El teorema Bugs Bunny

Reflexiones literarias

Siempre he creído que cuando Bugs Bunny llega a un sitio al que no debió llegar, luego de no dar la vuelta a la izquierda en Albuquerque, nos estaba engañando. De no ser por esa equivocación, nada de lo que veíamos en ese capítulo habría sido posible. Esa es la condición básica para entender la potencia del error, la ventaja de hacer algo que no se debe hacer, para generar un destino interesante, una mejor historia. Claro, me quedaba pensando en la otra posibilidad, en el seguro tránsito a un destino cómodo y cómo ese universo paralelo no era posible: lo que se quería conseguir no era lo mejor que podía pasar. El mismo drama de siempre con las decisiones. Con el tiempo asumí que en ese engaño en el discurso de Bugs Bunny estaba el motivo central de toda narrativa: generar algo que no se puede controlar, el camino del desconcierto, el cambio de dirección para crear lo que vale la pena.

Hoy, mientras batallo con “Samsara” (working title, no se hagan ideas), recuerdo tanto a Bugs Bunny.

Suele ser un martirio ese asunto de la seguridad del narrador cuando te lanzas a un nuevo proyecto. Se trata justamente de esa sensación de placidez y sosiego que te da reconocer que todo está claro, que el camino que debes seguir es uno solo, el que has trazado, o el que se supone da una carga de sentido a todo lo que estás escribiendo. Es tan simple tener firme la idea y asumir que lo único que te distancia de la ficción terminada es solo sentarte a escribir y teclear hasta que llegues al cierre y te debas levantar a brindar con una copa de vino o un vaso de leche. Pero eso también es falso, al menos la mayor parte del tiempo. A veces eso se confunde con hacer una autopsia.

Es mejor reconocer el camino cuando lo marchas, que pensar únicamente en el desenlace (a lo mejor ahí hay algo de lo que te puedas agarrar) Y una vez que crees que todo está en tu cabeza, que tienes 100 páginas escritas, por segunda vez en un año, y sabes que no puedes seguir para ningún lado, es mejor detenerse. Abrir un video en youtube puede ser una gran invitación a replantearte lo que estás haciendo, mejor si es uno en el que aparece Bugs Bunny. No te queda más que girar, ir por el lado que no esperas. Entonces reescribes, destruyes lo anterior (quizás rescatas unos cuantos renglones) y sabes que no debes dar la vuelta en Albuquerque. Es mejor enterrarse hasta no ver nada de luz y recorrer sin pensar en el destino. En ciertos momentos la narrativa gana con los ojos cerrados.

Por eso, en ese recorrido en el que estoy, celebro el acto de equivocarse y buscar la corrección, de “desandar” el camino y dar la vuelta en el sitio equivocado. La seguridad, como axioma, ya está demostrada (al menos eso intento pensar cuando me enfrento a novelas con una construcción muy clara). El riesgo de la escritura también, y ese es talvez el mejor espacio para narrar. Perderlo todo y lanzarse a tientas por el camino. Es consciente. Es conciencia.

¿Y si viramos a la izquierda para romper el hilo de la narración? El lado no interesa, talvez importa el coraje de hacerlo.

Esas son las cosas que he aprendido con Bugs Bunny.

Un comentario en “El teorema Bugs Bunny

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