De la evidencia del avestruz y otras posibilidades narrativas

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imagen tomada de jorgeluiscaceres.wordpress.com

En este, el tercer libro de relatos de Jorge Luis Cáceres, lo que tenemos como lectores es quizás la comprensión del diálogo necesario entre lo que sucede dentro de las fronteras de un país y aquello que queda afuera, como un acto de identificación pura con la misma literatura. Y, si nos vamos por el lado más extremo, es el firme reconocimiento de que mucho de lo que hemos hecho en Ecuador a nivel literario es luchar por permanecer como el avestruz: con la cabeza enterrada. En “Tres visiones acerca de la obra de Eduardo Tusset”, encontramos líneas como estas: “a los escritores ecutorianos no les paran bola en ningún lugar, basta con hacer una simple encuesta en la calle para saber que muy poca gente sabe siquiera si existe literatura en el Ecuador”. Y en “Mapa de escritores” lo que tenemos en el contacto entre un joven ecuatoriano que se encuentra con un erudito en Europa y conversan sobre Latinoamerica. En algún punto, luego de ubicar a escritores en un mapa, el doctor Font lo dice: “Es curioso (…) de este país no conozco nada, ni de su literatura, ni de su comida, ni sus costumbres, es como si fuera una isla perdida en el tiempo y en el espacio, un punto muerto en medio de tantos países con historia, al menos con historia literaria”.

El contacto con el otro, o la presencia en el territorio del extranjero, ofrece otros vocablos para la narrativa.

Se trata de buscar un camino, en definitiva. De sacar la cabeza de la tierra.

Con el libro “Aquellos extraños días en los que brillo”, Cáceres se esfuerza por crear un territorio propio donde lo fantástico, lo amoroso y lo miserable se juntan para crear historias en las que los personajes buscan algo, ya sean explicaciones, entendimientos, verdades y hasta otros seres que puedan dar sentido aquello que se ha gestado o se quiere gestar. En clara deuda y referencia, eso sí, con Roberto Bolaño; específicamente con “Los detectives salvajes”. La presencia de la obra del chileno es clara en ciertas estructuras de algunos cuentos, como en “Bailad, malditos, bailad”, así como en la alusión a Arturo Belano y Ulises Lima en el cuento que le da título al libro. Se revela de manera mucho más fuerte en la concepción de la literatura como ese espacio de las historias y de la integración absolutamente de todo. Ya sea un Giacomo Casanova escapando de sus captores o un esposo desesperado por la enfermedad de su mujer y que es capaz, por verla recuperar su salud, de hacer el horror más grande, el terreno de estas versiones de vida está en la escritura, el único camino posible para alguien que como el autor (entro en el terreno de la elucubración necesaria) vivió en Barcelona por un año y debió enfrentarse a una conciencia local partida y castrante.

Este es el libro de una liberación suprema.

imagen tomada de borradoreditores.blogspot.com

Porque ante ese terreno que nos coloca en el desconocimiento de lo que se ha hecho acá, lo único que queda es jurar la bandera en el territorio de los libros. Así surge la fantasía suficiente y la exploración de asideros.

Este es un libro sobre aquello.

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