¿No es una pena?

Crítica cinematográfica

imagen tomada de larepublica.ec

Martin Scorsese quizás podría replantearse el oficio del cine desde el documental o quizás en este punto de su carrera no le interesa para nada la calidad de lo que hace. Pero él lo intenta y prefiere enfocarse en figuras reconocidas para que el riesgo sea menor. Así, lo poco que se muestra puede ser suficiente. Y no es que muestra poco Scorsese, sino que en el camino (y tal como pasó con el trabajo de Bob Dylan) lo que vemos no es nada del otro mundo, a nivel de contenido. Su “George Harrison: Living in the material world”, ofrece pocos chispazos y salvo contadas excepciones, todo lo que ahí cuenta se puede encontrar en wikipedia.

Quizás la aproximación a un documental/biopic sea distinta, desde luego, pero cuando no existe una claridad en el tratamiento que se quiere dar, ¿qué queda en el camino? Lanzar para distintos sitios las capacidades narrativas de un trabajo que se quiere encargar, como premisa, de hablar de un hombre importante con una búsqueda implacable de algo más en su vida. Pero eso no queda muy claro. Es como si no se tomara en cuenta esa búsqueda y todo se diluyera en incisos y en tomas que cuentan una historia, pero no anclan. En pocas palabras: ¿Por qué Scorsese divaga tanto y no es directo cuando se trata de un tipo tan complejo y hermoso como Harrison? Falta la maestría de la ficción, sin duda.

Salvo por los últimos treinta minutos de estas casi tres horas y media de documental, dividido en dos partes, todo lo que vemos en pantalla es un recuento de vida que se diferencia muy poco de los trabajos de History Channel: hay un compendio de imágenes que nos dan un recorrido, pero sin una locución que nos remita al porqué de ese camino que se ha trazado. Simplemente estamos ante la arbitraria selección de imágenes que nos quieren demarcar algo que solo los que conocemos de Harrison, los fanáticos, podemos intuir. Scorsese da por sentado mucho y asume que todos los momentos impactantes de la vida de George son parte fundamental de la memoria de quienes ven su trabajo. Quizás sea así, pero el discurso se vuelve etéreo y sin forma. Esto no sería un problema de no ser por el ritmo. Ya al final, cuando estamos acostumbrados al sistema que tiene para contarnos las cosas (paréntesis en la historia, signados por su música, fotografías y videos que no se han visto mucho), sin definir años, ni situaciones, nos enfrentamos solo a los comentarios de la gente que fue testigo de esos instantes que se construyen al andar, y ahí algo tiene sentido: cuando estamos a punto de afrontar la muerte del personaje principal de la historia, la forma se sostiene. Antes no.

imagen tomada de libertasfilmmagazine.com

Ese es un problema, desde luego. La dificultad está en no comprender que es mucho más interesante generar un sentido claro alrededor de la historia, que el solo recuento de datos. Scorsese le da muchísimo espacio a la historia de Los Beatles para contar sobre Harrison, no lo hace bien. Entra, sale, abre y cierra, sin prolijidad. Sí, es la etapa importante, pero el documental decide no explotar el proceso de crecimiento de George con contundencia, pues en algún punto el más jóvenes de Los Beatles es quien decide buscar algo más, el espiritual, el que mueve a los otros miembros de la banda a interesarse por algo más allá de la fama y el dinero. Va de un lado al otro, lo vemos, pero es un puerto al pasar, no es el muelle en el que nos debemos quedar. Y extrañamente eso se convierte en el destino: Harrison muere con la conciencia de que ha dejado todo cerrado y que no hay nada más que hacer. Todo lo había hecho. Ese es el momento más intenso del documental. Olivia Harrison cuenta lo que pasa durante la muerte de George. Es directa: “Digamos que si querías filmar en ese cuarto, no necesitabas iluminación”. Sí, Harrison murió e iluminó la habitación.

Esta forma errática de contar algo tiene grandes instantes, ligados a los comentarios de los entrevistados (incluyendo Jane Birkin, Patty Boyd, Eric Clapton, Terry Gilliam, Phil Spector, Paul McCartney y Ringo Starr, entre otros) y al trabajo de investigación que arrojó fotografías y videos que muy pocas veces se han visto, como aquel de Los Beatles tocando en Hamburgo. O esas imágenes caseras que se convierten en tesoros: como el backstage de la estrella, de los genios (los segundos de la banda esperando el inicio de la rueda de prensa de lanzamiento del Sgt Peppers impresionan). De esta manera, el tipo que buscaba claridad, que quería algo más, se equivocaba, hacía y decía cosas innecesarias. Era un ser humanoo más, bien dibujado en la última media hora de la película. Así tenemos el consumo de sustancias de George, su afición por las mujeres (Olivia habla sobre la clásica pregunta que les hacían: “¿Cómo hacen para tener un matrimonio tan largo? Sencillo: no te divorcies”.), su sentido del humor bizarro, el temor de la muerte sin tener todo bajo control, la dureza de crianza con el hijo y la comprensión de que lo que está no deja de estar. Todo, eso sí, insinuado.

El único real elemento que consigue capturar Scorsese es el humor de Harrison y así nos quedan frases como aquella que le dijo a los empleados de su casa cuando tenían solo una semana trabajando ahí y sucedió el famoso ataque a él y a su esposa, en 1999, donde fue apuñalado: “¿Cómo va el trabajo hasta ahora?”. O como cuando se enteró que Roy Orbison había muerto y llamó a Tom Petty para hablar de eso, en plena época de los Travelling Wilburys: “¿No te pone feliz no haber sido tú?”. O ya en su agonía, cuando su amigo Ringo (que lo cuenta con lágrimas) al despedise le dijo que tenía que viajar a Boston a ver a su hija y Harrison le replicó de inmediato: “¿Quieres que vaya contigo’”. El sentido del humor de George era bizarro, parte importante de quien era.

Al final sí queda la sensación de ciclo cerrado, más que nada porque es inevitable, porque así fue. El George padre de familia estricto, con problemas con su hijo, quien a sus 15 años salió de una dificultad con las autoridades cuando el padre enojón se acercó a los agentes y les dijo: “Fuck off”, con lo cual se rompió la distancia entre ambos (“No le digas a tu madre lo que te pasó”, como frase clásica en esas circunstancias). El marido preocupado por no haber cumplido bien su rol, y que fue capaz de preguntárselo a la mujer. El tipo que se moría y que al contárselo a los más cercanos buscaba las frases menos fuertes para que no les doliera tanto. El tipo que se quiso ir sin no tener nada que lo ate, ni sin hacer. El hombre que trabajó en su jardín día y noche. El guitarrista dotado. Harrison.

imagen tomada de http://moviecarpet.com

Los fanáticos deben ver este documental, pero es una pena que no haya tenido la brillantez de los últimos minutos en todo el metraje.

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