no por el temor a que los poderosos de turno tomen medidas, sino porque no se lo puede hacer de otra manera.

Yo, un tipo de palabras, no podré jamás desligarme de la reflexión sobre las herramientas que uso. Parto de eso y trato de entenderlas lo mejor que puedo. Por eso estoy seguro de que Palacio no estaba en el puesto profesional en el que debía estar. No fue capaz de ver la imprecisión de lo que escribía y eso para un Director de Opinión es terrible. El párrafo en cuestión mejoraba mucho de esta manera:

El Dictador debería recordar, por último, y esto es muy importante, que con el indulto, en el futuro, un nuevo presidente, quizás enemigo suyo, podría llevarlo ante una corte penal “por haber ordenado fuego a discreción y sin previo aviso contra un hospital lleno de civiles y gente inocente”.

Los crímenes de lesa humanidad, que no lo olvide, no prescriben.

Listo, comillas, quitándole realidad a la expresión y volviendo al párrafo terreno de elucubraciones (y de amenaza de un sentido de justicia burdo), que para el objeto que tenía el escritor, era lo que bastaba. El error de Emilio está en creerse infalible. Y hasta para acusar de locuras hay que ser más creativo e inteligente.

Ojo: esta es una alternativa obvia. Existen muchos otros caminos para aclarar la idea de ese párrafo.

El error de Emilio ha costado caro, es cierto. Pero la oportunidad que ha visto el Gobierno de atacar a ese que no piensa como yo, utilizando al eslabón más débil de la cadena, nos saldrá, a la larga, peor.

La opinión no se debe penalizar. Punto. Es un asunto de conceptos con los que nadie puede hacer concesiones. No es posible que el “derecho a la honra” de un funcionario público sea superior a la necesidad de hablar de él, con dureza inclusive. Ecuador ha vivido con mucha tristeza su vida política por años que es de tontos asumir que ahora no podamos escrutar o destrozar (hasta como catarsis) a los mandatarios de turno.

imagen tomada de ecuadorecuatoriano.blogspot.com

Y ahora no solo hemos creado un precedente legal terrible (y ya ayer hasta negamos una solicitud de la CIDH de la manera más campechana posible), sino que entramos en un terreno donde se atomizó el dilema y resulta que todo es sobre El Universo y lo que le hacen o lo que se merece (dependiendo del cristal). No, el asunto es sobre todos nosotros y lo que hacen. Y cómo, en época preelectoral, las mediciones de poder se vuelven importantes, sin pensar en el costo político de cada cosa que se decide.

¿Una “mentira” debe costar 40 millones de dólares y tres años de cárcel? Cuando el gigante se olvida de que una simple onda mató a Goliath, las consecuencias no existen… solo un triunfo ridículo y burdo en esa batalla que se libra contra el que no piensa como yo.

País lamentable.

Un comentario en “El error de Emilio (y los que no piensan como yo)

  1. El artículo de opinión de Emilio Palacio ha sido el pretexto para mover toda la maquinaria para acabar con El Universo y sentar el nefasto precedente. Da igual la manera en que Emilio escribió aquella frase, pues estoy plenamente convencido de que si lo hubiese hecho de otra forma, el resultado habría sido el mismo.
    Vos los has dicho: en el proceso faltó un perito que analice aquella frase y la ponga en contexto. Aquello hubiese sido lo correcto, lo justo, pues el análisis de un experto era la única prueba que necesitaba un juez para emitir sentencia.
    Pienso que cuando escribes una opinión no haces periodismo. Eres dueño de lo que dices y esclavo de lo que publicas. Hacemos periodismo cuando entramos en una dinámica más profunda (de hecho es lo que hicieron Juan Carlos Calderón y Christian Zurita, que también han sido condenados con el pretexto más tonto que he escuchado en mi vida).
    El juez Paredes no sentenció a El Universo: sentenció a la sociedad ecuatoriana. Y los otros jueces, los de segunda y tercera instancia, hicieron los mismo confirmando la condena.
    Un saludo

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