Morder la mano que te da de comer

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imagen tomada de miralarima.wordpress.com

Televisión de mierda. Hay que ser lo suficientemente moderno y criticar a la televisión, sobre todo la nacional. Porque pagar un servicio por cable se ha convertido en una necesidad vital y pobre del que no pueda costearlo, deberá sufrir la inclemencia de programas hechos con el objetivo de matar neuronas. Porque esa debe ser la única explicación posible. Así parece. Y no hay mayor ciencia detrás de esa perspectiva. Es casi una condena. Y es probable que desde adentro, la posibilidad de crítica sea más entretenida porque lo que importa es lo que hay al interior. ¿Y qué hay al interior? Una televisión de mierda. Entonces ya soy moderno y me siento bien.

Checklist. Punto número uno. Check.

Después de ser cool hay que ser menos cool. En algo impacta ver a una figura de pantalla manifestándose en contra del medio que le dio su relevancia y su espacio… ya sea con declaraciones o en este caso, en fotografías. Es como morder la mano que te da de comer. Y siempre pensé que ese dicho reflejaba lo burda y sumisa que puede ser la humanidad ante sus experiencias. Hay que morder esa mano un poco, porque la mano que te da de comer es la mano que te encarcela. Porque la televisión es el reino en el que todo parece brillar y desde adentro ese destello se desdibuja. Uno ingresa con todo el brío y el deseo de arreglar las cosas… pero uno no es cabeza, sino brazo ejecutor. Rara vez un talento de pantalla es cabeza sola, sino la extensión de quien le está hablando por un aparato conectado a su oreja, el famoso apuntador. La cabeza real es la que aparentemente sabe más que todos y la que te dirá que cambies de tono, digas otra cosa o preguntes algo que mejore el ritmo, para que la audiencia no caiga.

Sí, audiencia. Para la televisión nacional y los genios que la componen (todos, sin excepción, he sido uno de esos) usted no es individuo, sino una audiencia, una legión, un poseso. Amén.

Es la eterna lucha por hacer que vean mi programa, porque mientras más gente lo vea, es más rentable, más publicidad se vende, o el precio de la pauta puede subir. No es un tema de calidad, sino de cantidad. En televisión nacional, menos es en realidad más.

Punto número dos. Check.

Por una extraña razón, en la mayoría de programas nacionales la creatividad no es un tema que valga la pena explotar. Y por creatividad me refiero a darle carta blanca a nuevas propuestas o nuevos procesos. Ni siquiera por un asunto económico (“Esa idea nos va a costar mucho dinero”, que sería una excusa convincente, por parte de un productor televisivo). Siempre es mejor apostar por lo que ya está comprobado. Antes del cable, cuando éramos niños, no había viernes que no nos pegáramos a la pantalla para ver “Haga negocio conmigo”, con el eterno perdedor (ya signado por la política), Polo Baquerizo. Pero crecimos, desarrollamos otros intereses y experiencias, dejamos a Polito y nos enfocamos en otras cosas. Los que hacían la televisión de entonces siguen por ahí, de alguna manera, y piensan igual, añoran los 80’s. No han cambiado, ni entienden qué sucede. No quieren entrar en competencia de ideas. Deciden, asumen, intuyen y creen que no se equivocan, salvo cuando el rating les demuestra lo contrario (una cifra define si han errado o no). Por eso son la gente que sabe, que la tiene clara, que asume que la audiencia está compuesta por los perritos de Pavlov y que responderá a estímulos básicos. ¿Se debe sentir miedo? Poner “O Fortuna” de Carmina Burana, usar blanco y negro y que la imagen vaya más lenta. ¿Dar una idea de esperanza? Buscar a gente con historias duras, de minorías, gente pobre o con discapacidades y mostrar su vida y lucha mientras suena “Color esperanza”, de Diego Torres. ¿El drama es lo que importa? Sí y si hay llanto mejor: si alguien derrama lágrimas ante la cámara, enfocar los ojos, mostrar el recorrido por el rostro, la tristeza y emoción (mientras desde el switcher, alguien dirige a los camarógrafos y presentadores y les pide que mantengan el ambiente para capturar el mejor momento emotivo) ¿Alguien querido se ha muerto? Pues a presionar play para que se escuche “Cuando un amigo se va”.

Grito de guerra: Hay que darle a la gente lo que pide. Y sí, por eso hay programas de farándula que nos hacen creer que existe algo cercano al talento en el país: generar información pública de la vida privada de nuestros famosos, la frontera final.

Tres. Check.

La televisión nacional no mata neuronas. Es mejor decir que la televisión nacional tiene las neuronas muertas, que cada día que pasa juega a la ruleta rusa y que entiende que no le queda alternativa. En otros países, la televisión le está ganando la batalla al cine en temas de creatividad, riesgo y propuestas. Acá no arriesgamos nada. Hay productores que si ven a alguien en el público de su programa que no responde a cánones estéticos que valen la pena apreciar, pide que lo saquen, que lo editen o que ya no lo enfoquen. Hay que hacer realities, jugar con personas que firman un contrato para permitir ser mostradas al aire y alterarles sus vidas en función de lo que el rating determina. No hay consecuencias, solo metástasis. El riesgo está en viajar a screenings por todo el mundo y comprar programas probados en otros lados y franquicias que serán éxitos seguros. Está en supeditar la creatividad a gente que no la tiene, porque toma decisiones basadas en corazonadas que a veces tendrán éxito y por lo general no. El malentendido riesgo está en programas de humor que apuestan por los estereotipos, desde siempre y hasta siempre… viva la patria. El peligro es que la gente que hace televisión esté tan enamorada de su oficio que no pueda ver que con sus tratos está acabando con el objeto de su afecto.

El riesgo es asumir que estamos indefensos.

Porque la televisión no importa a menos que entendamos el valor de la audiciencia como una colectividad que puede organizarse. Apagar la tele y revisar otras cosas es el camino obvio. Pero también está exigir a auspiciantes que dejen de pautar en equis programa bajo amenaza de boicot comercial (no hay que buscar leyes estrictas, sino ser activos con las herramientas que tenemos). La televisión no aporta al desarrollo de sus televidentes, más bien se ha rezagado. La televisión no es poderosa, en realidad es patética cuando no se autoexamina y no entiende que más que acabar con su público se está acabando a sí misma. Un suicidio asistido a la inversa, como en un cuento de Philip K. Dick. La audiencia sigue creciendo, el medio se autofagocita. Y lo atestiguamos.

imagen tomada de cronicaz.com.ar

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(Nota: Este artículo tiene una historia extraña: me lo pidieron para una revista y con cierta premura -el clásico “para ayer”, porque se había caído un texto anterior y necesitaban reemplazarlo con urgencia- y lo hice con rapidez porque estaba a dos días de viajar a Guadalajara y no tenía otro tiempo para hacerlo. No se publicó. Editorialmente se prefirió otra cosa y perfecto. La paradoja es que justo este texto que habla de la televisión y sus extrañas costumbres vivió algo similar a lo que pasa dentro de la producción televisiva. Muchos de los que hemos hecho televisión sabemos lo común que es ir a grabar varios videos, historias o actividades -a veces hasta la madrugada- y luego encontrarte con un “Ya veremos dónde ponemos eso” por parte de los que deciden en los programas. Y sí, esos videos no son vistos por nadie y terminan borrados. Nunca existieron. Al menos este texto puede tener algo de vida).

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