Diatriba a Fausto Miño

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imagen tomada de estaentodo.com

Fausto Miño es Ecuador. Él representa todo lo que nos identifica como país. Y no lo digo porque sea mezcla entre Sierra y Costa; o porque su manera de hablar suene tan a calle, al pana, al yunta, al broder que uno puede tener al lado. No hago siquiera referencia al esfuerzo que ha puesto en su carrera (porque se dice que se abrió el espacio en el mundo de la música nacional cargando afiches de otros artistas); ni a que se lo perciba buena gente. ¿Es por estar de pareja de una concejal/reina de belleza/ conductora de tv? No. Tampoco lo insinúo porque la figura de Dios para él es importante y en cada oportunidad que tiene lo nombra como una necesidad interna.

Fausto Miño representa al Ecuador porque es un bacán. Tan bacán que fue al Festival de Viña del Mar; no le fue bien, y regresó pateando al perro.

Nada nuevo. Somos tan bacanes que nada de lo que nos pasa es culpa nuestra, siempre es culpa del otro. Si alguien se te acerca a “ayudarte” a hacer la transacción en el cajero automático y te roba la clave y la tarjeta es porque es un criminal que se las sabe todas, un ser malvado, o porque te has vuelto una víctima más de la inseguridad. Jamás se te ocurriría pensar que te pasó eso por descuidado, confiado o por andar boquiabierto.

Por eso Fausto Miño fue Ecuador antes, durante y sobre todo después de su participación en Viña del Mar. Muchos vimos sus dos intervenciones en territorio chileno con esa extraña duda que provocó escuchar su “Baila mi vida” en una categoría que no le correspondía. Pez fuera del agua, como un físico nuclear haciendo origami. Miño se la jugó con algo imposible de creer, puntaje bajo y that’s all folks. Entonces toda la parafernalia y el marketing que se hizo puertas adentro surtió el efecto contrario: todos prendidos de la pantalla observamos el tropiezo en tiempo real. En la Quinta Vergara apareció canchero. Cantó afinado, quiso meterse al público en sus bolsillos y debió recibir estoicamente números que iban del 4 al 2, por parte del jurado. Tiro de gracia.

imagen tomada de ecuavisa.com

A su regreso dio una rueda de prensa en la que contó “toda la verdad”. No podía ser de otra manera. El bacán habló: que el jurado de selección aprobó la canción y que le pidió que mantuviera el estilo pop (pese a que la categoría en la que concursó fue la folclórica). Que tuvo miedo. Que rezó. Que se sintió a la deriva en un país extraño. Que dio lo mejor de sí. Que estaba representando al Ecuador…
Así la culpa siempre es de otro. En nosotros está ausente la posibilidad de ser los causantes del daño o del error. Desde el ladrón que agarran en delito flagrante, hasta el niño que rompe algo en su casa y se defiende gritando que él no fue; la constante está ahí. La pregunta obvia es: si la categoría era folclórica, ¿por qué aceptaron él y su equipo participar con una canción pop? La respuesta debería ser igual de evidente; pero se escapa. Que él sabía que había un riesgo, pero más que riesgo hubo ignorancia/quemeimportismo/inocencia. Ser ingenuos es lo que mejor hacemos.

Lo que sucedió en la Quinta Vergara no fue el error de los organizadores, porque lo único que se podría decir es que tuvieron tan mala leche que con mails engañosos hicieron pasar el ridículo a un artista ecuatoriano. Lo que pasó en Viña fue el error de Fausto Miño y su equipo.

Y eso que no hablo del Festival de Viña del Mar, que tiene tanta importancia como un capítulo del Chavo del Ocho: lo vemos, nos gusta, pero ya no puede decirnos nada más. Y eso que no entiendo por qué alguien con una carrera ya arriba se va a exponer a recibir un puntaje en algo que se asemejaba a un mal reality show. Simplemente no lo entiendo. Miento, lo entiendo: abrir el mercado para su música en otros espacios… eso quedó claro.

El engaño está ahí. Nos dejamos engañar porque queremos conseguir algo y al final, una vez que todo se consume, gritamos a viva voz que lo que nos hicieron es injusto. No hay mucha distancia entre Fausto Miño en Viña del Mar y la señora a la que estafan en la calle, vendiéndole el “guachito ganador” del sorteo por el Día de la Madre. Ambos terminan mal.

Él nos ha representado a la perfección con esta experiencia y a su regreso lo dejó muy claro: “El Ecuador no está reflejado en un bajo puntaje”. Con eso tiene mucha razón. Es de una claridad impresionante esta frase. Pero está incompleta: si el Ecuador no se refleja en un puntaje bajo, ¿por qué debería reflejarse en un puntaje alto? En definitiva, lo que define a un país es demasiado complejo y extraño para remover el nacionalismo alrededor de la participación de un ecuatoriano en un certamen musical, peor cuando el resultado fue catastrófico y cuando los causantes no se muestran con la humildad suficiente para decir: “Nos equivocamos, es nuestra culpa, lo sentimos…”. No, prefieren seguir siendo bacanes y decir que regresarían al Festival “pero de jurado, cuando el público de Viña me admire por seis o siete éxitos”, y así la bacanería gana. Amén.

imagen tomada de multideyify.blogspot.com

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Texto originalmente publicado en revista SoHo de abril/mayo 2011

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