Lo que aprendí de Buenos Aires

Opinión

En Tea Imagen, Buenos Aires (cortesía de Carmen Inés Perdomo)

Tres días suelen ser suficientes para reconocer el golpe de sentido que te cae sobre el rostro, como un ladrillo arrojado a la velocidad con la que Federer hace sus primeros servicios. Es un tema de resistir al contacto y luego recapacitar con firmeza sobre él. Lo que se percibe de la manera más sorpresiva es lo que se queda y después de una visita relámpago a Buenos Aires (a participar en la Feria Internacional del Libro, invitado por el Ministerio de Cultura ecuatoriano) no dejo de pensar en tres imágenes. La primera: Señoras de entre 50 y 90 años hablando de literatura, preguntándome sobre las cosas que yo había expuesto en una mesa acerca de lo que se escribe en este país de la línea imaginaria, leyendo en voz alta sus textos narrativos y poéticos, evidenciando una relación con lo escrito que yo nunca había percibido en este Godforsakenplace.

Esa imagen me llenó de encanto. También me permitió reconocer lo de adentro, porque en Ecuador parece importar la etiqueta de la literatura, los grupos, los amigos, lo que da estirpe, el estandarte, la Edad Media (anunciarse con bombos y platillos, enarbolando el nombre de la casta a la que se cree pertenecer, antes de decir pío). Aquí, la literatura no es un acto común de señoras, de mujeres grandes que escriben porque les parece inevitable hacerlo. En Ecuador, la literatura es un asunto de soberbia mayúscula. Nuestra literatura es endogámica y ya el ADN evidencia esas fallas genéticas.

La segunda: La lucha por evidenciar una identidad regional a través del arte. En muchos de los discursos que escuché de boca de funcionarios argentinos y personas dedicadas a las letras, el factor común fue ese: “ligar, abrir ese espectro, convocar a algo superior en pos de una unidad de la región, para salir de una opresión que todos hemos sentido como condición de vida, porque el momento histórico lo requiere…”. Se me hace tan complicado entender esa necesidad, porque siempre he pensado que el arte responde a otras dinámicas quizás inscritas en la imaginación (espacio mental mucho más poderoso que la memoria). En todo caso, ¿por qué ese discurso de unidad requiere del arte como el mecanismo de contribución? La pregunta me sigue dando vueltas en la cabeza. No la entiendo, o tal vez prefiera no entenderla. Es comprensible que un país como Argentina mantenga un discurso contundente en lo político, pues su historia reciente y las reales atrocidades cometidas por gente en el poder, con un maní en el cerebro, capaces de violentar la vida del otro con la justificación de “hacer el bien”, permiten una convicción que no se debe tomar a la ligera. Las dinámicas del poder en Argentina están signadas por el fuego y ahí sí que no hay opción a nada, salvo entender que aquellas pugnas de poderosos requieren de la toma de partido, con los ojos bien abiertos. Pero, ¿esa perspectiva tan propia de ese sitio puede trasladarse al resto de la región y ser la bandera de la unidad? No lo sé, las realidades históricas nacionales son tan disparejas que una unidad en torno a un solo discurso podría estar condenada al fracaso si el tema se centra en mantener el mando. El arte al servicio de este requerimiento es un arte arruinado, a su vez. ¿Es tiempo de esa unidad regional o, como siempre nos pasa, ya nos hemos quedado del tren? No lo sé, pero sé que en este momento la humanidad sale las callas a mandar al demonio a la gente que ostenta la bandera del poder. Algo, sin duda, está pasando.

Y la tercera: Las personas que se me acercaron a decir que se sentían orgullosas de Rafael Correa y que le enviara saludos. Sí, nuestro Presidente es una figura de importancia en la región. Su juventud, su discurso encendido, su apariencia mediática… todo juega en la creación de una figura relevante. ¿Eso qué signfica? Que hay ciertas necesidades que pueden sobrepasar la explicaciones y que en el fondo para quienes asumimos que es sano mantener una postura crítica ante nuestros mandatarios es significativo, al mismo tiempo, reconocer el campo de la esperanza que muchos pueden percibir en ciertas acciones o palabras de esas autoridades. La pasión en el apoyo como cheque en blanco suele ser igual de nefasta que la pasión por la detracción. Mirar desde Argentina a un Presidente ecuatoriano que se ha posicionado regionalmente es vivir de cerca mecanismos que al interior se escapan. No dice nada en concreto y no abre los ojos ante una realidad velada, sino que exige una mejor reflexión ante lo que sucede puertas adentro. Por eso, cuando un argentino me explicaba la necesidad de este tipo de movimientos de izquierda en la región, le terminé dando la razón cuando, luego de contarle las dinámicas de Ecuador y las relaciones del Gobierno con individuos ligados a esos seres oscuros de la política nacional, me dijo: “Bueno, tampoco se trata de darles todo el poder a los gobernantes”. Una unidad no basada en la pasión, sino en cosas concretas es quizás el único camino para seguir adelante. Lo demás es puro cuento.

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Publicado originalmente en “La República”

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