El karma de las multinacionales

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Se trata de descubrir el encanto de ser un vendido, también se trata de búsqueda y olvido. En el fondo siempre hay algo más, porque haber publicado mi novela Los descosidos con Alfaguara Ecuador (bajo el brazo de Santillana) se puede contemplar desde dos visiones y las dos estarían absolutamente equivocadas. Una de ellas parte de esa necesidad que tendría de ser parte de un sello reconocido, que se supone publica solo cosas buenas; mejor si es para una primera novela, porque para muchos la calidad de una obra bajo ese sello en particular está implícita. La otra visión es aquella que me convierte en un autor terrible, incapaz de reconocer que entrar en la dinámica de multinacionales es hacerle juego a reglas de mercado que no reconocen calidad literaria, sino la posibilidad de vender un libro.

Así, según un grupo de cristianos, soy un tipo que escribe bien, y para otros no soy más que el individuo que quiere vender una obra mediocre. Y en el medio queda la pieza más ridícula de todo el entramado: yo y las razones certeras de todo karma.

Porque lo único que hice fue preguntar cómo publicar una novela corta sin tener que pagar por eso (porque no tenía –ni tengo- el dinero para hacerlo) y alguien me dio el nombre de la editora de Alfaguara en Ecuador. Imprimí una copia a espacio sencillo, lo encuaderné, lo guardé en un sobre y lo dejé en recepción (en Eloy Alfaro y Seis de Diciembre, en Quito – Ecuador), con el nombre de la mujer escrito casi con venganza sobre el lomo de la novela. Y me fui. Irse es el acto de desprendimiento más extraño de todos, porque es inevitable y tocar lo inevitable no es un sacrificio, sino una extremaunción. En algún momento la novela que escribiste estorba sobre ti y a menos que tengas una espalda como la de Kafka o Salinger, o vivas de acuerdo a las normas de Bartleby, guardar o quemar tus escritos no es importante. El complejo de Atlas no es una condición recurrente en los escritores que conozco. Es más, huyen de esa existencia a toda costa. Y así, sin conciencia ecológica[1], se publican decenas y decenas de libros en Ecuador que responden a los deseos de los escritores y a las cómodas formas de pago que una imprenta ofrece. Y eso que en este punto ignoro abiertamente la labor de pseudo-editoriales que son capaces de cobrar miles de dólares a incautos y desesperados escritores.

Por esa razón apuesto por el absoluto desprendimiento de la obra como un ejercicio para evitar, inclusive, el abuso de los más ‘viejos y sabios’.

imagen tomada de hoy.com.ec

Cuando llega la extremaunción de lo que estás escribiendo es cuando empiezas a desconocer el texto, cuando muta en algo que tiene su propia movilidad. Es Optimus Prime convirtiéndose en lo que quiera, una ambulancia o licuadora. El peso del mundo te expone a otro y te abandona. Es lo mejor. Me pasó con tanta fuerza que transcurrió más de un año hasta que me llamaron y me dijeron: “Queremos publicar tu novela”. Un año. 365 días de paz y de no pensar en una novela que me tomó mucho. Ese desprendimiento absoluto, la ignorancia y el olvido como ventajas que todavía celebro. Los descosidos es una novela que lleva mi nombre debajo de su título, pero eso me tiene sin cuidado. La lejanía que experimenté sirvió. Porque de un momento a otro ese libro se convierte en un lunar al que hay que extirpar y el acto de llevarlo al quirófano de los lectores especiales (de esos que presentan su informe positivo o negativo y que terminan influyendo sobre el destino de la obra) es la representación más clara de humanidad.

Sigo creyendo, lamentablemente, que llevar tu libro a una imprenta o a una cuasi casa editora (de esas que por acá te pueden estar cobrando hasta USD 3.000 por ‘publicarla’, sin siquiera tomarse la molestia de hacer un correcto trabajo de edición[2]), es condenar a alguien a vivir conectado de un respirador. Suele ser mejor la hoguera, para reducir todo a cenizas y acabar con un tipo de sufrimiento extraño. Cada cual sostiene como sea sus versiones de vida.

El punto es que al publicar en una multinacional (o en una editorial pequeña que se jacte de funcionar como editorial) la idea romántica explota y puedes tener la confianza suficiente para que otras manos terminen de moldear lo que ya te sobra. Y esperas, aprendes el sistema con rapidez. Sospecho que al ser una versión local de una multinacional puedo disfrutar de ciertas ventajas, como por ejemplo, hablar directamente con la editora, colaborar en la confección de la portada y revisar los textos de la contratapa. Que hay que firmar el contrato, que hay que leerlo bien y olvidarlo en el camino, que hay que respetar el convenio o arreglar aquello que se pueda arreglar. Y cedes tus derechos por un tiempo equis (corto, desde mi perspectiva) y te ponen una fecha tentativa para que el libro sea publicado. Te dicen todo esto, ellos saben cómo es, tú accedes.

Para alguien que no sabe cómo reaccionar ante las presiones de un proyecto nuevo (algo que me pasa a menudo), que venga otra persona y te estructure, te dé horarios, fechas y direcciones es una ventaja. De golpe eso del sello surte efecto en el orden de las cosas y sí, hay puertas que se abren con facilidad, pero ¿eso realmente importa? La publicación se demora, se cambia la fecha, se coordinan las cosas, se define algo y todo sucede. Hay revisiones del texto por medio, alguien que corrige los horrores gramaticales y que escribe sobre las pruebas con lápiz para decirte en qué hay un problema. Viene la negociación, porque toda puesta en escena como la de un libro publicado exige colocar sobre la mesa todas las herramientas retóricas (literalmente hablando). Una coma es la toma de la Bastilla; un verbo mal usado se revuelve como un tsunami; las conjugaciones pesan y te arrojan de vuelta al proceso de rescribir ciertas oraciones. El yunque que aprisiona la cabeza regresa, aunque por poco tiempo, lo suficiente como para reclamar protagonismo y exigirte releer eso que escribiste meses atrás, por lo menos dos veces, e intentar los cambios.

El libro, cuando ya sale, seguirá teniendo errores.

Aparece la lista de medios a los que hay que visitar. Las entrevistas. El contrato te obliga a ese sometimiento porque la obviedad te dice que para vender algo se debe anunciar lo que se va a vender. Lo haces. No sufres, te gusta hablar de la novela, no es una exigencia superior. Y cuando piensas que lo es, lo ves como algo frente a lo que no tienes alternativa. Porque lo firmado te condiciona, porque te has comprometido y sabes que todo contrato debe ser respetado. El drama de esta parte está sobrando.

La molestia es mínima y se va reduciendo con el tiempo. El sistema de una multinacional es claro y no te ofrece sorpresas (más que descuentos respetables en la compra de libros de la editorial, lo que se ha convertido en una gran fuente de lecturas). Y si alguien lo ve desde la óptica siniestra del oportunismo, condenando con vehemencia prácticas empresariales que es mejor satanizar, lo cierto es que el carácter local es evidente. Encorsetar la existencia de multinacionales en el ramo de la publicación como certeza bíblica es confundir a Halliburton con Victoria’s Secret. Lo cierto es que así como en Ecuador el KFC te vende las presas de pollo en receta crispy con un tradicional arroz con menestra, Alfaguara Ecuador debe enfrentarse a las características de lo que significa dedicarse a los libros en el país.

Y si insisto con lo de poner ese carácter nacional de la editorial es porque lo que sucede puertas adentro, se queda adentro. Publicar Los descosidos en Ecuador no significa que se vaya a publicar en otro país dentro de la misma editorial, a menos que las otras filiales lo requieran. La consagración sigue siendo un mito. Gracias a Dios.

La experiencia tiene un toque nacional, local y definido. La relación con la gente que se encarga de lo editorial es cercana. No hay intermediarios, ni grandes oficinas, ni esperas eternas. Hay buenas conversaciones, risas y cierta confidencia. La gente que labora el libro es la gente que hace que aquel que lo escribe se sienta a gusto. El país pequeño reflejado en el espacio en que las decisiones editoriales se gestan.

Claro, hay derechos de autor, pero ¿eso importa en este momento del partido? A mí no, al menos no ahora (tomorrow never knows).

Lanzamientos, todo organizado por la gente de Alfaguara. Yo solo he ido a esas actividades y las he experimentado con cierto placer, con la curiosidad del geek que queda prisionero del juego de video, onda Tron. Brindis, palabras, amigos, lectores, la parte social que se asemeja a una fiesta. Y sí, el lanzamiento de un libro debe ser una celebración, lo puede ser… sin dramas.

Las aguas se calman, el libro está en los estantes de las librerías. Un amigo me lleva a una de ellas, me señala la última fila, Los descosidos descansa ahí. Agarra el ejemplar y lo sube a la primera. Reímos. Tocamos el timbre y salimos corriendo. Es la vivencia de lo extraño, de lo que no es propio, de lo que se ha desprendido de uno y no hay mucha ciencia en esto. Es solo lo que sobrepasa la escritura, lo accesorio, como desayunar, ir al baño, coger o respirar. No tiene tanta importancia a estas alturas. Lo único decisivo es que lean y lean esas páginas, sea cual sea la consecuencia.

Ya todo está desprendido, el peso deja de ser peso y se trueca en vivencia de lo extraño. ¿En serio el sello define la calidad de la obra? Intentar una respuesta afirmativa es torpe, porque no es así, nunca fue así y no será así. Una buena novela existe en cualquier sitio, solo hay que buscar y rogar por encontrarla.

Y ese ejercicio de desnaturalizar cualquier actividad y que nos vuelve en investigadores de la miseria no deja de ser una empresa humana interesante. Porque las explicaciones trascendentales pueden ser muchas, pero la razón sencilla, esa que me hizo dejar un manuscrito en una recepción, se pierde. ¿Qué podían hacer para publicar la novela, si no tenía dinero, no tengo relación cercana con editores o interés de ser parte de algún grupo local literario – con semejanzas con el Peoples Temple de Jim Jones? Venderme, de seguro… para darle de comer a los que todavía esperan al mesías y a los Torquemada de las costumbres literarias extremas. Y en el fondo, nada de eso es transcendental.

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[1] La conciencia ecológica del autor nos llama a reconocer el sacrificio de árboles por cada libro que se imprime y responsabilizarnos por la calidad de lo que se quiere publicar.

[2] En algunos casos han llegado a pedir hasta 12 mil dólares a un escritor por la publicación de 1000 ejemplares de una novela. En otras ocasiones hacen arreglos que incluyen el trueque del libro publicado por una obra de arte, valorada de miles de dólares.

 

 

(texto publicado originalmente en HermanoCerdo)

6 comentarios en “El karma de las multinacionales

  1. Eduardo, no se porqué intuyo algo de culpa en tu texto, en decir “ok amigos publiqué en Alfaguara-Santillana, prometo no volver a hacerlo”, qué tiene de malo querer que tu obra esté en el canal adecuado de distribución, qué tiene de malo jugar esas ligas con lo mínimo (respeto incluido)…

    la otra salida es la autopublicación, ahorrar mes a mes para pagar una imprenta y sacar una edición limitada de tus obras, armar tú mismo la agenda de promoción, llevarlo tú mismo a las tiendas, meterle algún dato extra (un cd-r con tu voz?, con tus canciones, algún garabato…) o venderlo en digital a $1…

    creo que sí debes recorrer/participar en los dos escenarios y a la final puedes sopesar qué te da más beneficios (al bolsillo y al alma), eso sí, nadie te quita lo rockstar, con todo lo que eso implique

    1. jajajaja, realmente no tengo nada de culpa, es más bien lo mejor que me pudo haber pasado. En el fondo lo que me pasa con esto es el acto de satanización barata que se hace al hecho de que se haya publicado la novela en Alfaguara… como si eso fuera sinónimo de bueno o malo…

      Creo que se trata de alejarme de estas discusiones ridículas… Lo que sí sé es que preferiría ahorrar para irme a un show o para irme de viaje… que para publicar algo por mi cuenta…

      Son cosas que uno va decidiendo en el camino…

      1. Pues obvio!, el camino editorial es con una editorial, de ahí si es buena o mala es otro trip, ya tienes tu libro en las perchas y la difusión la haces diariamente desde acá el blog, creo que el objetivo mayor es únicamente crear y dejar que otro haga el trabajo engorroso… dedicarte a escribir esperando el final de los tiempos (lo siento, son inevitables las figuras románticas) y nada más!

        y plena que sí, hay que invertir el billete en vivir

        saludos tocayo!

  2. Pero me parece Eduardo, que más que la literatura y sus alcances, tu meta es simplemente la de destacar.
    Creo que más te valdría vestirte de vedetto, y hacerte un personaje para despedidas de soltera. Cobrarías por recitar tus “obras”, aunque también tendrías que bailar.
    Marcela.

  3. Saludos Eduardo, soy un joven estudiante de la Universidad Técnica Particular de Loja y un ávido lector de obras publicadas en Ecuador. Un buen amigo y profesor mío me recomendó leer tus escritos, y me han parecido muy buenos. Al conocer de tu obra Los Descosidos y leer todos los comentarios que se han hecho en torno a ella, me entusiasma la idea de poder conocer lo que las páginas de tu libro encierran; sin embargo en mi querida ciudad de Loja no hay librerías con una amplia (y buena) variedad de libros; lo he buscado, he rogado por conseguirlo aquí y no he tenido la suerte de encontrarlo… ¿Cómo puedo conseguirlo? ¿Podrías ayudarme tú?

    Saludos,
    David.

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