El pendejo enamorado de la crónica (parte 1)

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imagen tomada de plumamutante.blogspot.com

Simple y llana reflexión. Vale aclarar las cosas de entrada para que no se consideren absurdos, sobre todo en un tema tan rico para discutir y generar precisiones que permitan establecer nuevos caminos. Porque cuestionar la redacción de una crónica es un acto de justicia a uno de los géneros periodísticos (¿?) literarios (¿?) que puede darle espacio a todo, regenerando la experiencia mediática en función de lo creativo, aunque en este punto no sean más que redacciones de ego.

Mucho se ha teorizado sobre la crónica, como para darle sentido a su quehacer. Y que su base está en la interpretación y valoración de su autor sobre el hecho que está narrando. Y ni hablar de la constante alrededor del factor tiempo; ese orden cronológico que regula los acontecimientos  Ni de las distancias poco claras entre la veracidad y la verosimilitud (recuerdo una frase de Manuel Rivas en la que establecía las diferencias: “El periodismo tiene unas exigencias, a las que no está sometida la literatura. Los protagonistas de una noticia deben figurar en el registro civil. En un relato literario, no. Pero, ¿son por ello menos reales Don Quijote o Enma Bovary?”). En el fondo, la crónica es un punto de vista, pero ¿cuál es el que vale la pena?

Las crónicas de importancia siempre han tenido en las revistas su medio (quizás ahora tenemos en las páginas web hay mucho de eso).  No es difícil reconocer que una vez que leemos y somos asiduos a ciertas firmas, esos escritos pueden ser reconocidos sin necesidad de ver el nombre de su autor. Hay una constante, una revelación que casi se vuelve siniestra. Y más allá de la crítica, esto que trato de decir se reduce a comprender que siempre hay cosas que trascienden la firma y en este caso se trata del punto de vista. Es cierto que uno lee lo que siente cercano y disfruta, pero ¿cuánto de esa constante impide que el género se vaya autoregenerando, sin caer en indulgencias y permitiendo que la creatividad abra lo requerido?

Los cambios llegan como una reacción. No es nada nuevo este tema. Las transformaciones aparecen porque algo debe hacerse. Gay Talese escribió en los 60’s ese ejercicio importante de periodismo alrededor de Frank Sinatra sin contar con su colaboración. Dicen que es uno de los mejores perfiles que se han hecho. ¿Lo han leído? Búsquenla ya. El punto es que gente como Talese, Wolfe o Hunter S. Thompson (por poner nombres) jugaron a romper el cascarón de lo aburrido y tedioso y crearon nuevos mecanismos, en los que tenían mucho espacio la visión, el ser humano que revisa los hechos, atestigua y luego escribe. No es la firma o el nombre, sino la mirada humana.

imagen tomada de ciudadescrita.blogspot.com

En términos generales, las crónicas de hoy (me trato de cercar en las dináminas nacionales) evidencian una prosa lustrosa e implacable. ¿Eso es necesario? Sí, desde luego. Sin embargo, un cronista que no se decide por reformular lo que escribe o su método de trabajo, corre el riesgo de agotar al género. La crónica es una experiencia que requiere de renovaciones constantes, o al menos una comprensión clara de sus mecanismos para decidir fórmulas más certeras al enfrentarse a un texto nuevo. Sé que con la lógica que nos embarga lo que viene a continuación sería la evidencia de las crónicas que presentan fallas. Prefiero huir de la lógica y con esto en mente voy a hacer referencia al trabajo de algunos periodistas, que sin buscar renovar nada, lo que han conseguido es recuperar cierta conciencia de la crónica y así la han despojadeo de cualquier aire pretencioso.

Hacer una crónica es saber contar una historia, establecer mecanismos narrativos que den la posibilidad al lector de reconocer el valor de lo que lee, de descubrir algo en esas líneas, adentrándose en una dinámica en la que interesan los hechos y sus relaciones. María Sol Borja escribe para revista SoHo un texto titulado “Crónica de una muerte” y con la excusa de contarnos lo que pasó con una tragedia en Gramapamba, comunidad cerca de Riobamba, en la que la celebración de una boda terminó en la muerte de una joven mujer, decide hacer una síntesis tan impresionante en el primer párrafo que el dolor de lo que sucedió se convierte en experiencia clara para los lectores: “Es allí donde se conocieron Alejandro Vimos y  Rosita Paguay; ella tenía 16 años cuando él, de 20, la enamoró y se fueron a vivir juntos. De eso hace seis años. Tuvieron dos niños: Juan Polibio, que hoy tienen tres años, y Ángel Armando, de apenas cinco meses. Ambos, hoy huérfanos de madre”.  Crónica como historia viva; no solo por los acontecimentos, síntesis, elipsis y cualquier otro recurso propio de la narrativa o del periodismo que utiliza, sino también por la evidencia de costumbre e idiosincrasia,  pese a lo duro de los hechos y a eso lamentable que termina por construirse hasta el final. Luego de revelarnos de entrada el destino del artículo, Borja se libera de una carga tan pesada y recorre las costumbres desconocidas de estos terrenos. No se trata de renovar nada, sino de entender que contar una historia va a depender de tus objetivos como autor(a) y de lo que puedes potenciar en el lector.

Y desde luego, ella no se coloca en el texto. Está en sus decisiones al redactar, pero se aleja.

Quizás los espacios en la web son los que mayor libertad ofrecen a la persona que escribe (libertad editorial, sobre todo). Diana Romero trabaja en diario El Telégrafo, sabe de su profesión y la ejerce muy bien. Sin embargo, un diario no sirve para recuperar la crónica (pese a que hay mucho de ese género en sus textos). No es sino en la página web gkillcity que realmente explota todo su potencial como contadora de historias, como reveladora de datos, como flautista de Hamelín. Su texto “A las chicas también nos gusta el lap dance” es imprescindible para comprender los trayectos que puede seguir una crónica, cuando lo único que existe es la necesidad de contar algo, evidenciar un escenario desconocido y recuperar la mirada curiosa que tendría un lector normal. Aquí atestiguamos cómo Diana entra a un cabaret y vivimos lo que para ella es impactante… vemos de cerca a la mujer que se desviste para desconocidos y/o se acuesta con el mejor postor: “Briggitte no es su nombre real. Eso me enteré después cuando por interés periodístico disfrazado de galantería, me acerqué a ella para invitarle un trago o un cigarrillo. “No fumo ni tomo cuando trabajo”, me dijo. También me contó que tenía 25 años, tres hijos, que vivía en el sur de Guayaquil y que tenía cerca de dos años trabajando en Juniors. Si quería llevármela para continuar la plática u otras actividades, debía pagar 100 dólares y –según sus palabras- prefería ir a un hotel antes que a una casa. Preferí evitar la pregunta de por qué hacía lo que hacía y más bien le pregunté si le gustaba ser puta. Me dijo que lo disfrutaba, pero que a veces se sentía cansada…”. El contador de la historia aparece (en este caso la contadora), pero se coloca al mismo nivel de quien lee y el juicio desaparece, no existe. Es solo una experiencia que se puede trasladar al otro. Una visita de este tipo nunca pudo ser más precisa.

imagen tomada de peru.tuguiavocacional.info

Isabela Ponce hace un ejercicio interesante en la página de gkillcity al enfocarse a hacer reseñas de presentaciones artísticas, desde la perspectiva de quien lo disfruta pero sabe que debe informar algo mucho más que el simple gusto. Su crónica “Magaly o cómo rockear en quechua” nos muestra que a pesar de ser pieza fundamental de la narración, su autora se reconoce como accesoria, quizás como el reflejo de algo que la trasciende y que tiene que ver con su personaje. Vuelvo a la constancia de que quizás no reformula nada (y talvez no haya nada que reformular en la crónica, ¿o sí?), pero abre el camino para comprender que un concierto debe ser una revelación para quienes no pudimos ir. Ponce retrata a alguien como Magaly Soler (actriz y cantante peruana) no solo como una figura, sino contraponiendo su palmarés con los nervios iniciales y la placidez de ella sobre el escenario. Ese “equilibrio” se podría considerar un acto de amor que trae grandes resultados, como en este párrafo donde se abre el paréntesis de la presentación y encontramos al personaje con mayor presencia: “La cantante y actriz de ojos rasgados y piel trigueña cautiva al público con su sonrisa. No es delgada pero no le importa mostrar sus brazos en su camiseta sin mangas. Ha sido flaca sí, para la película La Teta asustada tuvo que bajar de peso; su rostro era más fino, con menos cachetes, su cuerpo, también, menos robusto que el que desfila frente a nosotros hoy. Pero su look parece no importarle demasiado. El ejemplo más claro que revela su desinterés por la moda fue durante la alfombra roja de los premios Oscar donde una periodista la interroga con mucha curiosidad: “Magaly al final que te pusiste, que los periodistas peruanos estaban desesperados porque no les decías”. Y ella, sin reparo, responde: “Me he puesto un vestido muy hermoso muchas gracias. Estoy muy emocionada y feliz de estar aquí con todos ustedes”. Termina su respuesta, mira la cámara fijamente y hace la seña de Rock and Roll con su mano derecha, en señal de éxito”.

El texto de Isabela ofrece la posibilidad de entender a la crónica no como el espacio único de la presencia física, sino del contacto con el resto de insumos que se producen en una época en la que estamos siempre en todo sitio.  Algo que ya se debe desarrollar en el espacio real de la crónica. ¿Cómo escribir una cuando estamos envueltos en lo simultáneo y lo virtual? Alguna vez pensé que David Foster Wallace ofrecía una respuesta, pero de eso hablaré en otra ocasión.

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