Daniel Sais: ideas de un músico stereo

(nota publicada hace tres años en la revista Mundo Diners)

imagen tomada de flickr.com

Vive en Guayaquil desde hace cuatro años. Es músico, productor, compositor de bandas sonoras y de música para ballet. Ha escrito algunos libros sobre grabación de sonido, dos en total, y prepara un tercero. Graba jingles y tiene a su control el instituto Sonarte, junto a su mujer, Gabi Ilczyszyn, en el que busca desarrollar las habilidades de jóvenes y niños para hacer rock (”Es como un conservatorio, sólo que en lugar de prácticar con Bach, practicamos con Nirvana”, dice), así como enseñar técnicas en grabación y locución. Pero Daniel Sais es en sí reconocido por su paso de tres años por Soda Stereo, banda que hace poco se reunió para una gira y que lo invitó, en su concierto en Ecuador, a formar parte de su alineación en su instrumento de siempre: los teclados.

“Todo fue cosa de amigos, no fue una nada profesional. Almorzamos juntos y se concretó. En un momento nos habíamos ido con Zeta (Bosio, bajista) a la mesa de al lado a conversar y Gustavo (Cerati guitarrista y cantante) se dio la vuelta y me dijo: “Dani, ¿Prófugos?” y movió los dedos como si estuviera tocando el teclado y yo dije. “Encantado”. Chau, eso fue todo. Dos palabras de él y una mía”, cuenta Daniel sobre su participación en el show que el grupo argentino dio en el Estadio Alberto Spencer, a fines de octubre pasado. Para él, una celebración no sólo de la amistad, sino de su permanencia en el país: “Todo el mundo reaccionó de la misma manera, bien guayaca, ¡Ve ‘se hijueputa!”. Daniel Sais se siente en casa en Guayaquil.

imagen tomada de sodastereoecuador.blogspot.com

Parte de la historia
Músico profesional desde los 18 años (4 años antes ya daba vueltas por estudios de grabación y hacía de todo, desde observar, hasta ser ‘tiracables’), es uno de los pocos que ha tocado con el agua y el aceite: participó en el clásico disco “Oktubre” de los Redonditos de Ricota y luego fue tecladista de Soda Stereo; que es como jugar para River y luego para Boca. Sais también ha trabajado con muchos músicos reconocidos de su país: Virus, Serú Girán (el sueño del pibe, uno de sus grupos favoritos), David Lebón, La Torre, Silvina Garré, Javier Calamaro, María Rosa Yorio, entre otros.

La experiencia acumulada lo lleva a analizar lo que sucede en el mundo de la música del Ecuador, donde se ve ya un movimiento de bandas del cuál él forma parte, ya sea grabando, haciendo sonido en vivo o promoviendo agrupaciones y artistas. “La gente siempre tiene miedo y más si ves cómo es la industria… y bueno, esa es una palabra que no calza acá, porque industria de la música definitivamente no existe… Aunque ya se están haciendo cosas interesantes”, pronuncia antes de hablar de la necesidad de renovarse.

“Somos un país de 13, 14, 15 millones de habitantes… ¿Por qué tenemos sólo 3 artistas reconocidos en el pop? ¿Por qué sólo Mirella (Cessa), Fausto (Miño) y Betancourt? Deberían haber 10 más”, sentencia. Sabe que el problema es el desnivel que existe y lo que significa ser un artista en el país, de la mano de cierta independencia. “Ser independiente hace que demores más, porque vas meta por meta… no puedes enfrentarte a las disqueras grandes de otros lugares que, por ejemplo, cuando quieren lanzar un disco de Belinda, ¡la ves hasta en la sopa! Creo que las disqueras deberían convertirse en representantes de artistas. Antes sus negocios eran vender discos, pero el negocio se acabó, especialmente en Latinoamérica…”.

¿Es difícil eso? Afirma que no, quizás la diferencia está en que esos caminos recién empiezan a transitarse por Ecuador. “Los artistas llegan con mucha ilusión y sabiendo que tienen un billetito para gastarlo, pero van con temor porque piensan que invertir en música acá es muy riesgoso porque recuperarlo es complicadísimo. No creo que recuperar la plata en Ecuador sea más complicado que recuperarla en otro país. Lo que pasa es que en otro país, hablo de Colombia, México, Chile, Argentina, tienen más costumbre y más historia de la industria de la música. Entonces hay carriles que uno sabe cómo se recorren. Ya sabes dónde debes recurrir para hacer prensa, para manejar un show… las cosas ya funcionan… Acá vas con el machete abriendo el camino porque no se sabe cómo hacer la cosa”.

imagen tomada de zonadepromesasweb.com.ar

La música que suena por ahí
Babi camina entre los pies de Daniel. Él la toma y la carga, la acaricia. Esa pequeña french poodle se mantiene quieta mientras su dueño/papá se centra en el contenido de la música, en esa razón por la cuál parece que ya no hay novedad, como si se hubiera acabado hace 10 años. “¿Se te ocurre algo que haya sido grabado desde mediados de los 90 que perdure en la historia? A mí me un poco de vergüenza decir esto porque pueden pensar que soy un viejo nostálgico. Pero me he sentado con la mejor de las voluntades para ver si encuentro algo que me haga decir, ¡qué bestia este tipo y con tres acordes!, yo que sé. Busco una canción que pudiera perdurar en la historia de la música como ‘Hey Jude’…” .

¿Cuál es el problema? ¿Por qué no la misma contundencia? Sais ensaya una respuesta: “El problema es la satisfacción instantánea. ‘Quiero hacer una canción, le meto un programita a mi computadora, le pongo tres loops y ya está. ¡Next!’. Eso nos hace mal. Antes, para cuando vos tenías la oportunidad de entrar a un estudio ya había pasado mucho: había que tener mucha plata y que la disquera te diera luz verde para hacerlo, por ejemplo”.

El empeño está mal dirigido, dice. “Los artistas, que se han preocupado tanto por sonar bien, que las canciones son cada vez peores. La mayoría de bandas que llegan a grabar por lo general no buscan. ‘¿Qué acorde es? Sol, bueno listo, tru, tru, ya está’. No hay un ¿por qué no buscamos por acá? ¿Hacemos algo distinto a todo lo demás de alguna manera?…Es muy fácil creer que ‘yo también puedo’. Esa soberbia aparece. Hay una especie de conformismo, de mirada cortoplazista…”.

En plena conversación llega el tema de la tecnología, que ha determinado mucho de esta situación a la que Sais se refiere, porque ahora la grabación musical está a disposición de todos: “La cantidad de información que tenemos hoy es indigerible. Es tanta que se convierte en inútil. Es demasiada (…) Esa costumbre de que llegue la noche y agarrar el libro y leer se ha perdido, cada vez es menos. Y ni hablar de los chicos, no leen nada…”.

Daniel tiene varias páginas web en las que muestra e informa sobre su trabajo. Una con su nombre y otra sobre su instituto y proyecto. Recibe cientos de mails cada mes y en ellos se enfrenta a esa dinámica de lo inmediato, de la tecnología que puede desesperar: “¡Qué bestia! ¡Es horroroso lo que escriben! Y no te digo que es solo de acá. En mi página tengo registradas cerca de 3000 personas y me escriben cosas, consultas, mensajes de toda Latinoamérica y España. Cualquier país que se te ocurra, si el chico tiene menos de 25 años, está mal escrita. ‘Esto me parece vien”’y tú piensas ¿me está cargando? Viste que ahora es como ‘cool’… ‘Ah, yo soy remoderno, escribo todo con las letras cambiadas’. No me parece que fuera muy importante si fuese así, pero si es una demostración de la poca cultura que tienen, entonces sí es importante notarlo”.

Luego ríe. Intenta suavizar el comentario, pero se permite otras frases que hacen referencias a la realidad política sudamericana: “Tampoco nos fue mejor con los tipos que estudiaron en Harvard. Nos fue como el demonio. Si estamos como estamos por tipos educados maravillosamente, con padres que les pegaban cinturonazos cuando se sentaban a comer, no sé si vamos a estar mejor en 20 años con estos pibes…”.

La gerontocracia del rock
Daniel estalla cuando empieza a hablar de un tema que le preocupa, que quizás le aterra y que también tiene que ver con la juventud y esas paradojas que encuentra. Es la ‘gerontocracia del rock’, fenómeno que asegura se está dando y que define como el hecho de que los artistas que mueven a los jóvenes en el género que él cultiva estén ya rondando los 50 años (edad a la que Gustavo Cerati, Charly Alberti y Zeta Bosio se están acercando, por ejemplo).

“Estoy jorobando con esto, pero me parece imposible culturalmente que los ídolos del rock latino tengamos 50 años. ¡El rock es la música de los jóvenes! ¿Cómo los ídolos van a tener 50 años?… ¡No puede ser! ¡Le cantan a pibes de 18 y no vivimos la realidad de ellos… ¡Son nuestros hijos!”, asegura al mismo tiempo que repara en la nostalgia, sobre todo en esa que afecta a los músicos, que no pueden dejar de tocar los temas de décadas atrás.

“Eso no le pasa a un pintor. Nadie le dice “pintáme de vuelta el mismo cuadro que pintaste hace 20 años”. O un escritor no le vas a decir: “¡Qué lindo tu último libro! ¿Por qué no me escribís el libro que escribiste hace 20 años?”. Ningún cineasta filma de vuelta la misma película. Los músicos deben seguir tocando la misma canción de hace 20 años como si lo representara, y no lo representa más. Es feo. Me lo imagino a Cerati pensando, ¿será que nunca voy a lograr superar esto?”.

Por eso habla de la diferencia entre el artista y el tipo que entretiene. El artista, aquel que no viene a entretener a nadie, te va a mostrar lo que está produciendo en ese momento y listo. “Si tenés ganas de entretenerte andá al cine o andá a mirar la tele. Cuando vas a ver a un artista ves lo que viene a mostrarte”. El problema, según él, radica en la idealización, que lo lleva a recordar una máxima de su país natal: “ En Argentina dicen que ‘Gardel canta cada día mejor’, pero está muerto y es imposible luchar contra un fantasma. Es como hacer pareja con un viudo o una viuda, nunca vas a estar a la altura del finadito. Está idealizado”.

Daniel Sais cierra la conversación, reflexiona y sintetiza. Nostalgia, conformismo y mirada cortoplazista, para este padre de tres hijos (Cristopher, de 18 años, Macarena, de 13 y Milagros, de 8 ) esas perspectivas deben ser acabadas, porque quizás no conduzcan a nada bueno: “Hay que pensar a largo plazo aquí y en todos lados. Si no tenés ideales a los 18, ¿cuándo los vas a tener? ¿A la vejez?… Hay una dosmeticación de la juventud que me parece muy nociva. Incluso ellos mismo se autodomestican y se unen a paquetes prearmados, combos… Fijáte cómo la universidad que siempre fue el semillero político de los pueblos está cada vez menos politizada. Y le preguntás a los chicos cuál es su ideal de vida y los tipos quieren hacer el mismo laburo que el padre, para no tener que pensar en hacer otra cosa, y su ideal es tener una 4 x 4 y dos empleadas que le cuiden a los pibes. Se les acabaron los sueños y eso es dañino”.

UPDATE: Ahora el número de hijos ha aumentado y tenemos ya a Facundo entre nosotros.

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