El pasado

artículos, Opinión, Reflexiones literarias

 “Cuando el mundo tira para abajo es mejor no estar atado a nada”

Charly García

Obra de Marta Moreu, titulada “Levedad”, tomada de http://www.martamoreu.com

El tiempo se abre como un todo. El Aleph funciona como posibilidad de física cuántica. Un ahora mucho más firme e interesante, que no ve en lo de atrás un modelo a seguir o de rechazo, sino una condición de presente y de futuro en un solo momento. El pasado es una forma de ver las cosas. Es una línea y quizás el ejercicio mental necesario sea desdibujar esa línea. Porque mucho se ha dicho de que repetimos los mismos errores y las faltas ridículas de siempre porque no ejercemos una mirada crítica al pasado. Freud Fields Forever. El ejercicio para mí es distinto. Es light y abraza. Porque siempre vemos atrás, buscamos en lo que pasó la respuesta, la justificación y razón. Y nada resulta de eso, más que una profunda y pesada conciencia de vacío; algo que duele y que se suele convertir en motivo de diatribas, porque el dolor es condena de mundo. No, el pasado es un vehículo presente. Todos los tiempos en todo porque estamos vibrando en varias circunstancias. Pura mierda new age. Pura certeza de fotones.

Buscamos regresar a un tiempo de paz que aparentemente existió antes. O queremos cambiar las sentencias que nos condenaron, pensando que presente y/o futuro es negación de pasado. Ni bueno, ni malo, simple condición constante e innegable.

Mis primeros recuerdos son del barrio La Chala, suroeste de Guayaquil. Técnicamente se asienta sobre uno de los ramales del Estero Salado y, por eso, cuando llega/llegaba/llegará un invierno fuerte, todos en la zona se jodían y las inundaciones eran parte fundamental de nuestra existencia. El agua rodaba por las gradas, que separaban la entrada de la casa del piso de la sala. Un desnivel común que suele convertirse en criminal en la ciudad que nací, porque vivir sobre terreno pantanoso, ganado al manglar, es un juego de azar. En todo caso, el agua entraba a gran velocidad y los adultos de la casa trataban de evitar que la catarata llenara la habitación. En una ocasión, los pequeños fuimos colocados dentro de una cuna larga en la que mi hermana, muy pequeña, solía descansar. Ella, mi prima y yo; los tres, saltando y observando cómo la lucha se volvía gigante. La furia de titanes frente a nuestros ojos y lo que nos parecía mejor era contemplar cómo padres, tíos y abuelos querían detener lo inevitable. Nos movimos mucho y la cuna perdió estabilidad. Caimos de cabeza al suelo, cubierto de agua. Lloramos, rieron, nos levantaron y reímos. Estábamos empapados, sonreídos, felices y asustados. Tiempo después salimos de La Chala y fuimos a otro barrio, al norte.

Salto temporal. Era un poco más grande cuando iba al taller de mi abuelo carpintero, en el patio trasero de la casa en La FAE. Aprendí mucho ahí. Armé espadas, clavé clavos, serruché trozos largos de madera, jugué, y mucho. Podía ser un pirata o meterme en una de las repisas que él hacía y simular que estaba dentro de una nave espacial. Era solo un tema de imaginar el universo y llevarlo a cabo manualmente. Fue el mejor aprendizaje de entonces. Me sirve. Es parte de mí. Mi conciencia sobre el trabajo del creador tiene que ver mucho con la labor del carpintero. El libro llegaría luego. Antes es lo mismo de Ahora. Para mí el pasado no es más que otra manifestación de lo que soy y hago. Es una constante. El pasado no está, el pasado es.

Todo esto me sirve porque quiero buscarle una explicación al jaleo que se ha armado alrededor del texto “El manto de la invisibilidad”, que leí en la última edición de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Parto de esa precisión, porque creo que asumirlo como “ensayo” es el primer error de una serie de errores en un texto que no es más que un punto de vista, que jamás buscaría convencer a nadie de nada. Le tengo mucho cariño a este texto, mucho. Porque no asume nada y se equivoca genuinamente al reflejar una mirada, una lectura y una celebración. ¿Qué he intentado establecer una radiografía generacional? Sí, claro. Hay maneras y maneras y desde ya no solo que reconozco que es infructuoso hacerlo; sino que equivocarse en ese camino no es nada del otro mundo, salvo una oportunidad más para hablar en el reino de las múltilples posibilidades.
¿Deberé aclarar algo? Sí, desde luego. No como defensa de nada, sino como acto de justicia en el imperio de las razones, que por alguna extraña conjugación cósmica se confunde con “tener la razón”. Yo parto del hecho de que nada de “El manto de la invisibilidad” es LA VERDAD. Es solo una versión de la realidad. Es mi versión. Y en ella, el pasado no importa como construcción histórica, porque a mí no me interesa el pasado como construcción histórica. El pasado de la literatura ecuatoriana que me interesa es aquel que no deja de estar presente en el “Ahora”. Condiciones culturales y económicas que nos convierten en lo que somos. Parto de la ausencia porque existe, porque considero que somos parte de esa dinámica, presente todavía. Y aún sostengo que en esas condiciones lo único que queda es escribir y hacer literatura sin llorar sobre la leche derramada.

Creo, también, que la literatura no es un asunto de razones.

Y estoy convencido de que no se trata de negar el pasado. Perder interés en el pasado construido no es igual a negarlo. Desinterés no es igual a negación. La operación matemática es sencilla.

El pasado simplemente ES.

Llega a niveles tan profundos y oscuros que tratar de reflexionar sobre él complica la vida y la existencia de muchos. El pasado debe ser reconocido, por alguna razón que no entiendo, como un espacio de respeto y no como un instante más con sus características propias. Entiendo que eso pueda considerarse irresponsable, quizás lo disfruto. “El manto de la invisibilidad” no niega la tradición, la deja a un lado; así como deja de lado a una serie de autores que a mí no me dicen nada de manera directa, y que se publican fuera del país, ejercen imagen y se yerguen como símbolos jerárquicos de cierto imaginario nacional. No fueron parte de MI PASADO y no tienen realmente ninguna importancia en las lecturas que pueda hacer sobre lo que se convierte o no en literatura. La literatura no es un tema de nacionalidades para mí.

En “El manto…” no he sido lo suficientemente claro al definir esa distancia. Quizás ahora trataré de enmendar esto, porque en el fondo creo que lo que me pasa es estético y eso no tiene ningún tipo de drama de por medio. No me interesan figuras que aparecen como importantes por el simple hecho de ser importantes. ¿Eso es un problema? No, es una característica. Se afirmó que con mis precisiones no me la juego, porque no pongo ejemplos o especifico casos. Lo intento ahora como un ejercicio de diálogo, nada más: ¿Qué puedo encontrar en la obra de autores como Abdón Ubidia, Javier Vásconez, Raúl Vallejo, Jorge Dávila Vásquez, Jorge Velasco Mackenzie o Jorge Enrique Adoum? Muchas cosas, desde luego. Puntos para tomar en cuenta y disfrutarlos, y consideraciones que me obligan a entender que a mí (y quizás a muchos) la literatura que surge de ellos no me dice nada. ¿Por qué? Porque hay un tema de lenguaje y de ideas que no significan algo para mí. ¿Es eso malo? No. ¿Eso los vuelve malos? No, en lo absoluto. A lo que voy es que al leer la prosa de estos escritores, al disfrutar algunos momentos y al encontrar pasajes irregulares en otros, se empieza a configurar el gusto y el placer. Para mí todo es un “Ahora” en el que importan otras búsquedas de lenguajes y sentidos para la palabra. Me parece que contar una historia en este mundo fragmentado te exige comprender mecanismos que se han establecido como condiciones de lectura. De los autores señalados (incluyendo a Vallejo con su “Acoso textual”, novela en la que incluso la excusa de la tecnología sabe a antaño) no existe ninguno que me ofrezca una comprensión contemporánea alrededor de métodos o formas para contar una historia. E, inclusive, en algunos párrafos encuentro descripciones escuetas, como si las palabras no pudieran dar más a nivel narrativo, ni darle espacio a la imaginación como campo fértil para la ficción. Javier Vásconez describe pobremente un ataque epiléptico en su novela “La piel del miedo” (finalista de este último Rómulo Gallegos): “Algunos pensamientos se atropellaron en mi cabeza y los objetos se alejaron hacia el extremo de la habitación, y me deslicé a ciegas por el túnel hasta caer fulminado, mordiéndome la lengua con el sabor dulce de la sangre”. Este párrafo está plagado de aproximaciones básicas que terminan por desgastar la narrativa literaria. Algo que no sucede en otros formatos, como se ilustra en el filme “El aura”, donde su guionista y director (el fallecido Fabian Bielinski) consigue describir un ataque epiléptico con tal maestría que sin buscarlo consigue elevar el lenguaje y las sensaciones del espectador.

No se trata de negar el pasado, ni de pensar que quienes nacieron hace 80, 60 ó 40 años no valen la pena. Diego Cornejo Menacho hace con “Las segundas criaturas” una novela en la que desentraña lo que es la escritura y juega a la mentira de la ficción alrededor de lo que es ser escritor en Ecuador. Y en ese camino mira hacia atrás como un acto contemporáneo de reflexión. “Las segundas criaturas” es una de las novelas más importantes que se han hecho por acá. Miguel Donoso Pareja acaba de cumplir 80 años y es de esos narradores que ha jugado de tal manera con las formas estáticas de lo literario que a veces es difícil leerlo con cierta calma, porque no es sencillo, es muy fragmentado. Esa posibilidad de su obra me encanta. Sus últimos libros lo reflejan muy bien y, desde mi perspectiva, es quizás el único autor ecuatoriano (con residencia en Ecuador) que se mantiene en actividad siendo consecuente como individuo creador y con el tiempo que está viviendo. Leonardo Valencia lleva con altura uno de los pocos proyectos interesantes acerca de los caminos de la creación con su serie de novelas (enfrentadas al concepto de “libros de pequeño formato”) que irá publicando en estos años. Por lo pronto ya se puede leer “Kazbek” y sé que la novela dos está lista. Y si no han leído a Juan Andrade Heymann, esa clara conciencia de lo que debe ser un escritor y cómo debe actuar en un momento político preciso, no saben nada y no quieren saber nada.

Repito, no se trata de negar el pasado, ni de renegar de sistemas de representación. Lo único que sostengo es que todo eso es parte de cada uno de nosotros y antes que buscar las causas principales en lo que hubo en nuestros primeros años, es mejor reconocer qué hay dentro. No como arqueología, sino como sano cuestionamiento diario y personal. Lo demás es absurdo. Estamos tan envilecidos buscando las razones evolutivas que hicieron que el ser humano tenga dos brazos y no tratamos de comprender qué podemos hacer en sí con esas dos extremidades. Nos interesa lo accesorio.

imagen tomada de letercermonde.com

Y lo peor de esto es que las contingencias políticas y de poder llegan de golpe a buscar discusiones en estos temas, porque en aparencia son ineludibles. No, no lo son. Escribimos a pesar de todo esto. Y quizás mi error al no ser lo suficientemente claro en ese texto que leí en Buenos Aires —y que repito, NO ES ENSAYO (el desliz de presentarlo así en HermanoCerdo es algo de lo que me hago responsable sin problema)— es que la lista de autores que coloco no tiene que ver con una precisión generacional de calidad. Esa lista funciona como evidencia de la gente que escribe ahora, que lo hace venciendo todo ese vacío que desde un Olimpo contemporáneo se quiere considerar como falso, cuando simplemente ES. ¿Postura romántica la mía? Desde luego, porque la literatura tiene esa característica para mí. Es tan fácil esbozar un rostro de novedad y comprender a eso como un acto de destruir el pasado. Es tan sencillo y burdo hacerlo de esa manera. Es tan fácil leer lo que no existe en un texto porque construimos estructuras mentales como certezas, gracias a las ideas que penetran el cerebro y asumimos como el único horizonte posible. Hasta ahora, toda la polémica que se ha suscitado con “El manto…” se reduce a una lectura basada en la necesidad de darle brillo a un pasado extraño. ¿Una lista de nombres, títulos, autores “consagrados”, antologías presentadas en otros países, encuentros literarios y ferias son necesarias para configurar al Ecuador como territorio de literatura? Esa manera de verlo ha sido explotada hasta el cansancio por muchas personas. No niego ese camino. Hoy creo que hay que perder el interés en crear un canon o mirada única y oficial y solo escribir.

El texto de Francisco X. Estrella, publicado en HermanoCerdo, y lo que hoy ha aparecido en diario El Telégrafo intentan generar una discusión. No sé de qué. Los dejo ahí, pues entrar en juegos dialécticos donde la contraparte asume las cosas que cree como las únicas certezas posibles no es algo que me llama la atención. Prefiero el juego del error, equivocarme, caer, mojarme, no renegar, llorar y reír al mismo tiempo. Ser uno de esos “payasos tristes”, como construcción real; como resultado de un tiempo que me antecedió y que es parte de mí ahora. No lloro sobre lo que fue y no es; río sobre lo que es y lo disfruto. Importa el “Ahora” y comprendo las fallas que se pueden producir. Mis ideas sobre la literatura no están clavadas como la espada en la piedra. Son tránsitos, prefiero eso. Y, sobre todo, no son verdad. Ese “manto de la invisibilidad” es un hecho que nos convierte en esto que somos, y no me quejo de eso. Lo celebro.

Celebro la sentencia de lo light, pues me distancia de esa otra lectura que Estrella presenta (y que tiene eco en el diario El Telégrafo que, extrañamente, busca que se genere una discusión “seria” sobre el tema y utiliza uno de mis tuits, descontextualizándolo y dotándolo de una carga completamente distinta, reduciendo esto al clásico ejemplo de revuelo mediático absurdo y que no aporta nada). Si en el texto de Estrella está la postura profunda, lo que tiene sustento, lo que está enraizado en lo que ha pasado en el país; disfruto y prefiero estar en el otro extremo, porque para mí esa ligereza es la que me hace entender que aquel vacío de nombres y de una literatura fuerte como país (que salga de los límites de un imaginario creado por los mismos escritores y sus acólitos) es una de las condiciones más ricas y poderosas que hay. Prefiero ser light, para no estar saturado. Escojo ser light para no ser oscuro. Ser light me permite librarme de grilletes y cadenas mentales que insisten en impedir el despegue. Quedarse sin lastre es quizás el camino más congruente que encuentro ahora. Me encanta la perspectiva, porque no niego la otra, la contraria; la leo, la percibo, la entiendo y le otorgo la importancia suficiente como para saber que esto es algo que no vale la pena discutir más. Para mí, ese pasado que se mantiene es el que no tiene figuras que trasciendan los límites de una élite literaria local y autocomplaciente para sus creadores. Y eso no es más que una condición de país; ni buena, ni mala. Es.

En definitiva, uno debe escoger en qué lecturas vale la pena detenerse con atención, para atesorarlas y agradecerlas. Yo no estoy diciendo ninguna verdad aquí y en “El manto…”, solo expongo mi opinión. Definir una “verdad” no es algo que me atraiga. Insisto, prefiero mil veces el error como mecanismo de vida, de ficción. Voto por la imaginación como punto de partida. Insisto en la construcción manual y no histórica de una obra. Quienes quieran crear el canon del país, tienen el espacio listo y libre para eso. No es mi camino y no me detendré nuevamente a precisar cosas sobre su trabajo. Para mí, la literatura ecuatoriana es tan importante como la rusa, la chilena o la danesa: cuando hay buenas obras, todo lo demás está de más.

7 comentarios en “El pasado

  1. Ya leí el artículo de Estrella y me ha resultado gracioso que señale como “elegante” una de las características que debería tener ese gran narrador ecuatoriano que todos esperan. Ese mesías de la Literatura que nos mitigará de todos los dolores pasados, el boom, el postboom y chorradas por el estilo. Creo, con la autoridad que los años en esta profesión que ya es hora de dejar de tratar como mensos a las nuevas camadas de escritores y como chochos a los viejos. Es lo que tenemos!!! Si Andrade o Mayorla le parecen malos, si los Ubididas o los Perez Torres no son suficientes…entonces ¿qué es suficiente? ¿Nada porque nada está a la altura de las expectativas personales? No hay Titates, ( espero que la última frase de estrella haya sido una ironía) solo humanos, pequeños y mediocres humanos que hacen literatura como mejor pueden ¿Es eso tan terrible?

  2. Eduardo empiezo por decirte que celebro el debate y tu ensayo, como queda registrado en el texto que publiqué en El Telégrafo y que ahora abajo lo reproduzco íntegramente. A la vez lamento tu reacción, por dos motivos. Si no valorara tu propuesta, no daría espacio en un diario (como ningún otro te ha dado hasta ahora, porque me pregunto si la prensa independiente y hasta cultural que tu valoras te habría dato casi una página para exponer, en resumen, tu ponencia). Segundo, a mi como periodista y aspirante a escritor me interesan las ideas y no las polémicas per se.
    Y tu reacción a lo publicado en el diario público ha sido hepática hasta ahora. No leo, particularmente en tus twits, un solo reconocimiento a la publicación aunque sea para promover el debate, independientemente de lo que Estrella o yo podamos pensar. Esa es la labor de la prensa pública y seguirá así ahora cuando ya salga el Suplemento Cultural. O sea: proponiendo y estimulando debates, que no están en la prensa libre e independiente que sólo busca bichos en la Revolución Ciudadana.
    Y si crees que el debate de ideas no interesa, porque sólo cuenta lo que vos piensas y quienes coinciden contigo, ¿de qué pensamiento estamos hablando?
    Celebro que hayas respondido a Estrella, a El Telégrafo no hacía falta, pues cumplimos con poner lo que escribieron ustedes dos. Y si te molestó citar uno de tus twits y a partir de eso revelar tu molestia, creo que lo más sano es leer íntegramente lo escrito, no como ‘crítica literaria’, como queda registrado en la web, sino como La crítica literaria, como está en la edición impresa que te invito a leerla, pues todavía el soporte de papel adquiere otros sentidos que lo digital.
    Por eso transcribo lo publicado para que quede constancia, en su integridad, el texto y no sólo la interpretación que hiciste:

    El territorio fértil del debate se amplía

    Orlando Pérez
    Subdirector

    La carencia de debate vuelve estéril el pensamiento y somete a la cultura a una reproducción extrema de la agenda mediática farandulera. Y por suerte, en las redes sociales y en las web especializadas esto no ocurre, lástima que no siempre se traslade a la esfera pública.

    Por eso es positivo y provechoso que el escritor y periodista Eduardo Varas provoque la reflexión sobre el ‘estado de la literatura ecuatoriana’, para llamarlo del modo más eufemístico, con su ensayo El manto de la invisibilidad. Él es uno de los asiduos usarios de las redes sociales, donde el jueves pasado puso: “Me dicen ‘eres mi escritor favorito’ y no pienso en nada, lo dudo, te creo y lo celebro…”

    La respuesta al ensayo desde un escritor contemporáneo de Varas, como Francisco X. Estrella, también gratifica para un debate de hondura y seguimiento. El suyo se titula Una jugada light.

    Los dos escritores son de una generación que empieza a producir y a expresar, con sus estéticas e ideas, lo que el Ecuador vive desde la narrativa y el ensayo para comprender cómo estamos y hacia dónde vamos.

    De hecho, la ausencia de escenarios y soportes para el debate y la reflexión puede provocar que algunas de las tesis de los dos autores ‘huelan’ a reciclajes ocurridos con cada generación. Por ejemplo, en el encuentro de escritores de Ambato, en 1997, organizado por editorial Eskeletra, Peky Andino señaló y abordó críticamente ya los rasgos del ‘parricidio’ de su generación con respecto de los escritores de ese momento, reconocidos o no, pero que hacían parte de la producción editorial del momento.

    La diferencia, ahora, es que las ‘nuevas plumas’ ya no requieren necesariamente de las editoriales para exhibirse publicando sus obras. Las nuevas tecnologías y, en particular, Internet, permiten (no siempre provechosamente) la divulgación y difusión de los trabajos de toda clase de autores, independientemente de los editores.

    La literatura siempre será un terreno para la polémica: partiendo de la ficción aterriza en el terreno de la realidad para discutir las ideas que ella produce y propone, aunque no sea ‘real’ ni tampoco modifique, al parecer, esa realidad.

    Al menos contamos ahora con posiciones, legítimas y polémicas, para una indagación más intensa de lo que verdaderamente ocurre con la narrativa ecuatoriana.

    Sin desconocer que con este debate se pueden abrir otros, vale la pena señalar que no es todo lo que se discute y menos lo único que se publica.

    Hay un reconocimiento a la validez del debate y a la existencia de ideas potentes alrededor de un tema poco abordado por los medios de prensa tradicional: la literatura como parte de la construcción de una identidad y una expresión estéticas para un siglo que empieza a mostrar sus rasgos y huellas.

  3. Me contaron una anécdota hace tiempo. Un amigo fue a un taller de literatura en Quito con “Los Detectives Salvajes” de Bolaño bajo el brazo y el escritor que dirigía el taller lo regañó porque un aspirante a escritor ecuatoriano no debía estar leyendo a un “extranjero” sino algún un libro escrito por un ecuatoriano. Totalmente absurdo querer imponer un referente.
    Para mí, solo existe la LITERATURA a secas y con mayúscula. Y no tiene nacionalidad, acaso idioma. Lo que importa es que un texto nos conmueva, nos cuestione, nos estremezca. Lo demás es pura clasificación. No le encuentro sentido a un canon ni a la idea que debo apoyar lo que se escribe aquí solo porque es literatura “ecuatoriana”. Y claro que podemos hacer una lista de escritores ecuatorianos pero para qué. Yo he leído excelentes poemas y cuentos escritos por ecuatorianos, pero ninguna buena novela, pero eso, una vez más, es un punto de vista, mi punto de vista. Por ultimo cada uno lee y valora lo que se le antoja de la nacionalidad que sea.

  4. Estimados,

    Una de las innegables ventajas del internet es la facilidad de publicar y encontrar discusiones sobre estos temas. Hace sólo diez años esto no pasaba en nuestro país. Hace falta que alguien publique un artículo en una página como Hermano Cerdo para generar una discusión que, por ineptitud o pereza, antes se evitaba. Bello.

    Cuando me pasaron el artíclo de Varas pensé que, por la aparente radicalidad de su propuesta literaria, me encontraría con un punk que se cagaba en todo -un Johnny Rotten guayaco. Luego empecé a leer su blog y algunas páginas de su novela. Lamento decir que me encontré con una propuesta más bien complaciente. Nada en lo que escribe Varas indica que quiera romper con las formas tradicionales de contar. ¿A qué se debe entonces su aparente desdén por la tradición literaria del país?

    Digo, no es que nuestro ganado sea sagrado. Hasta el más bobo sabe que no tenemos ningún Borges. Pero, para ser rey en esta tierra de ciegos, al menos hace falta ser tuerto.

    No estoy de acuerdo con algunas de las aseveraciones de mi amigo F. Estrella, pero el tipo argumenta lo suyo. No creo que exista la necesidad de escribir literatura sobre el país. Un país como el nuestro muy bien puede vivir sin algo así. Varas tiene todo el derecho del mundo a escribir sobre personajes anodinos que escuchan a los Beatles y viven en Londres. Pero cuando entra al ruedo a argumentar sobre literatura _nacional_ pienso que cae en la responsabilidad de sostener lo que asevera. No es suficiente decir que sus mayores son ineptos -muy bien lo pueden ser-, demuestre cómo y por qué son ineptos. Lanzar sentencias y después negarse a discutirlas es como esconder la mano luego de lanzar el tuit.

    ¿Será que Eduardo se metió en camisa de once… Varas?

    Me gustaría ver una serie interminable de réplicas y contra-réplicas, toma y daca, pero con la actitud de ‘no me interesa discutir’ no vamos a llegar muy lejos, me temo. ¿Para qué escribimos entonces? ¿Para qué comentamos en blogs y otros medios? ¿Para qué escribimos artículos y ensayos si no nos interesa discutir, si preferimos mantenernos complacientes en el Status Quo? Quiero creer que estamos aquí porque sí nos interesa discutir y profundizar. Es algo que le hace falta a un país en que la gente no discute ni argumenta. Nos basta con cabrearnos los unos con los otros y ya no hablarnos. Y después somos bien quejicas, claro.

    No nos quejemos: discutamos.

    Saludos,

    1. Y por esa línea Douglas hay que debatir, no evadir y menos eludir la discusión. La intolerancia tiene mil ropajes y ahora se manifiesta con más nitidez en la web y en las redes sociales. In-tolera quien te niega el derecho a debatir y también quien anula al otro desde la descalificación. Ya hubiese querido Cervantes tener este espacio y esta tecnología para debatir, igual Shakespeare o un Borges, aunque dudo que se someterían a las respuestas fáciles y a los debates etéreos.
      Nuestra (mala palabra) literatura ecuatoriana ya verá cómo se revelan sus dones y virtudes desde lectores y críticos responsables y no por broncas o bullas, menos por puyas y escandalillos.
      Sin hacer mucha bulla hay que leer y leer, como decía Lezama Lima: los clásicos ante todo, pero en Ecuador, donde se publica mucho pero se difunde demasiado lo muy poco, hace falta mucha modestia, los egos que se revientan con la primera crítica e ironía solo revelan que les falta crecer como egos.
      Lo repito: celebro y agradezco que Varas nos haya puesto a debatir sobre estos temas, pero de ahí a intolerar porque no se esté de acuerdo ya pasamos a otro escenario y ese es el más fétido de todos: el silencio

  5. Eduardo Varas ha dejado claro que su opinión frente al pasado literario del Ecuador es personal. Ha asumido lo que a él le gusta es eso, una preferencia que no compromete a nadie más sino a él mismo. Esa es una posición respetable. Cada quien tiene derecho a poseer y expresar preferencias personales. Y nadie tiene derecho a pedir – a exigir inquisitorialmente – explicaciones o justificaciones sobre una preferencia personal.

    Ahora bien, tenemos aquí a Orlando Pérez quien parece desesperado por arrastrar a Varas a un debate, quien en su columna de El Telégrafo – un diario en el que ejerce control – citó a Varas de manera poco ética de modo a presentarlo con un cierto ridículo. Pérez, quien a pretexto de suscitar un intercambio parece especializarse en lanzar insultos soterrados – “egos que se revientan con la primera crítica”.

    Me parece que Varas ha tomado la decisión correcta al no dejarse llevar de una provocación tan clara y tan burda. Hay ocasiones en que el silencio es la mejor, la más sana respuesta.

    Esa respuesta parece particularmente apta cuando se pretende generalizar afirmando que el silencio “es el más fétido” de todos los escenarios, No, señor Pérez. Parece que usted necesita enterarse de que el silencio tiene muchas interpretaciones y significados, entre ellos de ser, como dijo Santiago Ramón y Cajal, “de todas las reacciones posibles ante una injuria, la más hábil y económica.”

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