Salinger y la descripción

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imagen tomada de atravesdeluniberto.blogspot.com

Más allá de su grandeza como narrador puro, más allá de su importancia y su desdén al mismo mundo que le dio su espacio, más allá de la polémica que siempre lo inundó, más allá de Mark David Chapman y de John Hinckley, lo que lo convierte a Salinger en maestro y en necesidad para todo lector y escritor (de esas necesidades que ayudan a comprender de mejor manera al mundo) es cómo la descripción detiene lo que cuenta y nos abre ese paréntesis imprescindible para dotar no solo de elementos que nos ayuden a imaginar, sino para establecer aquello que va a permanecer oculto y que debemos incorporar a las acciones.

Lo de Salinger es ir con los ojos abiertos, dispuestos a observar con atención y descubrir los guiños que rondan, dan vuelta y grafican bien lo que está pasando. Desde un tambaleo al andar hasta un cigarrillo no apagado en el cenicero… todo importa. Sigue siendo impresionante para mí encontrarme con una obra con escaso desperdicio.

imagen tomada de elhablador.com

Esta experiencia se vive mejor leyendo, releyendo y volviendo a leer sus “Nueve cuentos“, un libro por el que nunca pasa el tiempo. Está escrito en una nebulosa en la que todo tiene sentido y leerlo es ingresar (cuantas veces suceda) en una zona fantasma, en un resquicio donde la humanidad tiene una representación bárbara. Leerlo es terminarlo y volverlo a empezar de inmediato. Eso me suele pasar con “Nueve cuentos” y en especial con tres de ellos, que engloban todo lo que hablaba de la descripción: “Un día perfecto para el pez banana”, “Linda boquita y verde mis ojos” y “Teddy“.

Es en “Teddy” donde se encuentra mucho de eso, donde las páginas avanzan en descripciones y no terminan por generar una secuencia de acciones que le den al relato un clímax. Los puntos más altos del relato están en las descripciones y en ls diálogos. La acción es todo lo contrario y para eso valdría la pena leer un párrafo:

“-¿Todavía? En un día como éste… -dijo el joven. Ya se había tendido en la hamaca que estaba a la derecha de Teddy. Las hamacas se hallaban tan cerca unas de otras que los brazos se tocaban-. Es un sacrilegio-agregó-. Un verdadero sacrilegio.-Estiró las piernas de muslos extraordinariamente gruesos, casi como torsos humanos. Estaba vestido, en general, a la manera de la Costa Este: por arriba el pelo muy corto y por abajo unos zapatos bastante usados, y en el medio un uniforme algo heterogéneo…: calcetines de lana color beige, pantalones gris antracita, camisa de cuello abotonado, sin corbata, y chaqueta de tela espigada con toda la apariencia de haber envejecido en algunos de los seminarios para graduados más populares de Yale, o Harvard, o Princeton-. Dios mío, qué dñia tan divino -dijo admirativo, entornando los ojos bajo el sol-. Soy un esclavo del buen tiempo.-Cruzó los tobillos de sus gruesas piernas-. En realidad, puedo llegar a tomar un día corriente de lluvia como una ofensa personal. Así que esto es una manía para mí.- Aunque el tono de su voz era como se suele decir de buena cuna, se elevaba más de lo estrictamente necesario, como si hubiera llegado a la conclusión de que cualquier cosa que dijese habría de sonar con toda seguridad bastate bien, resultando inteligente, culta, incluso divertida o estimulante, no sólo a Teddy sino a los que estaban sentados en la fila de atrás, si es que lo oían. Miraba de reojo a Teddy y se sonreía-. Tú, ¿cómo te llevas con el tiempo? -preguntó. Su sonrisa no carecía de encanto, pero era social, de conversación, y se dirigía aunque fuese indirectamente, a su propio ego-. ¿Alguna vez el tiempo te ha molestado más de lo normal?-preguntó, siempre sonriendo”.

imagen tomada de blogdeartes.com.ar

En la descripcion hay mucho más de ese personaje que en todo lo que dice, lo que intenta precisar frente a Teddy, probablemente para llamar su atención (intento no caer en spoiler alerts, pero en este cuento existen diálogos impresionantes que hacen del budismo su fuente de poder). Lo de Salinger es cierta maestría de antaño que hoy se ha perdido. No importa tanto describir, lo que interesa son las acciones. Sin embargo, eso no significa (al menos de mi parte) un grito desesperado por recuperar la descripción, sino entender para qué sirve. Si las descripciones sirven para detener lo que se cuenta porque sí, estamos en problemas. Salinger es de los pocos que ha conseguido contar mucho describiendo los calcetines de un personaje y experimentarlo con la lectura es realmente enriquecedor como creador.

Aquí les dejo algo llamado “Finding Salinger”, que toma mucho de la estética de South Park (que ya ha tratado el fenómeno de la reclusión de Salinger)

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